Testimonio: Mi lengua es para alabarte, Señor

Vladimir Alcántara

Si esto hubiera sido sólo hablar de mí, me habría negado. Pero de Él sí quiero hablar, del Señor, que es mi gozo, mi alegría. ¡Es mi vida!

Mi nombre es Cony, o así me llaman mis compañeras catequistas, quienes en ningún momento me dejaron sola durante la dificultad. Cuando supe que tenía cáncer, le dije a Dios: “Así, Señor, yo me hinco, y te adoro, y te alabo, y te doy gloria. Sólo tú sabes por qué me mandas esto. Si mi enfermedad es para bien de alguien, te la ofrezco; y si me permites, la acepto en sacrificio por tantos niños que sufren. Hágase tu voluntad”.

Todo empezó hace año y medio, con unas postemillas que me salieron en la lengua; fui a la dentista, quien me dio un antibiótico creyendo que era una infección, pero no se resolvió el problema; pensó que podía ser la muela del juicio, y me la sacó, pero las postemillas seguían. Posteriormente fui con un médico maxilofacial, quien me revisó y tampoco encontró nada.

De pronto –hace unos cuatro meses–, leí en el periódico un artículo sobre el cáncer de boca; no refería gran cosa. Pero comencé a tocar mi lengua con más atención, y un día sentí en ella una bolita. Una bolita que al cabo de una semana creció mucho. No lo comenté con mi familia. Fui pronto a la clínica del Seguro, pasé al dentista, y como temía que se tratara de un problema grave, para ir al grano y sin tantas explicaciones, le dije que la dentista anterior me había dicho que probablemente tenía cáncer de boca. Me revisó y vio que esa bolita se había convertido en una lengüeta de dos centímetros.  

De ahí me mandaron de inmediato al médico maxilofacial de la Clínica 29. Fui y expliqué al doctor lo que ocurría. Me pudo dar cita sólo para la siguiente semana. Acudí en la fecha que me dijo. A los dos días me extrajo tejido y lo mandó a biopsia para que precisaran qué era. Al ver los resultados, confirmó que se trataba de un tumor maligno. Me mandó a Oncología en el Hospital Siglo XXI, adonde llegué con mi diagnóstico, mismo que refería un “carcinoma diferenciado”; como yo no entendía de eso, tenía la esperanza de que “diferenciado” significara sólo una sospecha. Pero no; el médico me explicó que “diferenciado” se refería al cáncer más agresivo que hay. Luego me dijo que me haría otro estudio para no cortarme la lengua sin la seguridad de que era necesario. Quedé pasmada al oír eso. Me mandó por mi tejido a la Clínica 29. Regresé a Oncología y lo entregué. El estudio tardaría 15 días.

Las únicas que sabían de eso hasta entonces eran mis compañeras catequistas. Decidí decírselo entonces a mi familia. Mi hija y mi yerno me consiguieron cita con otro oncólogo para tener una segunda opinión. Éste confirmó que se trataba de un cáncer sumamente agresivo, pues era del tipo del que se expande, se desprende y se esparce rápidamente. Me dijo que no había tiempo que perder, pues de no ser intervenida, no llegaría a diciembre; además debían practicarme un estudio que arrojaría el lugar preciso del tumor y las zonas de metástasis, sólo que era muy costoso. Yo no tenía dinero para nada de eso. Pero mi hija y mi esposo, dispuestos a costear dichos gastos, se las arreglaron como pudieron.

Fuimos al hospital de Interlomas donde practicaban ese estudio. Me revisó el médico Jorge Cortés, quien me mandó a hacer otros análisis. El estudio final arrojó que el tumor estaba hasta atrás de la lengua; el médico me reconfirmó la necesidad de que me cortaran parte de ella. Tendría además que tomar radioterapias y quimioterapias, también terapias de foniatría porque ya no iba a poder hablar.

Tenía, pues, programada la operación para un lunes, pero el viernes anterior me dio gripa, lo que hacía imposible la operación. El doctor me dio una medicina sumamente fuerte para atacar el cuadro gripal, pero no se me quitaba. Así me presenté el lunes, y de pronto ya no tenía gripa.

Aquel día, el P. Basilio y el P. Jaime, de mi parroquia, me mandaron su bendición; la secretaria me dijo que a esa hora me mandaría a hacer Misa; mi tía me puso en cadenas de oración; otras personas me encomendaron a Dios y prendieron cirios, una catequista se fue a la Basílica a la hora de la operación para pedir a la Virgen de Guadalupe; y mucha, pero mucha gente se hallaba orando.

Entré, pues, a que me prepararan para la operación. Quería inútilmente acordarme de un canto de alegría. Sin importar lo que pasara, comencé a pedirle a Dios por mi familia. Me anestesiaron. Pensaba en que era el último día que tendría mi lengua; al sentirla, me resistía a caer dormida. Pero de pronto ya no supe de mí.

Cuando desperté, ahí estaba ahí mi familia. Todos lloraban. Mi hija me dijo emocionada: “Mamá, ¿qué crees? ¡No te quitaron la lengua!”. Al otro día, el médico me dijo que me habían empezado a operar, me quitaron ganglios y arrasaron hasta con una glándula salivar… ¡y nada! ¡No había tumor! Examinaron mi lengua con mucho cuidado… ¡y nada! Por eso tomó la decisión de no cortármela. Lo que el doctor no sabía, era que también él estaba en cadena de oración para que tomara la mejor decisión.  

Sigo teniendo mi lengua para dar gloria a Dios, para hablar de Él, porque, como dije, el Señor es mi gozo, mi alegría. ¡Es mi vida!