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¿Por qué la Iglesia se opone al ‘matrimonio gay’?
Agosto 2015

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Redacción Desde la Fe

                                                                               PARTE 1

 

Un barco transatlántico que navega en medio de una noche oscura, de pronto avista a lo lejos una luz que parece avanzar directo hacia él. El capitán envía de inmediato un mensaje: ‘Están en ruta de colisión con nuestra nave, cambien de rumbo’. Le contestan: ‘No. Más bien ustedes deben cambiar su rumbo’. El capitán vuelve a insistir, los otros también. Luego de intercambiar varios mensajes en los que nadie cede, el capitán, exasperado, escribe ‘Estoy transmitiendo desde el buque de su majestad, ¡les ordeno que cambien de rumbo!’. Le contestan: ‘¡Cambie usted de rumbo! Nosotros estamos transmitiendo desde el faro del puerto...’

Da risa esta anécdota, pero plantea algo muy cierto: lo que está sólidamente asentado no puede moverse, hacerse para otro lado, cambiar.

La Iglesia es como ese faro del puerto.

Está firmemente cimentada sobre la piedra angular que es Cristo.

En estos tiempos en los que surgen tantas voces, tantas modas, tantas propuestas que se contradicen unas a otras, la Iglesia es ese faro del puerto que se mantiene firme, lanzando un haz de luz que ilumina a quienes están navegando a oscuras por un mar de confusión, azotados por toda clase de olas y tempestades; los libra de naufragar, y los ayuda a llegar a tierra firme.

Hay quien se queja de que la Iglesia no se pone al día, no ‘moderniza’ su pensamiento, no es ‘democrática’, no se deja regir por las encuestas como otras iglesias. Es que la Iglesia Católica no se manda sola. Es depositaria del tesoro de la fe que le encomendó el que la fundó: Cristo, y debe mantenerse fiel a Él, a nadie más. No está para darle gusto a las masas, no es política ni agente de relaciones públicas, no busca caer o quedar bien, es Madre y es Maestra, lo que le interesa es acoger y encaminar amorosamente a todos sus hijos a la salvación, y si para eso hace falta exhortarlos, los exhorta, y si hace falta decirles para su bien algo que no les guste oír, se los dice.

La Iglesia no teme hablar con la verdad, aunque ya sabe que, como dice el dicho, ‘las verdades no pecan, pero incomodan’, y en ciertos casos no sólo incomodan, sino enfurecen. Ni modo. Recibió la misión de ser profeta de Aquél que dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), aunque lo que diga no sea lo ‘políticamente correcto’ y sea tomado a mal por mucha gente.

Es el caso de su rotunda oposición al llamado ‘matrimonio gay’.

¿Por qué no lo aprueba, si hay tantos que exigen que lo haga?

No es, como algunos medios de comunicación han planteado, ni por un conservadurismo que la hace aferrarse neciamente a tradiciones arcaicas, ni porque odie a los homosexuales.

Lo que la Iglesia propone tiene siempre dos razones: ser fiel a lo que dice la Palabra de Dios, y buscar lo que pueda ayudar al ser humano a ser verdaderamente libre, pleno, feliz, encaminándolo a su salvación.

Con base en estos dos criterios, la Iglesia ve con preocupación cómo desde hace años se ha puesto en marcha un programa cuidadosamente diseñado para cambiar la mentalidad de la gente en relación con la homosexualidad.

La OMS le quitó el status de enfermedad psiquiátrica; los medios de comunicación han presentado mesas redondas, entrevistas con intelectuales y políticos que apoyan la homosexualidad; casi no hay película o serie de televisión en la que no haya alguna pareja de homosexuales muy agradable. Se buscó un nombre sugestivo (gay en inglés significa ‘alegre’), un símbolo que tuviera connotaciones positivas (el arco iris), y así, en poco tiempo se fue llegando a lo que se vive hoy: que mucha gente aprueba y defiende una conducta que antes instintivamente rechazaba, y no tolera y curiosamente tilda de ‘intolerante’ al que no piensa igual.

Es por ello que la Iglesia, fiel a su llamado a ser luz del mundo, debe hacer oír su voz, como pide san Pablo, “con toda paciencia y doctrina” (2Tim 4, 2), y dejar claro que, como a todos sus hijos, ella acoge y ama a los homosexuales, pero precisamente porque los ama y busca su verdadero bien, no puede aprobar el ‘matrimonio gay’.


