Vía Crucis 2018 (Catedral Metropolitana de México)

P. Julián López Amozurrutia

 

Sobre la Pasión del Señor según san Marcos (14,1–15,47)

Introducción

Ant. “Estén atentos, vigilen… ¡Velen!” (13,33.37).

P. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

T. Amén.

M. Rueda el tiempo. Voces se elevan para hablar. Para cuestionar. Para entregar. Cargados de pesar, los ojos se cierran. Pero no es momento de dormir. Hay que escuchar, para entender. Hay que ver, para amar. Hay que tocar, para asumir. Las preguntas en suspenso hacen vibrar el alma, con temor. Las imágenes se palpan a contraluz. ¿Quién es este, al que unos buscan, al que otros obedecen, al que en círculos concéntricos insulta el mundo, mientras él, con gritos intensos, confirma a la humanidad en su parto de sol?

P. Oremos. Jesús, en el secreto de tu hora, nos acercamos humildemente a ti, atreviéndonos a tocar el manto de tu pasión. Nuestra humanidad, desangrada y agónica, anhela la vida. Abre nuestros ojos y revístenos de tu luz, a través del inefable camino de tu entrega, para que lleguemos a reconocerte plenamente como verdadero Hijo de Dios. Amén.

 

 

Primera estación

I – La unción en Betania (14,3-9).

Ant. “Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura” (14,8).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. En la casa de Simón, el leproso, dos días antes de la fiesta, una mujer cumplió el gesto eterno de tu unción. ¿A qué viene este derroche de perfume? Desbordando, el nardo expandió su fragancia desde tu cabeza, antes de ser coronada. No hay despilfarro en el amor. Tú nos adviertes, contra toda tentación utilitaria y pragmática, que lo que ella hizo está bien. A los pobres los tendremos siempre con nosotros, y habremos de socorrerlos. Pero a ti no siempre te tendremos con nosotros. En el homenaje a tu carne está la salud agradecida de tantos hermanos nuestros, vejados por la enfermedad y por el pecado, pero abiertos a la vida nueva. Contra todo necio murmullo, recibe la ofrenda conmovida de nuestra piedad.

P. Oremos. Jesús, también nosotros queremos hacer lo que podemos para reconocerte. Al igual que aquella pobre viuda que ofreció en el templo lo poco que tenía para vivir, nos atrevemos a presentar como sacrificio nuestra piel manchada, tocando con ella tu rostro. Un corazón quebrantado y humillado tú nunca lo desprecias. Lávanos: quedaremos más blancos que la nieve. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Segunda Estación

II – La cena de Pascua

Ant. “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (14,24).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de pascua? Al atardecer, en una cena meticulosamente dispuesta, el pan se anunció cuerpo y el vino, sangre. E hiciste saber a tus discípulos que no volverías a beber del fruto de la vid, hasta el día en que bebieras el vino nuevo en el Reino de Dios. La profecía lo identificó con el cáliz definitivo del último tiempo y con la sangre del cordero rociada sobre las jambas y el dintel de las casas donde los aún esclavos comieran la pascua, antes de emprender el camino de la libertad. El nuevo paso a través del Mar Rojo se cumple ahora por medio de tu Cruz. La sangre del testimonio es la tuya. A la hemorroísa que osó tocarte, incógnita, le detuviste el flujo vital que la marchitaba. Tú mismo, en cambio, no escatimas vaciarte por nosotros. Y a todos los que sienten escapársele la vida en el infortunio, en las derrotas, en las frustraciones y en las injusticias, tú les abres un horizonte nuevo para perseverar en un camino lleno de sentido. Redime, te suplicamos, a esta humanidad exangüe y desesperanzada, y aliméntala con el banquete santo de tu propio cuerpo y sangre. Y hoy, ¿dónde quieres que preparemos tu Pascua?

