Cielo y Tierra: ¿Mantenemos la fe cuando sufrimos?

Alejandra María Sosa Elízaga

 

Cuando vemos cómo otros sufren, o tal vez padecemos en carne propia, la tragedia del terrorismo, los desastres naturales, la crisis económica, y demás dificultades de la vida, tal vez sentimos que Dios nos ha olvidado, que estaba mirando hacia otra parte cuando algo malo sucedió, pero no es así. Dios no se desentiende ni nos abandona nunca, aunque a veces así nos lo parezca. Para no caer en la desesperanza, sino mantener la fe cuando sufrimos, conviene tener siempre presentes estas cuatro consideraciones:

 

1. Si entendiéramos a Dios no sería superior a nosotros, sería igual a nosotros y por lo tanto no sería Dios.

No lo entendemos ni podremos entenderlo nunca por la sencilla razón de que Él está muy por encima de nosotros (ver Is 55, 8-9).

¿Por qué permite lo que permite? Porque lo ve todo pensando en ayudarnos a alcanzar la santidad, porque nos ama tanto que quiere que podamos pasar con Él la eternidad.

 

2. No estamos destinados a permanecer en este mundo.

Si este mundo fuera todo lo que hay, entonces sí que podríamos enojarnos con Dios por no asegurarse de que la pasemos aquí de maravilla, pero no es así. Estamos en tránsito hacia nuestro hogar definitivo. Lo malo, como lo bueno que aquí vivamos, pasará. Eso no significa que debamos quedarnos de brazos cruzados. Hay que procurar desarrollar al máximo lo que somos y tenemos, y amar y ayudar a los demás, pero con la paz de saber que pasarla bien en este mundo no es nuestra meta final.

 

3. La enfermedad, el sufrimiento, envejecer pueden aprovecharse para bien.

Son medios que nos ayudan a irnos desprendiendo de este mundo al que nos aferramos. Enfermarnos, que se enfermen y mueran nuestros seres queridos, nos ayuda a madurar, a crecer en compasión, en paciencia, a aprender a ver a los demás con un corazón capaz de conmoverse.  También cabe mencionar que incontables obras de ayuda y asistencia social han surgido gracias a que una persona aprovechó su experiencia de dolor para hacer un bien a quienes padecen lo mismo que ella padeció.

Jesús nos salvó a través de Su sufrimiento y muerte, si unimos nuestros sufrimientos al Suyo, adquieren sentido redentor, podemos aprovecharlos para ofrecérselos por Su amor, para bien de los demás y por nuestra propia santificación.

 

4. Paralelamente a lo malo, siempre hay algo bueno.

Por alguien que dice: ‘no creo en Dios por lo malo que hay en el mundo’, hay muchos más que dicen: ‘creo en Dios por todo lo bello y bueno que hay en el mundo’.

Las dificultades, enfermedades y problemas, no deben impedirnos captar la presencia amorosa de Dios que nos sostiene, nos consuela, nos da Su gracia a cada momento para superar lo que nos toca ir viviendo. Decía san Juan Pablo II que cuando surge el sufrimiento, Dios se asegura de que surja también la solidaridad de otros que nos tienden la mano y hacen más llevadero nuestro dolor.

Oremos para que nuestros sufrimientos nunca nos aparten, sino, al contrario, nos hagan acercarnos cada vez más al Señor.