Homilía pronunciada por el Card. Rivera en la Catedral de México

  • 15 de Octubre del 2017, XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario.

 

En las lecturas de este domingo hemos recibido un anuncio de alegría y esperanza, un mensaje de aliento y consuelo: “El Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos… Él arrancará en este monte el velo de luto que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño de duelo que oscurece a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros”.

 

Para ser sinceros, la historia y la literatura de todos los pueblos están llenas de pasajes como el que acabamos de escuchar, en donde, en medio de las tribulaciones, se alienta la esperanza: anunciando un futuro maravilloso, prometiendo la edad de oro, profetizando el triunfo sobre los enemigos y el establecimiento de la justicia para todos.

¿En qué se distinguen las promesas bíblicas de los profetas de las utopías y de los anhelos de los poetas? La diferencia está en que las promesas de Dios toman cuerpo y se afirman en torno a un acontecimiento concreto y preciso, es decir, se fundamentan en un compromiso y en una promesa de Dios constatable: “El Señor del universo preparará sobre este monte un festín…” Alguno de nosotros podría pensar: esto también es muy vago y más bien parece poesía. Pero cuando escuchamos el evangelio que hoy ha sido proclamado nos damos cuenta que en Jesús de Nazareth se están cumpliendo las profecías: el festín anunciado, es un festín de bodas, porque Jesucristo ha venido al mundo y se ha unido a la humanidad de forma tan íntima y tan profunda que se puede hablar con todo propiedad de unas verdaderas nupcias, en donde Cristo es el esposo y la humanidad la esposa.

 

Todas las promesas de Dios encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús. Él, dirá san Pablo, es el “sí” de Dios a todas sus promesas. Él, dirá el Apocalipsis, es el “amén” por excelencia. Él, en el Evangelio de San Mateo que hoy hemos escuchado, es el esposo, Dios Padre es el rey de la parábola, autor y origen de todo el proyecto de salvación: “El Reino de los Cielos es semejante a un rey, que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero estos no quisieron ir”. Después del rechazo de los invitados “el rey dijo a sus criados: La boda está preparada, salgan a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren”.

 

Por experiencia personal y por las lecciones que nos da la historia de la humanidad, sabemos que el cumplimiento del festín que ya ha comenzado en Cristo Jesús, sólo se dará en la vida eterna. La parábola de hoy, con su barroquismo oriental, nos recuerda la invitación que tenemos de parte de Dios para la felicidad completa. Jesús expone este llamamiento divino como un convite de bodas. Esta invitación, la hemos oído, no se reduce a su pueblo escogido, sino que la extiende a todos los pueblos y a todos los hombres: “salgan a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren”. Esto lo formula espléndidamente San Pablo cuando dice: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

 

Algunos, quizá no se entusiasman ni anhelan la vida eterna, a la cual Jesús nos invita, porque la imaginan o conciben como algo aburrido, triste y lúgubre. Sería bueno que se detuvieran a pensar en la alegoría de la salvación que hoy nos presenta Cristo como un banquete de bodas oriental, famoso por su duración, su alegría y su abundancia. Otros, tal vez no nos entusiasmamos por la vida eterna porque hemos caído en la trampa de la inmediatez. Los hombres y mujeres de hoy, como los de ayer y siempre, seguimos siendo unos hambrientos de gozo y sedientos de dicha y felicidad. Pero sufrimos de una lamentable miopía. Sólo vemos lo inmediato. La civilización contemporánea de la prisa y de lo desechable no nos deja reposo para pensar en el futuro. Es el disfrute de lo actual lo que nos preocupa, y no nos ocupamos de lo eterno. Somos de la cultura de la comida rápida que nos impide anhelar el banquete definitivo. Nuestra atención a lo de aquí y ahora nos incapacita para mirar y ver lo del más allá. Otro buen grupo, recibió con entusiasmo la ideología que los invitaba a construir el paraíso en la tierra y en el tiempo. A todos, nos iría muy bien recordar la anécdota de la novela “El Yogui y el Comisario”. En una reunión donde se cantan las glorias del paraíso socialista, alguien se atreve a preguntar: ¿Y qué pasará si un compañero es atropellado por un coche?… Tras un largo y embarazoso silencio, alguien contesta sin demasiada convicción: en el paraíso del futuro, que estamos construyendo, no habrá accidentes.

 

Todos sabemos que, por mucho que avance la ciencia y la técnica, siempre llegaremos a la barrera en donde la muerte nos espera. Y si no somos demasiado necios, debe interesarnos saber qué nos espera más allá del sepulcro. Hay que superar esa tentación omnipresente de la inmediatez, cayendo en la cuenta de que es un fraude, porque deja sin resolver uno de los anhelos más profundos que han tenido los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas, al buscar trascender y obtener una felicidad que satisfaga plenamente el corazón humano.

 

Quizá algunos creyentes podían tener el peligro de pensar tanto en el cielo hasta descuidar sus compromisos temporales. Hoy los cristianos corremos el riesgo de atender tanto las urgencias terrenales que podemos olvidar el banquete del cielo. La postura acertada está en considerar y cumplir los compromisos temporales, que el Señor ha puesto en nuestras manos, como el camino para llegar al banquete definitivo. Precisamente porque creemos en el cielo tenemos que ir a la vanguardia de los que buscan sinceramente un mundo mejor, una tierra más fraternal, donde reinen la justicia y el amor, una historia que sea un ensayo general, lo más perfecto posible, del festín eterno.

 

Hoy tenemos la oportunidad, en esta Eucaristía, de acercarnos a Jesucristo, de participar del banquete, de pregustar la vida eterna, porque la vida eterna consiste en que conozcamos a Dios nuestro Padre y a su enviado Jesucristo. En esta Eucaristía tenemos la oportunidad de pedir por nuestros hermanos damnificados. Por los que han perecido dramáticamente, pedir la vida eterna. Por los que se encuentran en desgracia, pedir fortaleza y esperanza. Por los que con su generosidad han salido al encuentro de los hermanos necesitados, que el mismo Señor sea su recompensa.

 

 

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