                                                                               PARTE 2


Es muy común que cuando un niño sale por primera vez al kinder o a la escuela, su mamá lo llene de recomendaciones (que si hace frío no se quite el sweater, que si hace calor no se asolee; que coma lo que le preparó y no lo intercambie por comida ‘chatarra’, que no beba agua de la llave, que si un compañerito estornuda, no se le acerque), todas nacidas de su corazón amoroso de madre, que no quiere que su hijito se enferme.

Y no importa si sus consejos son o no bien recibidos, ella los hace de todos modos.

Así pasa con la Iglesia. Ella, como Madre, se preocupa por todos sus hijos, quiere que estén lo mejor posible, y si percibe que corren algún riesgo, se los advierte.

Es el caso del llamado ‘matrimonio gay’.

La Iglesia se opone porque no quiere que nadie sufra los daños que este tipo de unión suele provocar: daños a la salud física, psicológica y espiritual.

Consideremos en este número el daño a la salud física.

El cuerpo humano no está diseñado para la relación homosexual.

La mujer tiene una cavidad especialmente preparada para la relación sexual, que se lubrica para facilitar la penetración, resiste la fricción, segrega sustancias que protegen al cuerpo femenino de posibles infecciones presentes en el semen.

En cambio, el ano del hombre no está diseñado para recibir, sólo para expeler. Su membrana es delicada, se desgarra con facilidad y carece de protección contra agentes externos que pudieran infectarlo. El miembro que penetra el ano lo lastima severamente: causando sangrados, infecciones, y eventualmente incontinencia, pues con el continuo agrandamiento, el orificio pierde fuerza para cerrarse.

Además, el miembro que penetra el ano entra en contacto con materia fecal, fuente de incontables bacterias y microbios, y ésta es ingerida si después se practica sexo oral. Ello no puede ser considerado una ‘alternativa normal’, y mucho menos saludable.

También en el sexo lésbico puede haber contagio de enfermedades de transmisión sexual, así como daños por la penetración de objetos que sustituyen el miembro masculino.

Según informe del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre VIH/SIDA, emitido hace dos años, los hombres que tienen sexo con otros hombres son los principales propagadores de enfermedades de transmisión sexual.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) reportaron que en 2010, “los hombres que tienen sexo con hombres sumaron el 78 por ciento de nuevas infecciones de VIH entre los hombres y el 63 por ciento de todas las nuevas infecciones”.

Más del 50 por ciento de los homosexuales que sostienen relaciones sexuales contraerán algún tipo de enfermedad de transmisión sexual: VIH, herpes, papiloma humano, sífilis, gonorrea, etc.

Es un grave problema de salud pública porque la mayoría de los homosexuales reconoce tener adicción al sexo, e inclinación hacia un estilo de vida promiscuo.

Aun sabiendo esto, la Iglesia insiste como pedía san Pablo, a tiempo y a destiempo, en que la continencia es la única solución.

Y cabe añadir, que así como sucede cuando el niño al que su mamá hizo recomendaciones, no las sigue y se enferma, que ella no lo rechaza sino lo atiende amorosamente, también la Iglesia Católica dedica su amoroso cuidado maternal a los homosexuales que enferman por tener relaciones sexuales.

Por ejemplo, cuando surgieron los primeros enfermos de SIDA y nadie se les quería acercar, no los ayudaron quienes aplaudían su estilo de vida, ni los que critican a la Iglesia por oponerse al uso del condón (del que se sabe que deja pasar virus microscópicos así que realmente no ofrece segura protección), los ayudó la Iglesia Católica, que les abrió las puertas en sus centros de salud atendidos por religiosas y un caritativo personal, que les dio atención digna hasta el final.

La Iglesia no odia a los homosexuales, los ama, y sufre si ellos sufren, por eso se opone el ‘matrimonio gay’, porque quienes participan en este tipo de unión tienen una altísima probabilidad de terminar con una grave enfermedad.


                                                                               PARTE 3


En esta serie acerca de por qué la Iglesia se opone al llamado ‘matrimonio gay’, vimos en un primer artículo que su postura se debe a que como Madre vela por el bienestar de sus hijos, y le preocupa el daño físico, emocional y espiritual que conllevan las relaciones homosexuales. El artículo anterior trató del daño físico, el presente  considerará el daño psicológico.

