Cine: El evangelio según San Mateo

“Y yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”.

 

Antonio Rodríguez

Al fondo, muy al fondo, se acerca rápidamente el mal vestido de negro. El fuerte viento y el calor extenuante no parecen hacer mella en él, quien, sin detenerse, cruza medio desierto hasta llegar a un hombre que, arrodillado en medio de la arena y con los brazos dirigidos al cielo, tampoco parece inmutarse por ese extraño ser que lo desafía con la mirada. El hombre arrodillado se levanta, las ropas de ambos contrastan, la dirección a la que miran, también. El ser vestido de negro lo reta sin miramientos y le tienta con banalidades. “¡Apártate satanás, está escrito: adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás¡” Así, el extraño y malévolo ser regresa por donde vino… al fondo, muy al fondo, muy al fondo.

Después de aquel encuentro, Jesús camina con paso firme –siempre con paso firme– y en su camino se encuentra a unos agricultores, a quienes les pide que se arrepientan, pues el reino de los cielos está por venir; estos le miran con extrañeza. Y Jesús escoge a sus discípulos, uno tras otro, nadie pone peros, nadie replica, y cuando lo miran, lo hacen con una devoción casi innata. “La mies es mucha, pero los obreros pocos“, les dice mientras camina junto a ellos.

Llama la atención que cuando predica a sus apóstoles, Jesús nunca se detiene, camina, baja o sube, voltea y los mira como si los retara; son hombres que han de seguir la línea divina, que habrán de tropezar, dudar, negar o vender, y así les habla, ¿o nos habla? Resulta interesante en el filme que, cada que Jesús predica, no se ven los rostros de los apóstoles o de la gente, el director apunta a nosotros, y Jesús nos habla directo.

El evangelio según San Mateo fue presentada en el Festival Internacional de Cine de Venecia en 1964, ganando el premio especial de la crítica, entre varios más, y aunque para muchos sectores resultó incómoda la película debido al enfoque que le da a Jesús, es interesante que en su momento L’Osservatore Romano la denominara como la mejor película que se había filmado sobre la vida de Jesús.

A diferencia de las representación de Jesucristo que se habían dado en la cinematografía de ese tiempo, tanto en Hollywood como en nuestro país, Paolo Passolini evita mostrar en pantalla un Cristo de rasgos blandos y mirada dulce. “Quería un Cristo cuyo rostro expresase fuerza, decisión, como el de los pintores medievales… un rostro que correspondiese a los lugares áridos y pedregosos en que tuvo lugar su predicación”. Especial atención hay que poner en la crucifixión, donde Passolini muestra un Cristo cansado, mas no derrotado.