Homilía pronunciada por el Card. Norberto Rivera en la Catedral de México

  • XXIV Domingo del tiempo Ordinario. 17 de septiembre del 2017.

 

A todos los que hemos escuchado con atención la Palabra de Dios no nos queda ninguna duda de que el llamado central ha sido invitarnos a perdonar alegremente, sin límites y generosamente. Éste es el comportamiento de Dios para con nosotros, ésta debe ser la actitud nuestra para con los hermanos. La parábola del Evangelio y el diálogo de Jesús con Pedro tienen como objetivo cambiar nuestra mentalidad de un perdón cuantitativo a un perdón cualitativo. De hecho, el verbo central “elein” lo podemos traducir como: “tener piedad, amor, misericordia”, raíz de un perdón que supera las leyes de una justicia rígida, vengativa y de rigor inflexible. No existen límites o condiciones cuando se juzga con amor. Jesús no nos enseña sólo con palabras sino con hechos concretos al acoger, perdonar y rehabilitar a los pecadores que arrepentidos a él se acercan.

 

Las lecturas de este domingo son un llamado a romper la lógica de la venganza, la cadena del odio, la prisión del rencor y de la ira. Son un llamado a reencontrar el amor y la magnanimidad ya que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios que es amor y rico en misericordia, pues “ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor”. En todo momento de la vida, en la alegría y en el dolor, inclusive en el bien y en el mal, el hombre no puede borrar del todo la imagen que Dios le ha impreso. Somos llamados a descubrir en todo hombre la Gloria de Dios, pues aunque el pecador pisotee la dignidad humana que ha recibido, siempre existirá en él la capacidad de conversión. “Debemos arriesgarnos a confiar en Dios y en el hombre, más allá de cualquier desilusión”, sentenciaba el filósofo francés Mounier.

 

El primero que nos ha hecho este llamado al perdón ha sido el libro del Eclesiástico, redactado por un Escriba del siglo II antes de Cristo. El párrafo que hemos escuchado sobre el perdón y el rencor tiene un estilo sapiencial dando una dimensión religiosa a las exigencias concretas e inmediatas que hacen posible la convivencia humana: el rencor en relación a los hermanos es como una barrera que interrumpe el diálogo con Dios: “Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas. El Señor se vengará del vengativo y llevará rigurosa cuenta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón se te perdonarán tus pecados. Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor?

 

Esta invitación al perdón Jesús nos la propone en forma muy colorida en la parábola que hemos escuchado. El contraste entre la actitud misericordiosa del rey y la dureza del siervo perdonado es el centro de la parábola. Llama también la atención la diferencia entre la deuda que el rey perdona a su siervo y lo que éste exige a su compañero. ¿Cómo es posible que alguien a quien le han perdonado una deuda inmensa no sea capaz de perdonar una deuda insignificante? Todos los demás detalles contribuyen a reforzar el contraste entre estas dos actitudes y la suerte que aguarda a quienes no perdonan de corazón a su hermano. En los oídos de los que en aquel tiempo escucharon esta parábola, y en los oídos de los que hoy la hemos escuchado, debe quedar resonando la pregunta del rey, que resume la enseñanza de la parábola: “¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

 

Realmente éste es el mensaje central: Dios nos ha perdonado mucho, muchísimo, a todos y a cada uno de nosotros, y nos ha perdonado totalmente; en consecuencia, nosotros debemos perdonar a nuestros hermanos sin límites, sin condiciones, siempre, puesto que sus ofensas hacia nosotros son mucho menores. Dicho de otra manera: el perdón a los hermanos no es la condición para que Dios nos perdone, como muchas veces lo hemos entendido en el Padre Nuestro, sino la consecuencia del perdón de Dios a nosotros, que ha sido incondicional e ilimitado. Después de esto, si nosotros no perdonamos, es cierto que el perdón de Dios no nos va a llegar, porque nuestra falta de compasión significa que no hemos aceptado ese perdón que nos ha ofrecido, ni nos hemos transformado, ni hemos adquirido entrañas de misericordia como las de nuestro Padre que es misericordioso. Parodiando a los psicólogos modernos que dicen que, el que se siente amado es capaz de amar, podríamos decir, el que se siente perdonado necesariamente es capaz de perdonar.

 

Pedro se acerca a Jesús con una propuesta muy generosa de perdón: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo, hasta siete veces? Como hijo de su tiempo está manifestando una actitud casuística y legalista, aunque como digo, generosa, ya que los rabinos proponían como máximo la cifra de cuatro. Jesús rompe sus esquemas y los nuestros, nos saca de nuestra mentalidad, nos pone frente a Dios y nos dice a todos y a cada uno: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”, un número ilimitado de veces, o sea, siempre. La parábola nos revela el verdadero rostro de Dios, siempre pronto a perdonar y amar, y entroniza el perdón como base de la comunidad y de cualquier convivencia humana. Mateo en muchas ocasiones insiste en la necesidad del perdón para la vida comunitaria, pero sólo aquí revela el profundo significado de este gesto. El perdón nace necesariamente de la experiencia de haber sido perdonados por Dios. Quien haya experimentado la misericordia del Padre no puede andar calculando las fronteras del perdón y de la acogida al hermano.

 

La insistencia de Jesús en el perdón y la mutua comprensión no es propia de un idealista ingenuo, sino de un espíritu lúcido y realista. Nuestra convivencia diaria no sería posible si elimináramos la mutua tolerancia. Nadie puede pretender tratar sólo con personas perfectas. No es fácil seguir el llamado de Jesús al perdón ni sacar todas las implicaciones que puede tener aceptar que una persona es más humana cuando perdona que cuando se venga. Sin duda hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona, como Dios perdona, es precisamente para destruir la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro y también para que el ofendido, hasta donde sea posible, reciba reparación del mal que recibió. El perdón es un gesto maravilloso que cambia cualitativamente las relaciones entre las personas y en la misma sociedad y nos obliga a plantearnos la convivencia humana de manera nueva.