La presentación al Templo

Pbro. Sergio G. Román

El día de la Candelaria

De acuerdo con el Evangelio, a los cuarenta días de nacido, el Niño Jesús fue llevado por sus padres a presentar al templo para cumplir con la ley que mandaba hacerlo con todo niño varón que fuera el primogénito. Ya en el templo es reconocido  como el Mesías por dos ancianos profetas, Ana y Simeón, quien dice del Niño que es “luz para iluminar a las naciones” (Lc 2, 22-39) Esta frase servirá a la Iglesia naciente para representar a Jesús con una candela encendida (una vela) y hacer ese día una procesión litúrgica con velas encendidas. De allí viene el nombre de “Fiesta de la Candelaria” con que se le conoce.

Pero nuestra costumbre es diferente.

En nuestro pueblo hay una gran devoción al Niño Jesús y en todos los hogares hay una imagen de él que nos ayuda a vivir el tiempo santo de la Navidad. La noche buena vamos a la Misa de Gallo llevando la imagen y, al final de la misa, los padrinos de la imagen la arrullan y la llevan a acostar en el pesebre puesto en el nacimiento entre las imágenes de María y José. Pasado el 6 de enero, fiesta de los Reyes Magos, los padrinos recogen la imagen del Niño y la llevan a su casa en donde la visten primorosamente para llevarla a presentar al templo el 2 de febrero. Todo esto se hace entre sencillas fiestas familiares en las que no faltan los tradicionales tamales y atole.

Los padrinos lo son por tres años consecutivos.

¿De qué vestimos al Niño?

La bondad de esta tradición desmerece cuando en lugar de fijarnos en lo más importante nos quedamos en lo secundario. Se le ha dado exagerada importancia al tipo de ropa que va a llevar la imagen del Niño ¡y eso no tiene importancia!

Esa exageración nos ha llevado a vestir al Niño de diferentes modelos entre los que no faltan los de San Miguel, San Martín, San Judas o de Papa o de Futbolista. Esta deformación de la tradición sería digna de risa si no fuera una falta de respeto involuntaria. ¿De qué vestimos al Niño? ¡Pues de Niño Jesús y párele de contar! No caigamos en lo ridículo.

¿Qué es lo más importante?

Los católicos admitimos representar con imágenes a Jesús, a la Virgen y a los Santos porque las imágenes nos ayudan en nuestra fe a comprender mejor lo divino y a acercarnos más a Dios. Tal como lo hacemos con las fotos de nuestros seres queridos, no más.

Lo importante del culto que damos a la imagen del Niño Jesús es que nos lleve a dar culto a Jesús representado en la imagen. La imagen por sí misma no es digna de amor ni de veneración, ni tiene atributo alguno que la haga semejante a una persona. Es tan sólo un retrato de Jesús.

Lo importante es el reflexionar a través de ella que todo un Dios se dignó dejar su cielo para hacerse hombre como nosotros y en medio de nosotros. Se hizo indefenso como todos nuestros niños y quiso depender en todo de nosotros los hombres ¡por amor! Un amor que lo llevaría a morir en la cruz.

El amor de Jesús tan tiernamente expresado en su imagen de Niño nos debe llevar a una correspondencia generosa que no quede en los meros sentimientos de “¡ay, qué bonito!”, “¡mira, tiene frío!” o “¡está triste!”

Su amor nos obliga a amar también nosotros a esos nuestros hermanos los demás hombres a quienes tanto ama Jesús.

Ser padrino es cosa muy seria.

Es un signo de amistad. Se invita como padrinos del Niño a personas a las que uno aprecia y con las que quiere uno estrechar la relación de amistad, ligándola con algo tan sagrado como el mismo Niño Jesús.

El ser padrino debe considerarse como un honor que nos hacen nuestros amigos, pero sería bueno tomarlo como un signo de predilección de Dios. Fíjense: ¡ser padrinos nada menos que del Niño Jesús! Que ese honor sea correspondido con un esfuerzo por acercarnos más a Cristo y por vivir más de acuerdo con su enseñanza. Si se puede, sería conveniente confesarse con tiempo para poder comulgar en la misa del 2 de febrero y así recibir en su corazón a ese Jesús por el que han mostrado tanto cariño al vestirlo y llevarlo a presentar al templo.

Como José y María.

Acostumbran ustedes presentar al templo a sus propios hijos en esa ceremonia tan bonita de los tres años. Se parecen a José y a María.

Hoy también es una buena oportunidad para presentar al templo a todos sus hijos, aún a los que ya son adultos, y ofrecerlos a su Padre Dios para que los bendiga y los lleve por buen camino porque cada uno de sus hijos es, también, hijo de nuestro Padre Dios que está en el cielo.

Como buenos papás, oren continuamente por sus hijos.

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