Cielo y Tierra: ¿Desánimo o esperanza?

Alejandra María Sosa Elízaga

 

¿Sabes adaptarte a nuevas circunstancias?

Cuando las cosas no salen como esperabas, ¿cómo reaccionas? ¿Te desanimas y abandonas toda esperanza?, ¿haces ‘berrinche’ cruzándote de brazos? , ¿te aferras a la posibilidad de que pueda haber un modo para que todo salga tal y como quieres?, ¿te quedas atorado en la nostalgia, en la desilusión, en lo que pudo ser y no fue?

Una y otra vez en la vida no recibimos lo que esperábamos y no esperábamos lo que recibimos. Sucede todo el tiempo y a todos los niveles: en cosas muy simples y pasajeras (no pudimos comer, ver, hacer, algo que se nos antojaba mucho), o en asuntos importantes que nos afectan seriamente (creíamos tener salud inquebrantable y sufrimos una enfermedad o un accidente; esperábamos tener la familia perfecta y tiene muchos problemas; planeábamos obtener o mantener un lugar en esa escuela, universidad, empresa, y no lo logramos; creíamos que siempre contaríamos con aquella persona y no fue así…).

En este mundo todos enfrentamos decepciones, adversidades, obstáculos que alteran o imposibilitan nuestros planes. Si cuando esto sucede ‘aventamos la toalla’, nos damos completamente por vencidos y nos deprimimos, o nos instalamos en la frustración y el enojo y nos negamos a admitir una opción distinta a la que teníamos en mente, o nos atormentamos considerando qué bien hubiera resultado todo ‘si tan sólo’ no hubiera sucedido tal cosa, ‘si tan sólo’ no hubiéramos hecho tal otra, entonces jamás saldremos adelante. No queda más opción que la de aprender a lidiar con la adversidad de otra manera: una que nos permita reemprender la nueva ruta, no con desanimada resignación sino con gozosa esperanza.

Para lograrlo hay que recordar lo que dice San Pablo, que todo lo podemos en Cristo, que nos fortalece (ver Flp 4, 13). Es decir, que nuestra fuerza viene del Señor, no de nosotros mismos. En Él encontramos lo que nos hace falta para salir adelante. Podemos tener la seguridad de que nunca nos va a pasar algo que lo haga exclamar: ‘¡qué barbaridad!, ¡eso que les sucedió no lo tenía contemplado!, y ahora ¿qué hago?, ¡esto no entraba en mis planes!, ¿cómo les ayudo?’ Jamás. El Señor sabe, antes que nosotros, lo que necesitamos, y para cuando lo necesitamos ya lo tiene listo para dárnoslo. Se adelanta a colmarnos con Su gracia para allanarnos el camino…

También es importante mantener el espíritu abierto para aprovechar las nuevas circunstancias, tener como lema: ‘hagamos lo que podamos con lo que hay’ (sin atorarnos en lo que ‘hubiera podido haber’, ni en lo que ‘debería haber’).

Haz lo que puedas con lo que eres y tienes a tu alcance hoy.

Ponlo todo en las manos de Dios y presta atención, porque descubrirás que Él es capaz, como leemos en la Primera Lectura dominical (ver Is 35, 4-7), de hacer brotar agua en el desierto, es decir, transformar aún tu situación más desfavorable, en favorable, y hacer surgir algo bueno en el momento más inesperado y donde menos te lo habrías imaginado.