¡Feliz Navidad!

P. Sergio G. Román

¿Qué celebramos en Navidad? Dicen que cuando se hace esta pregunta a un niño de Estados Unidos, él contesta: “Celebramos la venida de Santa Claus”. Y, en efecto, este grotesco personaje, caricatura del obispo de Mira, san Nicolás, tiene mucho más popularidad que el Niño Jesús nacido en Belén.

Yo espero que un niño mexicano todavía sea capaz de contestar que celebramos el nacimiento de Cristo. Es muy fácil decirlo y es muy fácil evocar la imagen de ese acontecimiento, debido a que nos ha entrado por ojos y oídos desde nuestra infancia al contemplar los “nacimientos” de nuestros hogares y al escuchar los villancicos tan bellos que inundan el ambiente en Navidad. ¡Jesús nació en Belén de santa María Virgen!

¿Qué hay detrás de la fiesta de la Navidad?, ¡una historia de amor!; alguien dijo que era la más bella historia de amor jamás contada. Una historia que comienza con el desamor del hombre hacia Dios: el pecado.

El pecado es algo muy feo. Es un acto de deslealtad de parte del hombre hacia Aquél de quien ha recibido todo, desde el ser hasta cada una de las cosas buenas de su vida.

Es desobediencia a la voluntad de Dios que solamente quiere la felicidad eterna de su criatura, pero tal parece que el hombre sólo sabe buscar su propia felicidad sin importarle la de los demás. Es egoísmo. Eso es el pecado.

No se puede ser pecador y ser amigo de Dios. El pecado forma una gran barrera entre la criatura y su Creador; una barrera hecha por el hombre pero que el hombre solo no puede derribar. El pecado es un delito que merece una sola pena: la condenación eterna.

Ése es el triste panorama del destino del hombre. Pero algo no ha cambiado en ese drama: Dios sigue fiel en el amor a su criatura y tiene un plan para salvarlo.

La verdadera Navidad

No permitamos que nos cambien la Navidad. La Navidad es el gozo espiritual por el nacimiento precisamente del Salvador, es el agradecimiento por haber sido hechos hijos de Dios, es la conciencia de ser hermanos de todos esos hijos de Dios redimidos por Jesús.

Una Navidad materializada y reducida tan sólo a gozar los placeres de una fiesta, no nos traerá más que una alegría pasajera y un vacío en el alma. Vivamos la Navidad como una fiesta del espíritu que se manifiesta en esos signos externos de los que tenemos necesidad para expresar lo que llevamos dentro.

Convivamos con nuestra familia de una forma más íntima; manifestemos, sí, nuestro cariño a los amigos y a los que no lo son, y demos preferencia a esa fiesta por excelencia que es la Misa. Vivir la Misa de la Vigilia de Navidad, la famosa Misa de Gallo, es como si nos uniéramos a los pastores convocados por los ángeles a adorar al Niño que nos ha nacido en la gruta de Belén. Saldremos de la Misa transformados, como si hubiéramos visto al Niño Dios sonreírnos desde los brazos maternales de María. Saldremos de la Misa experimentando un amor diferente a los demás, ya no los amamos nada más por ellos, sino por ser hijos de Dios, nuestros hermanos.

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