Homilía del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor en INBG

Nosotros somos testigos de cuanto Jesús hizo (Hch 10,39).

En esta Primera Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos este testimonio de los primeros discípulos. Ellos eran los que narraban y contaban lo que habían visto que había hecho Jesús en Judea y Jerusalén.

Pero más adelante, dice: “Nosotros fuimos los elegidos para dar este testimonio; nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de que resucitó de entre los muertos” (Hch 10,41). Y ese es el testimonio contundente con el cual la Iglesia inició, y con el cual la Iglesia continúa estando presente en el mundo para dar testimonio de Cristo resucitado, de Cristo vivo.

Nos podemos preguntar: ¿Nosotros podemos decir, como los primeros discípulos, que hemos comido y bebido con Jesús resucitado? Ellos tuvieron esa suerte, como lo vamos a escuchar los domingos de Pascua en los Evangelios. Se encontraron con Jesús resucitado; incluso, a Tomás, que no lo creía, Jesús lo llamó y le dijo: “Aquí están mis llagas, ven y tócalas, y no sigas dudando, sino cree” (Jn 20,27).

¿Cómo podemos nosotros dar testimonio, con esa fuerza y convicción propia de quienes vieron a Cristo resucitado?

Para que pudiéramos hacerlo, Jesús dejó la Eucaristía. En la Eucaristía escuchamos la Palabra de Jesús, la Palabra de Dios. Escuchamos la Palabra, y si la atendemos, podemos adquirir la capacidad de descubrir a Jesús resucitado en nuestra propia vida. Pero además, al participar en la Eucaristía, también podemos decir como estos primeros discípulos: “hemos comido y bebido con Él” (Hch 10,41).

Cristo está vivo, resucitado. Cuando comulgamos el pan y el vino, que es transformado en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, recibimos a Cristo, viene en comunión con nosotros. Esto es lo que nos hace capaces de dar testimonio de Él. Entre la Palabra de Dios escuchada, y la fortaleza del Espíritu a través de la comunión con Él, domingo a domingo, el discípulo de Jesús se hace capaz de descubrir la mano de Dios en las circunstancias que le toca vivir durante la semana. Así descubre cómo Dios no nos abandona, sino que está presente, especialmente en las situaciones más difíciles, dramáticas o trágicas que afrontamos.

Es así como podemos entender el texto de la Segunda Lectura, tomado de San Pablo, que hoy nos dice: “¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?” (1 Cor 5,6). Nosotros somos esta levadura de la sociedad. Ese es nuestro gran reto: fermentar a toda la sociedad de los valores que Cristo nos ha anunciado. Somos elegidos por Dios. Él ha puesto sus ojos en cada uno de nosotros, y nos ha ofrecido una misión: ser levadura de la sociedad, esta sociedad que hoy está viviendo tantas situaciones contrarias a la dignidad humana. Es en esta sociedad donde tenemos que mostrar que Dios no se ha ido de en medio de nosotros, sino que está con nosotros. Pero necesita de nuestro testimonio, de que digamos a los demás –en nuestros círculos de relación–, cómo Él se hace presente, cómo descubrimos esa presencia del Espíritu en nuestra persona, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en las circunstancias de movimiento de un lado a otro.

Nuestros ojos, son ojos del creyente, son ojos del que tiene fe. Debemos, entonces, darle gracias a Dios, y poder decir como ese discípulo amado: “Vio y creyó” (Jn 20,8). Desde los acontecimientos particulares, personales y familiares que vivimos: ver y creer.

Pidámosle a María, a quien hemos venido a ver hoy para decirle: “Te felicitamos, María, porque creíste sin haber visto todavía lo que iba a acontecer en ti; creíste a pesar de que no entendías ni comprendías todo lo que guardabas en tu corazón; creíste, y cuando te tocó ver, entonces viniste al Tepeyac a decirle a este pueblo naciente, y a decirnos hoy también: ‘mi Hijo está vivo, mi Hijo está con ustedes’”.

Démosle gracias a María y a Cristo, de esta gran aventura que nos toca vivir, caminando como buenos discípulos, a la luz de la fe.

¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México