Homilía pronunciada por el Card. Norberto Rivera con motivo de la fiesta de san Juan Diego

9 de Diciembre de 2017, en la Fiesta de San Juan Diego

 

Hermanas, hermanos, estamos celebrando al humilde vidente San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien en un día como hoy tuvo ese encuentro maravilloso con Dios, por medio de su Madre, la Virgen Santísima de Guadalupe. Recordemos que fue canonizado por otro santo, nuestro amado y recordado san Juan Pablo II, el 31 de julio del 2002, quien dispuso que su fiesta celebrativa fuera precisamente el 9 de diciembre, pues aquí entró en el paraíso. Este momento concreto se convierte en un encuentro con la eternidad de Dios, el cual trasciende tiempos y espacios.

Este encuentro es con toda la humanidad de todos los tiempos. Se da en un momento que de alguna manera representa tantos otros momentos que vive el ser humano, ya que hay que tener en cuenta que el Acontecimiento Guadalupano se enmarca en un momento ciertamente trágico y, al mismo tiempo, esperanzador.

Ya que hay que recordar que en aquel tiempo, se vivía una realidad dramática pues se presentaban varias realidades que provocaban angustia, miedo, tristeza y depresión. Entre lo más importante, nuestros antepasados indígenas, vivían una tragedia después de la llamada Conquista, en medio de una peste de viruela que diezmó a millones de ellos, en medio de la decepción de constatar que de nada habían servido todos los sacrificios humanos que, para ellos, eran parte central en la batalla cósmica para mantener y sustentar la vida del universo y, por lo tanto, conservar la de su pueblo; asimismo, es un momento tremendo ante la conciencia que inquietaban a algunos españoles de la época, sus divisiones, entre el poder y la avaricia que hacía estragos y su soberbia que llegaba al punto de hacerlos destruirse mutuamente, al grado tal, que incluso intentaron asesinar a mi digno antecesor, fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México; a quien no le quedó otra salida que lanzar la excomunión a los gobernantes católicos españoles y el entredicho a la ciudad de México; lo que implicaba el abandonar la gran capital, testigo mudo de grandezas y vilezas de sus moradores; un abandono con el cual no se celebraría ningún sacramento más en la diócesis; y todavía más, los mismos misioneros declararon su intención límite de regresarse todos a Castilla. Así, con dolores y clamores de un pueblo que agonizaba, con el llanto de aquellos que perecían sin remedio, en ese preciso momento surgió la luz de la esperanza, una luz resplandeciente que sería la identidad de un nuevo pueblo llamado a ser una verdadera civilización del Amor.

Dios mismo interviene, es Él quien viene por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe, gracias a su fiat, a este sí constante de que Dios está en medio de nosotros, el Emmanuel, quien hace su hogar, su morada en medio de nosotros, en este cerro del Tepeyac, que significa cerro punta o cerro corazón.

Precisamente, en este intenso y dramático momento de la historia se dio el encuentro entre Dios y los hombres por medio de Santa María de Guadalupe, haciendo de este Acontecimiento un encuentro cuyo mensaje está lleno de esperanza, que provoca la fe para poder vivir en el amor, y fue un laico, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, primer indígena canonizado del Continente, el elegido para portar este mensaje para el mundo entero.

El mensaje es para todos, pero obviamente, sólo los humildes como san Juan Diego, son quienes pueden leerlo, hacerlo suyo y entregarlo con flores y cantos de un actuar cotidiano en el amor.

Una de las más claras manifestaciones de que el Acontecimiento Guadalupano en realidad se trata de un Acontecimiento Salvífico es la conversión del corazón, es el mover, en un verdadero arrepentimiento, al ser humano desde lo más profundo del alma, del espíritu y la razón, como fruto de este encuentro con Dios, quien siempre es el primero en tomar la iniciativa; haciendo realidad un cambio de vida pleno y total, dándole todo su sentido.

