P. Óscar Fabricio, el sacerdote-bombero

Abimael César Juárez

Su caso es único, pues no se tiene conocimiento de algún otro sacerdote mexicano que combine su ministerio con el oficio de bombero. Se llama Óscar Fabricio Martínez Limón, y es vicario de la iglesia del Espíritu Santo, en la Colonia San Román de la Diócesis de Córdoba, Veracruz.

En entrevista para Desde la fe, el sacerdote asegura que nunca pensó dedicarse a salvar vidas como rescatista, pero ahora considera que también es una manera de servir a Dios, pues de esta forma no lo hace sólo de palabra, sino con hechos, y es que desde hace cuatro años es miembro del Heroico Cuerpo de Bomberos en la Ciudad de Córdoba.

Explica que a cada servicio acude como cualquiera de sus compañeros: con su equipo especial contra incendios, pero también está listo para orar, confesar o impartir el sacramento de la Unción de Enfermos cuando se requiere, y para ello lleva consigo una botella con agua bendita, un recipiente con oleo de enfermos, un rosario y su estola.

El P. Fabricio está seguro de que Dios le ha dado una personalidad capaz de soportar situaciones difíciles, como por ejemplo, algún deceso, o bien, atender tanto física como espiritualmente a los heridos tras algún accidente.

Fue en el 2012 cuando un comandante le extendió la invitación de pertenecer a esa agrupación como miembro honorario, y él acepto gustoso. Los habitantes de la zona le han puesto el mote de “Padre Bombero”, y su clave de control interna para la radiofrecuencia de banda civil dentro de la brigada es “El único”.

Para combinar su ministerio con este peligroso oficio se vio inspirado por el P. Francisco J. Krill, quien años atrás fundó una estación de bomberos, así como por algunos sacerdotes-bomberos en Europa y Estados Unidos, sobre todo los que ofrecieron sus servicios tras el ataque del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, donde incluso algunos perdieron la vida.

Para el sacerdote, no ha sido sencillo: “En un principio no le dije nada al Obispo, aunque estaba seguro de que no hacía nada malo. Algunos hermanos sacerdotes sí se espantaron y me desaprobaron, me llamaron loco y adefesio. Con los bomberos pasó lo mismo, aunque fue menos; no obstante, siempre he dejado claro que primero soy sacerdote y después bombero. Con el tiempo me he ganado el respeto y la confianza de mis compañeros y de la gente en general”.

Para finalizar, el P. Óscar consideró que todo sacerdote debe ser entregado y no permitir que nada lo corrompa, seguir las sugerencias del Santo Padre de llegar a todas las periferias existenciales, y para eso es necesario cambiar los esquemas de pensamiento, sin perder la identidad sacerdotal. “Es necesario que lo que se predica se aplique –dice– que no se quede sólo en un sermón, sino en acción; debemos salir, ver a los enfermos, ayudar a los pobres, dar la mano al que está en la desgracia, todo eso se hace con el ejemplo, hay que bajarle al ego, perder el miedo y romper esa barrera, tratar igual al rico, al chofer o al barrendero”.

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