Cine: La forma del agua

Incapaz de percibir tu forma… te encuentro a mi alrededor.

 

Antonio Rodríguez

Suena el despertador: hay que quitarse los lentes para dormir, preparar el baño, hervir unos huevos, tomar una ducha, rasgar el calendario, escoger el calzado, elaborar un refrigerio para más tarde, salir y visitar al vecino, reír un poco y bailar también, llegar al trabajo, checar tarjeta, tomar la cubeta y el trapeador, ponerse el uniforme, limpiar habitaciones. Por la tarde, tomar el camión y volver a casa…y al día siguiente, exactamente lo mismo.  

Se llama Eliza y trabaja en las instalaciones de un búnker, en el que todo es secretismo. La joven siempre va acompañada de Zelda su mejor amiga, una encantadora mujer que en general tiene un comentario ingenioso para todo y funge como traductora. Eliza no puede hablar, unas cicatrices en su cuello delatan que pudo haber sido víctima de algún maltrato. Ambas viven entre casa y trabajo, entre rutina y rutina.

Un día, en uno de los cuartos que limpian, un grupo de hombres entra custodiando una gran cápsula metálica en cuyo interior transportan a una creatura. El líder de estos es el señor Strickland, también jefe de ellas. El hombre se distingue por ser tan engreído como fanfarrón, y ordena que al extraño ser se le tenga aislado y en observación. Strickland tiene cierta fijación sobre Eliza.

El extraño ser que habita en esa cápsula ha sido encontrado y capturado en una lejana región, y representa una amenaza para Stickland, quien mira en él un adefesio más que una maravilla, y lo obliga a vivir en desgracia. Este “hombre anfibio” encuentra en Eliza una cómplice, igual de lastimada que él.  

No fueron pocas las voces que resoplaron negativas sobre los premios que ha merecido alrededor del mundo La forma del agua. Los detractores se quejan de que un filme fantástico sea merecedor de premios como el Oscar o el León de Oro. El cine es un arte de entretenimiento y el género fantástico viene casi desde sus orígenes. Uno de sus iniciadores, George Meliés, quien primero fue mago antes que cineasta, es el mejor ejemplo de esto; sus filmes revolucionaron la forma de hacer cine desde 1902. En un lugar tan industrializado como Hollywood, Guillermo Del Toro siempre ha procurado hablar de lo que a él le gusta: monstruos, creaturas mitológicas, robots o fantasmas; hace lo que quiere y lo hace bien.

El arte debe ir más allá de las fronteras del lenguaje, color de piel y nacionalidad. El hecho de que nuestra protagonista no hable, no es coincidencia o capricho del director, el no hablar homogeniza y globaliza. Sentir y tocar no es lo mismo, tampoco oír que escuchar, o amar y desear. Las incapacidades de nuestros protagonistas les obligan a ir más allá, más allá de las palabras y las lenguas, lo que sienten es tan fuerte que inutiliza el lenguaje, sentir no es lo mismo que tocar, es por ello que nadie tiene la necesidad de narrar un beso, se da, se vive y se siente.