El Padre Julián López, teólogo de la Catedral de México, habla de la autoridad de Jesús

Carlos Villa Roiz

“Hoy como nunca hemos sido testigos de noticias falsas y de manipulación de información, al punto que algunos han descrito nuestro tiempo como el de la posverdad. La mente humana, sin embargo, nunca queda satisfecha con verdades a medias. A nadie le gusta ser engañado, y mucho menos sobre el significado y el valor de la existencia. La autoridad del genuino maestro se reconoce cuando es avalada por el brillo de su enseñanza y la contundencia de su testimonio.”

Con estas palabras, el Padre Julián López Amozurrutia señaló en la homilía dominical, a nombre del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Administrador Apostólico de la Arquidiócesis Primada de México, habló de la autoridad de Jesús:

“La autoridad de Jesús se verifica en el episodio del Evangelio que ha sido proclamado a través de la expulsión de un espíritu inmundo de un hombre que estaba poseído por él. Más allá del desconcertante cuadro del exorcismo, tenemos ante nosotros una síntesis de lo que Jesús viene a realizar, con su palabra poderosa: liberar al ser humano de todas las fuerzas que le impiden ser él mismo”, dijo.

“Jesús, el Santo de Dios –como atinadamente lo declara el espíritu aterrado por su derrota– ha venido a acabar con todo lo que mantiene al ser humano esclavizado. Tiene razón en temblar ante Jesús el que oprime el corazón humano, el que embota la inteligencia con mentiras, el que siembra discordias y destruye esperanzas, el que abusa del inocente y se aprovecha del pobre, el que amaestra para la perversión y engatusa para destruir. Cristo nunca será su cómplice, y sí, en cambio, su juez definitivo. Jesús siempre está de nuestro lado para salvarnos, y tiene la fuerza y la autoridad para obtenerlo.”

“No tenemos por qué vivir atados al odio ni a la amargura, al resentimiento ni a la desesperanza. No hemos de renunciar a la justicia ni a los altos ideales, ni conformarnos con satisfacciones pasajeras que no dejan huella a largo plazo en la configuración de una existencia digna. No hemos de darnos por vencidos en la aspiración a la bondad y a la belleza, en el deseo de plenitud y en el compromiso cotidiano por alcanzarlas. No corresponde a nuestra vocación encerrarnos en el egoísmo y el capricho, en la necedad y el descuido. Jesús tiene una enseñanza profunda que proviene del mismo Dios que puso en nosotros la huella de su amor. Escuchar el mensaje del Reino de Dios es aprender a ser verdaderamente humanos”, concluyó.