P. Oremos. Maestro, una habitación en planta alta, con divanes y adecuada, quisiste que fuera la sede adelantada de tu entrega libertaria. Un ritual familiar instituyó la comunión de quienes hacen la voluntad de Dios, conforme a su Reino. Concédenos participar dignamente del sacramento de la nueva alianza, y ser por tu amor sangre que se vierta solo para el servicio de nuestros hermanos. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Tercera Estación

III – El escándalo

Ant. “Heriré a pastor y se dispersarán las ovejas” (14,27).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Después de cantar la misericordia, de camino al monte de los Olivos, te adelantaste a la evasión que estaba a punto de ocurrir. Se había celebrado la comunión, se había cantado al unísono la fidelidad de Dios, pero la traición también se cernió como un terrible presagio. ¿Seré yo? Así habían preguntado todos, temerosos de su propia fragilidad. Y el dolor confirmó que se trataría de uno de los más cercanos. Pero aún entonces, tu anuncio salvífico corrió hacia Galilea, hacia el futuro del nuevo comienzo. En los márgenes de la tradición, en el refugio de los pobres, donde quedaban cerca espacios de los paganos y los perritos recogían las migajas que caían de la mesa de sus amos, ahí te presentarías tú, resucitado, para que una nueva dispersión se realizara, pero ya no la del pastor herido, sino la de la misión. ¡Qué hermosos son los pies del mensajero de buenas nuevas! Pero ¿habrá en verdad buenas noticias? La incredulidad es tozuda. El espíritu sordo y mudo que encadena a la desolación sólo puede ser expulsado con oración intensa. Ahora mismo, nos enseñarás a orar. Para que, en el futuro, superado todo escándalo, el evangelio recorra jubiloso los caminos más remotos del mundo, para llamar a los más distantes a la unidad.

P. Oremos. Las heridas que te esperan, Pastor santo, parecen hacer explotar esquirlas de perdición. Sin embargo, su fuerza pasa del escándalo al testimonio. Tú lo has sabido, y lo has anunciado. Confortas no solo al que ha caído ya, sino también al que está a punto de caer, y le abres delante posibilidades infinitas. Danos vigor ante el desconcierto, para iniciar contigo el sendero nuevo del Reino de Dios que ha llegado y se dilata hasta la vida eterna. Amén.

Padre nuestro…

 

Cuarta Estación

IV – Llegada al huerto

Ant. “Mi alma está triste hasta la muerte. Quédense aquí y velen” (14,34).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Es de noche. La luna señorial no esconde su atención. Pero la mente, entorpecida, de los discípulos, apenas logra un parpadeo. La tristeza de tu alma es de muerte, y el sopor de los tuyos, de los más cercanos, invencible. A Pedro mismo, hace apenas unos momentos envalentonado y lleno de sí mismo, lo encuentras ya tumbado. ¿Duermes? ¿No has podido velar una hora? ¡Cuán débil es nuestra carne! ¿Cómo has podido quedar prendado de ella? La misma que ahora te asfixia con la certeza de su escarnecimiento. El amor y el temor nunca han estado tan cerca. La intensidad de tu agonía incorpora, haciendo carne de tu carne, a todos los miedos del mundo, a todos los dolores y a todas las soledades. Y nos hace percibir la gravedad de los pecados y la contundencia de las tentaciones. Pero más, todavía, la autenticidad de tu amor. La prontitud del espíritu se escabulle en una densa sombra. Sólo tú perseveras en el combate. Y por ti, por tu espíritu pronto y por tu carne entregada, todos somos congregados en la victoria.

P. Oremos. En la propiedad donde se prensa la oliva para obtener el aceite, tu propio corazón exprime su mejor sustancia. Haciendo conciencia del terror y de la angustia, mientras todo a tu alrededor empieza a abandonarte, dispones al mundo para la gran unción. Mis ojos se cierran, cargados de pesar. No permitas que ignore tu pena. Hazme fuerte en el espíritu. Concede a mi carne ser también ofrenda. Enséñame a orar. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Quinta Estación

V – La oración en Getsemaní

Ant. “¡Abbá!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (14,36).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Desplomándote en la tierra, como la mejor semilla, tu alma se elevó al cielo para entrar en la máxima confianza. Llamaste a tu Padre, al inicio del suplicio, como volverás a hacerlo a punto de concluirlo. Sólo él es seguridad absoluta. Pero como has hecho tuyo el abismo que nos separa de él, se fracturan también tus propias entrañas. ¿Lo que quieres tú no es lo mismo que tu Padre quiere? Sí, pero no sin pasar antes por el cáliz amargo del desgarramiento. Tu sufrimiento es real, y es oración. Tu espíritu es fuerte cuando la carne se desmorona, y en tu propio abatimiento abres un nuevo modo de ser fuertes para tus discípulos. La grandeza no consiste en sentarse a tu derecha o a tu izquierda, sino en ser bautizados con el cáliz de tu propia entrega. Aprender a ser hijos es aprender a vivir. La carne no es grande en el honor, sino en la participación del amor oblativo.

