Tres hermosos propósitos para el 2018

ACI Prensa

Hoy concluye el año 2017, y frente a nosotros tenemos una buena oportunidad para hacernos nuevos propósitos, “un hábito profundamente cristiano –como señala Mons. José Gómez, Arzobispo de Los Ángeles–, toda vez que refleja un hermoso deseo de crecer en amistad con Jesucristo, y es un signo consciente de que aún no somos el pueblo que Dios quiere que seamos”.

En este sentido, Mons. José Gómez ha planteado tres hermosos y útiles propósitos que podemos tomar para el año que viene, conscientes de que con la gracia y ayuda de Dios todo lo que nos propongamos es posible.

  1. Colocar a Jesús en el centro de nuestras vidas

Hagámoslo verdaderamente este año: despertemos cada mañana con nuestra mente puesta en Jesús, y vayámonos a dormir cada noche con nuestra mente puesta en Jesús. Él quiere ser nuestro amigo, nuestro hermano. Empecemos a relacionarnos con Él como nuestro hermano. Él comparte nuestra naturaleza humana. Él es como nosotros en todo, menos en el pecado. Tenemos que aprender de sus palabras y de su ejemplo.

Una manera práctica de crecer en nuestra amistad con Jesús es tratar de encontrar el tiempo de leer los Evangelios; es decir, la vida de Jesús. Aparten unos cuantos minutos cada día para leer un pasaje. Usen tal vez la lectura del Evangelio que la Iglesia propone para la Misa diaria. Empiecen haciendo siempre una sencilla oración de corazón, que los ponga ante la presencia de Dios.

Pídanle a Jesús que abra su Palabra para ustedes. No se pregunten lo que el pasaje del Evangelio dice “en general”, o lo que podría significar para otras personas. Pregunten personalmente a Jesús: “Señor, ¿qué me estás diciendo a mí? ¿Qué quieres que yo haga? “¿Qué debo cambiar en mi vida si quiero seguirte más de cerca?”.

Traten de llevar ese pasaje del Evangelio con ustedes durante todo el día, reflexionando acerca de él. Éste es el comienzo de nuestro caminar con Jesús en la vida cotidiana. De este modo, empezamos a ver nuestras vidas como Él las ve desde su perspectiva.

  1. Mejorar la vida de los demás

El plan de Dios para nuestras vidas es sencillo y hermoso. Él quiere que recibamos su amor en Jesús y que compartamos ese amor con los demás. Por medio de nuestro amor cambiamos el mundo, lo hacemos parecerse más al cielo. Y nuestro propio camino a la vida eterna está escalonado con nuestros pequeños actos de amor, caridad y bondad. Debemos tener diariamente una intención positiva de servir, de mejorar la vida de alguien.

El amor empieza con aquéllos que nos exigen más, con los que representan un reto para nuestro egoísmo. Eso significa que el amor empieza con aquéllos que están más cercanos a nosotros, en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en nuestras escuelas o en nuestros centros de reunión.

En términos prácticos, debemos tener más paciencia, más comprensión, con las personas que forman parte de nuestras vidas. Concedámosle a los demás el beneficio de la duda, aceptemos a las personas tal como son, dejemos de ser tan proclives a juzgar a los demás. Démosle un tono positivo a nuestra conversación. Tratémonos unos a otros con ternura y amor. A veces podemos cambiar el curso del día de las personas tan sólo sonriéndoles, poniéndoles un poco de atención, escuchando lo que quieren decir.

  1. Perdonar a los demás como Dios nos perdona a nosotros

Tenemos que abrir nuestros corazones y mostrar al mundo el amor de Cristo. Eso significa que debemos compartir nuestra fe, amar a la gente, cuidar de ella, mostrarle misericordia y, sobre todo, perdonarla. Si no perdonamos lo suficiente, dañamos a nuestras familias y afectamos nuestras relaciones. Entre las personas nos hacemos daño y nos afectamos todos los días; sin embargo, permanecer enojados o resentidos no soluciona nada.

El Papa Francisco ha dicho: “Jesús nos llama a todos a seguir este camino: ‘Sean misericordiosos, como su Padre celestial es misericordioso’. En silencio, pensemos en alguna persona con la que estemos molestos, con la que estemos enojados, en alguien que no nos guste. Pensemos en esa persona, oremos por esa persona y volvámonos misericordiosos con esa persona”.

Esto es un hermoso consejo para nosotros. Propongámonos perdonar a los demás como Dios nos perdona. ¡Cada vez! ¡Todo el tiempo!