Cultura Bíblica: Lo que Dios une que no lo separa le hombre

Lectura del santo Evangelio

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”. Él les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?”. Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”. Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (…) Marcos 10, 2-16

Lo que Dios une que no lo separa le hombre

Mons. Salvador Martínez

El pueblo hebreo considera la Ley de Moisés como el don recibido de parte de Dios para su salvación en la sabiduría de Dios que ha llegado a nosotros (cfr. Ba 3,18-4,1). Sin embargo, es importante considerar varias realidades que rodean el don de la Ley y más aún su aplicación. En primer lugar, partiendo del mismo texto que leemos hoy podemos constatar que el orden de la creación de todas las cosas y el del ser humano en particular supone un contexto de humanidad en gracia y armonía con Dios.

En cambio, el contexto del don de la Ley de Moisés supone que la humanidad ya había caído bajo el dominio del pecado. La Ley de Moisés no fue escrita para el ser humano en estado original, sino para el pueblo de Israel que vive en un mundo pecador. En segundo lugar, la Ley de Moisés refleja circunstancias culturales de mediados del primer milenio antes de Cristo.

En aquellas épocas no se practicaba la monogamia en la generalidad del pueblo. Ciertamente, se le concedía un sitio especial a la primera esposa, a la mujer de la juventud. Jesús en su argumentación sobre la inclusión del divorcio en la Ley de Moisés nos lleva a suponer una virtud propia de los soberanos o superiores frente a los súbditos, esta es la condescendencia.

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Dios acepta ponerse al nivel de la dureza del corazón humano y permitirle que rompa el vínculo que en su plan original no estaba permitido. Ahora bien, la Nueva Alianza propuesta por el Señor Jesús no permanecerá dentro de la lógica de un pueblo de duro corazón ni de un pueblo sojuzgado por el pecado. De lo contrario no tendría ningún sentido la Nueva Alianza. En la lógica de Jesús partimos de la libertad frente a las tendencias pecaminosas. Partimos del hecho de la recreación de parte de Dios de aquel hombre viejo y de corazón duro para hablar del hombre espiritual, lleno de la gracia del Altísimo.

Así pues, no resulta extraño que Jesús marque con claridad que romper un matrimonio deviene en una falta de justicia de un cónyuge en contra del otro si pretende establecer una segunda alianza. Ahora bien, el tema de la Nueva Alianza no pretende invalidar el ejercicio de la condescendencia de Dios, al contrario. Precisamente el episodio de los niños, que son los últimos en importancia dentro de la sociedad, reafirma la predilección de Dios por lo débil, por lo pequeño en este mundo. La mayor manifestación de condescendencia de Dios para con la humanidad ha sido el enviar a su Hijo único para que nosotros nos salvemos.