Secreto de confesión ¡Inviolable!

 

P. Sergio G. Román

La importancia del sigilo

¡Qué difícil es confesarse!, nos da una natural pena o vergüenza el decir nuestros pecados a un hombre igual o peor que nosotros. Aceptamos este sacramento porque fue instituido por Jesús y practicado por la Iglesia desde la era apostólica. Si frecuentamos este sacramento nos damos cuenta de que es hermoso y de que es fruto del amor misericordioso de Jesús, que nos da así la oportunidad de recobrar la gracia perdida por el pecado después del Bautismo.

San Ambrosio de Milán, en el S.V, decía que “en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia”, refiriéndose a la conversión que supone la confesión de los pecados.

Cuando hemos experimentado la tristeza del pecado y cómo nos aleja no sólo de Dios sino de nuestros hermanos los hombres, sentimos la necesidad del perdón, de la reparación del daño, de manifestar de viva voz nuestro arrepentimiento. Confesar los pecados es humillante, pero purifica el alma, la consuela de las lágrimas derramadas y la fortalece para una vida nueva.

Temor a la indiscreción

Todos los sacerdotes tenemos el poder de perdonar los pecados, incluso los que han renegado de su fe y han sido apartados del ministerio sacerdotal. Ellos saben que en caso de necesidad pueden absolver a un pecador arrepentido, porque ellos mismos son sacerdotes para siempre.

Normalmente nos confesamos con los sacerdotes cercanos a nosotros, y entonces la confesión transcurre de una forma más natural, como la charla con un amigo que nos estima y al que estimamos. Podemos escoger a nuestro confesor y acercarnos a aquel sacerdote que sabe guiarnos, que nos aconseja con sabiduría y que nos perdona dejando ver a través de su persona a la persona de Cristo, que es el verdadero ministro de todo sacramento.

¿Cómo saber que nuestro confesor no va a traicionar nuestra confianza?

Podemos estar seguros de que nunca, por ningún motivo, en ninguna circunstancia, el confesor dirá lo que ha escuchado en confesión.

Si ya por derecho natural todos estamos obligados a saber guardar un secreto que se nos confía, con mucha mayor razón, por derecho divino, un sacerdote está obligado al sigilo sacramental, y nadie puede obligarlo a revelar lo escuchado en confesión, ni siquiera la ley civil.

La ley de la Iglesia

La Iglesia, en el Catecismo de la Iglesia Católica #1467, nos enseña: “Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas (CIC can. 983-984. 1388, §1; CCEO can 1456). Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama “sigilo sacramental”, porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda “sellado” por el sacramento.

La grave pena impuesta por la Iglesia a un sacerdote que se atreviera a romper el sigilo sacramental es la Excomunión, por la cual no sólo se vería privado del ejercicio de su ministerio, sino se vería fuera de la Iglesia Católica.

Para conservar este sigilo, los sacerdotes hemos sido preparados para actuar con extremada prudencia. Ni siquiera podemos hablar de los pecados de un penitente con él mismo fuera de la Confesión.

Este derecho al sigilo lo tienen también los delincuentes que se arrepienten y desean ser absueltos. El confesor tratará de conducirlos a una verdadera conversión y a un cambio de vida.

Una de las experiencias más hermosas en este sacramento es el ser confesor en una prisión, porque entonces se da uno cuenta de qué forma tan maravillosa actúa el amor de Dios con los que el mundo llama criminales y a los que Dios sigue llamando “hijos”.