P. Oremos. Sólo tú eres, en verdad, el Hijo. Sólo tú llamas, con razón, Padre a Dios. Y el secreto de tu identidad se ha hecho público precisamente en este momento íntimo como ninguno, de sufrimiento atroz. Conocemos tu eternidad cuando más parece estar en vilo. La vigilia filial hace de la noche una verdadera ofrenda. En tu obediencia, la nuestra se fragua y se hace posible. Hazme entrar en esa sintonía perfecta tuya y del Padre. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Sexta Estación

VI – El prendimiento

Ant. “Al que yo bese, es él; préndanlo y condúzcanlo bien sujeto” (14,44).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. ¡Basta! Ha llegado la hora. Un beso traiciona su significado de paz como contraseña para la entrega del Hijo del hombre. Tres veces lo anunciaste. Ahora sucede. No mientras con libertad hablaste, enseñando en el templo. Una vez que el dinero ha saciado su sed corruptora y las maquinaciones perversas consideraron que todo coincidía. La ambición económica ha sellado su propio beso con la especulación política. ¿Han salido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido? Hay que sujetarte bien, para que no escapes. Eres peor que un bandido: hablas y actúas en el nombre de Dios, haciendo presente su Reino. Eres un rey que merece la condenación. Las autoridades de este mundo lo han ya sentenciado. Ahora sólo buscan un pretexto para justificarse.

P. Oremos. Hijo del hombre, ya se dispersan todos. Atrapado contra toda justicia, el cálculo humano ya ha decidido tu destino. No sabe que, detrás, Dios recrea todas las cosas. Como Adán, un jovencito en su huida queda desnudo, despojado de la sábana del sueño y de la muerte. Podrá pronto revestirse de tu blancura. Cuando ha quedado al descubierto la traición, un nuevo ropaje se prepara para tus discípulos. El de la vida eterna. Amén.

Padre nuestro…

 

Séptima Estación

VII – Ante el Sanedrín

Ant. “Yo soy. Y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (14,62).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Los grandes entre los judíos se han reunido. El tribunal está dispuesto. Los sumos sacerdotes, responsables principales del culto, y los escribas, expertos en la ley, junto con el consejo de los ancianos. Una autoridad que ejerce su poder con turbias intenciones. Las denuncias son inconsistentes. Pero ellos ya tienen el veredicto establecido. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti? Ante la acusación, tú guardas silencio. Porque eres absolutamente inocente, y en tus manos está el verdadero poder. Pero sólo la ejercitas para salvarnos. En tu silencio están nuestras culpas asumidas. Finalmente, una última pregunta sobre tu identidad se impone. ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Y tú das cuenta de ti mismo, con una respuesta firme y clara. El mismo nombre de Dios pronuncia tu misterio: “Yo soy”. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Tu verdad, la verdad de tu amor, suena a blasfemia. Pero la verdad no se negocia, ni se puede callar. Aunque a ellos les sirva de coartada. Su propia impiedad, sin embargo, dará lugar a que surja tu reinado nuevo. Con el ciego, empezamos a ver, aunque todavía confusamente.

P. Oremos. Cristo, Hijo del Bendito, tu silencio cura y tu palabra consagra. ¡Cuánta razón tuviste al no permitir que las expectativas de falsos mesianismos se impusieran! La voluntad bendita y bendiciente de tu Padre pasa por tu entrega. El árbol de la Cruz es la única señal que se ha dispuesto para indicar el poder de tu Reino. Ayúdame a ver bien, para adorar y contemplar, para asumir y agradecer. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Octava Estación

VIII – Negaciones de Pedro

Ant. “No conozco a ese hombre del que hablan” (14,71).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. También tú estabas con el Nazareno… ¿no es verdad? ¿Acaso no te delata tu acento y tu apariencia? Eres galileo, de aquel mar y aquellas barcas. Ahora que Jesús no te ve, y arremolinado por el pánico del momento, ni te acuerdas de tus promesas. Tu envalentonamiento sucumbe, y ni siquiera te das cuenta. Te asustan los criados y el frío. Un gallo canta dos veces, para despertarte de la arrogancia. ¡Effetá! Abre tus oídos, hombre necio, para que encuentre en ti la palabra tierra buena, que produzca fruto. ¡Effetá! Abre tus labios, hombre cobarde, para que proclames la verdad que se te ha entregado, y apartes de ti los insensatos devaneos de Satanás. ¡Effetá! Abre la fuente de tus ojos a las lágrimas redentoras. La humildad te pondrá en sintonía con el que te llamó a ser pescador de hombres. Tu corazón empieza a entender. Ahora eres discípulo.

