SIAME - Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México - Homilíashttp://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/?z=31Homilía Pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana

VI domingo de Pascua. 

La Palabra de Dios de este domingo de Pascua nos hace poner toda nuestra atención en el amor de Dios. Y cabría preguntarnos: ¿qué es el amor? Pareciera que esta pregunta es ociosa en una sociedad que no deja de usar y abusar de este concepto hasta vaciarlo de su contenido más profundo. 

El amor, según la carta de San Juan que hemos escuchado, consiste en un regalo, en una iniciativa, en una entrega: “en que Dios nos amó primero”. ¿Por qué Dios decidió amarnos? La gratuidad divina no tiene explicación, y ahí empieza lo asombroso, lo misterioso de este don, nos amó sin que tuviéramos mérito, porque él quiso amarnos primero. Y cabría hacernos una pregunta más: ¿cómo sabemos que el amor de Dios no es una idea consoladora, un amor abstracto muy alejado de nuestra realidad histórica y personal? ¡Porque nos dio a Jesús!, a su único, a su amadísimo Hijo. El Padre se desprendió, arrancó de sí lo más valioso, lo más amado y nos lo entregó a nosotros para que creamos y al creer tengamos vida. 

Y es que no se puede vivir sin amor, bien decía la beata, madre Teresa de Calcúta que “a este mundo hemos venido a dos cosas: a amar y a ser amados, nadie en su vida puede estar completo si faltan en él alguno de estos dos elementos”. La vida no es plena si no somos amados, pero tampoco lo es si la experiencia de ser amados no nos abre a la aventura de amar a los demás. 

Desde esta Palabra de Dios debe quedar claro a los creyentes que en el amor verdadero no hay lugar para el egoísmo, para el individualismo, para el aislamiento, el amor busca siempre un tú al cual amar, al cual entregarse, por el cual sacrificarse, pues el Padre que nos dio a su Hijo amado, lo entregó como precio de rescate, “como victima de expiación de nuestros pecados”. 

 ¿Podemos dudar todavía del amor de Dios? No, nadie negar lo que es evidente. Lo que sí podemos poner en tela de juicio es nuestro amor, sobre todo cuando eso que llamamos amor no tiene su fundamento en Dios, y no es más que una búsqueda frenética de nosotros mismos que nos impide ver en el otro a una persona y en vez de ello vemos a un objeto, una cosa que codiciamos, que usamos y desechamos. 

El amor de Dios no es abstracto, pero el nuestro si lo puede ser, el amor de Dios no es una quimera, pero el nuestro puede ser un engaño, el amor de Dios no es sólo un sentimiento, pero el nuestro siempre lo confundimos con una sensación, de ahí que nos cueste tanto perdonar -y más aún, como nos manda Jesús-, amar a nuestros enemigos, no devolver mal por mal y rezar por ellos. 

¿Cómo podemos salir de esta limitación que aparece insuperable? Primero, siguiendo la indicación del Señor: “permanezcan en mi amor”, es decir, aceptar su amor, dejarnos invadir y arrollar por él, desarmar nuestras resistencias y durezas para que pueda moldear nuestro corazón de acuerdo al suyo; y si bien la primera indicación que Jesús nos da es pasiva: “permanezcan en mi amor”, la segunda es activa: “Si cumplen mis mandatos permanecen en mi amor”. La fe no es una idea, una doctrina, una pertenencia a un grupo, sino sobre todo es una obediencia, no es buscar hacer lo que nos complace, sino lo que agrada al Amado, es tener claro que,  el que ama no se pertenece a sí mismo, sino que su vida toda es para Aquel que nos ha amado como Amigo, dando su vida en la cruz por nosotros, entregándose como expiación de nuestras culpas. 

¿Y cuál es la voluntad del Señor? ¿Cuál es su mandamiento? Uno solo: “Que se amen los unos a los otros como yo los he amado” El Discípulo no es libre de amar como quiera, como pueda, sino que tiene el deber de amar como Jesús, es decir, sin buscarse a sí mismo, sin ponerse en primer lugar, sin reclamar derechos y prerrogativas, sino entregándose libremente, alegremente, valerosamente, como Cristo se entregó por nosotros. 

Si el cristiano es aquel que ama como Cristo nos ha amado, entonces, que lejos estamos en México de ser cristianos, cuando lo que prevalece es el egoísmo, la maldad, la mentira y la corrupción, cuando no se respeta la vida, empezando por la más indefensa en el vientre de sus propias madres y continuando por la vida de tantos inocentes que a diario mueren en nuestra patria sin que la crueldad de estos crímenes nos indigne y conmueva. 

Toda la descomposición social que vive nuestra patria es porque nos hemos alejado de Dios, porque nos negamos permanecer en el amor de Jesús, porque pensamos que el poder, el dinero, el placer son los verdaderos dioses que pueden llenar nuestras vidas, pero son una mentira, lo cierto es que nos llevan a la destrucción, a la insatisfacción y al desprecio de nosotros mismos. No cumplimos el mandato del Señor de amarnos unos a otros y sembramos en cambio la discordia, el insulto, la descalificación, la venganza, en una espiral que termina convirtiéndose en violencia y destrucción. 

Una sociedad como la nuestra, en la que se ha malbaratado el término “amor”, los cristianos recibimos la misión del amor más grande. Del amor que no busca sacar provecho, del amor que no se vende, del amor que no se arredra, del amor que sabe permanecer con la eternidad de Dios. “Amar”, decía bien Gabriel Marcel, “es decir: ‘tú no morirás”. El amor tiende a una vida sin fin. Para los hombres que no se abren al amor, ello puede parecer un espejismo de inevitable frustración. En Cristo sabemos que no es así: el amor que permanece es posible porque la eternidad del amor divino se nos ha entregado en Jesucristo. Y con este mismo amor, el único amor de verdad, los cristianos respondemos a nuestra vocación volcándonos al servicio desinteresado de nuestros hermanos. 

Sólo el amor nos salva. Sólo el amor es digno de fe, porque el amor es Dios mismo, es su realidad más íntima, es su Hijo que murió en la Cruz y resucitó para salvarnos.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7588Domingo, 13 de mayo de 2012 13:00 hrs
Homilía Pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

V domingo de Pascua.

 En el discurso de despedida de la Última Cena San Juan nos propone varios temas típicos de su teología y espiritualidad.  Hoy nos ha descrito uno de los más significativos ya que la vid, la viña, en la tradición profética es la imagen por antonomasia para designar a Israel. Imagínense el impacto que tendría al decir Jesús: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador”.  Con esta alegoría Jesús nos está diciendo que la existencia e identidad del Pueblo de Dios, la vida divina y la fuerza de sus seguidores para dar fruto verdadero en esta vida, no depende de una institución, de un título, de una tradición o de unas prácticas, sino de la participación de la vida de Jesús, de permanecer en Él, de estar adherido a Él como la rama al tronco, como el sarmiento a la vid. 

Esta es la condición fundamental para que la comunidad y todos los que nos llamamos cristianos demos frutos y tengamos vida: Estar en Cristo, permanecer con Él y que sus palabras permanezcan en nosotros. Debe circular por nosotros la savia de Jesús, el Espíritu de Jesús.  Él es la vid y nosotros los sarmientos.  La unión es íntima, vital, dinámica, permanente, total.  Vid y sarmientos no son dos cosas distintas, forman un todo vital.  Sólo que la savia no brota de los sarmientos, sino que la reciben de la vid.  Los sarmientos no son nada si se separan de la vid: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos;  el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer.  Al que no permanece en mí se le echa afuera, como al sarmiento y se seca;  luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde”  

La película “Indiana Jones: Los Cazadores del Arca Perdida”, de Steven Spielberg, en donde el actor Harrison Ford personifica a un arqueólogo que lucha por impedir a los Nazis el apoderarse de un cofre que contenía las tablas de los Diez Mandamientos, ya que según una antigua tradición el pueblo que llegara a poseerlas sería invencible, nos puede dar pie para una enseñanza. De esta fantasiosa película podemos sacar una clara conclusión a la luz del evangelio de San Juan: nosotros verdaderamente seremos invencibles, tendremos vida verdadera, daremos frutos abundantes si estamos íntimamente unidos a Jesús.  Si permanecemos en él y sus palabras permanecen en nosotros podemos pedir lo que queramos y se nos concederá. 

Esto no quiere decir que no vamos a tener problemas y contrariedades o que no vamos a sufrir persecuciones.  No.  Al contrario, el tiempo de la poda llega.  La poda es la actividad del Padre.  Él, como buen labrador/viñador, nos poda.  Eso nos ha dicho Jesús.  Poda a los que dan fruto para que den más.  La poda es algo muy frecuente en el campo, incluso en nuestra ciudad.  Los amantes de los árboles y de las plantas las podan en tiempos señalados, para obtener así ejemplares más bellos, más fuertes, más sanos, más fecundos en frutos y en flor. Pero con ser una operación tan común y corriente, necesaria y positiva, resulta dolorosa y da la impresión que la muerte llegó.  Sin embargo, la poda es ley de vida y crecimiento de las plantas,…  de las personas y de la Iglesia.  Controla, encausa y orienta las fuerzas;  impide la dispersión, da nuevas energías.  Nos hace crecer y ser nosotros mismos.  “Mi Padre, el Viñador…  al que da fruto lo poda para que de más fruto”.  Nos corta las alas de la soberbia y de la comodidad.  Nos podan los amigos, el grupo, la comunidad, a través de la ayuda, la crítica y la exigencia.  Nos podan cuando ponen en crisis nuestro estilo de vida y escala de valores, cuando nos hacen afrontar las incoherencias y zonas oscuras de nuestro ser.  Algunos se podan a sí mismos para dar más fruto.  Saben decir no a ciertas cosas.  Saben renunciar a bienes positivos y objetivos dignos para conseguir bienes mayores y tesoros escondidos.  Pero, la mayoría de las podas vienen sin buscarlas.  Las trae la vida cuando menos lo esperamos.  Las podas siempre son duras y dolorosas pero son las que hacen a las personas fuertes y fecundas.

Un ejemplo maravilloso de esta poda nos lo ha presentado la primera lectura del libro de Los Hechos de los Apóstoles, Pablo es rechazado y marginado por la misma comunidad cristiana:

“Pablo trató de unirse a los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no creían que se hubiera convertido en discípulo”.  Y para colmo de males, cuando la comunidad lo acepta, “iba y venía, predicando abiertamente en el nombre del Señor, hablaba y discutía con los judíos de habla griega y éstos intentaban matarlo”.  Pero precisamente por esta “poda” “las comunidades se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo”. 

Toda la comunidad y cada uno de los bautizados estamos llamados a dar fruto.  Con este término se expresa el compromiso cristiano.  Este compromiso no es algo externo o añadido y mucho menos opcional.  Es algo propio del dinamismo de estar unidos a Jesús. La unión con Jesús y el Espíritu que Él infunde llevan necesariamente a la actividad, a proclamar las maravillas de Dios, a transmitir la Buena Nueva que hemos recibido.  Bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia puede el cristiano o la comunidad cristiana encerrarse en sí misma y dejar de anunciar la salvación que Cristo nos vino a trae.  Todo cristiano y la comunidad entera necesariamente es misionera o sencillamente no es cristiana. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7544Domingo, 06 de mayo de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

IV Domingo de Pascua 

Jesucristo, en el Evangelio de San Juan, hablando con sus contemporáneos, se define a sí mismo como el Buen Pastor;  imagen que decía mucho a sus interlocutores que vivían en un ambiente pastoril. Seguramente a muchas personas que siempre han habitado en la ciudad este nombre les dice poco.  Pero lo que importa no es la imagen, sino la realidad, el contenido que Jesús nos quiere expresar.  Somos invitados a conocer mejor la personalidad de este Buen Pastor que con esta comparación nos manifiesta la conciencia que Él tenía de su ser y su misión.  Él es el Hijo de Dios, no es ningún asalariado, y viene a dar su vida para conducirnos a Dios y una vez resucitado, nuestro conductor y guía, está más vivo ahora que cuando cruzaba los campos de Palestina. 

En este diálogo con los fariseos Jesús nos revela algunas de las características de su ser como Pastor: Él es el Buen Pastor, porque da la vida por sus ovejas;  la dio en la cruz y la sigue dando en la Eucaristía hasta tal punto que cada uno de nosotros puede decir con San Pablo, “Cristo me amó y se entregó por mí”.  Él es el Buen Pastor, porque conoce a sus ovejas; la relación que establece con nosotros no es impersonal, nos llama por nuestro nombre, conoce todos los intríngulis de nuestro espíritu e incluso, como dijera San Agustín, es más interior a nosotros que nosotros mismos.  Él es el Buen Pastor, porque se preocupa por las ovejas que no son de su rebaño;  para Él todos los hombres y mujeres son sus ovejas, estén o no en su rebaño, ya que “Cristo por su encarnación se unió de algún modo a todo hombre”. 

 Sí, de verdad Jesús es nuestro guía, nuestro líder, nuestro Buen Pastor, “porque da la vida por sus ovejas”.  A lo largo de su vida no se contentó con pronunciar bonitos discursos, con proclamar una bella doctrina.  No se limitó a decir: “Siento lástima de la muchedumbre, porque vagan como ovejas sin pastor”.  Él va siempre delante con su ejemplo de entrega, hasta morir, fiel a su máxima:  “no he venido a que me sirvan, sino a servir y a dar la vida”.  Por el ejemplo de Jesús, el verdadero liderazgo cristiano consiste en ponerse al servicio de los demás, viviendo y desviviéndose y dando la vida, si no de golpe, como la dieron nuestros mártires mexicanos, como lo podemos ver en la película  “La Cristiada” que se esta proyectando actualmente, sí gota a gota, cada día, desgastándose para que otros tengan vida. 

Los jefes y líderes de este mundo hablan de las masas, del pueblo, de las causas, de la sociedad.  Sólo Jesús dice que conoce personalmente a cada uno por su nombre: “yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí”.  El conocimiento de Cristo no es teórico, sino cordial, existencial.  Ojalá que los que decimos pertenecer a su rebaño lo conozcamos y lo amemos cada vez más y mejor, escuchando sus palabras que están en los Evangelios, conversando con Él en la intimidad de la oración frecuente, aceptando su amor misericordioso convertido en perdón al confesar nuestros pecados, recibiéndolo continuamente en el banquete eucarístico, reconociendo su rostro en los más pobres y abandonados. 

Jesús vino a buscar a la oveja descarriada, vino a curar a la oveja herida, vino a alimentar con buen pasto a la hambrienta y a la débil a cargarla sobre sus hombros.  En la actual economía de la salvación Cristo Jesús necesita quien le ayude a cumplir este pastoreo y esta preocupación por las ovejas que no están en su rebaño.  Él quiere llegar a los que están lejos del influjo del evangelio, él quiere ser la luz para los que se encuentran en tinieblas, quiere ofrecer la liberación a los que se encuentran encadenados a sus pecados o sufren injusticias y atropellos. Necesita de las mediaciones humanas para que seamos su rostro, para que proclamemos la Buena Nueva, para que los demás reconozcan su presencia en el partir del pan. 

