Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

SIAME

XX Domingo del tiempo Ordinario.

Es fácil descubrir que el tema central de las lecturas que hoy hemos escuchado es el destino universal de la salvación. Ya en la profecía de Isaías escuchábamos: “A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo… los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración”. En esta misma línea universalista esta el milagro que Jesús le hace a la mujer cananea diciéndole: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. También en la carta a los Romanos se celebra la universalidad de la salvación, ya que partiendo de Abraham la bendición de Yahvé se difunde a todos los pueblos.

El pasaje de la curación de la hija de la Cananea ciertamente tiene elementos chocantes para nuestra mentalidad. La frase: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” y las palabras “hijos-perrillos, amos-perrillos” aplicadas respectivamente a los judíos y paganos rechinan hoy a nuestros oídos. Sin embargo, en el contexto del Evangelio y de las primeras comunidades cristianas a las que iba dirigido su mensaje son comprensibles. La oposición de los fariseos y maestros de la ley hace que Jesús se retire y se dirija a territorio pagano, a la región de Tiro y Sidón que está al norte de Galilea. Y el relato de la curación realizada por Jesús le sirve a Mateo para mostrar la llegada del Reino y de la salvación a los paganos. A través de este relato el Evangelista responde a una situación concreta de su comunidad. Se dirige a los sectores que aceptaban con dificultad la entrada de los paganos en la Iglesia. San Mateo les recuerda que Jesús también se acercó a los paganos y descubrió en ellos una fe ejemplar. Nadie está excluido del Evangelio. Éste va dirigido a todos los pueblos y a todas las personas.

Para la mujer cananea del evangelio la búsqueda y el encuentro con Jesús no fue fácil. Primero es el silencio esquivo de Jesús, que ni siquiera parece hacerle caso, cuando ella va gritando detrás de él, y los discípulos se sienten molestos de aquel asedio femenino ante el cual Jesús se hace sordo. Pero hay más. Cuando la mujer de origen fenicio, corriendo, alcanzó el grupo, Jesús le dirige la frase aparentemente más dura y negativa salida de sus labios amables: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Jesús se encuentra entre la espada y la pared. Por un lado, su misión actual se reduce a atender a los judíos; por otro lado, no puede desoír la fe de los paganos. Y la cananea sabe descubrir, tras el insulto y la negativa, el latido del corazón del Salvador no sólo del pueblo escogido sino del mundo entero. Por esto, la mujer, lejos de arredrarse y batirse en retirada ante las dificultades, vuelve a la carga y acepta el papel de pagana menospreciada y argumenta: “Es cierto, Señor: pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

Sorprende ver que Jesús alabe la grandeza de fe de una madre sólo porque pide insistentemente la curación de su hija. Esta mujer no hace ningún gesto extraordinario. No vive una experiencia religiosa privilegiada. Sencillamente acude a Jesús porque desea ver curada a esa hija que tanto quiere. ¿Qué grandeza puede haber en su petición? Jesús la descubre, en esa fe va envuelto un grande amor. No pedía nada para sí. Pedía la liberación espiritual y corporal de su hija. Pero la pedía como si fuera algo propio. Un caso tal de identificación con el prójimo es difícil encontrar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio… Señor, socórreme” Es la hija la necesitada; y ella pide como si el favor fuera para sí misma. Es verdad que así suele hablar el corazón de una buena madre; pero así deberíamos orar también todos aquellos que decimos que amamos al prójimo como a nosotros mismos.

No es difícil encontrar en nuestras comunidades a los que se creen “grandes creyentes”, porque han seguido un largo proceso de preparación en la fe, porque llevan muchos años de servicio, porque se esfuerzan generosamente en transformar nuestra sociedad desde un compromiso social o político animado por la fe. Qué bueno tener en las comunidades cristianas a estos “grandes creyentes”, pero no pueden ser tales si menosprecian o creen que son “creyentes de segunda categoría” aquellos o aquellas cananeas, que desde el silencio de su trabajo doméstico o desde la rutina de una oficina o una ventanilla, aman y quieren llevar según Dios la responsabilidad que les ha puesto en sus manos. En muchos hombres y mujeres que viven en medio del mundo su compromiso cristiano del amor, Jesús, con frecuencia, encuentra también una gran fe.

Es imposible no ser sensible a la humildad y a la desarmante terquedad de la cananea. Algo sabía de Jesús puesto que lo llama “hijo de David”. Y Jesús termina proponiéndonosla como modelo para todos los creyentes. Sobre todo para aquellos que en el colmo de las aberraciones miran con desdén a quienes no participan de sus opiniones religiosas. El crecimiento en la vida cristiana no se puede llevar adelante si no nos convencemos que todo es regalo de Dios, que todos somos extranjeros, que ante Dios nadie tiene derechos especiales, que la gratuidad divina es el hilo conductor que le puede dar consistencia a nuestra vida cristiana. Aprendamos de la cananea su humildad, aprendamos a pedir, a llorar, a defender y a enfrentar las dificultades en el camino de la fe, a ser tercos con Dios dialogando y abriéndole el corazón para pedirle lo que necesitamos y lo que necesitan los demás.