P. Oremos. Tu palabra, Nazareno, convocó al pescador e instituyó con él un pueblo nuevo. No ignoraste su arrebato ni su arrogancia, porque conociste su pasión. Enderezaste a la higuera que aceptó corrección. Perdona mis negaciones, más frecuentes y más torpes que las de Pedro. Entra en mi casa, pasa por mi lugar de trabajo, transforma mi vida. Oriéntame, con paciencia, a la fidelidad. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Novena Estación

IX – Ante Pilato

Ant. “¿Eres tú el rey de los judíos?” (15,2).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Amaneció. Tu proceso continúa, ya en manos del poder de ocupación. ¿No contestas nada? También ante él, desdeñas las acusaciones y confirmas tu identidad. Eres rey. Queda en evidencia lo cierto de tu enseñanza: Los jefes de las naciones las dominan como señores y las oprimen. Tu Reino invierte este orden perverso. El que quiera en él ser el primero, debe servirlos a todos. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos. Tu entrega se manifiesta así como rescate de los esclavos y los pecadores. Tú te ofreces en nuestro lugar, cumpliendo para nosotros el servicio de la liberación. Y cuando la injusticia y la desidia ejecutan su propia inercia, la bondad irreprensible de tu gesto establece un modo nuevo de gobierno. La cárcel se abre para permitirnos salir. Una vez fuera, podemos, como discípulos tuyos, consagrar la libertad al anuncio del Evangelio.

P. Oremos. Rey y Señor nuestro, compareces ante el tribunal de los hombres con una libertad soberana. No te amedrenta el temporal de su poder. Caminas sobre sus aguas y tu barca prosigue su curso. Cuando se nubla la esperanza, tú nos envías a los discípulos a servir el pan y los peces multiplicados. Aún tenemos miedo. Ayúdanos a perseverar. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Décima Estación

X – La turba

Ant. “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” (15,13.14).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos? El ingenio del poderoso se vuelve oportunista y negocia la justicia. Tal vez las presiones cedan si se plantea un acuerdo que deje a todos contentos. Barrabás es buena ficha de cambio. Pero la turba, amaestrada ya por las maledicencias y la información torcida, ha hecho suya la sentencia de la opinión pública. ¿Qué hago con el que llaman rey de los judíos? Crucificarte, exige la plebe. Pues ¿qué mal ha hecho? No importa si no has hecho mal. El criminal puede salir, y tú, inocente, pagar. Apenas hace unos días ellos mismos te aclamaban, entusiastas, y tendían mantos por tu camino de rey pacífico. Voluble, la masa encumbra y defenestra. Pero tu éxito no depende de su respuesta. Las multitudes que te conmovieron el corazón han estado como ovejas sin pastor. Aunque te agredan, tú tienes para ellas una buena noticia de salvación.

P. Oremos. Rey de paz, tu sentencia se ha anunciado como un clamor popular. Inocente, serás llevado al trono de la ignominia. Todo romano conoce su repugnante figura, y a todo no romano le horroriza. ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! Amén.

 

 

Undécima Estación

XI – Burla de los soldados y camino de la cruz

Ant. “¡Salve, rey de los judíos!”

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Antes, en el juicio ante el Sanedrín, algunos te cubrieron la cara, te abofeteaban y te decían que adivinaras quién había sido. Y los criados te golpearon. Ahora, los soldados, organizados, cumplen su propio rito macabro, revistiéndote de púrpura, coronándote de espinas, golpeándote en la cabeza con una caña y caricaturizando el saludo debido al rey. Finalmente, te devuelven tu ropa y te sacan para crucificarte. La burla y la agresión de tanta gente contrasta con una acción que fue obligada, pero se convirtió en el emblema de toda solidaridad: Simón de Cirene, uno que pasaba de vuelta del campo, cargó tu Cruz. Negarse a sí mismo y tomar la Cruz es condición de quien te sigue. Perder la vida contigo es un privilegio del discípulo.