El pastoreo de Cristo se realiza sacramentalmente por todos aquellos que habiendo escuchado la voz del Maestro consagran su vida en el servicio sacerdotal, hoy celebramos la Jornada Mundial de las Vocaciones a la Vida Sacerdotal, y nos da gusto tener la presencia en esta eucaristía de estos jóvenes que han escuchado el llamado y tratan de responder con generosidad. 

Aceptar la vocación sacerdotal es aceptar el llamado para hacer presente al Buen Pastor.  Es aceptar dar la vida para que los demás la tengan en abundancia y no esperar ser servidos sino servir a todos y no sólo a los que están en el rebaño.  Es ser presencia de Cristo Buen Pastor en lo escondido de parroquias rurales o en el anonimato de la gran ciudad.  Es proclamar la Buena Nueva a sabiendas que la palabra pronunciada nos llama a la conversión.  Es ofrecer el sacrificio de Cristo sabiendo que nos pide ofrecer la propia vida.  Es mostrar el amor de Dios no dando algo solamente sino dándose a sí mismo.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7497Domingo, 29 de abril de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

En el lenguaje común y corriente “un Cristo” significa de hecho, “un Cristo Crucificado”,  ya que el crucifijo sintetiza gráficamente el acontecimiento global de Cristo.  Sin embargo, la imagen más predicada de Jesús, por sus primeros discípulos, es sin duda la del resucitado.  Por eso, a la imagen adorable de ese Jesús muerto por nosotros en la cruz, que ha cuajado en nuestra cultura mexicana, siempre debemos añadir la del Cristo resucitado, presentada por la primitiva comunidad cristiana.

 Hemos escuchado a San Pedro, en uno de los primeros discursos cristianos, que afirma rotundamente como una confesión de fe fundamental:  “El Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús”, presentando así la resurrección como obra del Padre que avala, que confirma, que da el visto bueno, a todo lo que Jesús hizo y dijo.  En el pasaje del Evangelio de hoy, Cristo mismo acude a las pruebas de la vista, oído, tacto y gusto de los apóstoles para decirles:  “miren mis manos y mis pies:  soy yo en persona.  Pálpenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como ven que yo tengo...  ¿tienen algo qué comer?”  Es el mismo Cristo que convivió con ellos, realmente resucitado y comunicándose con ellos sensiblemente.

  San Pedro, en su valiente discurso a los judíos, acusa: “Ustedes rechazaron al Santo, al Justo..., mataron al autor de la vida”  El resucitado es el “autor de la vida”, y es el autor de la vida porque puede comunicar a los hombres la justicia y la santidad que posee, es decir, la vida.  ¿Cómo nos comunica esa vida?  En las lecturas de hoy se nos muestran dos caminos: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”;  Jesús nos da su Espíritu para que nos acerquemos con mente iluminada a las Sagradas Escrituras, en donde se encuentra el secreto de la vida.  Y en otro pasaje del evangelio hoy se nos recuerda: “Los discípulos reconocieron a Jesús en el partir el pan”.  Es en la Eucaristía en donde podemos encontrar al que es “El pan de vida”, al que es “la resurrección y la vida”, y el que lo coma “no morirá para siempre” y “aunque haya muerto vivirá y Él le resucitará en el último día”.

 El Santo y Justo nos da vida verdadera liberándonos y la libertad con la cual Cristo nos ha liberado (Cfr. Gal 5,1) nos mueve a convertirnos en siervos de todos.  De esta manera el proceso de desarrollo y de liberación se concreta en el ejercicio de la solidaridad, es decir, del amor y servicio al prójimo, particularmente a los más pobres.  Conviene señalar que la aspiración a la liberación de toda forma de esclavitud, relativa al hombre y a la sociedad, es algo noble y válido.  A esto mira propiamente el desarrollo y la liberación, dada la íntima conexión existente entre estas dos realidades.

 Un desarrollo solamente económico no es capaz de liberar al hombre;  al contrario, lo esclaviza todavía más.  Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre y de la sociedad, contribuiría aún menos a la verdadera liberación.  El ser humano es totalmente libre sólo cuando es él mismo, en la plenitud de sus derechos y deberes;  y lo mismo cabe decir de toda la sociedad.

 El Evangelio de hoy terminaba con estas palabras “de esto ustedes son testigos”.  Esta es la consigna de Jesús para sus primeros discípulos y para sus discípulos de todos los tiempos.  “Dios lo resucitó y nosotros somos sus testigos”.  Ser testigo de Cristo muerto y resucitado, ser testigo de lo que Jesús hizo y dijo, no es tarea fácil, ya que hacerlo nos puede llevar al mismo camino de los apóstoles:  al martirio.

Es necesario el testimonio de las palabras, pero no es suficiente.  Es laudable que los mismos padres de familia enseñen a sus hijos el catecismo que los prepara a su primera confesión y comunión, pero esto de poco sirve si no les enseñan con el ejemplo a confesarse y a comulgar. Es necesario que nosotros los pastores, los catequistas y todos los agentes de pastoral, continuemos predicando, pero no basta, es necesario el testimonio de las obras.  Recuerdo cómo un amigo mío que en sus estudios universitarios perdió la fe, cuando regresó a su casa le llamaba la atención que su papá, todos los días después de comida, salía a dar unos pasos sin decir nada a nadie, en varias ocasiones, sin que el papá lo notara, este amigo recién graduado, lo fue siguiendo y constató cómo su papá invariablemente entraba en la Iglesia cercana a su casa y se postraba de rodillas ante el Sagrario para adorar a Cristo presente en la Eucaristía.  Mi amigo, sin que nadie le dijera nada, simplemente por este gesto de su papá, recuperó la fe que había perdido.  Es bueno que seamos testigos de Cristo resucitado con nuestras palabras, pero es más convincente que lo anunciemos con nuestras obras y que mostremos con nuestra actitud el camino para que los demás lo encuentren en las Escrituras y en la Fracción del Pan.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7448Domingo, 22 de abril de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar inspira un ambiente de gran paz y majestuosidad. El Resucitado entra, con las puertas cerradas, para saludar con la paz a sus discípulos y darles su Espíritu. El objetivo es muy claro en la narración de San Juan: el evangelista quiere presentar a los discípulos a Jesús en su nueva condición de resucitado, como aquel a quien se le ha dado "todo poder en el cielo y en la tierra" y este poder Cristo lo transmite a su Iglesia. En primer lugar le transmite el poder de perdonar los pecados, poder que sólo corresponde a Dios. Es la proclamación del sentido de la Pascua, del sentido de la Señoría del Resucitado: "Para esto, en efecto, Cristo ha muerto y ha resucitado: para ser Él Señor de vivos y muertos", "para quitar el pecado del mundo".

 

"Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (Sal 117, 1). Hagamos nuestra la exclamación del salmista, que hemos cantado en el Salmo responsorial: la misericordia del Señor es eterna. Para comprender a fondo la verdad de estas palabras, dejemos que la liturgia nos guíe al corazón del acontecimiento salvífico, que une la muerte y la resurrección de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este prodigio de misericordia ha cambiado radicalmente el destino de la humanidad. Es un prodigio en el que se manifiesta plenamente el amor del Padre, el cual, con vistas a nuestra redención, no se arredra ni siquiera ante el sacrificio de su Hijo unigénito.

En el seno de la primitiva comunidad cristiana la fe apostólica se fue construyendo en torno a una doble pregunta: Quién es Jesús y qué hizo por nosotros. La respuesta se da inmediatamente, no con una teoría, sino que brota de la experiencia vital de aquellos que le conocieron y convivieron con él: Jesús salva, él es el Salvador, es más, en ningún otro, fuera de él hay salvación. Los mismos nombres de Jesús y Cristo quieren señalar que él es el Salvador, que él es el Mesías, el Liberador por tanto tiempo esperado en el pueblo de Israel.

Su Santidad Juan Pablo II quiso acentuar esta misma verdad al decretar que este segundo domingo de pascua sea celebrado como el "Domingo de la Divina Misericordia", exaltando así la divina misericordia en este tiempo pascual. El mensaje de Jesús resucitado, es el mismo que dio a sus primeros discípulos, que se refugiaron al anochecer, con las puertas cerradas por miedo: "La paz esté con ustedes". Es el mismo saludo que el obispo repite continuamente a los que se reúnen en torno a Jesús, como para que el mensaje penetre en lo más profundo de la comunidad y se alegre con la paz de Cristo que está basada en la presencia y en la victoria de Jesús, está basada en su amor misericordioso que nos redimió con su muerte y su resurrección.

Esa paz también la experimentamos nosotros cada vez que, reconociendo nuestros pecados, acudimos al trono de misericordia a confesar nuestros pecados. Qué paz tan grande disfrutamos cuando escuchamos: "Yo te absuelvo de tus pecados", "Vete en paz, tus pecados han sido perdonados". En el sacramento de la reconciliación que el resucitado confía a su Iglesia no sólo descubrimos el poder de Dios, sino su amor misericordioso que se sigue haciendo presente a través de los siglos por la fuerza del Espíritu Santo.

La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo y de su gloriosa resurrección. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que "Dios amó tanto... que le dio a su Hijo Unigénito", Dios que "es amor" no puede revelarse de otro modo si no es como amor misericordioso. La misericordia significa una potencia especial del amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del Pueblo elegido.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad de misericordia, la cual expresa el amor más fuerte que el pecado y que todo el mal en que está envuelto el hombre y su existencia terrena. El amor se transforma en misericordia, precisamente cuando hay que superar la norma precisa de la justicia. El perdón es la expresión original del amor cristiano, la expresión de esa misericordia sin la cual aún las exigencias más fuertes de la justicia humana corren riesgo de ser injustas e inhumanas, como con frecuencia la historia, incluso reciente, nos ha hecho constatar.

Es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia, sino que va más allá. La justicia rectamente entendida constituye por decirlo así la finalidad del perdón. En ningún caso del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal y del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje son condición del perdón.

Es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y más concreta de la necesidad de dar testimonio de la Divina Misericordia en toda su misión, siguiendo la tradición del mismo Jesucristo y de sus Apóstoles. Jesucristo nos ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a "usar misericordia" con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia", "Sean misericordiosos como su Padre Celestial es misericordioso". La misericordia se hace elemento indispensable para plasmar las relaciones mutuas entre los hombres, en el espíritu del más profundo respeto de lo que es humano y de la recíproca fraternidad. Es imposible lograr establecer este vínculo entre los hombres si se quiere regular las mutuas relaciones únicamente con la medida de la justicia. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7384Domingo, 15 de abril de 2012 13:00 hrs
La resurrección da sentido a la vida: Cardenal Rivera Carrera

Al celebrar la Misa de Resurrección en la Catedral de México, el cardenal Norberto Rivera Carrera dijo en su homilía que “en nuestros tiempos, donde los hombres caminan tan perdidos detrás de las modas y de los falsos profetas, se hace urgente que todos los cristianos seamos testigos de la Resurrección del Señor”.

Tomando como ejemplo la tristeza inicial de aquellas mujeres que pasada la Pascua acudieron al sepulcro, el Cardenal dijo que ellas no dudaron y fueron a transmitir el mensaje de salvación. “No es difícil encontrar entre nosotros a hombres y mujeres tristes y desconsolados porque no encontraron el sentido de sus vidas: cuando muere un familiar, cuando la crisis económica alcanza a tantas de nuestras familias de esta gran ciudad, cuando vemos tantas injusticias a las que no podemos poner remedio desde nuestros limitados recursos humanos. Todos sabemos quién es ese familiar, amigo o vecino que necesita de la esperanza de la resurrección para continuar su vida con dignidad”.

El también Arzobispo de México dijo que Cristo es la esperanza para todos los hombres: “Que Dios permita participar de la alegría pascual a todos nuestros hermanos: los que viven bajo la tensión de las armas, los que entran o salen de nuestras fronteras en busca de una mejor vida para sí y para sus familias, los que sufren la violación de sus derechos, los que viven bajo la persecución religiosa…”

El Cardenal Rivera Carrera exhortó a “salir al encuentro de las nuevas situaciones en la sociedad contemporánea donde ya no se oye hablar de Cristo, los nuevos areópagos:  los medios de comunicación social, el areópago de la cultura y de la ciencia, del arte y del pensamiento, des espectáculo, del deporte y de la política”.

Finalmente, el cardenal Rivera dijo que la fe que no se encarna como cultura de vida no es auténtica, “por eso queremos expresarla en lo social: la participación responsable en la vida familiar, comunitaria y cívica, como virtud social para construir la democracia, pero no sólo el día de las elecciones, sino en una actitud cotidiana de corresponsabilidad”.

“Nuestra sociedad resucitará a una vida más humana y más cristiana cuando nuestros corazones resuciten”, concluyó.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7326Domingo, 08 de abril de 2012 15:30 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

Domingo de Resurrección 

En esta mañana de Pascua me dirijo a todos ustedes con la noticia más importante que el hombre haya podido escuchar y conocer jamás: Nuestro Señor Jesucristo, que sufrió todo un sin fin de tormentos hasta morir en la cruz del Gólgota para que fueran perdonados nuestros pecados, ha resucitado como lo había previsto.  ¡Aleluya!  Demos gracias al Padre porque Jesús ha vencido a la muerte, y con esa victoria también nosotros la venceremos y podremos disfrutar algún día, con Él y con todos los santos, las moradas que nos tiene preparadas en el cielo.

San Pablo nos decía ayer en la Vigilia Pascual: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”, por ello, con su resurrección, también resucitamos todos los bautizados a una vida nueva, porque el que resucita ya no muere más;  la muerte ya no tiene dominio sobre él.  En efecto, Cristo ha redimido a la humanidad entera, a todos los hombres, sin excepción.  Cristo, víctima inocente de una cruz, que debía ser la nuestra, nos ha reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre.  Por eso, en esta gran Fiesta de la Pascua de Resurrección anunciamos la reconciliación de la humanidad con Dios, por obra de Cristo. 

Pues bien, ésta es la historia del hombre.  Éste pasa su vida luchando contra el mal, enfrentándose de continuo a la muerte.  Pero, he aquí que, de pronto, descubrimos hoy, Domingo de la Resurrección de Jesucristo, que Dios interviene en nuestras pobres existencias para hacernos saber que los afanes por salvar nuestra vida son cumplidos por la misericordia de Dios.  ¡Deténgase la angustia del hombre!  Hoy la muerte ha sido derrotada.  Y si ésta es la noticia, como hijos salvados del pecado y de la muerte, ahora nosotros tenemos el deber hermosísimo de continuar la obra que Él inició.  Porque quien murió por nuestros pecados quiere que nosotros seamos quienes lo ayudemos a llevar el mensaje de la Resurrección al resto de nuestros hermanos, allí donde se encuentren. 

Pero,  ¿dónde se encuentran nuestros hermanos?  Las mujeres que acudieron al sepulcro en aquella primera mañana de Pascua con el ejemplo perfecto de la transmisión de la buena noticia.  No dudaron.  Corrieron donde estaban los tristes, los acobardados, los sufrientes, y así, ellos fueron los primeros en recibir el mensaje de la salvación.  No es difícil encontrar entre nosotros a hombres y mujeres tristes y desconsolados porque no encuentran el sentido de sus vidas: cuando muere un familiar, cuando la crisis económica amenaza a tantas de nuestras familias de esta gran ciudad, cuando vemos tantas injusticias a las que no podemos poner remedio desde nuestros limitados recursos humanos... Todos sabemos quién es ese familiar, amigo o vecino que necesita de la esperanza de la resurrección para continuar su vida con dignidad. 