El ‘matrimonio gay’ no tiene una adecuada estabilidad emocional. Los ‘esposos’ homosexuales que deciden tener hijos naturales, deben decidir cuál de los dos ‘papás’ donará el semen, o cuál de las dos ‘mamás’ prestará su vientre o sus óvulos. Ello es causa común de celos, resentimientos y rupturas.

Así mismo, cuando hay papá y mamá, cada uno tiene un rol bien diferenciado y realiza actividades distintas con sus hijos, pero cuando hay dos mamás o dos papás, ambos compiten, consciente o inconscientemente, por ser la ‘mamá’ favorita, el ‘papá’ favorito.

De un ‘matrimonio gay’ los más afectados psicológicamente son los hijos.

En su artículo publicado el 25 de enero de 2015 en el British Journal of Education, Society & Behavioural Science, el sociólogo estadounidense Paul Sullins concluye que “los problemas emocionales de los niños con progenitores del mismo sexo son más del doble respecto a los que tienen progenitores de sexo opuesto”.

Se fundamenta en más datos que cualquier otro estudio previo: 512 niños con progenitores del mismo sexo escogidos de la Encuesta Nacional de Entrevistas de Salud. Los problemas emocionales incluyen mala conducta, signos de ansiedad, depresión, mala relación con sus condiscípulos e incapacidad para concentrarse.

Un estudio de Mark Regnerus, avalado por la Universidad de Texas y publicado en la edición de junio de 2012 de la revista Social Science Research, midió las diferencias en 40 indicadores sociales y personales entre tres mil estadounidenses de edades entre 18 y 39 años, criados en ocho tipos diferentes de hogares, y descubrió que los adultos que fueron criados en hogares homosexuales tienen un promedio más bajo en niveles de ingresos económicos y padecen más problemas de salud física y mental, así como mayor inestabilidad en sus relaciones de pareja, mayores niveles de desempleo, adicciones, necesidad de asistencia pública y participación en crímenes.

Heather Barwik de Denver, criada por lesbianas, publicó en The Federalist: “El ‘matrimonio gay’... promueve y normaliza una estructura familiar que necesariamente nos niega algo precioso y fundamental... Nos dice que estaremos bien, pero no estamos bien, estamos sufriendo.”

Brandi Walton, también criada por lesbianas, lamenta en su blog The lesbians daughter -‘la hija de lesbianas’): “Ya tenía una madre; no necesitaba otra… Crecer sin la presencia de un hombre en mi casa me dañó. Todo lo que quería desde niña era una familia normal… Y siempre estuve aterrorizada de que alguien descubriera que mi madre era lesbiana… Sólo hay dos sexos, masculino y femenino, se requieren ambos para procrear un niño, y para ser parte de la crianza.”

No se debe adoptar niños para satisfacer un ‘vacío’ de la pareja, sino para hacerles un bien, y no les hace bien crecer en un ambiente homosexual. Es verdad que por diversas circunstancias, hay niños criados por mamás o papás solteros, abandonados, divorciados, o viudos, pero nadie considera que sea la situación ideal. Dar en adopción a un niño a un ‘matrimonio gay’ es cometer contra esa criatura una injusticia, al negarle intencionalmente su derecho de ser criado equilibradamente por un papá y una mamá, y ponerlo en una posición muy vulnerable.

Dice el Papa Francisco: “Los niños tienen el derecho de crecer en una familia con un papá y una mamá capaces de crear un ambiente adecuado para su desarrollo y madurez emocional.”


                                                                               PARTE 4


En esta serie acerca de por qué la Iglesia se opone al llamado ‘matrimonio gay’, toca el turno a reflexionar cómo dicha unión genera un grave daño espiritual.

Se dice que la Iglesia discrimina a los homosexuales, lo cual es falso.

En el Catecismo de la Iglesia Católica se enseña que las relaciones homosexuales “no pueden recibir aprobación” (CEC 2357), pero también enseña que los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará todo signo de discriminación injusta.” (CEC 2358)

Espera de ellos lo mismo que pide a solteros, divorciados o viudos: que vivan en continencia, en castidad (ver CEC 2359). Y no lo pide para molestarlos sino para beneficiarlos. No quiere que sean utilizados como simples objetos de placer, sino que se respete su inestimable dignidad de hijos del Padre celestial.

