Cultura Bíblica

Mons. Salvador Martínez Ávila

El artículo de este día buscará contestar las preguntas siguientes: ¿Qué estaba pasando en la vida de Jesús cuando le dijo estas cosas a Nicodemo? Si Dios envió a su Hijo al Mundo no para juzgarlo sino para salvarlo ¿En qué sentido se sigue hablando en el texto de personas juzgadas?


Lo que leemos el día de hoy es la segunda parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo. El encuentro entre ellos se dio en Jerusalén durante la noche. Este dato, dentro de los símbolos que maneja el evangelista san Juan, indica que la situación de Nicodemo no era de apertura y aceptación de Jesús. El Señor Jesús estaba iniciando su ministerio y suponemos que tanto en Jerusalén como en Galilea iniciaba su fama por haber realizado algunos milagros.

Nicodemo, atraído por esta fama, decidió buscar a Jesús, pero en el primer intercambio de frases el Señor lo sorprendió diciéndole que si no nacía de nuevo no entraría en el Reino de los Cielos. Ante la respuesta, un poco irónica de Nicodemo, inicia el discurso dando el sentido de nacer de nuevo, se trata de nacer del agua y del Espíritu.

El Señor entonces deriva su comunicación hacia el acontecimiento fundamental de la salvación que es la Crucifixión, esto el Señor Jesús lo expresó al decir: “como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que crea tenga en él la vida eterna” (Jn 3,14-16).

Continuando con el discurso Nuestro Señor desarrolla el sentido de su envío a este mundo. Las distintas concepciones que se tenían sobre el fin del mundo consideraban, en primer lugar, que Dios vendría a poner en orden a los malvados por medio de castigos y destrucción de su mundo malvado. Entonces resulta lógico que Nuestro Señor aclarara que su venida no era con carácter de castigo, es decir punitivo, sino con carácter de salvación. Sin embargo, aclara un tema no menos importante, a saber, que la responsabilidad personal sigue en pie, que la salvación es algo que se acepta libremente y si no se acepta, entonces uno mismo se sitúa en la condenación, esto es lo que Nuestro Señor también le aclaró a Nicodemo y a todos nosotros cerrando de manera muy bella la invitación a nacer de nuevo, es decir, convertirse por la fe en Nuestro Señor Jesucristo. Pero siempre cabe la posibilidad de que alguien ame más sus malas obras y, en ese caso, no es Dios el que juzga y condena sino la misma persona que ha elegido de esa manera.