En nuestros tiempos, donde los hombres caminan tan perdidos detrás de las modas y de los falsos profetas, se hace urgente que todos los cristianos seamos testigos de la Resurrección del Señor.  Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.  Que Dios permita participar de la alegría pascual a todos nuestros hermanos:  los que viven bajo la tensión de las armas, los que entran o salen de nuestras fronteras en busca de una mejor vida para sí y para sus familias, los que sufren la violación de sus derechos, los que viven bajo la persecución religiosa... 

Hay que salir al encuentro de las nuevas situaciones en la sociedad contemporánea donde ya no se oye hablar de Cristo, es decir, los nuevos areópagos modernos de los que hablaba el Papa Juan Pablo II en la Carta Encíclica Redemptoris Missio:  el areópago de los medios de comunicación social, el areópago de la cultura y de la ciencia, del arte y del pensamiento, del espectáculo, del deporte y de la política. 

Creemos en que Jesucristo resucitó al tercer día, según las Escrituras, y también creemos que una fe que no se encarna como cultura de vida no es auténtica fe, por eso queremos expresarla en lo social: la participación responsable en la vida familiar, comunitaria y cívica, como virtud social para construir la democracia,  pero no sólo el día de las elecciones, sino en una actitud cotidiana de corresponsabilidad.  La necesidad de tener nuevos agentes evangelizadores y de formarlos en el modelo del seguimiento de Cristo, debe desencadenar una renovada conciencia de la participación social. Nuestra sociedad resucitará a una vida más humana y más cristiana cuando nuestros corazones resuciten.

Todos tenemos necesidad de satisfacer el hambre de plenitud y de sentido, todos tenemos el derecho a participar de la nueva vida que nos trae Jesucristo resucitado. 

Que María Santísima, testigo excepcional de la Resurrección de su Divino Hijo, nos ilumine para llevar el mensaje de la Pascua a todos nuestros hermanos.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7325Domingo, 08 de abril de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México en la Vigilia Pascual

¿Por qué buscan entre los muertos a aquél que vive? ¡No está aquí! ¡Ha resucitado!  Hermanos, realmente el Señor ha resucitado.  Que su paz y su vida nueva estén con todos ustedes. 

En la cruz y por la cruz Cristo ha vencido a la muerte.  Por su resurrección vive eternamente junto al Padre y en el tiempo junto a su Iglesia peregrina.  Por su Espíritu es dador de vida:  iluminando, guiando, consolando, fortaleciendo y salvando a quien se acerca sinceramente a Él en busca de paz y bienaventuranza.  Cristo, también hoy, como el  Domingo de Resurrección en Jerusalén, se hace presente en medio de nuestra comunidad cristiana para decirnos: “Paz a ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío… Reciban el Espíritu Santo” (cf. Jn 20, 21-22). 

La resurrección no es “reviviscencia”, es decir, vuelta a la vida terrena, con una necesaria segunda muerte, como acaeció a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naín, a Lázaro.  La resurrección tam-poco es reencarnación, como el tránsito o transmigración del alma de un cuerpo a otro, como creen en ciertas religiones orientales.  Tampoco es el simple recuerdo de Jesús y de su enseñanza. 

La resurrección indica el hecho de que Jesús fue restituido con su humanidad a la vida gloriosa, plena e inmortal de Dios.  Por eso, su cuerpo resucitado, aun manteniendo su identidad y realidad hu-mana, fue capacitado para vivir eternamente en Dios.  Se trata de la transfiguración gloriosa del cuerpo, que llega a ser, como dice San Pablo, un cuerpo “pneumático”, espiritual (1Cor 15, 44), en el fuerte sentido de cuerpo enteramente traspasado por el soplo vital del Espíritu creador de Dios, que lo transformó de corruptible en incorruptible, de débil en fuerte (1Cor 15, 42-43), de mortal en inmortal (1Cor 15, 53-54). 

Tal acontecimiento fue considerado por la primitiva comunidad cristiana un hecho real:  “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lc 24-34).  Esto significa que fue el encuentro con Jesús resucitado el que provocó en los discípulos la fe en la resurrección y no viceversa.  La resurrección no fue la consecuencia, sino la causa de la fe de los discípulos. 

Los hechos hablan por sí mismos.  Después de la muerte de Jesús, los discípulos estaban tristes, miedosos, escépticos, incrédulos, duros de corazón, dudosos (cf. Lc 24,28;  Mc 16,14;  Mt 28,17;  Lc 24,37).  Sólo un gran acontecimiento habría podido cambiarlos, devolviéndoles el primitivo entusiasmo por Jesús y su seguimiento. 

¿Qué significado tiene la resurrección de Jesús y qué valor tiene para nosotros?  La resurrección de Jesús es la respuesta de Dios Padre a la condena y suplicio inflingidos a Jesús por los hombres;  El Padre certifica todo lo que su Hijo hizo y dijo.  Revela a Jesús como “Señor y Cristo” (Hech 2,36), “Señor y Dios” (cf. Jn 20,28), “Hijo de Dios” (cf. Hech 13,33).  La resurrección confirma la divinidad de Jesús que, como Hijo de Dios encarnado, re-entra en la comunión de amor del Padre con su humanidad resucitada.  Él es verdaderamente “la resurrección y la vida” (cf. Jn 11,25).  La resurrección revela también la comunión trinitaria de Dios en la que el Padre glorifica a su Hijo resucitándolo y elevándolo a su derecha por la fuerza vivificante de su Santo Espíritu. 

Para comenzar el seguimiento de Jesús, los apóstoles y los primeros cristianos entendieron que hay una relación profunda entre nuestra vida cristiana y la Pascua.  Por esto, desde los primeros siglos, el momento privilegiado para bautizarse ha sido la Pascua.  En algunas Iglesias la preparación para el bautismo era muy largo y muy estricto y siempre culminaba en la noche más solemne que tenemos los cristianos, la noche de la Pascua, en donde se daba el bautismo.  Posteriormente la preparación se fue reduciendo a los días de la Cuaresma para coronarla con el bautismo de los catecúmenos.  Hoy me da una inmensa alegría el que ustedes hayan querido venir aquí a recibir el bautismo, en esta noche tan significativa, de manos de su Obispo.  Únanse a otros muchos hermanos que en esta misma noche también se están incorporando a Cristo resucitado por medio del bautismo. 

El contenido esencial de este sencillo rito del bautismo cristiano es precisamente comenzar a ser miembros del cuerpo de Cristo, es revestirse de Cristo, es injertarse en el cuerpo de Cristo y así comenzar una vida nueva, dejando atrás al hombre viejo ligado al pecado. Fundamentalmente, la vida que se nos  infunde, 

"por el agua y por el Espíritu Santo", es la de hijos de Dios, y por lo tanto, hermanos de Jesús.  Esto se dice fácil, pero hay que llegar a comprender que Dios ya no es para nosotros solo el infinito, el eterno, el trascendente, sino el "papá" bueno y cercano a nuestra vida a quien podemos y debemos invocar continuamente.  Jesucristo no es sólo el personaje que predicó maravillosamente e hizo portentos, sino que es el resucitado, a quien yo me he incorporado y del cual yo formo parte, y de esta manera, soy miembro de la Iglesia, porque como enseña San Pablo, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.  Y si soy hijo de Dios y miembro del Cuerpo de Cristo, también soy templo vivo del Espíritu Santo.  El bautismo es la mayor dignidad que podemos recibir en este mundo, pero también es la mayor responsabilidad para que Cristo sea conocido y amado a través de nosotros sus discípulos. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7324Sábado, 07 de abril de 2012 22:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

viernes Santo.

Esta tarde recibiremos una invitación: “Miren el árbol de la cruz donde estuvo clavado Cristo, el Salvador del mundo”.  La cruz será siempre el signo del tormento, del dolor y de los sufrimientos de Cristo;  la cruz siempre deberá despertar en nosotros sentimientos de arrepentimiento y de compasión;  desde la cruz siempre debemos escuchar al Crucificado que nos dice a nosotros los pecadores:  “Pueblo mío, ¿qué mal te he causado, o en qué cosa te he ofendido?  Respóndeme.

Sin embargo, cuando el misterio de la cruz es reflexionado a la luz de la antigua tradición cristiana, no podemos detenernos solamente en el dolor y en la compasión.  Para las primeras generaciones cristianas, la cruz no era sólo “el leño de la cruz donde estuvo clavado Cristo”, sino: “el leño sobre el cual Cristo reinó”.  San Pablo así escribió a los primeros cristianos: “En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!  De aquí la Iglesia ha recogido la convicción de presentar la cruz gloriosa y esto lo ha traducido de muchas maneras en la liturgia, en la teología y en el arte.  San Agustín decía: “Observa la gloria de la cruz”;  esta tarde cantaremos: “Árbol noble, espléndido, ningún árbol fue tan rico, ni en sus frutos ni en su flor”;  la cruz la vemos glorificada en metales preciosos y con piedras preciosas o la cruz florida en nuestra tradición mexicana.

Los antiguos crucifijos no expresaban angustia o tragedia, sino calma, majestad y triunfo.  El señorío de Cristo se revela en la resurrección ciertamente, pero se apoya en la cruz.  San Juan en el Apocalipsis nos ha trazado la teología perfecta del viernes santo cuando nos presenta al Cordero sacrificado que está en pie, es decir, muerto y resucitado;  con solemnidad divina el Cordero abre el libro que nadie podía abrir, y desata cada uno de sus sellos, mientras se oye una gran voz que canta: “el Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la bendición”. 

Nuestra actitud en viernes santo debe ser de contemplación del dolor de Cristo, dejarnos penetrar e impresionar por la pasión del Señor, pero no podemos quedarnos ahí.  El dolor es sólo el signo, debemos buscar la realidad que se quiere expresar en la pasión: es el amor de Dios por nosotros;  “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo”;  es el amor de Cristo por nosotros: “nos amó, y por nuestro amor se entregó a la muerte, a una muerte de cruz”.  Los sentimientos que deben invadirnos este día deben ser de agradecimiento, de admiración y de alegría: Cristo nos amó hasta el extremo.  Esta es la verdadera adoración espiritual de la cruz, adoración de su poder salvador, adoración del amor simbolizado en la cruz.  Hoy es un día de esperanza, el mal, por profundo que sea, ha sido vencido en el árbol de la cruz.  Que hoy brille en nosotros el misterio de la cruz. 

La unión íntima de cada uno de nosotros con Cristo Jesús necesita de este capítulo de la Cruz. No podemos separar a Cristo de la Cruz que aceptó por obediencia al Padre y por amor nuestro. Es en la Cruz en donde se consuma nuestra redención y en donde encuentra sentido el dolor personal y del mundo. Es ante la cruz en donde descubriremos la malicia del pecado y el grande amor que nos ha tenido Aquel que se entregó a la muerte y a una muerte de Cruz por nosotros. Sólo en la Cruz es donde la violencia, el odio y la venganza pueden ser vencidos por el amor y el perdón. 

La eficacia de la cruz no tiene límites. Ha llenado el mundo de paz, de gracia, de perdón, de felicidad, de salvación y sobre todo le ha dado a nuestro mundo el sentido del dolor. Los frutos comenzaron inmediatamente cuando uno de los dos ladrones se dirige a Jesús y le dice: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino" y como respuesta recibe: "Yo te aseguro, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso". Los frutos continúan cuando contemplando al crucificado somos capaces de dar aquel perdón que humanamente no podíamos dar, cuando considerando los dolores del crucificado reconocemos la malicia de nuestros pecados y acudimos arrepentidos a pedir su perdón. 

Muy cerca de la Cruz de Cristo encontraremos a María su madre, con otras santas mujeres y Juan el discípulo amado: Jesús viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: he ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa". Este gesto tiene un doble sentido. Por una parte Jesús se preocupa de su madre, cumpliendo con toda fidelidad el cuarto mandamiento. Por otra, ahora nos da lo que más quiere, lo más preciado que le queda. Le han despojado de todo y ahora nos da a su madre como madre nuestra. 

A Cristo le llegó la cruz, la amó y la supo cargar hasta el final. Ahí estaba su madre acompañándolo. A nosotros, tarde o temprano también nos llegará la cruz. Con María, nuestra Madre, nos será más fácil cargarla y amarla, por eso le cantamos con el himno litúrgico: "¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Hazme contigo llorar y dolerme de veras de sus penas mientras vivo; porque deseo acompañar en la cruz, donde le veo, tu corazón compasivo. Haz que me enamore su cruz y que en ella viva y more

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7322Viernes, 06 de abril de 2012 17:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana en la Misa Vespertina

Jueves Santo.

 Hoy Jueves Santo, al escuchar las prescripciones del Éxodo escuchábamos: “Comerán así..., porque es la Pascua”.  Jesús se nos ha presentado celebrando la última cena con sus discípulos, la Cena Pascual.  Para no quedarnos en la superficie de los ritos, nosotros, sin duda alguna, nos estamos preguntando: ¿qué significó para los hebreos celebrar la Pascua?  Para Cristo  ¿qué significado tuvo la Pascua?  Para nosotros  ¿qué significado tiene celebrar esta tarde la Cena Pascual?

  Para los hebreos, y en general para los pastores nómadas del Oriente, la Pascua era un rito en donde se sacrificaba un cordero, lo comían en signo de solidaridad, invocando la protección de Dios, antes de separarse en busca de nuevos pastos con la llegada de la primavera. Este rito se enriqueció con un nuevo significado 1250 años a.C.,:  Dios vino a salvar a su pueblo,  “en aquella noche, Yo pasaré”.  Es Pascua, porque Dios pasó.  Pero no sólo porque Dios pasó por su pueblo, sino que, Dios hizo pasar a su pueblo, a través del Mar Rojo, de Egipto hacia el desierto, de la esclavitud a la libertad.  Pascua difícil, porque dejar Egipto y entrar en el desierto suponía rompimiento, sacrificio; porque la esclavitud siempre tendrá su fascinación, así lo sintieron los israelitas en el desierto: querían regresar a Egipto.

 Para Cristo la Pascua también fue un rito que celebró con sus padres y después con sus discípulos.  El significado de ese rito tradicional también cambió para Jesús en la última Pascua que celebró.  En esta Pascua la figura se convirtió en realidad, la espera de siglos tuvo su cumplimiento, San Pablo nos lo ha descrito en la segunda lectura: “La noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:  Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes, este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre.  Hagan esto en memoria mía”.  De aquí en adelante la cena pascual se celebrará con el Cordero inmaculado que es Cristo Jesús presente en la Eucaristía.  Es el rito antiguo con un nuevo significado: es el éxodo de la humanidad de la esclavitud del pecado hacia el perdón y la nueva alianza.  Jesús celebró la Pascua no solamente con un rito sino con su “paso de este mundo al Padre”, un paso de la muerte a la vida.  La Pascua se realizó a través del sufrimiento y del dolor, a través de la Cruz.

