Un pastor conocedor de su Arquidiócesis

DLF Redacción

El Código de Derecho Canónico obliga a todos los obispos a realizar visitas pastorales en sus diócesis, al menos cada cinco años, de modo que el Card. Norberto Rivera Carrera, como Arzobispo Primado de México, hizo tres recorridos completos por los 52 decanatos en que está dividida esta Iglesia particular.

La primera visita la realizó antes del Jubileo del Año 2000, evento que también generó una gran actividad eclesial en todo el mundo; la segunda visita fue entre el 2006 y 2007, y la tercera, en el 2013. Los informes que generaron estas experiencias fueron presentados en Roma al Santo Padre, durante la visita Ad Limina Apostolorum.

El Directorio Apostolorum Successores de la Congregación para los Obispos, en su número 220, dice: “La visita pastoral es una de las formas, confirmada por siglos de experiencia, con la que el obispo mantiene contactos personales con el clero y con los otros miembros del pueblo de Dios. Es una oportunidad para reanimar las energías de los agentes evangelizadores, felicitarlos, animarlos y consolarlos; es también la ocasión para invitar a todos los fieles a la renovación de la propia vida cristiana y a una acción apostólica más intensa.”

 

Una tarea complicada

Realizar esta tarea no fue nada sencilla para el Card. Rivera dada la extensión que tiene la Arquidiócesis, y que prácticamente empata territorialmente con la Ciudad de México, cuya superficie es calculada en el orden de los mil 500 kilómetros cuadrados, extendiéndose ampliamente la mancha urbana más allá de sus límites, hasta abrazar prácticamente el doble de su población, que en total sería de unos 20 millones de personas. De acuerdo con el INEGI, el 99.5% de la superficie de la Ciudad es urbana, y el 0.5% es rural.

Para la realización de las tres visitas pastorales se contó con la ayuda necesaria de los ocho obispos auxiliares, quienes primero se encargaron de recorrer el territorio pastoral a su cargo, reuniéndose previamente con el clero, tanto diocesano como regular, así como con agrupaciones religiosas y representantes de algunas instituciones cristianas como son casas hogar, asilos, comedores públicos, hospitales, escuelas y seminarios. Con esta información, los obispos auxiliares prepararon al Card. Rivera un informe detallado de sus actividades, logros y problemas, de modo que cuando llegó el Arzobispo a cada uno de los decanatos, ya contaba con la información oportuna que le permitía ahondar en sus opiniones, comentarios y consejos, y en la atención de casos particulares.

La visita a cada decanato tuvo un esquema similar en las tres visitas pastorales: las reuniones, que prácticamente ocupaban todo el día, comenzaban desde muy temprano, con una oración en la parroquia seleccionada. Luego, iniciaba la reunión de trabajo, en la que cada uno de los sacerdotes presentaba al Arzobispo su informe en público, de modo que todos los asistentes lo pudieran escuchar. Al final, el Cardenal tomaba la palabra.

Después de la hora de la comida, el Card. Rivera se reunía con las religiosas que tenían presencia en la comunidad, y con representantes de otras instituciones, y finalmente con los laicos. La gente solía exponer libremente sus ideas e inquietudes, y el Arzobispo, respondía a cada una de las preguntas.

Las visitas pastorales generalmente terminaban con la celebración Eucarística en la que participaban todos los asistentes.

Si bien cada una de las tres visitas pastorales se prolongó más allá del año, los esfuerzos dieron importantes frutos, pues la experiencia permitió al Card. Rivera y a los obispos auxiliares tomar las más atinadas orientaciones en el gobierno pastoral de la Arquidiócesis de México, una de las más pobladas y extensas del mundo. De igual modo, estas visitas siempre permitieron un mayor acercamiento entre el Pastor y los fieles, y una mejor comunicación y entendimiento.

Los temas que se abordaron en las tres visitas pastorales fueron variados, desde asuntos plenamente eclesiales como son la liturgia, la catequesis, los ministros extraordinarios de la Eucaristía, la visita a los enfermos, las acciones de la pastoral socio caritativa, la administración parroquial, los coros, los programas juveniles, etc. hasta problemas que tenían que ver con las comunidades vecinales, como la inseguridad, el narcotráfico, el transporte, el desempleo, la limpieza en las colonias, parques y jardines, la indigencia, la gente en situación de calle, etc.  

Durante la tercera visita pastoral, en particular, el cardenal Norberto Rivera fijó dos prioridades, sin que por ello se descuidaran otros temas: la juventud y las vocaciones religiosas, temas que también estuvieron presentes en las dos visitas anteriores.

Para el Card. Rivera Carrera, según escribió en sus más recientes Orientaciones Pastorales: “Estas actividades son también oportunidades para entrar en contacto con la realidad de la urbe, con su problemática, sus anhelos y sus potencialidades. De tal forma que, en este contexto, la visita pastoral tiene para nosotros la importancia de ser expresión culminante de todo este trabajo de interacción, de diálogo, de impulso, de revisión y de coordinación corresponsable entre los pastores y los demás agentes de evangelización. Es una oportunidad de fortalecimiento de la acción pastoral, de enriquecimiento de la espiritualidad de los agentes y de consolidación de las estructuras. Así entendemos lo que nos dice el mismo Directorio para el ministerio pastoral para los Obispos, en el lugar citado: ‘la visita es un evento de gracia que refleja en cierta medida aquella especial visita con la que el supremo Pastor  y guardián de nuestras almas, Jesucristo, ha visitado y redimido a su pueblo.’”