Editorial: Hartazgo electoral

Ahora que finaliza el período de precampañas, que se extendió desde el 14 de diciembre pasado hasta este 11 de febrero, los partidos políticos entrarán en el proceso de designación de candidatos, quienes, a través de tres coaliciones principales, disputarán la principal joya de la corona electoral.

La reflexión es necesaria para conocer qué tan beneficioso ha sido este período –al que se sumará el de las campañas formales– en el que se ha atiborrado de dimes y diretes a los votantes, mediante una verdadera simulación electoral que defrauda el propósito de campañas cortas y “baratas”. Desde diciembre, salvo por un breve periodo de veda, el bombardeo de spots y anuncios en medios se llevó a cabo de tal forma, que estuvimos expuestos a una campaña plena que contraviene dichos propósitos de la Reforma Electoral, que plantea austeridad y transparencia.

De acuerdo con las cifras de la misma autoridad electoral, del universo de cargos a disputarse, además de los aspirantes a la Presidencia de la República, están registrados 95 para ser senadores y 695 para ocupar una curul en San Lázaro. Hasta enero de este año, sólo 19 habían realizado operaciones de ingresos y egresos. 1.7 millones de ingresos, contra 6.2 millones de gastos.

La mayor opacidad se verifica entre las coaliciones presidenciales. Hasta enero pasado, habían registrado más gastos que ingresos, reportando un excedente de 4.5 millones de pesos. Según el Instituto Nacional Electoral (INE), había ingresos por apenas 660 mil pesos, y gastos por casi 5.1 millones.

Este galimatías demuestra, además, que el INE es una autoridad desdentada y débil, que tiene encima una maraña casi imposible de deshacer de forma pronta y expedita por el bien de millones de personas hastiadas de una farsa democrática y de un aparato electoral groso, que exige más y más dinero, mientras el votante soporta la inflación diaria y el repunte de precios que siguen impactando la magra y empobrecida economía de las familias mexicanas.

Desafortunadamente, el sistema electoral mexicano parece favorecer más este irracional dispendio de recursos, en tiempos de transmisión que buscan sólo el impacto mediático, que los principios de sobriedad, transparencia y equidad sin simulaciones. Lo que se pretendía que fuera un efectivo acceso a la participación de la ciudadanía, fue reducido a un mero impacto a la masa amorfa de votantes, que no le ha quedado más que ser una destinataria pasiva de mensajes huecos, sentimentalistas, vacíos y sin objetivos en pro el bien común.

Lo que se debió haber canalizado a una real formación electoral para los ciudadanos, se destinó a infundir sentimientos de odio y hartazgo político, que desalientan y confunden, lo cual podría causar apatía en la población, debido a la ausencia de propuestas concretas, sólidas y reales, que puedan sacar del atolladero a nuestro país, y mejorar la condición de vida de incontables ciudadanos que viven en zozobra, angustia e incertidumbre. En definitiva, la clase política se aleja cada vez más de nuestras sufrientes realidades.

Ante este panorama de incertidumbre, no son aceptables respuestas evasivas ni demagogias estériles. Si se quiere erradicar el hartazgo, las campañas políticas deben ser atractivas en cuanto a propuestas relacionadas con el bien común, y sobre todo transparentes, para que finalmente deje de ser sólo un morboso ejercicio de pérdida de recursos. La prioridad de los partidos y coaliciones no son ellos mismos, son las personas concretas, de carne y hueso, con alma y espíritu. Un ser humano no debe ser más un botín electoral.

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