Para nosotros, la Pascua, también es un rito, o más bien un conjunto de ritos que culminan en la celebración Eucarística repitiendo la Cena Pascual de Cristo.  Nosotros tampoco podemos quedarnos sólo en el rito.  Para nosotros la Pascua también debe ser el paso del Señor por nuestra vida, el paso del hombre viejo al hombre nuevo, el paso de la esclavitud a la libertad, el paso de un modo de vivir a una vida nueva.  Por supuesto la Pascua para nosotros también supone renuncia y dolor, pero lleva consigo también la libertad y la alegría de una vida nueva.  La Pascua para nosotros deber ser liberación de las esclavitudes que padecemos, pero sobre todo liberación del pecado.  La Pascua debemos celebrarla: “con la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano y a toda prisa”, en señal de que comenzamos un camino nuevo, de que estamos de viaje, de que somos peregrinos.  Esta tarde no nos quedemos sólo en el rito, celebremos en verdad la Pascua con Cristo, para que los ritos se conviertan en una realidad viva, en signos y fuentes de gracia, en vida nueva;  para que podamos decir con toda verdad:  ¡Hemos celebrado la Pascual del Señor, el Señor ha pasado por nuestra vidas y nos ha hecho pasar de la muerte a la vida! 

Siempre nos llamará la atención que el Evangelista de la Eucaristía, San Juan, en la Cena Pascual, en lugar de hablarnos de la Institución de la Eucaristía, como los demás evangelistas, nos narra el lavatorio de los pies hecho por Jesús a sus discípulos. Para San Juan es muy claro, la Eucaristía es el sacramento del amor y el amor se tiene que realizar en obras muy concretas: "¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros". 

"Jesús, antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" y lavando los pies de sus discípulos nos enseñó un mandamiento nuevo: "que se amen unos a otros, como yo los he amado". Es un mandamiento nuevo porque son nuevos los motivos: el prójimo es una sola cosa con Cristo. Nuevo porque siempre es actual el Modelo que es el mismo Cristo. Nuevo porque el modo de cumplirlo es nuevo: "como yo los he amado". Nuevo porque va dirigido a un pueblo nuevo formado por su sangre y porque se necesitan corazones nuevos que sólo puede crear el Espíritu. Nuevo porque siempre resultará una novedad para nosotros, acostumbrados a los egoísmos y a las rutinas.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7321Jueves, 05 de abril de 2012 19:25 hrs
Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

Jueves Santo, Misa Crismal

Cobijados bajo el esplendor de esta grandiosa Catedral metropolitana, nos hemos reunido en torno a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para adentrarnos en el misterio de esta celebración llamada “Misa Crismal”. En efecto, es en el Santo Crisma que podemos ver la acción transformante del Espíritu Santo, que hace de nosotros, por el Bautismo, un pueblo sacerdotal; que mediante la Confirmación robustece la fe de los creyentes con sus dones para que sean testigos auténticos del Señor, y que consagra a aquellos que han sido presentados por la Iglesia para el Orden Sacerdotal, y para los que reciben la plenitud de esa potestad en el Orden Episcopal. De esta forma, nuestra mirada va más allá para comprender que verdaderamente la Iglesia es Cuerpo de Cristo, visible en esta comunión de los sacerdotes y de todos los fieles unidos con su Obispo.

Ante la grandeza y belleza de este misterio, mis queridos hermanos obispos y presbíteros, en unos momentos más se tendrá la renovación de las promesas sacerdotales, avivando el compromiso de servicio y de donación a la esposa de Cristo, siendo conscientes de que el Señor, por su gracia, nos ha tocado y consagrado para «llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de la gracia del Señor» (Is 61:2). Un don precioso que portamos en vasijas de barro. Por eso, esta Eucaristía, acción de gracias por excelencia, nos invita a ser conscientes de que en nuestra pobreza y fragilidad, Dios nos elije no por nuestros méritos, sino conforme a su bondad; un acontecimiento de amor y misericordia que provoca que emerjan, desde lo más profundo de lo que somos, aquellas palabras del salmista: «¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal.116:12) Pregunta a la que él mismo responde: «Alzaré el cáliz de la salvación invocando su nombre». (Sal.116:13). En efecto, estás palabras, que constituyen una oración personal de agradecimiento, parten de esta experiencia profunda con Dios, quien rescata a su Hijo de la oscuridad del dolor, de la impotencia y de la muerte; así, esta oración personal conducirá al agradecimiento general del pueblo. Muy significativo a este respecto, es el verbo “invocar”, traducido también del hebreo como “gritar”, dado que se refiere a aquella voz de súplica que eleva el orante, sabiendo que el oído de Dios está atento.

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal y episcopal, para proclamar el año de gracia del Señor, tenemos que avivar la gratitud de nuestro corazón, pues si Dios nos ha participado su sacerdocio, ahora corresponde a nosotros conquistar día a día este don con nuestro actuar en la “caridad pastoral”. Sólo un corazón agradecido se deja cautivar por esta gracia divina para conformar su voluntad con la de Cristo, el Pastor Supremo, que ha dado su vida por ti y por mí, haciendo un solo rebaño, un “nosotros”. De manera que, como el salmista, nos preguntamos personalmente: «¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?». (Sal. 116:12). Y con él comprendemos que el «alzar el cáliz» e «invocar su nombre» (Sal. 116:13) son dos signos de una fe auténtica en que efectivamente Dios camina con su pueblo, se hace partícipe de su dolor y sufrimiento, y que a su vez, en su Hijo, revela el canto de victoria de aquella alegría que transforma la fe en esperanza, y la devuelve en una auténtica caridad.

Hoy más que nunca tenemos que mirar al Crucificado y adentrarnos en su misterio de amor celebrado día a día, en este «alzar el cáliz» que se gesta en la Eucaristía, e «invocando su nombre» con la coherencia de vida para esperanza y edificación de nuestros fieles, y ser con nuestro testimonio sacerdotal, fermento de vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada; ser, en fin, un signo de comunión que proviene de esta experiencia transformante de Dios, para ver con Cristo, discernir con Cristo y actuar con, en y por Cristo.

De hecho, la liturgia de estos días sagrados nos permite seguir paso a paso con piedad y fervor la Pasión del Señor. Allí en las Escrituras Sagradas aparece con claridad toda la maldad y la crueldad de la que el hombre, ciego por el pecado, es capaz de hacer. Es el misterio de “la hora”, la hora del Príncipe de este mundo que despliega el poder de su odio homicida sobre los hombres; pero sobre todo, es “la Hora” del Mesías redentor, hora en la que se dispone a entregar su vida libremente, a costa del sacrificio de su propio cuerpo, hostia inmaculada ofrendada sobre el altar de la cruz.

Pero esa Pasión del Señor no es un acontecimiento del pasado, sigue haciéndose presente hoy mismo en el sufrimiento de su cuerpo que es la Iglesia; contemplamos con horror la muerte de tantos inocentes, víctimas como Cristo –el más inocente de los justos–,  de una gran violencia, ejercida por criminales desalmados, que no tienen por Padre a Dios, sino al maligno, el mentiroso y homicida desde siempre (Jn 8, 44). Nuestra patria parece haberse adentrado en el misterio de la iniquidad, en el reino de las tinieblas, cuyo fruto de corrupción, perversidad y muerte, está a la vista. La maldad parece haber llegado para no irse jamás, pero nosotros, los que creemos en el poder redentor de Cristo –como nos recordó en su visita a México el Papa Benedicto XVI, citando a San Pablo–, «no podemos vivir como los que no tienen esperanza» (1 Ts, 4:13), pues el mal, pese a su destrucción aparatosa –publicitada incesantemente por los medios de comunicación–, no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el amor, el perdón, la reconciliación; el poder de nuestro Redentor que, con su pasión cruenta, su ignominiosa muerte en la cruz y su gloriosa resurrección ha vencido todo odio y violencia.

Nuestro Sumo Sacerdote, que padeció en su propio cuerpo el dolor y la muerte, es un pastor misericordioso que, herido, desde la cruz se abaja para abrazar a los que sufren, para consolar a los que han perdido a sus seres amados, para ungir con el aceite del consuelo a los corazones heridos, para enjugar las lágrimas de todos los que padecen y desesperan. No, Dios no es indiferente al dolor humano, Él, como dice el poeta, “llora lágrimas de sangre en la oscuridad”, y la Iglesia, como Raquel, gime desconsolada por sus hijos que ya no verá en este valle de lágrimas, pero que, está segura, volverá a encontrarlos allí donde ya no hay dolor ni lágrimas, en el banquete del Cordero celestial vencedor de la muerte.

Pero esta violencia que padece nuestra patria no ha surgido de la nada; hunde su raíz en el pecado de la injusticia social que mantiene en la pobreza a la mitad del país, en la corrupción de autoridades inmorales que fueron y siguen siendo cómplices del crimen que debieron combatir; tiene su causa en el desmoronamiento de los valores cristianos y morales; en el socavamiento de toda ética en aras de una perniciosa libertad y relativismo que no es más que libertinaje y egoísmo; en una sociedad que ha perdido su alma y justifica al mal como bien, y que ha puesto como dios al dinero y como fin la consecución del placer sin límites. Y si para conseguir estos falsos paraísos es preciso matar, corromper y pervertir, lo hace sin ningún escrúpulo, sin respetar las leyes humanas, tan minadas por la impunidad y la corrupción, ni a la ley divina, de la cual, sobra decir, no escaparán, aun cuando los criminales piensen, en su mente pervertida, que es posible conciliar la fe con su actividad monstruosamente inmoral y antievangélica, pues actúan como verdaderos anticristos, que se oponen a Cristo y su Evangelio, matando, secuestrando, extorsionando, robando y destruyendo la salud de millones de jóvenes.

Nosotros, obispos y presbíteros del Pueblo de Dios, tenemos un reto descomunal que no es nuevo, pues es inherente a nuestro ministerio sacerdotal: construir aquí y ahora el reino de Dios, sembrar en nuestra sociedad herida y desgarrada los valores del Evangelio;  debemos ser heraldos y misioneros incansables del amor de Dios, del perdón, de la misericordia, de la paz y la reconciliación. Nuestro empeño evangelizador hoy más que nunca se debe hacer palpable. No nos toca combatir con las armas a los violentos, sino con nuestro servicio sacerdotal humilde y abnegado, con el anuncio siempre consolador del Evangelio, haciendo presente la vida de la gracia y la conversión mediante la impartición solícita de los sacramentos, consolando paternalmente a los que sufren, sintiendo como propio el dolor de las víctimas, trasformando nuestro corazón –también herido por el pecado y el egoísmo–, en el corazón misericordioso de Cristo que abraza a quienes sufren y lloran.

Si decimos que la Iglesia es madre, tiene que actuar como tal; tiene que mostrar el rostro materno de Dios; tiene que ser una esperanza en medio de la desolación; tiene que acoger en su seno a los más pobres, a los vulnerables, a los marginados y todos los que sufren; tiene que ser una luz para los que viven sin fe y horizonte; tiene que ser respetuosa con los que piensan distinto; debe ser abierta a los que no creen y tolerante con quienes la atacan y desprecian.

Este, su Pastor, los invita, mis queridos hermanos obispos y sacerdotes, a que nos empeñemos con nuestras comunidades en una permanente campaña de oración por la conversión de los pecadores y criminales, el Señor nos dijo: «pidan y se les dará, toquen y se les abrirá» (Mt 7:7). Así pues, pidamos y toquemos, supliquemos al corazón traspasado del Crucificado, que ha hecho nuevas todas las cosas, para que convierta nuestros corazones cerrados y endurecidos, para que nos reconcilie, nos trasforme, nos conceda el don precioso y anhelado de la paz.

¡Oh, inocente Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros que te invocamos desde el abismo de nuestros pecados y tinieblas! ¡Oh, Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz!

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7312Jueves, 05 de abril de 2012 11:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

La celebración de este domingo parecería a simple vista un contrasentido, comenzamos en un clima festivo y de triunfo gritando con ramos y palmas en las manos: Hosanna al Hijo de David.  Bendito el que viene en nombre del Señor,  y terminamos con el grito: Crucifícalo, dejándolo colgado entre dos ladrones.  Pero es precisamente en este aparente contrasentido en donde encontramos el corazón del misterio: Jesús se ha entregado voluntariamente a la pasión, no son las maquinaciones externas, sino su decisión de cumplir la voluntad del Padre lo que lo ha llevado a la cruz: “A mí nadie me quita la vida, yo la doy cuando yo quiero”.  Y es así, que con libre obediencia al Padre y con infinito amor a los hombres: “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. 

La pregunta sobre la identidad de Jesús, que parece ser el hilo conductor de todo el evangelio de San Marcos, ante la cruz recibe una respuesta definitiva.  Durante el proceso de la Pasión Jesús nos revela su verdadera identidad, por primera vez se declara abiertamente como el Hijo de Dios, y ante esta revelación se da la condenación del Sanedrín y el inicio de los tormentos que culminan en la cruz.  En forma irónica la autoridad romana reconoce ésta verdad de Jesús, motivo de la condenación: “Rey de los judíos”.  Ante la cruz, San Marcos, manifiesta el objetivo de todo su evangelio, es ante el crucificado donde profesa su fe y la fe de la Iglesia en labios del centurión romano:  “Verdaderamente éste hombre era el Hijo de Dios”.  Es ante la cruz de Jesús y ante la cruz que a todos y a cada uno de nosotros necesariamente llega, en donde se purifica nuestra fe y en donde podemos llegar al reconocimiento sincero y amoroso de que Jesucristo verdaderamente es el Hijo de Dios. 

Ante el Crucificado y ante Cristo, que siendo Dios, “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y se hizo en todo semejante a los hombres”, como lo ha cantado la carta a los Filipenses, nace en todos nosotros una concepción de Dios muy distinta a la de los filósofos.  Dios no es un ser lejano, aislado en una espléndida esfera trascendente, nuestro Dios es un Dios cercano, solidario y fraternal, que camina con nosotros y nos comprende más de lo que podemos imaginar.  Por esta cercanía de Dios con nosotros cambia nuestra concepción del hombre: “la carne” y la historia del hombre tienen un sentido, tienen una semilla de divinidad y de eternidad que llegará a florecer, y a crecer hasta la plenitud que el hombre jamás soñó. 

Mientras escuchábamos la lectura de la pasión nos llamaba la atención que se introducían en la narración pequeñas anécdotas, como rompiendo la unidad de lo verdaderamente importante, por ejemplo, la traición de Judas, la negación de Pedro, Pilato lavándose las manos, la preferencia de Barrabás, los dos ladrones.  Lo cierto es que estas pequeñas historias nos explican y simbolizan la verdad de quienes y por qué Jesús padeció el tormento de la cruz: “Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas.  Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados”.  Con frecuencia a través de la historia hemos preguntado: ¿Quién mató a Cristo?  ¿Fueron motivos políticos o religiosos los que lo llevaron al matadero?  Cuando la Palabra de Dios nos ha narrado que Judas traicionó, Pedro negó, Pilato se lavó las manos, la multitud miraba de lejos, los soldados se dividieron las vestiduras, los ladrones que lo acompañan en la cruz eran unos asesinos, etc., nos está diciendo que es la humanidad entera la que está representada en estos personajes, ahí estamos nosotros, las acciones que llevan a Jesús a la muerte, son las acciones de aquel tiempo y de nuestro tiempo. 

