Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario

¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? (Sant. 4,1)

Así pregunta el Apóstol Santiago, y da una orientación al decir: “De las malas pasiones que siempre están en guerra dentro de ustedes” (Sant. 4,1). Cada uno de nosotros tiene una voluntad, una mente y un corazón, pero si no aprendemos a ordenar lo que conocemos a través de la mente, lo que deseamos como voluntad y lo que recibimos como afecto –como sentimientos de los demás ante nuestras decisiones–, nos convertimos en personas hostiles, que en lugar de aportar y colaborar, ven en el otro –aún en aquél que se comporta bien– a un enemigo, a alguien que está en contra de nosotros, como lo expresaba la primera lectura del libro de la Sabiduría (Sab. 2, 12. 17-20).

Es fundamental la formación de esta conciencia, que cada uno de nosotros debe adquirir a lo largo de los primeros años de la vida; por eso, si bien reconocemos, constantemente y por todos los medios, que nos encontramos en situaciones de inseguridad, de violencia y de injusticias en lo que se refiere a nuestra sociedad, debemos ir más al fondo para conocer las causas que generan estas situaciones que a todos nos afligen y nos dañan.

¿Dónde está el punto clave? En el Evangelio de hoy (Mc. 9, 30-37) Jesús ofrece un testimonio y pone un ejemplo, al descubrir en sus propios discípulos una actitud de mirada sólo hacia sí mismos, en lugar de una mirada y actitud de servicio hacia los demás. Jesús le dice a sus discípulos: “Vean a este niño, a un pequeño” (Mc. 9, 37). ¿Qué busca un niño de los demás? No le quiere imponer nada al otro, lo que busca es relacionarse con él para jugar, para tener con quién hablar, para compartir lo que tiene y lo que le gusta hacer.

Todavía en la infancia nosotros tenemos esta actitud positiva de encuentro fraterno y solidario con los demás. A un niño, incluso, no le asustan las diferencias de clase social, sino que es capaz de compartir con los otros niños, independientemente de la condición social de sus padres. Esta es la actitud que se gesta en el inicio de nuestra vida, pero entrada la adolescencia y la juventud, en la conciencia de la propia libertad y de la propia decisión, y sobre todo, mirando el testimonio de las generaciones adultas, allí es donde nuestros jóvenes necesitan más orientación, acompañamiento y ayuda, sobre todo en estos tiempos.

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Esto es precisamente por lo que el Papa Francisco ha planteado como tema de los jóvenes para el próximo Sínodo, que se llevará a cabo del 3 al 28 de octubre. Obispos de todo el mundo, elegidos por nuestras Conferencias Episcopales, o designados –como en el caso de un servidor– por el mismo Papa, escucharemos lo que se ha recogido de la situación de los jóvenes en todas las Iglesias, esparcidas a lo largo de los cinco continentes; después analizaremos estas situaciones para discernir, para esclarecer lo que como Iglesia debemos hacer en bien de la juventud actual. Y finalmente, dejaremos en manos del Papa Francisco las propuestas concretas para que elabore una exhortación post sinodal a fin de que nosotros apliquemos lo que ahí quedará indicado.

Pero no basta que nosotros los Obispos obtengamos esta conciencia de actitud de ayuda y de acompañamiento a nuestros jóvenes, por eso quiero hacerle algunas preguntas para que nos ayuden a poner en común en la iglesia y entre sus círculos de familiares y amigos: ¿Tengo un verdadero diálogo con los adolescentes y jóvenes, en el que les planteo mi experiencia de vida, mi testimonio; les explico por qué busco vivir conforme a los valores del Evangelio, o simplemente tengo una actitud de imposición para que ellos realicen lo que yo pienso? Si hago lo primero, estoy dejándole al adolescente o al joven la posibilidad de clarificar por él mismo el beneficio o el daño, según las decisiones que tome en su vida. Si hago lo segundo, estoy dificultándole al joven el camino de la formación de su personalidad.

La imposición siempre es negativa, pero lo es más cuando lo hacemos con un adolescente o un joven; sin embargo, dialogar con él, hacerle ver las consecuencias de sus decisiones y lo que va a implicar para su vida, lo agradecerá por el resto de sus días. De ahí viene la primera pregunta que les propongo: Yo, ¿cómo actúo en relación con los adolescentes y jóvenes con quienes me rodeo, ya sean mis hijos, nietos, sobrinos, amigos de mis hijos, o simplemente aquellos que me encuentro en el mundo de mis actividades?

Segunda pregunta: ¿Nos damos cuenta de la importancia de plantear nuestros problemas y conflictos a la luz de la Palabra de Dios? El libro de la Sabiduría afirma que cuando nos portamos bien siempre va a haber alguien que nos ataque o nos critique, y tenemos que estar conscientes de ello. No debemos sentirnos mal ni se nos debe apagar la voluntad de seguir el camino del Señor, porque es natural. Cuando alguien da un buen testimonio –afirma el libro de la Sabiduría– los demás se sienten cuestionados. ¿Por qué él sí puede vivir bien? ¿Por qué su conducta es buena y la mía no? Ese testimonio le duele al otro que está todavía encerrado en la búsqueda –como dice el apóstol Santiago– de sus envidias, de su codicia, de los placeres, de esas tendencias naturales que tenemos. Y cuando ve que alguien se comporta de manera distinta a la suya, le cuestiona fuertemente, pero no se abre, y entonces critica a esa persona o a ese grupo de personas o a esa familia.

Tenemos que ser fuertes, y esta fortaleza es la que alimentamos al venir a escuchar la Palabra de Dios, al participar de la Eucaristía, en los momentos de oración, en la confianza puesta en Dios, cómo decía el Salmo y lo cantamos: “Mi ayuda es el Señor, nuestro Dios, nuestro Padre, que nos da su Espíritu para crecer en la fortaleza interior”.

Por eso, también hoy los invito a pedir por el Papa Francisco, porque él necesita crecer cada día en su fortaleza, en la toma de decisiones, como las que va haciendo, y que incluso dentro de la Iglesia a algunos no les parece, no están de acuerdo. Pero él tiene que tener la claridad, la certeza, de que es primero el bien de la Iglesia, de la sociedad y del mundo, que cuidar solamente que los demás le digan que están de acuerdo con él. Este es el gran reto del Sumo Pontífice en estos tiempos.

Pidamos, pues, por el Papa Francisco, pidamos por nuestra Iglesia, pidamos por nuestra sociedad. Que las generaciones adultas sepamos dialogar, entrar en los ámbitos de la vida de los adolescentes y jóvenes, y ayudarles a la toma de buenas decisiones porque en ellos construiremos el futuro de nuestro pueblo, de nuestro país. ¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México