Lectio Divina: Este es mi hijo amado

Lectura del Santo Evangelio

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad, no sabía lo que decía, porque estaban asustados. Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña. Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de “resucitar de entre los muertos”. (Marcos: 9, 2-10)


 

Mons. Salvador Martínez Ávila

 

Reflexión

Después de haber leído varias veces el texto, iniciamos la Lectio. El primer asunto que llama mi atención es que el evangelista quiera comparar la blancura de la ropa del Señor con la blancura lograda por los lavanderos, ¿Por qué le da tanta importancia? (momento de silencio interior…) Me viene el pensar que aquella experiencia fue del todo extraordinaria y, por supuesto, se trata de comparar con cosas conocidas, como los nativos americanos hablaron de las casas sobre el mar, para referirse a los barcos españoles; hablaron de los venados sin cuernos, para referirse a los caballos.

San Marcos se refiere a una transfiguración que emana luz, en el presente conocemos cómo generar luz tan intensa como el sol, por fusión nuclear, pero en aquel momento el punto de comparación es la blancura de los vestidos alcanzada por los lavanderos. Jesús brillaba muchísimo más que cualquier cosa de este mundo, esto puede querer decir que irradiaba su condición divina. Pero llama la atención, en este punto, que después nos diga el evangelista que se formó una nube ¿No son las nubes algo opuesto a la luz? (momento de silencio interior…)

Ciertamente las nubes nos tapan la luz del sol, pero el evangelista se mueve dentro de la simbología del Antiguo Testamento. A lo largo del Éxodo, se nos narra que Dios acompañaba a su pueblo con signos de su gloria, por ejemplo, durante el día, en el desierto, iba sobre ellos como una nube que los protegía del sol, y por las noches como columna de fuego que los guiaba. También la nube manifestaba la presencia de Dios tanto en el Sinaí como en el Templo de Jerusalén (cfr. 1Re 8,10-11). Entonces la nube no es un signo contrario a la blancura, sino un segundo signo de la presencia de Dios, y al decirnos el evangelista que una voz salió de ella, indica que esta es la voz de Dios.

A propósito de la voz de Dios, esta llama a los discípulos a escuchar a Jesús, su Hijo predilecto ¿Esta orden también es para mí? (momento de silencio interior…) El hecho de que yo me llame cristiano indica que soy discípulo, y como tal también resulta importante que escuche a mi maestro, a mi Señor. El sentido de la escucha no creo que se refiera solamente a que dedique tiempos a ser instruido por Jesucristo sino, también, a que le haga caso, a que sus enseñanzas se vuelvan criterio y luz para mis actos.

Contemplación

Presenciar la transfiguración del Señor fue algo atemorizante para Pedro y los otros. Propongo un ejercicio de contemplación usando nuestra imaginación para colocarnos como uno de los espectadores, de tal manera que trate de permanecer en la presencia del Señor Jesús y del Padre (momento prolongado de silencio interior…). Pasemos ahora a un segundo ejercicio tomando sólo una parte de la frase de Pedro: “Señor ¡Qué bien se está aquí!” (repetir la frase durante un tiempo prolongado de silencio interior…)

 

Oración

En este segundo domingo de tiempo ordinario, quiero ser dócil a la manifestación de tu divinidad, mi Señor Jesús. Con este acontecimiento de tu transfiguración nos diste un signo inequívoco de que eres el líder que no defrauda. La llamada del Padre a que te escuchemos me invita a estar más atento a tu voz, a tus criterios, a tus puntos de vista para afrontar la realidad cotidiana. Señor, llénanos de tu Espíritu para caminar contigo hacia Jerusalén, hacia la cruz, a sabiendas de que el término del camino será participar contigo de la Gloria de la resurrección. Amén.

 

Líneas de acción

Una acción de gran valor para la vida cristiana es la oración cotidiana de confesión. No me refiero al sacramento, sino a confesar mi fe en que Dios es mi creador, mi redentor y quien me santifica. Por otra parte, confesar que soy su creatura, soy, en Jesucristo, hijo amado del Padre, y Templo del Espíritu. Y confesar que sin Dios no soy nada, que necesito de su misericordia y que, pase lo que pase en este día, soy llevado de su mano.