Terminada la lectura de La Pasión, los lectores han cerrado el libro, pero todos sabemos que la historia no ha terminado, los acontecimientos continúan.  “Los acusadores de ayer han muerto –ha escrito un judío como conclusión de un apasionante libro sobre el proceso de Jesús– los testigos han regresado a casa.  El juez ha dejado el tribunal.  Pero el proceso de Jesús sigue adelante”.  Y sigue adelante en un doble sentido: se renueva en todo discípulo y en todo hombre o mujer que sufre o es perseguido injustamente como Jesús;  se renueva y se repite en cada hombre y en cada mujer que negándose a abandonar el pecado siguen gritando:  “¡No te queremos a ti, queremos a Barrabás, crucifíquenlo, crucifíquenlo! 

Con la lectura de la Pasión hemos entrado a la Semana Santa, de nosotros depende cómo queremos entrar en la Pasión de Cristo:  Como el Cirineo que se acerca a Jesús y hombro con hombro quiere ayudar a cargar la cruz;  como las hijas de Jerusalén que lloran al ver pasar al condenado;  como el centurión que se golpea el pecho y reconoce que el crucificado verdaderamente es el Hijo de Dios;  como María silenciosa junto a la cruz de su hijo o como Judas, o Pedro, o Pilato o como la multitud que mira desde lejos simplemente para ver cómo termina la tragedia. 

La lectura de la pasión ha concluido de esta manera: “Pilato... concedió el cadáver a José.  Éste compró una sábana, bajó el cadáver, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en una roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro...”  Nosotros sabemos que la semana santa no termina el viernes santo, Jesús no se queda en el sepulcro, Dios lo ha resucitado y ahora está vivo y comunicándose con todos sus discípulos, la semana santa termina el Domingo de Resurrección.  Toda nuestra vida, de alguna manera, es una semana santa, si la vivimos con realismo y esperanza.  Es cierto que el dolor y el sufrimiento continuamente se hacen presentes en nuestra vida, pero también hay días de transfiguración y sobre todo esperamos el “octavo día”, “el gran domingo” del descanso y de la gloria definitiva.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7293Domingo, 01 de abril de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

4to. Domingo de Cuaresma

 Hoy hemos cantado en el Salmo Responsorial: “Tu recuerdo Señor es mi alegría” para hacer presente así en este domingo  “laetare” de cuaresma, cuál es el motivo de nuestra alegría.  Porque hay que reconocer que no es fácil motivar al Pueblo de Dios a la alegría cuando las realidades son adversas.  Pero el fundamento para alegrarnos que nos propone hoy la liturgia es fuerte y poderoso: “Dios nos ama”.  Así de simple y de sencillo.  Es muy importante tener esto siempre presente ya que para muchos no es fácil creer en el amor por las traiciones y desilusiones que han sufrido.  El que ha sido engañado y ha sido herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado porque sabe cuánto duele un desengaño. 

El Cristiano puede romper este miedo porque recibe no una promesa sino una certeza que ya se cumplió pues San Pablo nos ha dicho en la segunda lectura: “La misericordia y el amor de Dios son muy grandes, Él nos ha amado con un grande amor, porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados y Él nos dio la vida con Cristo y en Cristo.  Por pura generosidad suya hemos sido salvados”.  Y san Juan nos ha asegurado en el Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. 

El amor de Dios, que puede provocar en nosotros una alegría que el mundo no puede dar, es una realidad única, indivisible e irrefutable que se ha manifestado no sólo en “palabras bonitas”, sino en gestos y realidades que solemos llamar “Historia de Salvación”, realizada en otros tiempos y que se repite en cada uno de nosotros. 

En la Primera Etapa de la Salvación, antes del tiempo y de la historia y desde siempre: “Dios es amor” y Dios que es Amor “nos ha elegido antes de la creación del mundo”.  En la Segunda Etapa Dios revela su amor en la creación.  Creando este mundo maravilloso, que apenas comenzamos a descubrir, pero sobre todo, creando al hombre y a la mujer, Dios comunica su amor.  Por esto el ser humano sólo puede ser entendido como fruto del amor y no como un producto del mercado para ser manipulado en laboratorios con fines inconfesables. 

En la Tercera Etapa de la Historia de la Salvación Dios se escoge a un Pueblo, el Pueblo de Israel, y allí muestra su amor y con él prepara la plenitud de los tiempos que se cumple cuando “Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él”.  La Cuarta Etapa sencillamente se llama: Jesucristo, porque Jesús es el amor de Dios hecho carne, Él es la manifestación tangible del amor del Padre: “En esto se ha manifestado el amor de Dios a nosotros: en que Dios nos ha enviado a su Hijo Unigénito”.  Ahora estamos viviendo la Quinta Etapa de la Historia de la Salvación porque Cristo muerto y resucitado nos dio su Espíritu.  Y  ¿quién es el Espíritu Santo?  Sencillamente es el Amor recíproco del Padre y del Hijo que se nos comunica: “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. 

Cuando cada uno de nosotros recorremos esta Historia de Salvación y sobre todo cuando nos damos cuenta de que esta es nuestra historia personal en donde Dios nos amó, antes de que nosotros lo pudiéramos amar, nos convencemos de que la “civilización del amor” es posible, no por nuestra inteligencia o fantasía, sino porque el “Amor” ya ha sido derramado en nuestros corazones y necesitamos descubrirlo, vivirlo y sobre todo testimoniarlo al interior de la Iglesia y a nuestro mundo, para que se termine esta etapa glacial de desilusiones e indiferencias, para que nuestra sociedad no sea un “hormiguero” que se autodestruye, para que cada uno de nosotros no sea “una pasión inútil”. 

Hermanos y Hermanas, insisto, es necesario que descubramos ese amor que Dios nos tiene;  es necesario que disfrutemos y gocemos ese amor sin límites que Dios nos ha manifestado;  es necesario que testimoniemos ese amor a nuestro mundo, para que nuestro mundo se salve.  El que la luz no penetre en una habitación, la ilumine y caliente, no es culpa del sol, sino de las puertas y ventanas que no quieren abrirse.  Para que inunde nuestras vidas la luz de la verdad y el calor del amor de Dios, hay que abrir las puertas y ventanas de nuestro corazón a Jesucristo que nos dijo: “Yo soy la luz del mundo”. 

Nuestra etapa glacial, la autodestrucción de nuestro mundo, la inutilidad de nuestras vidas, no proviene de Dios, no puede venir de Dios, pues depende de nosotros el abrir las puertas y ventanas, para que el verdadero sol de justicia, que es Cristo Jesús, entre a nuestro mundo, entre a nosotros y renueve la faz de la tierra y a nosotros nos dé un corazón nuevo.  Que a ninguno de nosotros, ni a nuestros contemporáneos se vayan a aplicar estas terribles palabras: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”.

Ya se acerca la noche más solemne de todas las noches, en donde se bendice el fuego, y una pequeña luz ilumina a la Iglesia que está en tinieblas y la ilumina porque esa luz simboliza a Cristo, y la ilumina porque esa luz se multiplica ya que todos los presentes traeremos una candela que después llevaremos encendida a nuestros hogares.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7165Sun, 18 Mar 2012 00:00:00 GMT
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana

III Domingo de Cuaresma

 Hoy la liturgia nos invita a reflexionar y a renovar nuestra vida litúrgica y nuestra vida moral: “Cuando se acercaba la Pascua, Jesús subió a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas con sus mesas.  Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo,....y les dijo: quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre.  En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: el celo de tu casa me devora”.  El significado de este episodio es eminentemente religioso y así se expresa cuando Jesús dice: Mi casa es casa de oración.  Jesús ha puesto un gesto mesiánico para indicarnos el comienzo de una nueva etapa de salvación en donde Dios debe ser adorado en espíritu y en verdad y en donde Jesús es el nuevo templo: “destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”.  Jesús resucitado es el templo del nuevo culto y toda oración debe ser hecha “por Cristo nuestro Señor”.

 Pero hay una segunda condición para que el nuevo culto sea agradable al Padre, y es: que no sea hipócrita, es decir que sea expresión de toda una vida orientada hacia Dios y obediente a su ley y no un momento o una celebración separada del resto de la vida.  Por esto la primera lectura nos ha presentado el decálogo, los diez mandamientos que deben ser el punto de referencia, el punto de partida de la vida moral.  En Israel no se hablaba de la ley como carga o como imposición, sino como un regalo grandísimo que Dios nos ha dado, como una luz para nuestros pasos, es más, no sienten los mandamientos como una ley, sino como un acontecimiento: hemos hecho una alianza con Dios y los mandamientos son el signo de nuestra pertenencia a Yavéh, son la proclamación de que somos pueblo elegido.

 El decálogo debe ser una opción por la vida: yo pongo delante de ti la vida y la muerte, el bien y el mal y te mando que observes los mandamientos para que vivas.  Los diez mandamientos son para el hombre, no contra el hombre.  No nos quitan o limitan nuestra libertad, mas bien nos liberan.  Lo que mandan, no es un capricho de algo que desagrade a Dios, sino que es un proyecto de vida que hace posible el desarrollo humano y una sana relación con los demás.  Por ejemplo, el reposo semanal, es en favor del hombre, para que el hombre no se reduzca a una bestia de trabajo, para que el hombre descanse, se dignifique, se eleve a Dios y trascienda.

 La segunda lectura nos hace entender el sentido de la ley a partir de Cristo Jesús.  No estamos solos frente a la ley, con nuestra debilidad e impotencia para cumplirla.  Entre nosotros y el decálogo está Cristo Jesús muerto y resucitado, Él es el poder de Dios, Él nos da su espíritu, Él ha venido a darnos una nueva ley que no se limita a proclamar el bien sino que lo realiza dentro de nosotros mismos.

 Hay un punto importante en el cual la liturgia insiste: la relación del culto con nuestra vida.  Por supuesto que las celebraciones litúrgicas deben hacerse con toda solemnidad y dignidad, es necesario un proyecto para renovar en nuestra arquidiócesis las celebraciones litúrgicas, sobre todo la celebración de la Eucaristía,  en donde se vea con claridad que son celebraciones sagradas, celebraciones de un pueblo que participa, celebraciones en donde realmente los fieles se nutran espiritualmente y en donde brille la gloria de Dios y se exprese nuestra catolicidad.  Pero estas celebraciones deben estar unidas a la vida y a las situaciones de todos los días.  Si nuestras manos están manchadas de sangre o de violencia, o si no buscamos la justicia y socorremos al oprimido, Dios nos dirá: no quiero tus sacrificios y tus celebraciones no me agradan.  Si no honramos a nuestro padre y a nuestra madre, sino que los abandonamos en su vejez y no los ayudamos en sus necesidades y en su soledad, Dios nos dirá cuando lleguemos a su templo: no me presentes ofrendas inútiles, no me agrada tu culto, estoy harto de tus celebraciones.  Si nuestra vida se desarrolla entre mentiras y fraudes, Dios nos dirá: deja de presentar sacrificios inútiles, no soporto delito y solemnidad.  Si nuestra vida sexual se deja llevar por desviaciones perversas y no nos detenemos ni siquiera ante el adulterio, Dios nos dirá: no quiero tus solemnidades, detesto tus solemnidades, no sigas trayendo oblaciones vanas.

 La cuaresma nos sigue invitando a lavarnos y a purificarnos, a transformar nuestra vida, a comenzar un camino nuevo y sobre todo, nos invita a unirnos a Jesús para que nuestro culto sea agradable a Dios.  La cuaresma nos invita a dejar la levadura vieja y a celebrar la Pascua del Señor con panes ázimos de sinceridad y de verdad.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7080Domingo, 11 de marzo de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

El domingo primero de marzo, desde hace varios años, se ha dedicado en la República Mexicana a reflexionar sobre la familia. Son muchos los eventos que con este motivo se llevan a cabo: carreras, concursos, festivales. La sociedad civil se siente hoy motivada a reflexionar sobre el papel que la familia juega en nuestra vida. También la Iglesia, como parte de la sociedad humana, se suma a esta celebración, pues para ella, como decía el Beato Juan Pablo II, la familia es el camino de la Iglesia (Carta a las familias (1994), n. 2). Para la Iglesia, reflexionar sobre la familia no es simplemente tener en cuenta un elemento de tipo teórico. Es tener en cuenta a la realidad primaria en la que el ser humano encuentra su vocación personal y comunitaria en su camino hacia Dios.

 Las lecturas del día de hoy nos exponen la necesidad de proponer la familia como un camino de vida, frente a un camino de muerte. Hoy se habla de la muerte de la familia, lo que sería semejante a como si, en efecto, Abraham hubiera dado muerte a Isaac. Sin embargo, esa no es la voluntad de Dios. La voluntad de Dios es la vida no la muerte. Por eso el ángel detiene el brazo de Abraham y le impide dar muerte a su hijo para que la vida siga. Isaac es el hijo de la promesa. Como sabemos, Abraham no podía tener hijos de Sara. Su familia estaba condenada a extinguirse. Pero Dios le había regalado a Isaac, el hijo que garantizaba la descendencia, el hijo que era la promesa de la vida. Y ahora Abraham iba a matar a su hijo. Posiblemente en la mente de Abraham estaba la costumbre común en su época de sacrificar los hijos a las divinidades, como un rito de fecundidad. En cierto sentido, todavía Abraham pertenecía al mundo de la cultura de la muerte. Sin embargo, Dios lo rescata de esa mentalidad haciendo con él una alianza de vida, una alianza que expresa el amor a la vida y a la familia, a través de la descendencia que se convierte en bendición.

El episodio de Abraham es solamente una figura de lo que Dios haría con todos nosotros, dándonos vida eterna a través de su propio Hijo. Por eso, San Pablo nos dice que no hay nada a lo que nosotros le tengamos que temer. En la carta a los romanos, afirma que ante la cultura de la muerte, Dios nos da la cultura del amor, la cultura de la vida. ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Si Dios nos ha entregado la vida de su Hijo, ¿quién podrá, en nombre de la muerte, derrotar a la vida? La familia es la cuna de la vida humana, la cuna de la vida que debe ser respetada desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. No debemos hacer de la familia un lugar de muerte, ni de muerte física, ni de muerte ética, ni de muerte espiritual. A pesar de esto, hay signos de nuestra sociedad que son signos de muerte que la familia tiene que enfrentar. Por desgracia sube el número de divorcios, es la muerte del matrimonio por una concepción de la comunidad conyugal que ha perdido el sentido de la verdad del matrimonio por la unión libre, el divorcio, las uniones homosexuales, la falta de fe en el matrimonio, manifestada en el declive las uniones matrimoniales. También sube el número de abortos, pues con la muerte de la familia, se va de la mano a la muerte del ser humano. Cuanto menos sólida esté la familia, más desprotegida queda la vida del ser humano. 