Si bien, la devoción a la Virgen de Guadalupe no es dogma de fe, la canonización de san Juan Diego sí está dentro del dogma de fe, ya que es la proclamación del Santo Padre y con él de la Iglesia Universal de que este indígena sencillo es modelo de santidad, que está en el cielo, y que intercede por todos nosotros; por lo tanto, por la canonización de San Juan Diego, se confirma la verdad del encuentro que sostuvo con la Madre de Dios, quien entrega su nombre completo al tío de san Juan Diego, el anciano Juan Bernardino, quien representa la autoridad, la raíz, la historia, la tradición, la identidad, la sabiduría y la verdad del pueblo; es Ella quien se auto nombra: Santa María de Guadalupe.

Así que, por la canonización de San Juan Diego tenemos la certeza de que estamos en el hueco del manto y en el cruce de los brazos de Santa María de Guadalupe, en el amor de la Madre de Dios y nuestra Madre; estamos ciertos que es Ella quien nos conduce a su Hijo Jesucristo. Por ello, en la V Conferencia del Episcopado Latino Americano y del Caribe, en Aparecida de Brasil, los obispos afirmamos; “María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos, ha estado muy cerca de nosotros, nos ha acogido, ha cuidado nuestras personas y trabajos, cobijándonos, como a Juan Diego y a nuestros pueblos, en el pliegue de su manto, bajo su maternal protección. Le hemos pedido, como madre, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer lo que Él nos diga (cf. Jn 2, 5).”

Una historia por demás interesante e importante, con una teología vital, con un mensaje por demás actual, que no se podía dejar encerrado ni olvidado; además, ante la mirada de un futuro esperanzador en donde se requiere de seres humanos tocados por este mensaje de amor, en una civilización de la verdad enraizada en el verdadero Dios por quien se vive, en ese Dios que se entrega de una manera muy especial en la Eucaristía. Por ello, es tan importante la palabra que expresa el Papa Benedicto XVI, la cual nos llega hasta el fondo de nuestro ser: “¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará Latinoamérica y El Caribe para que, además de ser el continente de la esperanza, sea también el continente del amor!”

Entre lo más importante, es descubrir cómo Jesucristo se encuentra con este ser humano, por medio de Santa María de Guadalupe, en el preciso momento de una las más importantes fiestas que celebraban los indígenas: Panquetzaliztli; que los primeros frailes misioneros del siglo XVI llamaron “La Pascua indígena”. La Virgen de Guadalupe no toma esta fiesta sino que sólo toma lo bueno y lo verdadero y lo desarrolla en la plenitud del verdaderísimo Dios por quien se vive, Jesucristo, la verdadera Pascua, ya que Él es el Cordero degollado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que nos limpia y purifica con su sangre, que se sacrifica ofreciendo su vida en la cruz, signo del máximo amor por el ser humano, y es precisamente desde esa cruz donde Él nos entrega a su Madre como nuestra madre: “Mujer he ahí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre”; de esta manera, Jesucristo pasó de la Pasión a la Muerte y, posteriormente, a la Resurrección, Él es la verdadera Pascua Florida, Él es nuestro Redentor y Salvador, el Dueño de la Vida; es pues, Jesucristo, quien purifica todo esto y da plenitud en Él, el Hijo de Dios verdadero, Él, que es la respuesta de lo que tanto anhelaban los indígenas; se presenta como el Camino, la Verdad y la Vida, el máximo y pleno Sacrificio en la cruz, así como su muerte y su Resurrección, y confirmamos una vez más que Él es la verdadera Pascua Florida.

Gracias a san Juan Diego se nos ha transmitido todo esto, por medio de la tradición oral que no se ha detenido y en una bellísima y portentosa Imagen de la Virgen de Guadalupe en la humilde tilma, de este macehual, tilma que ha perdurado hasta nuestros días. Un encuentro que marca la historia, un mensaje de amor para el mundo entero, una invitación para construir juntos la cultura de la vida, la civilización del Amor, que nunca se detenga ni se destruya; todos estamos invitados a ser santos como él, el humilde indígena, san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y poner todo lo que está de nuestra parte para construir esta casita sagrada, la nueva civilización del Amor de Dios.