La identidad de un ser humano no puede ser su apetito sexual. Es ante todo, hijo de Dios, tiene dones, cualidades, es miembro de una familia, de una sociedad. Identificarse sólo por su inclinación sexual, permitir que ésta le defina, es limitarse.

La Iglesia considera que la relación sexual es una expresión de amor entre un hombre y una mujer, que se dan el uno al otro totalmente. Dicha entrega debe ser sostenida por Dios, que le da a los esposos la gracia de amarse como Él los ama, ser fieles y mantenerse unidos hasta que la muerte los separe.

Dentro del matrimonio alcanza verdadera plenitud la relación sexual, que santifica a los cónyuges en una entrega mutua abierta a la vida.

Fuera del matrimonio la relación sexual satisface de momento pero deja un vacío espiritual.

La Iglesia sólo admite el matrimonio entre hombre y mujer, porque así lo establece la Palabra de Dios.

Dios creó al ser humano. “hombre y mujer los creó...Y los bendijo Dios, y les dijo Dios: ‘Sean fecundos y multiplíquense...” (Gen 1,27-28).

Jesús dice: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne” (Mt 19, 5).

San Pablo condena fuertemente la relación homosexual. A una comunidad le reprocha: “sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres... se abrasaron de deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre...” (Rom 1, 26-27).

A otra le advierte: “¡No te engañes! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales... heredarán el Reino de Dios.” (1Cor 6, 9-10).

Los angloparlantes llaman a los heterosexuales ‘straight’, es decir ‘rectos’, término aceptado por los propios homosexuales, y que implica que la homosexualidad es una desviación.

Todo ser humano tiene desviaciones, por ejemplo hacia la ira, el rencor, la avaricia, la gula, la lujuria, etc. y lo que necesita es que se le ayude a corregirla, no que se le propicie caer en ella.

Si surgiera un movimiento de mentirosos; que a través de medios masivos convencieran al público de que mentir es bueno y normal, que no pueden evitarlo, y que son víctimas de discriminación porque en los juicios y en los documentos oficiales se les obliga a decir la verdad, y el Estado cediera a la presión de influyentes políticos y empresarios mentirosos y legalizara su desviación hacia la mentira, la Iglesia no lo aprobaría. Se mantendría firme en pedir que dijeran la verdad, aunque no fuera la opción ‘políticamente correcta’ o popular. ¿Por qué? Porque Dios ordena: “no mentirás”.

Así también, a quien tiene una desviación sexual, la Iglesia quiere ayudarle a controlarla, no a entregarse a ella.

Que el Estado vuelva algo legal no lo hace moral.

La Iglesia considera pecado grave la relación sexual homosexual.

Peor aún si se recurre a métodos artificiales de concepción como la fertilización in vitro, causa de muerte de incontables embriones humanos.

Muchos creyentes homosexuales que se casan terminan por alejarse de Dios. Como Adán y Eva, sabiéndose en pecado, se esconden de su Señor, ponen en riesgo su salvación.

Por eso la Iglesia, que mira con compasiva comprensión a todos los homosexuales, se preocupa por ellos y los exhorta a esforzarse por vivir en continencia y castidad, fortalecidos con la ayuda sacramental.

Cuando el Papa Francisco dijo: “Si una persona gay se acerca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticar?”, no estaba aprobando la relación homosexual, sino invitando a los homosexuales a acercarse a Dios, y a experimentar la dicha y la paz de amoldar su vida a la divina voluntad.


                                                                               PARTE 5


Hay quien se plantea: ‘¿por qué preocuparse por el ‘matrimonio gay’?, allá ellos que hagan lo que quieran, ¿a mí qué me importa si no me afecta?’

Cabe responder, primero, que como católicos nunca debemos desentendernos de lo que ocurre a otros hermanos, y segundo, que el ‘matrimonio gay’ sí nos afecta, afecta a la sociedad en su conjunto.

La Iglesia Católica, presente en todo el mundo, sabe que en países que legalizaron el ‘matrimonio gay’, se le ha dado una intensa promoción, a nivel gubernamental y educativo, dirigida sobre todo a jóvenes y niños, respaldada en redes sociales y medios de comunicación.