Las lecturas de hoy nos hablan de dos montes. Un monte de muerte, el monte Moria, donde Abraham iba a matar a su hijo. Y un monte de vida, el monte Tabor, donde Dios nos muestra la vida divina de Jesús para darnos la vida a todos nosotros que somos sus hijos. La familia sin Dios corre el riesgo de quedarse en el monte Moria. La familia con Dios escucha la buena noticia de la promesa de la vida en Jesus, el Hijo predilecto del Padre. El monte Tabor donde Jesús se manifiesta lleno de gloria ante sus discípulos, es la certeza de que la muerte no es el final del camino del ser humano ni de la familia humana. El enfrentamiento con la muerte será necesario, pero no será fatídico pues en el monte Tabor se nos promete la vida como algo cierto, que acabará venciendo a la muerte. 

La familia es la promesa de la vida, no la promesa de la muerte. La familia tiene que ir sembrando en su entorno una cultura de la vida, cada familia tiene que ser una promesa de vida, de vida humana, de vida familiar, de vida social. ¿Dónde hay que empezar a sembrar esta cultura de la vida? la familia tiene un lugar propio para hacerlo, que es la vida cotidiana, los ámbitos naturales dónde la familia se encuentra, el ámbito del trabajo, el ámbito del descanso, el ámbito de la fiesta. Este año, el día de la familia se convierte en el inicio de una reflexión a nivel arquidiocesano, un camino de reflexión sobre el significado de la familia en el mundo moderno. Un camino que se inicia con motivo de un acontecimiento que ya nos toco vivir en México, El encuentro mundial de familias con el Papa que, a finales de mayo de este año, se llevará a cabo en Milán, Italia. El tema que se ha tomado como marco de esta reflexión es la consideración de tres realidades que se encuentran profundamente unidas: la familia, el trabajo y la fiesta. Como decía el Papa Benedicto XVI: es preciso promover una reflexión y un compromiso encaminados a conciliar las exigencias y los tiempos del trabajo con los de la familia y a recuperar el verdadero sentido de la fiesta, especialmente del domingo, pascua semanal, día del Señor y día del hombre, día de la familia, de la comunidad y de la solidaridad.  El próximo Encuentro mundial de las familias constituye una ocasión privilegiada para repensar el trabajo y la fiesta en la perspectiva de una familia unida y abierta a la vida, bien insertada en la sociedad y en la Iglesia, atenta a la calidad de las relaciones además que a la economía del núcleo familiar. 

Reflexionar sobre la familia, el trabajo y la fiesta es volver a proponer a nuestra sociedad la necesidad de una cultura de la vida, de una cultura de lo humano, de una cultura de la persona, de una cultura de la comunidad. Así como sucedió con Abraham en el Antiguo Testamento, hemos de luchar para evitar que una difundida mentalidad sacrifique a la familia sobre el altar del egoísmo, del consumismo, del individualismo. Porque una sociedad que destruye a sus familias es una sociedad condenada a destruirse a sí misma. El evangelio de hoy nos invita a descubrir, en el dinamismo del amor que se respira en la Sma. Trinidad, el dinamismo de amor que tiene que vivir en nuestras familias. Hay que volver a la cultura del amor, a la cultura de la generosidad, a la cultura de la solidaridad. Esto reclama el compromiso de todos nosotros: El compromiso para apoyar a las mujeres que se enfrentan a la tentación del aborto, el compromiso para ayudar a la reconciliación madura a los cónyuges en riesgo de fracturar su unión, el compromiso para seguir proponiendo a las nuevas generaciones la belleza y el valor del matrimonio entre hombre y mujer, fiel y para toda la vida, basado en el respeto y el amor mutuo. El evangelio de hoy nos deja oír  la  voz  de  Dios que nos dice: Escuchen a mi Hijo.

Escuchemos a Cristo, él nos libera de la cultura de la muerte, El nos regala la cultura de la vida, que el proteja a nuestras familias y las ayude a enfrentar con esperanza los retos y a vivir con gozo todas las bendiciones que cada día los mexicanos encontramos en nuestros hogares.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=7017Domingo, 04 de marzo de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

VI Domingo del Tiempo Ordinario

 Sin duda alguna a todos nosotros nos golpeó fuertemente el contraste que escuchamos entre la primera lectura y el Evangelio.  En el libro del Levítico se nos narra el comportamiento que se debía tener, según la ley de Moisés, ante el contagiado por la lepra.  Prescripciones verdaderamente aterradoras: era arrojado de la sociedad, debía vivir solo, “fuera del campamento”; traer la ropa descosida, la cabeza descubierta, cubierta la boca e ir gritando continuamente: ¡Estoy contaminado!  ¡Soy impuro!  Para que así nadie se le acercara.  Normas para que la comunidad se defendiera del leproso en lugar de que la sociedad ayudara al leproso.  Por el contrario en el Evangelio vemos cómo Jesús se conmueve ante el leproso que le pide la curación, lo escucha, le extiende la mano, lo toca y lo cura.  Es Jesús superando la ley con la misericordia. 

En nuestra cultura actual hay algunos fenómenos que tienen como denominador común la dureza, que se manifiesta en la violencia creciente, la agresividad, el uso de la fuerza, el terrorismo.  El mismo arte refleja esa dureza de la cultura dominante con pinturas y esculturas descoyuntadas, la música estridente y chillona que tanto impacto tiene en ciertos ambientes en donde triunfa lo punk y el hard rock, la cadena y la moto con el escape abierto.  En nuestra misma Iglesia ha sido aplaudida una interpretación violenta del Evangelio, que llega a presentar a Jesús como un guerrillero, metralleta en mano y gesto duro. 

Ante este conjunto de fenómenos de nuestra cultura, es necesario volver nuestros ojos para ver en el Evangelio el verdadero rostro de Cristo y deducir los cambios que necesitamos.  El pasaje de hoy, la curación de un leproso, nos invita a reflexionar sobre uno de los rasgos característicos de Jesús: la misericordia.  Esta virtud no se opone al compromiso temporal de los cristianos, no se opone a la responsabilidad que tiene el seguidor de Jesús de luchar a favor de los más oprimidos y marginados, al contrario, le da el sello verdaderamente cristiano, el estilo evangélico, a no ser que pensemos que empuñar la violencia es más evangélico que enarbolar el corazón, a no ser que ignoremos que la violencia engendra violencia, mientras que la misericordia suprime miserias. 

La frase clave para descubrir el verdadero rostro de Cristo es: “Jesús se compadeció del leproso que le pedía la curación”.  Esta actitud de compasión ante el individuo necesitado recorre las páginas del Evangelio.  Es más, la explicación última de los milagros de Jesús no es el poder, la demostración de su divinidad, sino la piedad;  mostrarnos el amor misericordioso del Padre por nosotros.  En este caso, Jesús supera la ley que le prohíbe tratar y mucho menos tocar al leproso, porque para Cristo la ley suprema es el amor que, ante la miseria humana, se vuelve misericordia.  “Extendiendo la mano, lo tocó y le dijo:  ¡Sí quiero, queda limpio!  Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.  Esta misma actitud ante la adúltera, marginada social y moral, evita que la apedreen y la perdona de su infidelidad.  Ante la viuda que ha perdido a su hijo, “se le conmueven las entrañas” y se lo devuelve con vida.  Y cuando la muerte de su amigo Lázaro, llora de dolor antes de resucitarlo.  Son innumerables los pasajes evangélicos en donde Jesús muestra la misericordia, en donde supera la ley para mostrar el amor misericordioso. 

En una civilización dura, impersonal, fría y violenta, no es fácil aceptar la compasión, la misericordia, el perdón, como valores humanos y cristianos.  Con frecuencia estas actitudes y sentimientos son juzgados como signos de debilidad.  El volver nuestros ojos hacia Jesús, tercamente compasivo, nos ayudará a recuperar la admiración perdida hacia la misericordia, el perdón y la compasión, valores indispensables para poder rehacer el tejido social, valores indispensables para que la paz y la convivencia humana se hagan posibles en nuestras familias, en los centros de trabajo y en la gran ciudad.  Debemos volvernos agentes activos de la compasión y de la misericordia porque nuestra sociedad está urgida de corazones misericordiosos.  Si continuamos la meditación del Evangelio de hoy descubrimos que esa compasión y misericordia de Jesús se provoca por la súplica del leproso que de rodillas le grita: “Si tú quieres, puedes curarme”.  ¡Qué difícil nos resulta reconocer nuestras impurezas y miserias!  ¡Qué difícil se nos hace pedir perdón, pedir e implorar la salvación que tanto necesitamos! 

Cerca de Jesús quizá había otros muchos con lepra, pero se avergonzaron de reconocer su enfermedad, tuvieron miedo de reconocerse pecadores ya que la lepra se consideraba como sinónimo o consecuencia del pecado.  Reconocerse leproso equivalía a confesarse públicamente como pecador.  En el tiempo del profeta Eliseo había muchos leprosos en Israel -igual que en el tiempo de Jesús– pero ninguno fue curado sino Naamán el Sirio, y este fue curado porque se puso en camino, creyó en el poder y en la misericordia del Señor, se humilló y aceptó lavarse en el Río Jordán.  El sentido de todo esto lo revela el mismo Jesús en la parábola del hijo pródigo, cuando éste regresa a la casa del Padre, se le arrojó a los pies y le gritó:  “¡Padre he pecado!”.  Para que en nosotros se muestre el amor misericordioso de Dios nuestro Padre, necesitamos reconocer nuestra enfermedad y pecado, confesar nuestros pecados, arrepentirnos y pedir a Jesús que nos sane y nos purifique.

Para los que pertenecemos a la cultura actual hay una grave dificultad que debemos vencer.  La cultura moderna nos inculca que es un error reconocernos pecadores, que no podemos cultivar el sentido de culpa, que es vergonzoso darnos golpes de pecho, porque lo que nosotros llamamos pecado sólo es un tabú, son condicionamientos e inhibiciones de nuestra infancia, son simplemente preferencias o inclinaciones.  Por supuesto que el cristiano debe valorar las ayudas humanas que pueden prestar la sicología y la siquiatría, pero si de verdad quiere la salud completa debe descubrir el auténtico sentido bíblico de la conciencia de pecado y debe tener la sabiduría y el valor de saber pedir perdón. 

Es fundamental reconocer la enfermedad y saber pedir perdón. Pero Jesús dice algo más al leproso: “Ve y preséntate al sacerdote”.  No podemos despreciar la voz de Jesús.  Debemos presentarnos al sacerdote y confesarnos, reconciliarnos con Dios por medio de la Iglesia. Naamán el Sirio sufrió la misma tentación que muchos de nosotros: “¿Qué acaso en Siria no hay ríos más grandes que el Jordán?  ¿Por qué bañarme en el Jordán? ¿Por qué confesarme con un hombre que es pecador igual que yo?  Simple y sencillamente porque el Señor ha elegido a los que Él ha querido y les ha dado poder de perdonar, con el mismo poder que Él recibió de su Padre.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6772Domingo, 12 de febrero de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

V Domingo  Tiempo Ordinario

 El libro de Job nos ha descrito en forma colorida la miseria de la condición humana.  En la segunda lectura nos ha llamado la atención el grito de San Pablo “! Ay de mí si no evangelizo!” y el evangelio nos ha narrado una jornada concreta de la evangelización tal y como Jesús la realizó:  una combinación maravillosa de curación de enfermos, oración y anuncio del Reino.  De hecho el evangelio continuamente nos habla de la curación de enfermos, de su oración antes del alba en un lugar solitario y de su predicación en los pequeños poblados.  En nuestros términos diríamos que Jesús nos presenta la evangelización y la promoción humana como una sola realidad.

 El evangelio de hoy nos ayuda a clarificar la identidad y la misión de la Iglesia que no puede ser otra, sino la de Jesús, ya que la Iglesia fue formada por Jesús para continuar su presencia y su misión.  Ante un evangelio tan claro como el de hoy no podemos seguir afirmando: la Iglesia sólo debe ocuparse de las cosas del cielo y no de los asuntos terrenales, sólo puede ocuparse de las almas y no de los cuerpos, su campo es la eternidad y no el tiempo, debe ocuparse sólo de cosas espirituales y dejar a otros las cuestiones de este mundo.

 Entre evangelización y promoción humana -desarrollo, liberación- existen efectivamente lazos muy fuertes.  Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos.  Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia que hay que restaurar.  Vínculos de orden eminentemente evangélico, como es el de la caridad;  en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?.

 Cuando nos acercamos a examinar las causas de las miserias y de los desórdenes humanos, la Biblia de inmediato nos responde:  es el pecado.  Esta respuesta, aparentemente simple, es muy profunda y está de acuerdo con los resultados que nos dan las ciencias sociales cuando nos dicen que los males que afligen la convivencia humana son efecto del acaparamiento, de la injusta distribución de los bienes y servicios, de la falta de oportunidades, de la falta de educación y preparación, de la continua y sistemática violación de los derechos humanos, de la usura y la opresión de los pobres, de la explotación de los más débiles tanto en los individuos como en las naciones, y a todo esto los cristianos le llamamos pecado y del pecado nos viene a salvar  Jesucristo, no con el sueño de querer volver al paraíso perdido, sino preparándonos para entrar al Reino de Dios anunciado por Él.  El anuncio del Reino de los Cielos no se puede limitar a la eliminación del sudor y del dolor, con todo lo que ello implica, sino que nos lanza a un “cielo nuevo” y a una “tierra nueva”, nos lanza a la trascendencia, a la Gloria Eterna, ya que la redención traída por Jesús es coronación de la creación.

 El sentido último del compromiso de la Iglesia con la promoción humana, está en la firme convicción de que el hombre y la mujer deben pasar de condiciones menos humanas a condiciones cada vez más humanas, hasta llegar al pleno conocimiento de Jesucristo.  Y en esto consiste la Vida Eterna, en que te conozcan a ti, Único Dios Verdadero y a tu enviado Jesucristo.  Con el mensaje evangélico la Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora del desarrollo, precisamente porque lleva a la conversión del corazón y de la mentalidad;  ayuda a reconocer la dignidad de cada persona;  dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos y le da sentido a toda la existencia humana, anunciando la Resurrección.

 Hoy San Marcos nos ha presentado a Jesús curando, en dos planos distintos: primero, cura a la suegra de Pedro y luego sana a una multitud.  Jesús sana al individuo y a la sociedad.  Jesús libra de los males corporales y de los males espirituales.  Esto es evangelio puro.  Por eso, si la Iglesia es la continuadora de la misión de Jesús, debe repetir estos gestos de curación del hombre completo: materia y espíritu, persona y grupo.

 Jesús se levantó de madrugada, se marchó al despoblado y ahí se puso a orar.  Debemos poner en práctica este modelo de evangelización.  No basta volcarse en favor de las necesidades materiales y espirituales de los hombres, hay que recogerse, hay que hacer silencio para hablar con Dios;  hay que orar a Dios, si anhelamos ayudar a los hombres de verdad.  Solamente la santidad de vida alimenta y orienta una verdadera promoción humana y cultura cristiana.

