Cielo y Tierra: ¿Dichoso el que ‘teme’ al Señor?

Alejandra María Sosa Elízaga

En el Salmo que se proclama este domingo en Misa repetimos una y otra vez:

“Dichoso el que teme al Señor”  (Sal 128, 1)

Pregunté a algunas personas qué entendían por eso de ‘temer al Señor’. Una viejita contestó: “¡uy, que hay que tenerle muuuuucho respetito a Dios porque lo ve todo y si haces algo malo ¡verás cómo te va!”; un padre de familia respondió: “que Dios tiene la sartén por el mango y puede hacerte lo que quiera, así que si le tienes miedo y te portas bien, serás dichoso”; un niño dijo: “que Dios nos asusta, porque no lo puedes ver pero Él a ti sí!”  Esas respuestas demuestran dos cosas:

1. Que muchos creyentes tienen una idea no sólo equivocada, sino muy injusta, acerca de Dios.

Tienen grabada esa imagen con que a veces representan a Dios en algunas pinturas y murales: un triángulo con un gran ojo adentro, al que no se le va ¡una!  Se sienten siempre observados por Él, y eso los hace sentirse incómodos, como si estuvieran bajo el permanente escrutinio de un director de escuela que está esperando encontrar la menor manchita para poner tache, para aplicar un castigo.

Urge cambiar esa manera de percibir a Dios. Es verdad que todo lo ve, pero lo ve con mirada misericordiosa, dispuesto siempre a comprender, a perdonar, a tender la mano. Saberte mirado por Él no es algo que deba hacerte sentir mal, sino al contrario, gozar sabiéndote cuidado, atendido, por un Padre amoroso que está tan pendiente de ti como para contar los cabellos de tu cabeza (ver Lc 12,7).

2. Que equivocadamente se confunde ‘temor de Dios’ con ‘miedo a Dios’.

Temor de Dios no significa tenerle ‘miedo’ a Dios. Para entender esto valga este ejemplo: Cuando una joven mamá se dispone a darle su primer baño a su hijo recién nacido, tiene temor de que se le resbale, temor de dejarlo caer, de que le entre jabón en los ojitos, de que trague agua, de que se enfríe, en fin, temor de hacerle daño. ¿Le tiene ‘miedo’ a su bebito? ¡Claro que no! Siente temor de hacer cualquier cosa que pueda afectarlo porque lo ama mucho. Toda proporción guardada, el temor de Dios es sentir tal amor hacia Dios, en este caso un amor reverente hacia Él que es el totalmente Bueno, el totalmente Otro, el Dios del amor que nos ha dado tanto, que nos ha colmado de tantas gracias y ternura, que tememos hacer algo que pueda herirlo, lastimarlo, hacerlo sentir no amado, no correspondido por nosotros.

El ‘temor de Dios’ es uno de los dones del Espíritu Santo, y nos ayuda a alejarnos del pecado porque nos hace temer afectar nuestra relación con Dios.

Decía San Ignacio de Loyola que la mayor perfección espiritual se alcanza cuando no sólo preferimos morir antes que cometer un pecado mortal, sino incluso venial, es decir, que salimos del círculo vicioso de ‘peco hoy al fin que me confieso mañana’, y ya no queremos consentir en algo que vaya en contra de lo que el Señor espera de nosotros. Es como en un matrimonio: si el marido dice: “le hago esta ‘trastada’ a mi mujer, al fin que luego me perdona”, es posible que sí, la mujer lo perdone, pero a la larga las ‘trastadas’ acumuladas irán dando al traste (válgase la redundancia) con la relación. En cambio si dice: ‘¿cómo le voy a hacer esta ‘trastada’ a mi chatita, si nos queremos tanto?’, el temor de lastimar a su mujer lo mantiene en el buen camino.

Se comprende así que si tienes ‘temor de Dios’ (es decir, temor a defraudar las esperanzas que Él tiene puestas en ti; temor a no corresponder a Su infinito amor), vives entonces buscando cumplir la voluntad de Aquel que te creó y conoce lo que es mejor para ti, por lo cual puedes tener la seguridad de que sigues el mejor camino, el único que puede llevarte a la paz, a la plenitud, a una dicha que no tendrá final.

(Del libro de Alejandra M. Sosa E. ‘Vida desde la Fe’, Col. Fe y Vida, vol. 1, Ediciones 72, p. 32; disponible en formato impreso, enviado a domicilio, o en formato electrónico para leerlo en cualquier dispositivo. Pídelo en: www.amazon.com.mx)

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