Homilía pronunciada por el Card. Rivera en la Catedral de México

  • 10 de septiembre de 2017. XXIII Domingo del tiempo Ordinario.

 

 

 

El último párrafo del evangelio de hoy nos descubre una verdad que pocas veces valoramos: “Yo les aseguro, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Ciertamente Jesús está en los más pobres, también está en los pastores que dejó al frente de su Iglesia, está en su Palabra que se proclama y de manera especial está en la Eucaristía, pero no es menos cierto que está realmente presente cada vez que nos reunimos en su nombre, para hablar de Él y en nombre suyo dirigirnos a su Padre y nuestro Padre. Siempre debemos reconocer la bondad y la eficacia que tiene la oración hecha en el silencio y a solas, pero no se puede comparar a la oración que hacemos como Iglesia, unidos a nuestra cabeza que es Cristo. Eso es lo que hacemos domingo tras domingo, reunirnos en su nombre, congregarnos como su cuerpo que somos, como hermanos, estar en torno a Jesús, hablar de Él, por medio de Él dirigirnos al Padre y escuchar lo que Él nos quiere comunicar.

Las tres lecturas de este domingo tienen un común denominador, que podemos llamar: corresponsabilidad o solidaridad. San Pablo en la lectura de la Carta a los Romanos nos recuerda que los mandamientos de la segunda tabla de la ley de Dios se sintetizan en el amor a los demás, pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie, y nos exhorta a no tener con nadie ninguna otra deuda que no sea la del amor mutuo. En la Primera Lectura el profeta Ezequiel nos expone una aplicación concreta de la corresponsabilidad y de la solidaridad: “A ti, hijo de Hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel. Si tú no amonestas al malvado para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuenta de su vida”. Finalmente, en la tercera lectura, Jesús nos invita a mostrar nuestra corresponsabilidad y nuestra solidaridad con los demás por el camino de corrección fraterna: Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano…”

Nunca será suficiente la insistencia que debemos hacer para que se respete la libertad de conciencia y para que se destierre todo método impositivo de hacer buena a la gente por decreto o por la fuerza, pero eso no quita nuestra responsabilidad de proclamar la verdad y de invitar con insistencia al bien obrar. Muchos padres de familia con el pretexto de respetar la libertad prefieren no enterarse de los caminos que están tomando los hijos y si se enteran hacen como que no se dan cuenta, enterrando la cabeza en la arena como el avestruz. La Iglesia, aunque muchos se lo pidan, no puede callar ante los pecados del mundo ni ante las faltas de sus hijos: “Porque si el centinela, viendo que llega el enemigo, no toca la trompeta y el pueblo no es avisado y algunos del pueblo mueren, yo pediré cuentas al centinela de esa sangre”. Una Iglesia muda no sirve ni a Dios ni a los hombres. Ante los grandes males de nuestro mundo no nos podemos encoger de hombros, no nos podemos paralizar, ni echar la culpa de todos los males a un solo hombre: debemos mostrar nuestra solidaridad y nuestra corresponsabilidad, levantando nuestra voz, ofreciendo nuestras propuestas y entregando nuestro compromiso para que los males se conviertan en bienes.

Es verdad que todos tenemos el techo de vidrio, y no debemos ni podemos investirnos de jueces de los demás. Corremos el riesgo de “ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio”. Merecemos muchas veces el aviso de “médico, cúrate a ti mismo”. Pero, sí debemos evitar la mala costumbre de juzgar a los otros como malos, creyéndonos a nosotros como buenos, también debemos evitar el pecado de omisión, al no mostrar nuestra solidaridad y nuestra corresponsabilidad para que las cosas cambien en nuestra familia, en nuestra Iglesia y en la sociedad en donde vivimos. No podemos seguir respondiendo como Caín a la voz de Dios que nos dice: “¿Dónde está tu hermano?”, no podemos ser insolentes diciendo: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, porque el Señor nos dirá lo mismo: “La sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra”.

La presencia del Señor en medio de los que nos hemos reunido en su nombre, no se agota en una simple solidaridad y corresponsabilidad humana. El drama interior de los dos caminantes hacia la villa de Emaús era que habían perdido toda esperanza. Ese desencanto se iluminó por la explicación de las Escrituras y sobre todo porque descubrieron a Jesús en el partir del pan, lo descubrieron resucitado en medio de los que se reunieron en su nombre. La mayor contribución que podemos dar en nuestras familias, en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad es ayudar a que los demás descubran la presencia del Resucitado en medio de nosotros. Así mostraremos que de verdad los amamos: porque les anunciamos y les ayudamos a descubrir a aquel que vence toda desesperanza.