La importancia de orar con agradecimiento

  • El fundador de los Scouts, P. Jacques Sevin, hacía siempre una oración atribuida a san Ignacio de Loyola, que inspiró a muchos a crear oraciones específicas para las distintas actividades escultistas.

Vladimir Alcántara
Es frecuente que, ante problemas de consideración, las personas creyentes –y también muchos “no creyentes”–, invoquemos la ayuda divina, con expresiones espontáneas como “¡Dios mío! ¡Cristo Jesús! ¡Virgencita linda!; otras veces, ante situaciones de la vida cotidiana que no representan emergencias, con más calma hacemos a Dios nuestras peticiones en algún momento del día en que nos acordamos que solos no podremos con tantos quehaceres; por otra parte, quienes acostumbramos orar, es común que llevemos una lista mental de lo que le expondremos a Dios esperando que lo tenga en cuenta y nos auxilie; sin embargo, en lo que respecta al agradecimiento al Señor, usualmente le dedicamos menos tiempo, acaso unos segundos, algunos incluso lo hacemos en un “¡Gracias por todo!”, cuando esta debería ser la parte importante, según explica a Desde la fe Salvador Mendiola Martínez, dirigente de Juventud Escultista de México.
Cuenta que cuando era niño, él y sus nueve hermanos se hincaban alrededor de la cama de sus padres para orar; al inicio, su padre dirigía una oración en la que primero agradecía a Dios por alguna o varias cosas, con un preámbulo en que decía: “Muchas gracias te doy, mi gran Señor, porque por tu infinita bondad y misericordia nos has permitido…”, y enseguida mencionaba todas las bendiciones recibidas en familia. “Posteriormente –explica–, le hacía algunas peticiones iniciando siempre así: ‘Te suplico, mi gran Señor, que por lo que más quieras y si es tu santa voluntad, nos permitas hacer esto o lo otro’, cerrando siempre con unas palabras acostumbradas: ‘Ángel Santo de mi guarda, relicario del Señor, que del cielo fuiste enviado, para ser mi defensor, la Cruz de Jerusalén, esté delante de mí, y aplaque los corazones malos, que estén en contra de mí’. Al final todos rezábamos un Padre Nuestro y un Ave María”.
Asegura que ese modo de orar con agradecimiento de su padre, fue clave para que la familia siempre estuviera unida, al igual que la costumbre de su madre de contarles por las noches un cuento y de cantarles para arrullarlos. “Ahora agradecemos a Dios porque seguimos siendo una familia compartida, todos estamos vivos, no tenemos vicios y tratamos ser buenos ciudadanos en la medida de lo posible. Pienso que actualmente menos familias se reúnen a orar; en gran medida la tecnología impide el acercamiento familiar, y muchos de quienes oramos, por la prisa nos convertimos en ‘pedinches’ y le prometemos a Dios cosas a cambio sin detenernos si quiera a reflexionar si eso que le ofrecemos es su voluntad”.
Explica que el fundador del Movimiento Scout, P. Jacques Sevin, fue un profundo conocedor de la conducta de los jóvenes, quien sabía perfectamente que si él caminaba, los chicos lo rebasarían corriendo; que si se sentaba, ellos incluso se acostarían; que si sonreía, los muchachos reirían a carcajadas; de manera que si él oraba, ellos podrían llegar a ser santos. “El impulsó el Escultismo Católico en 1920 a través de los Scouts de Francia, e incorporó una bella oración originalmente atribuida a San Ignacio de Loyola, en la que, si bien pedía a Dios cosas, eran sólo para agradarle, y servía totalmente de apoyo espiritual al Movimiento Scout: ‘Señor, enséñame a ser generoso. A servirte como lo mereces. A dar sin medida. A combatir sin temor a que me hieran. A trabajar sin descanso. Y a no buscar más recompensa que el saber que hago tu santa voluntad”.
Esta oración –refiere– inspiró a muchos educadores para que surgieran otras oraciones, como las de los “Lobatos” y los “Rovers”, como la Oración de la Fogata, la Oración de la Comida y muchas otras que echaron raíces en el espíritu y en el corazón de los jóvenes. “Por eso, cuando yo tuve la oportunidad de dirigir un grupo y posteriormente una organización, pensé en tener una oración comunitaria, de agradecimiento principalmente, dirigiéndonos a Dios con las siguientes palabras: ‘Con honda gratitud reconocemos, la presencia de tu amor entre nosotros. Muchas gracias te doy: por hacer de mí, tu obra maestra; porque soy de ti, la expresión perfecta; por dejarme cumplir la misión de un nuevo día, para poder servir a mi Patria, con lealtad, valor y energía; pero sobre todo, muchas gracias te doy: porque ante el oleaje de la adversidad, sé que soy la flama candente, que abriendo surco de frente, lleva hacia a ti a la humanidad”.