¡Dichosos ustedes!, que creen sin haber visto

P. Sergio G. Román

Tomás, el apóstol

Cuando leemos en los evangelios los relatos del llamado de algunos apóstoles, nos impresiona la fuerza de la vocación y la generosidad de los que, dejándolo todo, siguieron a Jesús. Juan y Andrés fueron los primeros llamados por Cristo y ellos contagiaron a sus hermanos, conduciéndolos hacia aquél en quien reconocieron como Mesías; así llamó Jesús a Pedro y a Santiago. Por medio de Felipe, Jesús llamó a Bartolomé o Natanael. También se nos narra el llamado emotivo de Mateo, quien lo celebra en compañía de sus colegas, publicanos y pecadores, lo que debió haber sido un gran testimonio. De los demás apóstoles, y entre ellos Tomás, no sabemos cómo los llamó, sólo sabemos que, después de orar a su Padre, los escogió de entre los discípulos.

Judas Tomás Dídimo es más conocido como Tomás, que significa gemelo en hebreo, lo mismo que Dídimo en Griego.

Tomás siguió a Jesús y manifestó incluso su deseo de acompañarlo hasta la muerte. Los apóstoles sabían que las autoridades de Jerusalén lo buscaban para matarlo, y cuando Jesús manifestó su voluntad de ir a Jerusalén, Tomás dijo a los demás apóstoles: “Vayamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11, 16), y cuando Jesús se despidió durante su Última Cena, fue Tomás el que preguntó; “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?” (Jn 14, 5).

Las trampas de la fe

Tomás cree en Jesús, dejándolo todo, lo sigue y lo ama hasta dar su vida por Él y con Él. Sin ninguna duda, Tomás es un hombre de fe, pero la debilidad humana hace que ésta flaquee o se debilite.

El miedo a los judíos hizo que todos los apóstoles, menos Juan, no fueran testigos de la Muerte de Jesús. Ese miedo que los llevó a encerrase les impidió también ser testigos primordiales de su Resurrección. Esos privilegios se les concedieron a la Virgen María y a las discípulas que seguían a Jesús y lo servían; ellas sí fueron testigos de su Muerte y Resurrección. A los apóstoles sólo les quedó creer por el testimonio de ellas.

Pero Tomás era diferente. Pertenecía a esa clase de hombres muy racionales que no quieren ser crédulos y que exigen ver para creer, tocar para convencerse.

Cuando Jesús se aparece, ahora sí, a los apóstoles, Tomás no estaba con ellos y no lo vio. Cuando le platicaron, llenos de alborozo, que habían visto al Resucitado, Tomás no lo creyó; se le hacía imposible y exigió meter sus dedos en las llagas de sus manos y pies, y meter su mano en la herida del costado para poder creer. Él no podía creer lo que no era posible según su lógica.

Jesús lo consecuenta con su paciencia nacida del amor. La fe de Tomás es preciosa para Cristo y lo necesita para que sea Su testigo hasta los fines del mundo. Otra vez se aparece a los apóstoles, pero podríamos decir que se le aparece de manera especial a Tomás, el incrédulo racionalista. Le pide que meta sus dedos y su mano en sus heridas gloriosas, y Tomás se rinde ante la evidencia y tan sólo alcanza a exclamar “Señor mío y Dios mío”, esas mismas palabras con las que por tradición nuestro pueblo confiesa su fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía durante la Consagración. (Jn 20, 19-31) La incredulidad de Tomás nos mereció una alabanza de Jesús: “dichosos nosotros que sin haber visto creemos”.

Testigo de la fe

¿Qué pasó con Tomás después de la ascensión de Jesús al cielo? La tradición nos cuenta que viajó a la India, donde fundo “siete Iglesias y media”, y en donde tuvo la oportunidad, ahora sí, de morir por Cristo.

La semilla que él sembró sigue dando frutos hasta la fecha.

En 1542 el misionero jesuita san Francisco Javier entró en contacto con los cristianos de santo Tomás en la India. Ellos han conservado su fe sembrada por el apóstol antes del año 72, cuando murió mártir en ese lugar el 3 de julio, fecha en que se celebra su fiesta. En la actualidad, el cristianismo es la tercera religión de la India y los cristianos de santo Tomás, en parte, están unidos a la Iglesia Católica con un rito propio llamado Sirio Malabar y con autonomía en la liturgia. Hay más de 7 millones de católicos sirio malabares.

Por si fuera poco, hay una tradición constante desde el siglo XVI que habla de la presencia de santo Tomás en la América precolombina y, según fray Servando Teresa de Mier, héroe liberal, la Virgen de Guadalupe está estampada en la capa de santo Tomás y no en la de Juan Diego. Aquí podemos decir, como santo Tomás, “ver para creer”.

También se le atribuyen dos libros de Evangelios apócrifos que tomaron su nombre para dar autoridad a sus escritos de tendencia nóstica.

Santo Tomás, como los demás apóstoles, es un testimonio vivo de fe y de purificación de la fe, ya que por la debilidad humana se puede flaquear, pero por la misericordia divina la fe se fortalece, se hace testimonial, brilla entre las tinieblas, se siembra y da fruto al que Dios le da crecimiento.