Homilía pronunciada por el Card. Rivera en la Catedral de México

  • 8 de octubre del 2017, XXVII Domingo del Tiempo Ordinario.

 

Hoy la liturgia de la Palabra nos sorprende con una imagen muy hermosa y muy sugestiva: La Viña. En la primera lectura pareciera que Isaías nos presenta, en un ambiente de fiesta, “un corrido” popular: “Voy a cantar, en nombre de mi amado, una canción a su viña…” Es toda una canción de amor y también de tragedia, como lo son nuestros “corridos”. En el salmo responsorial hemos hecho nuestra la plegaria de la viña: “Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. Ya no nos alejaremos de ti…” y el Evangelio, siguiendo la pauta de los profetas, nos narra la parábola de los viñadores, en donde se repite la historia de amor: “Plantó un viñedo, lo rodeó de una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje”. Pero también esta historia de amor y de confianza termina en tragedia: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores que le entreguen los frutos a su tiempo”.

 

Hay dos maneras de escuchar estas narraciones, una en clave histórica y otra en clave actual. Ciertamente la segunda nos interesa más y es más saludable, pero no es totalmente comprensible si no atendemos a la historia, “maestra de la vida”. Históricamente, la viña del Señor es el pueblo de Israel. Dios ha elegido a este pueblo, lo ha liberado de la esclavitud de Egipto, lo ha trasplantado a la tierra prometida, como se trasplanta una vid. Lo ha llenado de toda clase de cuidados y esperaba buenos frutos y en lugar de buenos frutos de justicia y fidelidad, se ha revelado contra su Señor y le ha pagado con traiciones, desobediencias e infidelidades. En la visión de Jesús, no es la viña la que se revela sino los viñadores, no se habla de destrucción de la viña sino de cambio de destinatarios, porque las promesas de Dios permanecen. Ahora somos los cristianos, los bautizados en Cristo, los destinatarios de las promesas, somos la viña del Señor, y es aquí donde comienza la lectura de la parábola en clave actual.

 

Todos los aquí presentes podemos descubrir fácilmente el grande amor que Dios nos ha tenido al llamarnos, al elegirnos, sin mérito alguno de nuestra parte, para que le pertenezcamos, para que seamos miembros del Cuerpo de Cristo, su Hijo, para que seamos su Iglesia, Pueblo de su propiedad, herederos de su Reino. Nos llena de toda clase de cuidados, nos alimenta no sólo con su Palabra sino también con su Cuerpo y con su Sangre. Ante cuidados tan esmerados y delicados, por supuesto, que tiene derecho a encontrar en nosotros buenos frutos, frutos de justicia y de paz, frutos de amor y fidelidad. El Señor que nos ha elegido, que ha puesto todo lo necesario para que demos buenos frutos, no quiere llegar a nosotros y encontrar puras hojas y nada de higos y mucho menos quiere encontrar en nosotros uvas agrias y espinas. Por eso nos advierte: Todo sarmiento que no produzca fruto, será podado y si ni así da buen fruto, será cortado y arrojado al fuego. “Por esta razón les digo a ustedes que les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos”.

 

La historia ha confirmado esta profecía de Jesús, del traspaso del Reino de Dios a otros pueblos. Y lo primero que surge del hecho histórico de un pueblo de Dios que deja de ser pueblo escogido, y de otros pueblos que pasan a serlo, es que eso mismo puede pasar con nosotros, con nuestra nación, con nuestro continente, en donde estamos la mayoría de los cristianos. A lo largo de la historia de la Iglesia han surgido y naufragado cristiandades espléndidas. ¿Qué ha pasado con Iglesias tan florecientes del Asia Menor y de África? De sus comunidades no queda piedra sobre piedra. Y sus templos se han convertido en ruinas desoladas, o a lo más, en museos de arte. Si recorremos la historia más de cerca, la advertencia de Jesús calará más profundamente en nosotros. ¿Cómo se encuentra gran parte de Europa? La que hasta hace poco era la evangelizadora de nuestro continente, la cuna de tantos santos, la fecunda en tantas órdenes y congregaciones, la que alimentaba a tantos teólogos y escritores católicos, ¿es realmente hoy un pueblo de Dios ejemplar?

 

Nadie tiene la exclusiva del Reino de Dios, de pueblo escogido para siempre. Si no cumplimos con la elección divina se puede cumplir en nosotros la frase de Jesús: “Por esta razón les digo a ustedes que les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. Esto no es una amenaza, simple y sencillamente es el dinamismo de la historia, es el dinamismo de la elección divina. Por esto lo que interesa es preguntarse cómo evitar el dejar de ser pueblo de Dios. La respuesta es clara: siguiendo el programa que se nos presenta en las lecturas de hoy. Lo primero de todo, Jesús nos proporciona la pieza clave del auténtico cristianismo: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular? Jesucristo es esa piedra fundamental y clave de nuestra Iglesia, es el núcleo vital de la Iglesia, es la razón de ser de nuestra comunidad.