Opinión: Anatomía del secuestro

P. Juan Jesús Priego

Una amiga mía, vendedora de libros usados, me decía hace poco:

-Antes del terremoto no lo sabía, pero ahora lo sé: soy rica. ¡Mi casa fue de las que no se cayeron!

El terremoto la hizo pensar no en lo que se había perdido, sino en lo que aún se conservaba. Y entre lo que se conservaba estaba su casa, llena de libros viejos y raros.

Y siguió diciéndome:

-¿Por qué tienen que suceder estas cosas para darse uno cuenta de lo que tiene, de lo que le queda?

Y me puse a pensar que con los terremotos sucede como con los secuestros…

Se habla de secuestro, por ejemplo, cuando una persona, contra su voluntad, es arrebatada de su ámbito vital para no ser devuelta a él más que a cambio de cierta suma de dinero. (Esta suma, por lo demás, suele ser siempre grande: llega a tener tantos unos y ceros –el lenguaje binario en su máxima expresión- que al hombre de la calle le resulta imposible imaginarla).

El secuestro se diferencia del rapto en que este último puede no estar motivado por la obtención rápida de dinero, en tanto que aquél, por el contrario, casi siempre lo está.

Como se sabe, una de las más antiguas modalidades del matrimonio fue el llamado “matrimonio por rapto”. Cuando un hombre trepaba a una mujer a la grupa de su cabalgadura y la sacaba –con violencia o sin ella– de la influencia familiar, de la casa paterna, dicha mujer era considerada entonces esposa legítima del raptor. Dirá usted, tal vez, que era ésta una manera demasiado cavernícola de contraer matrimonio; no obstante, durante siglos y siglos tal fue el modo de casarse más extendido. Para no ir tan lejos, recuérdese que fue gracias a uno de estos raptos amorosos que dio inicio la llamada cultura occidental, cuando Helena –contra su voluntad o con ella: esto se halla todavía en discusión– fue raptada por Paris, según se cuenta en La Ilíada.

¿Modalidad cavernícola? Acaso sí, aunque no tanto, sobre todo si se piensa que la llamada luna de miel de nuestros días no es otra cosa que la pervivencia del antiguo rapto mediante el cual el hombre se llevaba a la mujer a tierras lejanas para disfrutar de su amor sin ningún tipo de intervenciones paternas, recomendaciones maternas o imponderables del mismo estilo. ¿La luna de miel es entonces un rapto? Sí, señor: un rapto verdadero, aunque con fecha fijada de liberación.

Sin embargo, el secuestro, propiamente dicho, tiene que ver de manera directa, ya lo dijimos pero volvemos a decirlo ahora– con el dinero.

-¿Cómo fue?

Ésta es la pregunta que todos hacemos a quien nos llega con la triste noticia de que un individuo ha sido secuestrado, para luego agregar:

-¿Y cuánto piden?

Como si nos quedara bien claro qué era lo que buscaban exactamente los delincuentes al hacer lo que hicieron.

-Diez millones -oímos que responde nuestro interlocutor.

¿Diez millones? No nos imaginamos tamaña cantidad: semejante apilación de ceros no entra en nuestra cabeza. Ni siquiera nos es posible concebir una cifra semejante. No obstante, es verdad: diez millones (de pesos, de dólares o de euros, lo mismo da) es la cantidad que piden los secuestradores para devolver a su víctima a su hábitat natural, a su vida cotidiana. Y en este punto surge una pregunta: ¿tanto vale entonces nuestra vida cotidiana?

Es posible que la víctima sufriera de migrañas continuas, o que incluso estuviera afectada por un asma nada fácil de sobrellevar; que sufriera de continuas depresiones, o que padeciera sencillamente del corazón. Esto es algo que no importa y que los criminales ni siquiera se preguntan. No dicen, por ejemplo:

-¿Aceptarán sus familiares darnos la cantidad que pedimos? Pues este hombre, a lo que se ve, no está muy sano que digamos. ¡Bien a las claras se nota que la muerte, desde hace tiempo, no le quita el ojo de encima!

No, nada de esto se preguntan los secuestradores, sino que dicen con plena seguridad:

-Tu vida de siempre a cambio de diez millones.

Es decir: “Tu asma, tu bronquitis, tu pastilla para los nervios a cambio de esa suma. ¿De acuerdo?”.

¿Habíamos caído en la cuenta del gran valor de nuestra vida cotidiana, de nuestra existencia tal y como la hemos vivido hasta el día de hoy, con sus molestias y sus incomodidades, con sus grandes frustraciones y sus pequeñas alegrías? En ocasiones nos quejamos de ella diciendo que es aburrida, insípida, monótona y absurda. ¡Pero cuánto daríamos por volverla a tener cuando alguien amenaza con quitárnosla!

Justo cuando está a punto de morir, el rey Berenguer, personaje inolvidable del teatro de Eugène Ionesco (1912-1994), reconoce: “¡Ah, la vida!… Echas a andar, tomas una cesta, vas a hacer las compras. Sacas el portamonedas, pagas, te dan el vuelto. En el mercado hay alimentos de todos los colores: lechugas verdes, cerezas rojas, uvas doradas, berenjenas violetas… ¡todo el arco-iris! Extraordinario, increíble. Un cuento de hadas… También es hermoso aburrirse, y encolerizarse, y no encolerizarse, y estar descontento, y estar contento, y resignarse, y protestar. Se agita uno, y hablas y te hablan, tocas y te tocan. Una magia todo ello, una fiesta continua”…

Pero el rey se muere y ahora lamenta no haber asistido nunca a  esa fiesta cotidiana de la que, sin embargo, todos los días recibió –sin atenderla– una discreta invitación.

¡Qué lástima que sean los secuestradores, esos criminales, quienes nos den la noticia del valor inapreciable de nuestra vida, esa vida que en ocasiones vivimos con desgano e incluso maldiciéndola! ¡Qué lástima que sea gracias a estos malandrines que podamos entrever cómo se puede ser feliz sin saberlo, cómo lo somos sin que se lo digamos a nadie y a veces ni notándolo nosotros mismos!

Gracias a un terremoto, pues, es posible que uno se dé cuenta de lo que le queda; y que los hombres podemos volver a ser hermanos, como cuando Dios estaba en el corazón de todos y era llamado por todos Padre nuestro…

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