Las “buenas vibras”

P. Sergio Román

Locura de primavera

Las pirámides de Teotihuacan, Tajín o Chichen Itza y muchas más son sin lugar a dudas un hermoso y valioso legado de nuestros antepasados; sin embargo, a lo largo del año, pocos son los mexicanos que las visitan, a no ser por obligación, como labor escolar. Quienes gozan de estos sitios son generalmente los extranjeros, quienes hacen largos viajes sólo para conocerlos.

Durante el año estos sitios están desiertos y son el lugar ideal para la contemplación y la reflexión: el pasado se hace presente y nos cautiva. No obstante, de unos años para acá, justo el día en que se inicia la primavera, miles de personas acuden a estos centros prehispánicos invadiéndolos irreverentemente: trepan hasta lo más alto de las pirámides para estar lo más cerca  posible del sol.

Algunos turistas van a observar el efecto de la luz solar sobre las estructuras construidas con un patrón astronómico, pero estos son los menos. La mayoría son personas reunidas para un culto pagano en el cual, vestidos de blanco o con trajes supuestamente prehispánicos, se “cargan de energía” y reciben las “buenas vibras” del sol primaveral. No faltan las danzas y la música con raros instrumentos inventados o copiados de códices y de museos, y los gurús o charlatanes que guían extrañas oraciones, hacen limpias o venden amuletos “preparados”, que desgraciadamente muchas personas compran.

Para un turista todo esto puede parecer pintoresco, interesante y digno de gastarse todo un rollo de película sacando fotos de lo que supuestamente sería una tradición conservada desde antes de la conquista.

Pero, ¿saben qué es lo triste?, que no son tradiciones verdaderas, sino supercherías inventadas hace unos cuantos años y que se han difundido en el pueblo católico, necesitado de algo sobrenatural en su vida alejada de la Iglesia. Todos esos adoradores del sol y de la “madrecita tierra”, se supone, son católicos, que por desconocimiento de su propia religión han caído, como inocentes palomitas, en las garras de los charlatanes. Son, la mayoría, católicos practicando ritos paganos.

“El que no conoce a Dios, ante cualquier palo se hinca”; dice bien, por ahí un refrán.

El neopaganismo

Pagano es aquél que adora a otros dioses por desconocer al único y verdadero Dios. En México estamos rodeados de paganismo, en parte por la herencia pagana que subsiste en nuestra cultura de raíces indígenas, y en parte por el fenómeno de la globalización, por el cual llegan a nuestra Patria querida no sólo mercancías de otros mundos, sino también sus culturas y sus influencias buenas y malas.

Y el neopaganismo entró por la puerta grande a un México católico que sufre de una falta de evangelización grave, gravísima. Y aquí ha hecho su agosto.

El neopaganismo es una tendencia religiosa mundial que pugna por “lo natural”: no importa el nombre de Dios ni su revelación, adora a cualquier dios, a la naturaleza, al sol.

El neopaganismo ha divinizado la falsa ciencia y, en lugar de hablar de la acción de Dios en los hombres, atribuye a la naturaleza el poder mismo de Dios. Un poder ciego y caótico que se puede manipular al servicio caprichoso de los que saben hacerlo. Eso se llama magia.

No necesitamos de la magia

En el plano simplemente humano no necesitamos de la magia. El hombre cuerdo sabe que “es arquitecto de su propio destino” y que le irá de acuerdo a como se porte. En el plano cristiano, por su parte, podemos decir “Si Dios está conmigo, ¿quién podrá contra mí?” o“todo lo puedo en Dios que me da la fuerza”.

Los cristianos no creemos en las “buenas vibras” ni en la “energía”; nosotros hablamos de los dones que Dios da, y los llamamos gracias. La gracia fortifica al hombre, pero no lo anula. No es una fuerza ciega que guía su destino. Yo me niego a creer, me repugna hacerlo, que mi suerte esté fijada por unas inmensas piedras que giran en el orden divino del universo. Enormes piedras y gases materiales son, a fin de cuentas, los planetas y las estrellas. No puedo quedarme en lo maravillosos de la creatura sin llegar a Aquél que la creó.

Mi destino no está escrito en las estrellas; mi destino lo hago yo con toda mi libertad y , si lo deseo, con la ayuda de Dios . Está de por medio mi soberana libertad contra la cual Dios no quiere intervenir, como signo de respeto a la dignidad del hombre, creado a la imagen y semejanza del mismo Dios.

La superstición

La “superstición”, según el diccionario, es la propensión, causada por temor e ignorancia, a atribuir carácter sobrenatural u oculto a determinados acontecimientos.”

La superstición es un sucedáneo de la fe. Cuando la fe falla, recurrimos a las supersticiones.

La fe es un don recibido en el Bautismo y es, a la vez, una virtud que podemos cultivar en nosotros mismos. La fe es la confianza que depositamos en Dios. Creemos en su existencia, en su bondad y en su providencia, pero también creemos que el amor que tiene al hombre lo lleva a respetar su libertad y a no hacerlo títere de su designios divinos.

El cristiano no teme la magia porque no cree en ella, sino en Dios.