Homilía pronunciada por el Card. Aguiar en el reclusorio de Santa Martha Acatitla

“Dentro de poco tiempo ya no me verán, pero dentro de otro poco me volverán a ver” (Jn. 16:16).

Quizá, igual que los discípulos de Jesús, nos quedamos con esa inquietud de saber a qué se refiere Él al decir: “Dentro de poco tiempo ya no me verán, pero dentro de otro poco me volverán a ver” (Jn. 16:16). En la interpretación histórica de esta expresión, después de los acontecimientos, conocemos que Jesús se refería al paso de la vida a la muerte, y de la muerte a la vida; es decir, el paso de la muerte a la Resurrección. En este sentido, habla de la trascendencia a la que todos estamos llamados: a compartir la eternidad, para eso Dios nos ha creado; pero debemos transitar en esta vida terrena.

También hay una interpretación, que de ahí se deduce, para nuestro transitar en esta vida terrena: la experiencia de la relación entre Dios y nosotros. Es la forma sutil para descubrir que Dios está acompañándome. La experiencia de vida de todo ser humano es que, de repente en algunas ocasiones –como lo he visto en sus rostros este día– nos sentimos contentos, alegres; también tenemos experiencias en las cuales constatamos cómo Dios nos ha ayudado a salir de alguna situación difícil, y nos sentimos consolados. Es expresión de la presencia de Dios, que camina con nosotros.

Pero también hay otras veces en las que nos sentimos desolados, en las que nos viene la angustia, la desesperación, la soledad, nos sentimos abandonados. Y por eso, las palabras de Jesús deben ser siempre una expresión de esperanza, porque ninguna de estas dos experiencias que vivimos, de consuelo y alegría, o de desolación y tristeza, son eternas, sino que son, como es nuestro caminar en esta tierra, transitorias. Es en lo que siempre tenemos que poner nuestro corazón: en este tiempo de la vida terrena, nada es eterno.

Ahora bien, esto que dice el texto, se los quiero decir yo a ustedes: el estar aquí en un reclusorio, justa o injustamente, es una situación de desolación, de desesperanza; pero siempre tengan presente que no es eterna, que siempre debe estar abierta la puerta a su corazón de recuperar su libertad, y de volver a la vida con la sociedad. Este tiempo en el cual ustedes viven recluidas, puede ser un tiempo hermoso de crecimiento espiritual, si lo hacemos a la luz, de quien es nuestra esperanza.

Por eso he querido venir con ustedes este día, y me siento muy contento, porque cumplo una misión muy importante: Jesús lo dijo claramente: “Donde más te necesito que me encuentres es con el que sufre, con el que está preso, con el que no tiene qué comer, con el que está abandonado”. Lo ha dicho en el Evangelio de san Mateo (Mt. 25,35-45).

Y por eso, aprovecho esta oportunidad para decirles que este tiempo debe ser muy enriquecedor en su experiencia espiritual. ¿Cómo lo podemos hacer? La Primera Lectura (Hch. 18, 1-8) ofrece una pauta muy interesante: dice que el Apóstol Pablo se encontró, en su ir y venir de diferentes ciudades, con comunidades de judíos que vivían expulsados. Ustedes saben qué es ser expulsados: es una migración forzada, en la cual tienen que dejar sus casas, sus cosas, salir con lo mínimo y llegar a otra parte, arreglándoselas como puedan, abriéndose camino en la vida, a ver cómo.

Pues bien, Pablo se dedicó a ellos, y en ese compartir –dice el texto–, en medio de discusiones, explicaciones, aclaraciones; en las que incluso lo contradecían, lo insultaban –ya que así son los diálogos a veces, se llega a extremos de posiciones y de pensamientos–; pero en este compartir y poner en común, la persona clarifica, esclarece lo que lleva dentro. No podemos estar en silencio permanentemente, sino que tenemos que compartir con otros lo que vamos viviendo en nuestro interior.

Cuando ustedes se han encontrado aquí, porque así lo veo en las del coro, que  seguramente se ponen a ensayar porque cantan muy bien, es la ocasión de conocerse, o en otras actividades, o en el cuidar de los mismos niños como lo están haciendo ahora, pueden compartir lo que sienten de tener a su hijo con ustedes en esta situación, y cómo encuentran una luz.

Si vamos poniendo en común lo que llevamos dentro, ¿saben quién las acompañará? El Espíritu Santo, que les dará la fortaleza para descubrir que Dios no las ha abandonado, que está con ustedes. Entonces crecerá su experiencia de cercanía con Dios. En este sentido, repito la frase de Jesús: “Dentro de poco ya no me verán, pero dentro de otro poco me volverán a ver” (Jn. 16:16). Es decir, de pronto lo sentimos cerca, luego nos sentimos otra vez abandonados, pero después lo volvemos a sentir cerca. Y esa experiencia constante de cercanía y lejanía, de proximidad y de distancia, debe enseñarnos que, aún cuando no lo sintamos cerca, Dios nunca nos abandona. Este desarrollo espiritual les puede dar la fortaleza necesaria para afrontar cualquier adversidad.

Eso es lo que le pedimos al Señor particularmente en este día, porque, según me han dicho, la mayoría de ustedes son mamás, y ¿saben cuál es la misión de las madres con sus hijos? Manifestarles el amor de Dios. Eso es lo grandioso, la cercanía, la ternura, el amor gratuito. Ustedes aman a sus hijos no porque el hijo les pague un peso. El amor de Dios así es. Aunque nuestra conducta haya sido fallida, Dios no nos deja de amar, porque somos sus hijos. Ustedes comprenden muy bien esto: se ama al hijo independientemente de la conducta que tenga. Así es el amor también de nuestra Madre, María de Guadalupe.

Pidámosle, pues, con el corazón lleno de esperanza, crecer en este desarrollo espiritual, aprovechar estas circunstancias, y que, cuando se encuentren de nuevo en libertad, sepan dar testimonio de que Dios ha estado con ustedes. ¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México