 Además de curar a los enfermos y de permanecer en oración el evangelio nos presenta a Jesús como un predicador infatigable, recorriendo toda Galilea predicando en las sinagogas, por eso San Pablo exclama: ¡Ay de mí si no evangelizo!  Y el mismo San Pablo nos dice cómo hay que realizar esta tarea: “Haciéndose todo a todos”.  Hay que partir de la vida real de los hombres, culturas y situaciones para llevarlos a la vida ideal de Dios.  Pero sobre todo hay que predicar la persona de Jesús.  Porque Él es el Evangelio de Dios, Él es la Buena Nueva, sólo Él es el Salvador, el ejemplar humano que necesita la humanidad.  El evangelio es para todos, nadie queda excluido de la Buena Nueva, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, por eso la Iglesia debe estar presente en toda realidad humana y hacerse presente con todo ser humano.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6676Domingo, 05 de febrero de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera c., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

En nuestras familias, al interior de la Iglesia y en la sociedad civil, con frecuencia, se habla de crisis de obediencia y se quiere justificar la crisis de obediencia diciendo que no se sabe mandar, resultando que a la base de la crisis de obediencia está la crisis de autoridad.  Por una parte lamentamos que tantas cosas importantes quedan a la deriva porque falta autoridad, nadie quiere tomar decisiones, ya que si se toman se tiene el temor de no ser obedecido.  Por otra parte vemos que aquellos que ejercen la autoridad, no pocas veces, son acusados de autoritarios y represores por aquellos mismos que a gritos pedían una decisión.  En el Evangelio de hoy se afirma por dos veces que Jesús enseña con autoridad.  Para todos nosotros es necesario volver los ojos a Jesús para ver en qué se apoya la autoridad que le es reconocida y ver cómo ejerce esa autoridad en los ambientes más difíciles.

San Marcos nos dice que “Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”.  Pero no sólo sus enseñanzas arrancan ese reconocimiento de autoridad, sino también su actuación ante aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, Jesús le ordena salir de él y el espíritu sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él.  Todos quedaron estupefactos y exclamaban: “Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”.

 Hay dos niveles en la actuación de Jesús que merecen la alabanza de su autoridad.  El primero es en su enseñanza, pues “jamás hombre alguno habló como este hombre”.  Es cierto que en ocasiones la gente queda deslumbrada y fascinada por los merolicos o los falsos profetas, pero a la larga la gente sabe distinguir bien entre la palabrería de los que quieren embaucarle y la sinceridad de los que desean auténticamente su bien.  Jesús nos habla como poseído y poseedor de la Palabra de Dios, ya que él es la Palabra divina que se traduce en palabras humanas para sus hermanos.  Jesús convence porque habla, no de memoria, sino de corazón, con sinceridad, sintiendo lo que dice, siendo fiel al Espíritu Santo que lo inspira, Jesús se entrega de verdad cantando las verdades, por dolorosas que éstas sean, y contando la verdad que el Padre le ha confiado para quitar el pecado del mundo y potenciar el bien del hombre y de la sociedad.  La fidelidad a la verdad necesariamente nos lleva a tener autoridad.

 Pero la autoridad de Jesús no se redujo a las palabras, a la enseñanza de la verdad, sino que se extendió a las obras.  No sólo levantó entusiasmos como predicador del Evangelio, sino también al ver cómo se compadecía y remediaba las necesidades de las multitudes enfermas y con hambre que vagaban como ovejas sin pastor.  Y es que a nosotros si nos convencen las palabras sinceras, más nos persuaden los hechos nacidos de una personalidad auténtica.  Las palabras convencen, pero los hechos arrastran.  Jesús convence y vence porque es Santo.  “Sé que eres el Santo de Dios”, tiene que reconocer el mal espíritu acosado por Jesús.  La misión de Jesús es la lucha contra el mal en todas sus formas instalado en el hombre y en la sociedad.  Y su autoridad es la Santidad de vida.  Su autoridad son las obras.  Su autoridad es ser consecuente con lo que dice y lo que hace.

 Si queremos tener autoridad en los distintos estratos en donde nos movemos, eclesiales o sociales, debemos tomar como modelo la autoridad de Jesús.  No arrastraremos con la mera repetición mecánica de la letra del mensaje divino, como los letrados, sino con la fidelidad vital al espíritu de la Palabra de Dios.  No convenceremos a nadie si nos dedicamos a proclamar las teorías de moda o a ser mensajeros de ideologías pasajeras.  Como Jesús, debemos proclamar la verdad revelada por Dios desde el principio, aunque esa verdad sea dolorosa para los oyentes o aunque tengamos que pronunciarla contra corriente en un mundo que no quiere oírla o de ella se burla.  Como Jesús, hemos de ser poseedores y estar poseídos de la Palabra de Dios, conocida, meditada, asimilada, y sobre todo, hecha vida.  Como Jesús, debemos acompañar las palabras con obras concretas que muestren el amor de Dios.  Entonces tendremos autoridad.

 La asimilación del mensaje evangélico no puede hacerse en abstracto.  La Buena Nueva es para todos los hombres y para todas las culturas.  Por esto la proclamación evangélica debe ser inculturada, es decir, dentro de las coordenadas de tiempo y lugar en que nos ha tocado vivir.  Que a nadie le extrañe si la predicación hace alusión al aquí y al ahora que está viviendo aquel que escucha la Palabra de Dios.  Esto lo expresaba en forma muy viva Mons. Thiamer Toth: “La Buena Nueva debe ser proclamada teniendo en la mano derecha el Evangelio, y en la izquierda el periódico del día”.  Es muy cierto que la misión de la Iglesia no debe ser directamente social o política, sino religiosa y moral, pero también es muy cierto que su función religiosa y moral sería mutilada si no se empeñara en liberar a los hombres y a las comunidades de los espíritus inmundos como son la mentira, la injusticia, el egoísmo, la violencia, la corrupción y el pecado en general;  su misión sería desencarnada si no tratara con obras concretas de establecer el Reino de Dios, que es reino de amor y de paz, de justicia, de perdón y gracia.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6536Domingo, 29 de enero de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

En la primera lectura hemos escuchado la narración de la vocación o llamada de Dios a Samuel y en el evangelio se nos describe, de una manera muy sencilla, cómo Jesús hizo sus dos primeros discípulos: parece un encuentro casual, “Maestro ¿dónde vives?  Vengan y vean, y ahí se quedaron con Él todo el día”.  No sabemos qué dijeron, de qué conversaron, pero sabemos que decidieron quedarse con Él toda la vida.  Ahí nace el colegio apostólico, ahí comienza a formarse la Iglesia.

La vocación cristiana tiene características muy especiales, no se trata de una atracción hacia algo: una causa, una ideología, un partido o una ocupación;  se trata de una atracción hacia Alguien, se trata del seguimiento de una persona, Jesús, como alguien fundamental para la propia vida.  Es creer y sentir que Jesús es la razón de ser de la propia historia personal, se trata de un enamoramiento personal experimentando que Cristo es imprescindible para mí, que no puedo vivir sin Él.  La vocación, por tratarse de un enamoramiento, lleva a un encuentro y a un trato interpersonal: “¿Dónde vives?  Vengan y vean.  Y se quedaron con Él todo aquel día”.  Cuando llega el llamado de Jesús hay que convivir con Él, hay que trabar contacto constante con Jesús, presente en el alma, en la Eucaristía y en su evangelio.  No se puede tener vocación a larga distancia, no se puede ser cristiano por correspondencia, sino con el trato cercano, íntimo y personal en la oración.

También nos llama la atención el que la vocación no es para quedarse solos con Jesús y encerrarse en sí mismos contemplando el llamado: Andrés corrió a decírselo a su hermano Simón; Felipe a Natanael.  A Juan también lo encontramos de inmediato con su hermano Santiago siguiendo a Jesús. Los discípulos hacen discípulos;  participan con grande alegría su descubrimiento, su vocación.  Ser discípulo de Jesús de Nazaret es la nueva identidad personal.  Si ser cristiano “es dar razón de nuestras esperanzas”, como dice San Pedro, ser cristiano es comunicar a otros el centro de esas esperanzas, que es Jesús.  El cristiano debe sentir el doble movimiento del corazón: centrípeto, por el que atrae hacia sí a Cristo, y centrífugo por el que lleva a Cristo a los demás.

Ser discípulo de Jesús hoy en día significa esencialmente dos cosas: primera, imitar a Cristo, que  en sentido evangélico quiere decir seguir a Cristo y aprender de Él a hacer la voluntad del Padre, y segunda, testimoniar a Cristo, que nos compromete a decir al mundo lo que Jesús es y significa para nosotros, que nos impulsa a invitar a los demás a ir tras los pasos de Jesús.  Podría desarrollar ampliamente lo que significa un programa de vida, de imitación y de testimonio de Cristo, pero hoy quisiera mas bien reavivar y encender en cada uno de nosotros, el sentido de pertenencia, el sentido de nuestra vocación, descubrir lo que es ser discípulo, hasta tal punto que siempre que oigamos: “Jesús dijo a sus discípulos...”  sintamos que Jesús nos está hablando a nosotros y está esperando de nosotros una escucha atenta y una respuesta.

El lugar privilegiado de la vocación es la familia, ahí es donde se da el contagio de persona a persona para seguir a Cristo, así lo hemos visto en el evangelio, cómo los hermanos llaman a los hermanos.  El seguimiento de Jesús y la vivencia religiosa debe integrarse en forma muy natural en la vida familiar, aprovechando los momentos ordinarios, levantarse, acostarse, comer, domingos, etc. y los eventos extraordinarios, nacimientos, cumpleaños, fiestas, Navidad, Pascua, enfermedad, muerte, etc.  La Familia, como pequeña Iglesia, debe ser un espacio donde Jesús sea conocido y su evangelio transmitido, para que todos los miembros sean evangelizados y se conviertan en evangelizadores.  Los papás no sólo comunican a los hijos el evangelio, sino que también pueden recibir de ellos este mismo evangelio profundamente vivido...  una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y transforma el ambiente en donde vive.

Si queremos ser auténticos servidores de Cristo, conozcámoslo y tratémoslo en profundidad, y comuniquémoslo a los demás, sobre todo en nuestra propia familia.  Es más, alimentémonos de Él y llevémoslo también a los que están lejos.  Descubrámoslo presente en esta Eucaristía y contagiemos nuestro propio ambiente con su presencia.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6320Domingo, 15 de enero de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Basílica de Guadalupe con motivo de la Peregrinación de la Arquidiócesis de México.

 

¡¡¡ Descúbrenos, Señor, tus caminos!!!

 En este inicio de año, a los pies de nuestra Madre María de Guadalupe, los invito a que estemos unidos en esta petición: ¡¡¡Descúbrenos, Señor, tus caminos!!!

 En este día estamos iniciando el discernimiento sobre nuestro caminar pastoral, dando gracias por los dones recibidos y abriendo nuestro entendimiento y corazón a los signos de los tiempos que nos va mostrando el Espíritu en la Ciudad de México. 

Al cumplirse 20 años del II Sínodo Diocesano les hago presente algunas de las convicciones que fueron el alma de ese momento de gracia y siguen vigentes para nosotros hoy:

            Comprender que la ciudad es un lugar de misión.

            Aceptar que la Iglesia Arquidiocesana necesita renovar su práctica pastoral.

            Manifestar la decisión de querer optar por un nuevo y vigoroso proyecto misionero.

            Reafirmar que nuestra misión fundamental como Iglesia es testimoniar el Evangelio.

            Reconocer que todos los bautizados están llamados a convertirse en misioneros.

            Valorar que el Señor está presente, que vive en nuestra ciudad.

            Asumir el desafío que nuestra misión es evangelizar todos los ambientes culturales de la ciudad. 

Esa reflexión pastoral ha tenido un proceso de aplicación post-sinodal que hemos identificado como Misión Permanente, es decir, buscar que nuestra práctica pastoral habitual deje la actitud de conservación y se vaya convirtiendo en una actitud permanente de misión, que se traduzca en cercanía, diálogo y testimonio hacia todos los habitantes de la ciudad, especialmente hacia quienes se encuentran lejanos del influjo del Evangelio.

La peregrinación que hemos realizado esta mañana es signo del caminar pastoral que hemos estado viviendo. En el seguimiento de Jesús, acudimos a María de Guadalupe porque en ella tenemos un ejemplo que nos permite aprender a comunicar la Buena Noticia a todos con sencillez. 

La Palabra de Dios que hemos escuchado ilumina nuestra historia,  que el Señor está escribiendo como historia de salvación en los días que vivimos.

El profeta expresa el deseo más profundo del Padre: que todos sus hijos e hijas tengan un espíritu nuevo, un corazón de carne, capaz de compasión, capaz de misericordia. Es decir, con los mismos sentimientos de su Hijo Jesús. Vivir ese nuevo nacimiento es necesario para quien quiera ser discípulo misionero. 

También, la Palabra nos recuerda que el Señor es el protagonista real de la evangelización y de la renovación profunda que se realiza en nosotros para que podamos ser sus testigos donde nos ha puesto. Por eso, en lo poco o mucho que vayamos logrando y haciendo, debemos decir con sinceridad: siervos inútiles somos, no hemos hecho sino lo que teníamos qué hacer. 

Nuestra esperanza tiene su raíz en que hemos sido elegidos y llamados a participar en la obra de Dios sin merecerlo, sólo porque el Señor nos ama. Por eso, no sólo no debemos tener miedo de revisar nuestro trabajo, sino que este momento debe ser motivo de alegría y consuelo pues el Espíritu nos va mostrando el camino de renovación: escuchar con humildad la voz de los habitantes de la ciudad.

Las Orientaciones Pastorales que les entrego este día son una exhortación a valorar y a dar gracias; y, también, a evaluar para renovar y proyectar nuestros pasos con mayor fidelidad a la misión que el Señor nos sigue encomendando. Con la pasada Asamblea Diocesana se inició la planeación para la revisión pastoral. Vivamos a lo largo del año este proceso en todos los niveles de trabajo, escuchando y valorando las voces de dentro y de fuera del ambiente eclesial. 

Muchos acontecimientos providenciales iluminarán y motivarán esta etapa de revisión de nuestro caminar: 

  Especialmente, la cercana visita del Santo Padre Benedicto XVI, que sin duda traerá esperanza a todo el pueblo de México.

   El Encuentro Mundial de las Familias en Milán nos motivará a revisar a fondo una de nuestras principales prioridades pastorales.

  La realización del Congreso Eucarístico Internacional nos permitirá alimentar nuestra fe y unidad en Cristo Eucaristía que nos convierte en Comunidad.

 El Sínodo de Obispos sobre la Nueva Evangelización y la transmisión de la fe, será un impulso muy valioso en nuestro propio esfuerzo para llevar la Buena Nueva a todos los espacios culturales con los lenguajes y las formas que permitan que el evangelio sea apreciado y recibido.

  Celebrar el Año de la fe, que comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. Ese año, viene a ser para nosotros una gran ocasión para consolidar nuestro proyecto de pastoral misionera.

