Cine: El gran dictador

“Hemos perdido el rumbo, la codicia ha envenenado el alma del hombre”

Antonio Rodríguez

El general dirige su mirada turbia hacia el gran globo terráqueo que tiene frente a sí, y dice: “Emperador del mundo”. Y reafirma sin parpadear: “Mi mundo”. Toma el globo con ambas manos, comienza a balancearlo sobre su cabeza y luego lo patea, lo recibe con las caderas, danza hipnóticamente sin perderlo de vista. Jamás creyó posible adueñarse del mundo entero, ahora suena real esa descabellada idea. Al terminar su espectáculo, el globo explota frente a sus ojos. Una metáfora de lo que está por venir.

Adenoid Hynkel no se detiene siquiera a escuchar a sus allegados, si alguien quiere hablarle, éste debe seguirle por detrás como si de un perro faldero se tratase. En su prepotencia, sólo presta atención a los halagos, y su furia crece cuando hay alguna contradicción. Es el dictador de Tomania, y está empecinado en expandir su territorio sin miramientos, tiene la firme idea de que la única raza que vale es la suya, por lo que todo aquél que no pertenezca a su región, ideales políticos o religiosos, es su enemigo. El territorio judío es el próximo en ser el blanco de sus ataques. “Hay que terminar con ellos”, le dice a su subalterno.

En el gueto judío, un gracioso barbero –quien por casualidad es muy parecido a Adenoid– regresa a su negocio local después de años de estar en el hospital. Una vez que el dictador ordena atacar al barrio judío, las personas deciden huir, pero pocas logran hacerlo, la milicia actúa con brutalidad. Entre los detenidos está el barbero, quien debido a su parecido con Adenoid, es confundido con éste.

Charles Chaplin comenzó a trabajar en El Gran Dictador en 1938, dos años antes de que la gran guerra estallara. Debido a la propaganda nazi y a los discursos de Hitler, el comediante decidió literalmente levantar la voz y hacer que su personaje, el vagabundo Charlot, hablase, pues hasta ese momento era un personaje mudo. “En el momento en el que el vagabundo hable, morirá”, dijo alguna vez, ¡y que manera de morir!, exclamando un potente discurso que incluso hoy tiene relevancia.

Chaplin satiriza la figura de Adolfo Hitler. El dirigente alemán aparece como un ser inmaduro y berrinchudo, encaprichado en sí mismo, dispuesto a todo con tal de mantener sus intereses sobre los del pueblo, y quien envalentonado en el cargo que desempeña se cree todopoderoso, no acepta crítica alguna ni muchos menos una opinión contraria.

En el clímax, el barbero toma los micrófonos y exclama: “Las fieras subieron al poder, pero mintieron, nunca han cumplido sus promesas y nunca las cumplirán. Los dictadores son libres, sólo ellos, pero esclavizan al pueblo.” Insta a los soldados a no luchar y al pueblo a no confiar en los falsos líderes que al llegar al poder pierden el piso. La dignidad ante todo. “Y mientras existan hombres que sepan morir, la libertad no podrá perecer”.