Lectio Divina: “Multiplicación de los panes”

Mons. Florencio Armando Colín Cruz

Lectura del Santo Evangelio

En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?”. Le hizo esta pregunta para ponerlo a prueba, pues él bien sabía lo que iba hacer. Felipe le respondió: “Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero ¿qué es eso para tanta gente?”, Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan solo los hombres eran unos cinco mil. Enseguida tomó Jesús los panes, y después de haber dado gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien”. Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos. Entonces la gente, al ver el signo que Jesús había hecho, decía: “Éste es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo”. Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, él sólo. Palabra del Señor. (Jn. 6, 1-15)

Para una mejor comprensión del texto

El evangelio de hoy, se localiza en la tercera sección del Libro de los Signos, “Jesús, pan de vida”, siendo la multiplicación de los panes el cuarto signo. Este signo se da cuando estaba cerca la Pascua, fiesta en la que el pueblo judío celebraba la liberación de la esclavitud y recuerda la bondad de Dios.

El milagro de la multiplicación de los panes y los peces se encuentra en los cuatro Evangelistas (Mt 14,13–21; Mc 6,33–44; Lc 9,10–17; Jn 6,1–15). Mas el evangelio de san Juan tiene sus propias peculiaridades, como el texto de hoy que termina así: “Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey…”

Sigue a este texto, la presentación del quinto signo, Jesús que camina sobre las aguas (Jn 6, 16-21). Este episodio es un milagro de manifestación, que describe simbólicamente el camino de la Iglesia a través del mundo, en medio de las dificultades que obstaculizan y desalientan.

Es característico de este evangelio la centralidad de la persona de Jesús, su conocimiento sobrehumano y la atenta preocupación de Jesús por las necesidades del hombre. Jesús se presenta como el pan de vida, es el alimento que da la vida eterna.

Así, el presente texto presenta a Jesús repartiendo los panes y los peces a una multitud inmensa, es una imagen muy significativa de su obra salvífica: Él viene a dar a la humanidad el pan de su Palabra y de su Espíritu. Los panes y los peces en manos de Jesús encontrarán su imagen más fuerte en la sangre y el agua que salen del costado traspasado del crucificado, vertidos por la vida del mundo.

En el mismo capítulo, contemplamos cómo Jesús aparece en la cúspide de su mesianismo, y luego, de repente, avanza a grandes pasos hacia el punto más controvertido hasta la burla pública. Pero en medio de esta voluble multitud, aparece revelada su gloria, y especialmente en el sentido de que, aunque conocía a este pueblo a fondo, estaba dispuesto a dar la prueba máxima de su amor a favor de ellos.

¿Qué me dice este texto?

La multitud se conmueve por el prodigio de la multiplicación de los panes, pero el don que Jesús ofrece es plenitud de vida para el hombre hambriento. Jesús sacia no solo el hambre material, sino esa más profunda, el hambre del sentido de la vida, el hambre de Dios. Frente al sufrimiento, la soledad, la pobreza y las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? (Homilía de S.S. Francisco, 26 de julio de 2015).

Entre los personajes que intervienen en la escena del evangelio, además del Maestro, los apóstoles y la multitud, el muchacho de los panes y los peces pasa muy desapercibido en el relato. Apenas se menciona, pero su presencia y generosidad fueron claves para que Jesús obrara el milagro. De hecho, cuando Felipe le señala, bien hubiera podido decir: “Aquí hay un muchacho que tiene 5 panes de cebada y 2 peces; pero no sé si quiera entregarlos y, de cualquier modo, ¿qué es eso para tantos?”

Todos los milagros de Jesús requirieron de la fe de quienes los pedían. Éste, además, requirió de la generosidad de aquel muchacho. Como si quisiera decirnos con ello el evangelista, que para obtener el milagro de la propia conversión o del propio progreso espiritual y humano, siempre se requiere generosidad. Darlo todo, y darlo de corazón.

Igualmente, cuando se trata de la ayuda a los demás, muchas veces tenemos en nuestras cestas los cinco panes y dos peces que necesita nuestro prójimo. A veces es una limosna, a veces es ceder el paso en la calle o una simple sonrisa que devuelva la confianza a nuestros hijos o compañeros de trabajo, después de que hemos sufrido algún percance.

Los cinco panes son, sin duda, una representación de los talentos que Dios nos ha regalado. Sólo en la medida en que los demos a los demás, fructifican y rinden todo cuanto pueden. Si los guardamos para nosotros mismos, pueden echarse a perder. Hay que recordar que el milagro comienza cuando aquel muchacho cedió al Maestro sus panes, para que diera de comer a toda una multitud…

¿Qué le digo yo al Señor, Palabra viva?

“Señor, en mi corazón y en mi mente siempre estás, por ello te doy gracias porque me bendices y realizas prodigios en muchos momentos, quiero seguir tu ejemplo, escucharte más, obedecerte y dejar que obres sobre mí, en mis necesidades, como has bendecido los panes que compartió aquel muchacho y los has multiplicado; sé que eres el único que siempre está listo para bendecirme, ayudarme y proveerme en mis necesidades; perdóname por aquellas veces cuando pruebo mi fe y no es tan fuerte como yo quisiera, sobre todo en los momentos más difíciles, es mi humanidad y te pido que en esos momentos no me abandones, mi Señor”. Amén

¿A qué me comprometo con la Palabra encarnada?

La lectura de hoy contiene gestos realizados por Jesús que asociamos con la Eucaristía: “Tomó el pan, dio gracias, y lo repartió”. En la última cena, Jesús compartió con sus amigos el “Pan de Vida”; en esta escena, instruye a sus discípulos a que ellos alimenten a la multitud. La Eucaristía es una fuente inagotable de alimento. Esta Celebración también nos recuerda que, en el Padre Nuestro, rogamos a Dios que nos dé lo que necesitamos para poder seguir trabajando por el Reino. Nosotros también somos enviados hoy a alimentar a los que tienen hambre corporal y espiritual. Hagamos nuestro propósito personal, a la luz de estas preguntas. ¿Comparto el pan con los más necesitados?, ¿Cómo ayudo a satisfacer la sed y hambre espiritual de tantos hermanos(as)que sufren hoy?