¡No te dejes esclavizar por las cadenas!

P. Sergio G. Román

 

¡Chín, una cadena!

Patricia tiene prisa. Se le pegaron las sábanas, y ya se le hizo tarde para llevar a sus hijos a la escuela. ¡Ni modo, que se vayan hoy sin desayunar! De la escuela se irá a su trabajo, y regresará a recoger a sus niños y a comprar lo indispensable para darles de comer. Ella es una mujer muy ocupada, como casi todas en la actualidad. Después de una tanda de gritos y de regaños, logra arrear a sus hijos hasta la puerta y, en ese momento, suena una alerta en su celular: es un mensaje de una amiga muy querida. Rápido lo lee. “¡Chin, una cadena!”, dice. Ya las conoce. En los últimos meses ha recibido muchas a través de Whatsapp, y ha tenido que hacerlas porque ‘ella es muy respetuosa de las cosas de Dios’ y, además, porque no quiere que Dios la castigue.

La cadena la obliga a reenviar el mensaje que ha recibido a todos sus contactos, a más tardar en cinco minutos, pues de lo contrario recibirá un castigo. Pero justo ahora Patricia no tiene tiempo, y se siente desesperada y angustiada, tanto, que de camino a la escuela de sus hijos se hace el propósito de ir por la tarde a consultar al padre de la iglesia para que le explique las consecuencias de haber roto una cadena, y en todo caso, pedirle perdón a Dios por haberlo hecho. Por lo pronto, el día se le echó a perder.

 

¿Qué es una cadena?

Es una oración a un santo, a la Virgen María o a Jesús, en alguna de sus advocaciones. Hasta allí no hay problema; ¡qué bueno que hagamos oración!, pero el problema comienza cuando esto se vuelve una superstición. Hasta hace poco, los iniciadores de las cadenas pedían que se hicieran diez, quince, veinte, noventa copias de una oración en papel y se colocaran debajo de las puertas, pero como eso era muy engorroso, se obligaba a la pobre e inocente víctima de la cadena a seguirla bajo miles de amenazas, que casi siempre comenzaban así: “El presidente de Brasil la hizo y se sacó la lotería” y “Juan Pérez le pidió a su secretaria que las hiciera, y ésta no las mandó, y a Juan le secuestraron un hijo”. Y así, bajo una serie de amenazas, la pobre víctima se veía obligada a buscar otras víctimas para “hacerles el favor” de poner una cadena en sus manos. Hoy, si bien esta modalidad continúa, ahora ha sido remplazada en gran medida por las cadenas a través de mensajes en celular. Ahora, hay cadenas de amor, de preguntas, de retos, de compromisos, y, por supuesto, de oraciones.

 

¿Qué hacemos con las cadenas?

Muchos fieles se preguntan cómo actuar en particular ante las cadenas de oración en las que está incluida alguna amenaza, como ésta: “URGENTE: El que reciba este mensaje es bendecido. Reza tres Padrenuestros y tres Avemarías, y envíalo a 12 personas en los próximos 5 minutos, si no, algo malo te pasará”.

En primer lugar, lo que debemos hacer es recordar que Dios no puso condiciones a la hora de invitar a sus discípulos a orar, por lo que lo recomendable es borrar el texto, aunque quien nos lo haya enviado sea nuestro mejor amigo. ¿Y no pasa nada? ¡Absolutamente nada! No se preocupen.

Si bien podemos aprovechar este tipo de cadenas como un recordatorio –en medio de nuestra agitada vida– para orar por las muchas necesidades del mundo, no podemos dejar de señalar que intrínsecamente son malas, y no deben hacerse ni seguirse, porque presentan una imagen equivocada y supersticiosa de Dios.

En lugar de promover el amor a Dios, las cadenas promueven el miedo a la venganza divina, que sería tonta si Dios castigara a una persona por no haber reenviado una cadena. ¡Y Dios no es tonto!

¿Quién hace esas cadenas? Personas de buena fe que piensan que de ese modo ayudarán a fomentar la devoción a algún santo, pero lo único que hacen es causar molestias a sus contactos, sobre todo a aquellos que, por ignorancia, se dejan esclavizar por las cadenas.

 

¿Son malas las cadenas?

Sí, porque fomentan la superstición al hacer creer que las gracias divinas dependen de la repetición sin sentido de una acción que no tiene ninguna importancia. Las cadenas rayan en la magia o en la brujería, que atribuye a las cosas el poder que sólo Dios tiene y que considera que hay fórmulas infalibles para obligar a Dios a hacer nuestros caprichos.

¿Si no hacemos cadenas, qué podemos hacer para agradar a Dios? Es legítima la devoción a Jesús, a la Virgen y a los santos, y también es muy comprensible que un devoto quiera difundir esa devoción, pero no por el miedo, sino por amor.

En lugar de hacer cadenas, ¿por qué no mejor difunden la vida de un santo o la historia de las apariciones de la Virgen o el sentido de la devoción a una imagen de Jesús?, de esa manera estarían haciendo una propaganda buena que serviría para instruir a otras personas y para animarlas a compartir su devoción.

La verdadera devoción se dirige siempre a Dios, de quien los santos son tan sólo humildes servidores. Tener devoción a algún santo significa conocer su vida, imitarla y pedirle que ruegue por nosotros a Dios, a sabiendas de que todas las gracias divinas se nos conceden, solamente, porque Cristo las ha ganado gratuitamente para nosotros.

No hay Virgen ni santos milagrosos, tan sólo Dios hace milagros y toda devoción recta nos debe llevar al amor a Dios.

Así es que, queridos amigos lectores, no se dejen esclavizar por las cadenas y ¡elimínenlas!

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