P. Oremos. ¡Salve, Rey y Señor mío! Este cireneo encontrado casualmente en el camino quiere ser digno de llevar tu Cruz. No importa la imposición, el descrédito ni el agotamiento. Es un honor andar unos pasos contigo. Permíteme, a mí y a los míos, entrar a formar parte de tu familia, en este mismo momento en el que todo parece absurdo. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Duodécima Estación

XII – Crucificado e injuriado

Ant. “¡Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz!” (15,29).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. A media mañana te crucificaron. Un letrero establece la causa de tu condenación: el Rey de los judíos. Desaparecen las preguntas y se implanta la ofensa sarcástica, segura de sí misma. Te injuria el odio gratuito de los que van de paso, la furia de las mismas autoridades judías que te atacaron y hasta el desprecio incomprensible de los que están crucificados junto a ti. ¡Cuántas voces se aceleran ahora para agredirte, después de que tantas manos se han levantado para maltratarte! El veneno del mal se ha ensañado, al verte desprotegido. Los insultos hablan una vez más del templo y de la salvación. ¿No se dan cuenta de que, en efecto, al no salvarte a ti mismo y ser destruido tu cuerpo nos estás salvando a nosotros? A cada grito necio le sigue, de tu parte, el último silencio que ratifica la redención. No te bajas de la Cruz. Despojado de toda riqueza, nos haces ver cómo todo es posible para Dios. El Reino de Dios está definitivamente cerca, en tu amor.

P. Oremos. Cristo, Rey de Israel, tú reconstruyes el santuario nuevo en tu cuerpo escarnecido y en tu alma vituperada. El insulto fácil y el encarnizamiento nos hacen ver que hay que vigilar también sobre la palabra y la conducta, para no agriar más la Cruz con el vinagre descuidado del odio. Tu amor implanta en la cruz la nueva y última pregunta para todo ser humano: Habiéndome conocido, ¿me amas? Concédeme responder que sí. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Décimo tercera Estación

XIII – La muerte

Ant. “Eloí Eloí, lemá sabactaní?” (15,34).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Desde el medio día hasta las tres de la tarde, cuando el sol debía mostrar su esplendor, una intensa oscuridad se adueñó de la tierra. La gran pregunta va ahora al cielo, la más densa. Casi nadie la percibe. ¿Por qué te ha abandonado tu Padre? Se acompaña de un grito descomunal que rasga el velo del Santuario, de arriba a abajo. Y la respuesta es la muerte. Todas las preguntas de todos los tiempos se concentran en tu gemido. Y los rescatas, con una promesa. Sólo una voz, la de un centurión, que ve, que entiende, colocada ante tu Cruz en esta noche meridiana, expresa bien la fe. Tú eres, Jesús, en verdad, el Hijo de Dios.

P. Hijo de Dios, ahora puedo creer. Palpo en el desgarramiento del cielo la proclamación de tu grandeza. Miro en la oscuridad de mediodía el significado del Evangelio. No se puede esconder la Cruz puesta en lo alto del montículo. Al suspenso inmenso de tu amor respondo, finalmente, con una convicción viva. Ahora veo claramente todas las cosas. Ahora estoy curado. Amén.

Padre nuestro…

 

 

Décimo cuarta Estación

XIV – Confesión del centurión y sepultura

Ant. “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15,39).

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.

R. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

M. Es tarde. El mismo centurión, que ha creído, se vuelve testigo del misterio. Conoce el secreto, y puede exponerlo al mundo. Lo hace primero ante Pilato, quien se había extrañado de que Jesús ya hubiese muerto. La valentía de José de Arimatea había solicitado el cuerpo. La sábana de la muerte lo cubrirá un poco de tiempo. El compás de la espera es necesario, para asimilar el amor y acogerlo como norma de vida.

P. Oremos. Tu cuerpo, rey, reposa en un sepulcro excavado en roca. Las mujeres han visto con solicitud atenta dónde lo colocan. Esperan cumplir con los ritos finales de unción. Mientras tú callas, el cielo teje un vestido blanco, luminoso, para un joven que debe ser testigo y mensajero. Tu Evangelio empieza a cundir, para alegría del mundo. Amén.

Padre nuestro…

 

Conclusión

P. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.