Cielo y Tierra: Legisladores honrados

Alejandra María Sosa Elízaga

No hace ni quince días que en la Misa de entre semana se proclamó una Lectura tomada del libro de la Sabiduría en la que se advierte a quienes gobiernan a los pueblos:

Dios “va a examinar las obras de ustedes y a escudriñar sus intenciones. Ustedes son ministros…y no han gobernado rectamente, ni han cumplido la ley, ni han vivido de acuerdo con la voluntad de Dios. Él caerá sobre ustedes en forma terrible y repentina, porque un juicio implacable espera a los que mandan. Al pequeño, por compasión se le perdona, pero a los poderosos se les castigará severamente. El Señor de todos ante nadie retrocede y no hay grandeza que lo asuste; Él hizo al grande y al pequeño, y cuida de todos con igual solicitud; pero un examen muy severo les espera a los poderosos. Así pues…aprendan a ser sabios y no pequen; porque los que cumplen fielmente la voluntad del Señor serán reconocidos como justos, y los que aprenden a cumplir Su voluntad, encontrarán defensa.” (Sab 6, 3-10).

Recordaba esto porque recientemente se han dado a conocer los sueldos estratosféricos que reciben algunos funcionarios, especialmente los legisladores, y una encuesta reveló que mucha gente piensa que la principal motivación de quienes desean ser diputados o senadores es el afán de tener, no necesariamente en ese orden, poder, fuero y dinero. Considera que les atrae la idea de volverse influyentes, gozar de inmunidad para hacer lo que se les dé la gana, y, por supuesto, ganar un sueldazo, al que por si fuera poco se le añadirán millonarios bonos y prestaciones sin fin. Muy criticada ha sido su costumbre de gastar el excedente de su estratosférico presupuesto anual regalándose tremendas ‘canastas navideñas’ con champaña y licores importados a fin de año, y causa escándalo echar un vistazo al ‘Canal del Congreso’ en la televisión y comprobar que el recinto parlamentario luce casi siempre vacío, y los pocos legisladores que ocupan las curules están sumamente ocupados, pero no en realizar la tarea para la que fueron elegidos, sino en almorzar, conversar con sus compañeros o por celular, leer el periódico y navegar por internet, y eso en el mejor de los casos porque también pasan demasiado tiempo sesteando, o en su spa, o dedicados a armar algún tipo de reyerta o manifestación de inconformidad.

Es hora de plantear seriamente lo siguiente: En la mayoría de las culturas de la antigüedad las leyes eran dictadas por un consejo de ancianos, llamados así no porque sus miembros estuvieran decrépitos sino porque por su edad madura tenían la sabiduría y experiencia requerida (dice el dicho: ‘más sabe el diablo por viejo que por diablo’). ¿Por qué no establecer algo similar en México? En nuestro país contamos con muy valiosos hombres y mujeres, de todos los órdenes y clases sociales, que se han jubilado a una edad en la que están todavía en perfecto dominio de sus facultades y tienen todavía mucho que aportar en términos de conocimientos, experiencia y buenas ideas.

Si hubiera un comité que escogiera a mexicanos que han destacado en su comunidad por su honradez, por su inteligencia, por su valioso desempeño en su área de trabajo, y los invitara a formar parte del cuerpo de legisladores, sin otra remuneración que la satisfacción de servir a su patria, sin otro ‘bono’ que el de saber que han sido elegidos porque se les ha considerado dignos, las Cámaras estarían conformadas por personas que no faltarían a su trabajo, no sólo en cuanto a que no se ausentarían, sino en cuanto a que no faltarían a su deber, ni tendrían el vergonzoso desempeño que vemos hoy en muchos de nuestros legisladores. Y además, como no cobrarían nada, la considerable cantidad que se ahorraría en sueldos, podría emplearse en obras sociales para dar la ayuda urgente que requieren millones de mexicanos que viven en pobreza extrema.

Así, ser legislador se volvería sinónimo de ‘honrado’, tanto por la honradez de quien fuera invitado, como porque se sentiría honrado quien fuera llamado a poner así sus reconocidas capacidades al servicio de su patria.

Ser legislador sería un honor para el elegido, un orgullo para su familia, una esperanza para su comunidad y una verdadera bendición para su nación.

 

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