Miércoles de Ceniza e identidad cristiana: desde el corazón

Gabriela Rodríguez Álvarez Malo

Cuando he estado en un país extranjero, descubrir a un mexicano es todo un acontecimiento. Quizá lo escuché hablar y su acento me llamó inmediatamente la atención, quizá su ropa o su forma de arreglarse se me hizo familiar o quizá traía una bandera, y era evidente. Lo cierto es que todas las veces que lo he vivido me da mucha emoción, y tengo ganas de acercarme para hacerle conversación. Es la emoción de sentirme identificada y parte de ese grupo que llamamos “los mexicanos”; muchas veces, incluso ya conversando con ellos, los dos hemos querido encontrar más y más cosas comunes: ciudad, tipo de comida, familiares, etc.

En la Iglesia hay múltiples lenguajes, signos, símbolos y expresiones que nos hablan de nuestra identidad católica. Esos elementos que nos hacen recordar el sentido de nuestra vida y de todo cuanto hacemos, que nos dan sentido de pertenencia y nos hacen sentir como en casa. De esto está especialmente llena la Cuaresma, y el Miércoles de Ceniza es, en este sentido, un día especial. Este día es muy satisfactorio y un motivo de gran orgullo ver por las calles, en universidades, hospitales o zonas públicas a nuestros hermanos marcados con una cruz o una mancha de ceniza en la frente, y nos hace sentir identificados.

Pero la identidad católica es mucho más profunda que  haber tomado ceniza; hay una forma de ser, de pensar y de actuar que nos une y en este artículo mi intención es ofrecer algunas ideas que nos ayuden a vestir nuestro corazón de esa identidad.

Vamos a hacer de cada símbolo una pequeña reflexión para alimentar nuestra mente y a proponer una acción concreta para que así vayamos revistiendo nuestro corazón.

1. La ceniza: En el Antiguo Testamento cubrirte de ceniza era un gesto de hacer penitencia y de pedir perdón. Es un signo de arrepentimiento. Es un gesto de reconocerte pecador, y de manifestar el dolor de haber ofendido.

Acciones concretas: acércate a la confesión sacramental y pedir perdón a quien hayamos ofendido.

2. El ayuno y abstinencia: En la práctica cristiana, las mortificaciones y sacrificios son una forma de elevarme de lo material (mis necesidades e inclinaciones corporales) a lo espiritual. Sacrifico el cuerpo para que el espíritu se fortalezca.

Acciones concretas: Respeta los días de ayuno que son solo 2: miércoles de Ceniza y Viernes Santo. Y hacer un esfuerzo cada viernes de la Cuaresma por cumplir con la abstinencia de carne o por suplirlo con un sacrificio, pero cada vez que lo hagas recuerda que es un signo de amor.

3. La Cruz. Es en la Cruz que Cristo tomó sobre sus hombros nuestro dolor, nuestro pecado, nuestro sufrimiento para darle un sentido de salvación. Es el símbolo de abrazar el dolor y el sufrimiento que conlleva nuestra vida.

Acciones concretas: acércate a la cruz: pon cerca de ti un crucifijo, puede ser una cruz ornamental de tu casa, o una pequeña que puedas poner en tu mesita de noche o en tu bolsillo, puede ser una cruz en tu cuello, lo que tengas. Y bésala cada día con mucho fervor con una jaculatoria: “acepto mi cruz, Señor. Yo también te amo”. También puedes rezar el Viacrucis con este mismo sentido.

Recuerden que la Cuaresma es principalmente un momento especial de gracia, y como dijo el Papa Francisco: El cristiano es aquél que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres.

El Papa también nos habla sobre la indiferencia: “Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia”.

Hoy sufrimos profundamente, sufrimos porque nos hemos ido encerrando en nosotros mismos y hemos terminado cerrando la puerta no sólo a los demás, sino también a Dios. Nuestro corazón tiene sed de amor, de recuperar la calma, la gracia y el gozo que sólo Dios sabe dar.

La Cuaresma es el tiempo de recuperarlo.