Por citar un ejemplo, en Massachussets, primer estado de EUA que legalizó el ‘matrimonio gay’, se enseña en escuelas que la homosexualidad es natural. Se celebran en preparatorias ‘asambleas gays’, con difusión de folletos que explican cómo tener sexo homosexual, e incluso, dan direcciones de ‘bares gay’. En primaria se lee un libro de cuentos llamado ‘King & King’ (Rey y Rey) sobre dos reyes que se enamoran, se casan y besan en la boca, y en kinder se lee el libro: ‘¿Quiénes están en una familia?’, con dibujos que muestran dos papás o dos mamás. La proporción de jóvenes de Massachussets que declaran ser homosexuales ha aumentado cincuenta por ciento.

Paralelamente con la promoción del ‘matrimonio gay’ ha venido la represión.

Quienes se oponen son tildados de ‘homofóbicos’ y sufren continuas burlas, persecución, insultos, amenazas.

A un sacerdote católico le escupieron participantes de una ‘marcha del orgullo gay’. Un padre de familia que pidió ser avisado cuando en la escuela dieran lecciones de homosexualidad, para no enviar a su hijo, fue arrestado. Una maestra que se negó a leer un ‘cuento gay’ a los niños de guardería, fue despedida. Los centros de adopción son presionados para dar prioridad a parejas homosexuales que desean adoptar niños. Negocios relacionados con bodas (pastelerías, florerías, salones, etc.), cuyos dueños se han negado a dar servicio a ‘bodas gay’ han sido multados y/o clausurados.

Dolce y Gabbana, famosos homosexuales, declararon oponerse a ‘matrimonio y adopción gay’, y fueron ferozmente atacados. Seis conocidos escritores criados por homosexuales, les enviaron cartas apoyándolos, contando cómo sufrieron por tener dos papás o dos mamás. Dawn Stefanowicz, es una de ellos. Criada por un padre homosexual que murió de SIDA, vive en Canadá, donde se legalizó el matrimonio homosexual en 2005. Desde su experiencia como autora de un libro que menciona más de cincuenta casos de personas a las que dañó haber sido adoptadas por homosexuales, advierte: “si se dice o se escribe cualquier cosa que ponga en discusión el matrimonio homosexual, hay riesgo de ser despedido, o perseguido por el gobierno.” ¿Dónde quedó la libertad de expresión? Los homosexuales exigen tolerancia pero son intolerantes.

David Crawford, profesor del Instituto Juan Pablo II, de Washington, dice: “Ninguna empresa, escuela o institución pública podrá oponerse a esta nueva ideología sin ser considerada un enemigo del orden público. Por consiguiente, los cristianos tendrán dos opciones: o adaptarse o ser excluidos de la escena pública.”

También preocupa a la Iglesia que un gobierno que ya no considera el matrimonio como unión entre hombre y mujer, abre la puerta para legalizar uniones de cualquier tipo.

En EUA, Suiza, y otros países ya hay solicitudes para legalizar matrimonios entre varias mujeres y hombres, entre parientes, entre adultos y niños, incluso entre humanos y animales. ¿Cuál es el límite y quién se atreve a ponerlo?

Los promotores de ‘bodas gay’ dicen: ‘triunfó el amor’, pero antes nada impedía a los homosexuales amarse o vivir juntos, incluso tener beneficios estatales. Entonces, ¿a qué luchar por cambiar el concepto de matrimonio, si supuestamente lo consideraban una institución obsoleta, opresiva, patriarcal?, ¿por qué aspirar a una unión monógama y de por vida, si ello no suele interesarles? ¿Qué hay detrás de esta insistencia en legalizar y, promover el ‘matrimonio gay’? Una intención: atentar contra el verdadero matrimonio, la familia y la Iglesia; crear un nuevo orden social, una nueva ‘normalidad’, sin leyes morales y sin Dios.

Al terminar esta serie, podemos concluir que como la Iglesia ama a los homosexuales, y quiere su bien y el de toda la sociedad, tiene cinco razones para no aprobar el ‘matrimonio gay’: 1. Que la Palabra de Dios lo rechaza; 2. Que no santifica ni da vida; 3. Que causa daños físicos, psicológicos y espirituales; 4. Que donde se ha legalizado se ha atentado contra la libertad de conciencia y de expresión, y 5. Que como se opone a la voluntad de Dios, pone a los involucrados, en grave riesgo de perder su salvación.

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