   También, desde el Domingo de Ramos comenzará la preparación a la Jornada mundial de la Juventud que se llevará a cabo en Río de Janeiro en el 2013. Para nosotros, en cuanto a la pastoral Juvenil, el año 2012 será muy intenso, pues viviremos la preparación a la Misión Juvenil que he convocado para el 2013, como un momento de renovación de nuestra atención pastoral hacia las nuevas generaciones. 

El año que estamos empezando tiene, entonces, una importancia notoria y debemos vivirlo con una intensidad de fe especial. 

La evaluación que realizaremos necesita del interés y de la participación de todos, de mucha apertura a la voz del Espíritu, de sencillez para asumir los resultados del análisis y de valentía para proyectar nuestros pasos con verdadera decisión de renovación pastoral. 

La Misión Juvenil, dirigida a las nuevas generaciones, será una experiencia que nos mueva a un nuevo espíritu de atención y acompañamiento de las personas. Encuentro personal que evangeliza y purifica nuestras actitudes, para que podamos convertirnos en Buena Noticia y mensaje de esperanza para la Ciudad. 

Esta vivencia de intensa renovación eclesial, debe alentar a todos los bautizados, en particular a los laicos, a tener una presencia más significativa en el ambiente social para colaborar en la construcción de relaciones humanas con mayor respeto a la vida y dignidad de las personas. 

También, debe ser un aliciente para participar activamente en el proceso electoral que tendrá lugar en nuestro país, con verdadera madurez ciudadana, dando ejemplo de responsabilidad y de compromiso, buscando el bien de todos en su decisión de voto, y sobre todo, más allá del voto, una mayor participación para que los derechos humanos sean una realidad  y nuestra democracia  crezca. 

A todos los Laicos comprometidos u organizados en movimientos y asociaciones, los convoco a que asuman un papel protagónico en la evaluación y proyección. De ustedes depende que nuestra Iglesia Arquidiocesana se haga más visible como Cuerpo de Cristo. 

A los Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada les quiero pedir un esfuerzo especial de comunión eclesial para unir fuerzas en la planeación y organización de la Misión Juvenil. Es una circunstancia que nos puede abrir muchos cauces de colaboración que no hemos podido aprovechar en todo su potencial. 

A los Ministros Ordenados, Diáconos y Presbíteros, les invito a vivir con profundidad y compromiso este momento de nuestro proceso pastoral. Su coherencia de vida, su entrega cotidiana son una motivación insustituible para cada uno de las comunidades cristianas que atienden. La evaluación pastoral es oportunidad para fortalecer nuestro servicio al Señor y a nuestras comunidades. 

A mis Hermanos Obispos, quiero pedirles que aprovechemos esta etapa de nuestro caminar para que se fortalezca y haga más evidente nuestra unidad Arquidiocesana. Esto debe quedar explícito en nuestros programas pastorales, en los criterios y objetivos de la formación de nuestros agentes de pastoral y en las metas que nos propongamos para asumir las prioridades sinodales. Recordemos que nuestro ser es Comunión y de ahí debe brotar nuestro quehacer misionero. 

Tenemos enfrente un año providencial. Sepamos vivirlo con entrega y amor a Jesucristo y a la misión que nos encomienda. Así podremos ser verdadero fermento de bien en nuestra Ciudad. 

Pidamos al Señor que nos descubra sus caminos y nos dé la fuerza para caminar tras sus huellas.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6317Sábado, 14 de enero de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

La Epifanía del Señor 

Hoy en la Iglesia universal celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor.  Epifanía en griego significa manifestación, revelación o aparición. Alguno se podría preguntar: ¿Qué acaso no se manifestó ya el Señor en la Navidad?  Por supuesto que sí, pero ahora celebramos la manifestación del Señor a todos los pueblos paganos representados por esos personajes misteriosos que llamamos Reyes Magos, celebramos la vocación universal a la salvación, la llamada a la fe a todos los que no éramos pueblo elegido y que en Cristo comenzamos a serlo.  Este es el significado que nos ha explicado San Pablo presentándose como apóstol y pionero de ese llamado universal a la salvación, de ese “misterio escondido por siglos y revelado en los últimos tiempos”. 

La narración que acabamos de escuchar sobre los Reyes Magos es todo un símbolo del itinerario de nuestra fe.  Esos personajes misteriosos venidos de oriente han dejado sus palacios, se han puesto en camino, comienzan a preguntar por el niño no pretendiendo descubrirlo por sí mismos, no se desaniman ante las dificultades cuando la estrella desaparece de su vista, reemprenden el camino y encuentran al niño y postrándose lo adoran a pesar de que es muy distinto a como se lo habían imaginado, pues no está en un palacio, ni tiene insignias reales, sino está en los brazos de María su madre.  Cristo sigue presente en medio de nosotros, pero es necesario buscarlo, 

esa búsqueda es todo un camino que no podemos recorrer solos, una búsqueda no exenta de dificultades, una búsqueda en donde habrá sorpresas, una búsqueda que debe culminar en un encuentro personal con Cristo, reconociéndolo como nuestro único salvador, adorándolo como nuestro Dios. 

La fe en Cristo ciertamente es un regalo, un don, que Dios nos ha hecho llegar por caminos muy diversos, pero esto no quiere decir que la fe sea algo extrínseco a nosotros, como si fuera un paquete que se guarda.  No, la fe es algo vital, algo que invade todo nuestro ser, desde el entendimiento, hasta la práctica, pasando por la voluntad y el corazón. Es ver, sentir, querer y hacer las cosas al estilo de Cristo, como Cristo nos ha enseñado en su Evangelio.  Y esto es algo maravilloso.  La fe no es algo estático.  La fe es como una semilla que se desarrolla constantemente, desde su siembra en nosotros por el bautismo, hasta dar frutos de buenas obras, para que los demás, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos.  La fe es algo dinámico, una experiencia de crecimiento continuo en el conocimiento y en la realización de los planes de Dios sobre nosotros. 

Si la fe es creer en Cristo y creerle a Cristo, ciertamente lleva consigo la aceptación de los misterios que él nos ha revelado.  Pero la fe no la podemos reducir a la aceptación de unas verdades, la fe es algo mucho más amplio, la fe es tener una visión del mundo, de las personas, de la vida y de la muerte, de la economía, de las relaciones humanas, del amor y del sexo, de la política y de la ecología, iluminadas por el evangelio que Él ha proclamado y que sigue resonando en su Iglesia, es ver las cosas bajo el prisma de lo divino, con “ojos nuevos”, distintos a los que emplea el hombre que no tiene fe. 

La fe a través de los siglos va creando tradiciones y cultura; va produciendo una estética, pues el creyente necesariamente produce realidades bellas; va formando un folklore, ya que la fe explota en mil manifestaciones; pero la fe es algo mucho más que todo eso, es algo personal, que afecta a cada uno en lo más profundo de su ser, es una respuesta que sólo cada quien puede dar desde lo más sagrado de su libertad.  Por supuesto que la fe nos lleva a la oración y a la plegaria continua, ya que si no creamos el ambiente para que Dios nos hable y responderle, nuestra fe se apaga, pero la fe no se puede reducir al ámbito de lo íntimo, sino que debe traducirse en obras que manifiesten esa fe en toda la actividad humana, personal, familiar, profesional y social. 

Así concebida la fe no puede ser un escapismo de la historia y de los problemas humanos, no puede ser una alienación del quehacer terreno, sino todo lo contrario, es un compromiso con todo lo creado, es una colaboración responsable con Dios que nos ha llamado para hacer presente su encarnación, para llevar este mundo a su plenitud, para iluminar las tinieblas, con el riesgo de sufrir el mismo rechazo que sufrió Cristo al llegar a este mundo.  La fe es fidelidad incondicional a Cristo, que se apellida “el Fiel”, por eso los cristianos nos llamamos desde el principio “los fieles”. 

La fiesta de los Reyes que hoy celebramos nos recuerda no sólo los regalos que estos personajes misteriosos le llevaron a Cristo, o los regalos que nosotros podemos hacer a los que son imágenes y presencia de Cristo, sino que nos recuerda el gran regalo que hemos recibido de la fe en Cristo, nos recuerda la vocación universal y misionera de esa fe, nos recuerda que el camino de nuestra fe no está exento de peligros y obscuridades, nos recuerda que la fe es toda una aventura que nos exige dejar muchas cosas y emprender caminos nuevos, nos recuerda que nuestra fe es auténtica sólo si termina en el encuentro personal con Cristo y si somos testigos de ese Cristo que se vino a manifestar como luz de las gentes: “Lumen gentium”.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6199Domingo, 08 de enero de 2012 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana

JESUCRISTO SE ENCARNA DE MARÍA VIRGEN POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO 

“Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

 Estamos celebrando la Navidad, tiempo de salvación en que Dios nos muestra su cercanía y su condescendencia por el inefable misterio de la Encarnación y del Nacimiento de su Hijo Unigénito. 

Nuevamente proclamamos con el “Símbolo de los apóstoles” nuestra identidad espiritual con Pedro: Creemos en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.  Creemos en Jesucristo, su Hijo único, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, se encarnó de María Virgen, se hizo hombre, padeció por nosotros, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos.  Creemos en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna. 

Es lo que creemos y predicamos con todo el corazón.  Es el centro de nuestra fe y la piedra angular de nuestras vidas.  Creemos que esa salvación viene a cada hombre y mujer sólo a través de un encuentro personal con Jesucristo vivo y que a través de dicho encuentro vienen la libertad, la paz y la alegría que el mundo no puede dar. 

Proclamamos un Dios que está vivo y presente, lleno de amor para nosotros, cuya presencia en nuestro mundo se manifiesta más perfectamente en la Eucaristía, a través de la cual Él nos alimenta con el pan de vida, de tal manera que podamos caminar en Él en el mundo de hoy, escuchando su Palabra a través de las Escrituras y la Iglesia, y así transformados por Su ejemplo y Su gracia, lleguemos a vivir no para nosotros mismos, sino para los demás (Cf. SC 7). 

Proclamamos a ustedes, queridos hermanos y hermanas, que sólo en Jesucristo, que vive entre nosotros, podemos encontrar la fuerza para vivir como hijos de Dios;  que sólo en nuestro encuentro con Él podemos encontrar la respuesta a los problemas de nuestro mundo y que sólo en Él podemos realizar la verdadera fraternidad y solidaridad. 

Hemos escuchado los sufrimientos de las familias que soportan cargas de diversa naturaleza que les oprimen;  de los jóvenes que se sienten perdidos en el mundo de hoy y que se les priva de la oportunidad de ganarse la vida y construir una familia;  de los jóvenes que pierden el bienestar de su hogar para irse a buscar mejores horizontes en el anonimato y la incertidumbre de las ciudades o de otros países;  de los niños de la calle que padecen nuestra falta de solidaridad y cariño;  de los inmigrantes que no son acogidos en su país de adopción;  de los trabajadores ocasionales que padecen enormes fatigas para conseguir el sustento diario;  de los miembros de las minorías que son víctimas de prejuicios y de injusticias;  de los pueblos autóctonos e indígenas a quienes no se les ha respetado en sus derechos y en su dignidad;  de los que viven solos y afectados por la enfermedad o la edad;  finalmente, de los que buscan a Dios y anhelan una plenitud en su existencia y que se interrogan sobre el sentido de su vida. 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, he proclamado nuestra fe común que nos une a través de dos mil años con Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, y mencionado algunos de los desafíos de nuestra Iglesia.  De cara todo el sufrimiento que vemos en el mundo, ¿debemos acaso descorazonarnos y desalentarnos?  ¿Qué podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿la aflicción? ¿la angustia? ¿la persecución? ¿el hambre? ¿la desnudez? ¿el peligro? ¿la espada?.  Con la fuerza del Espíritu Santo les decimos que Jesucristo ha vencido al mundo.  Él ha enviado el Espíritu Santo entre nosotros para hacer nuevas todas las cosas, para renovar la faz de la tierra. 

En todo esto vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado.  Este es pues, nuestro sencillo mensaje: ¡Jesucristo es El Señor!  Su resurrección nos llena de esperanza;  Su presencia en nuestro caminar nos llena de valor.  Les decimos, como el Santo Padre nos dice tan a menudo: “no tengan miedo.  El Señor está con ustedes en el camino, vayan al encuentro con Él”. 

El encuentro personal con Jesucristo, al que somos invitados especialmente en esta Navidad, nos conduce a la solidaridad, que es expresión necesaria de la caridad.  La solidaridad, comprendida en su totalidad, es compartir lo que somos, lo que creemos y lo que tenemos.  El Señor Jesús es el ejemplo perfecto de esto, ya que Él se despojó de Sí mismo para hacerse en todo semejante a nosotros, menos en el pecado (Cf. Hb 4,15).  La solidaridad nos impulsa a considerarnos los unos a los otros como hermanos, así como Jesús nos mira a nosotros.  Nos llama a amarnos mutuamente y a compartir los unos con los otros.  Comprende desde la caridad personal que nos obliga a acoger y servir al hermano pobre en nuestra comunidad, hasta la transformación de nuestra realidad social en un espacio más humano y fraterno. 

Llenos de confianza colocamos este mensaje de Navidad en manos de María, la Madre de Nuestro Señor.  En todos los países de América Ella es aclamada como Reina, Señora y Madre nuestra.  Especialmente la invocamos bajo el título de Nuestra Señora de Guadalupe.  Allí, en los inicios de la primera evangelización de América, Ella se presentó al Beato Juan Diego que había recibido en su corazón el tesoro de la fe en Jesucristo y le hizo portador del “Evangelio de América”, donde se proclama la presencia materna de la Madre de Dios y su deseo de que los moradores de estas tierras pudieran conocer  y amar al verdaderísimo Dios por quien se vive. 

Que Ella nos ayude a realizar el encuentro con el Señor Jesús, el Señor de la Vida, verdadero Dios y verdadero Hombre, para que impulsados por la fuerza del Espíritu Santo lleguemos al encuentro con Dios nuestro Padre en esta Navidad.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6041Domingo, 25 de diciembre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Card. Norberto Rivera Carrera en la Misa de Noche Buena en la Catedral Metropolitana de México

Solemnidad de Navidad.

Imaginémonos presentes ante uno de nuestros nacimientos populares: sólo la cueva está iluminada con una tenue luz, mientras que el entorno está en penumbra. 

En el lenguaje de la Sagrada Escritura, las tinieblas simbolizan todo lo que en la sociedad es confusión, autosuficiencia cerrada a Dios y a los demás, organización pensando únicamente en nuestras débiles fuerzas.  Esto provoca frecuentemente amargura, desesperación y hasta resignación ante las muchas cosas que no podemos hacer ni conseguir. 

“En ella (la Palabra eterna) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres;  la luz resplandece en la oscuridad, y la oscuridad no pudo sofocarla” (Jn. 1,4-5).  En medio de las tinieblas, basta una pequeña luz para que volvamos a orientarnos.  La luz evangélica que brilla en las tinieblas no es una simple exhortación a tratarnos bien unos a otros: se llama Jesús, hijo de María de Nazaret e Hijo Unigénito de Dios. 

Una vez que la luz ha sido encendida en Belén, nada puede ni podrá extinguirla.  Esta luz se convierte en certeza: en el nacido de Belén, Dios ama nuestra ciudad capital, a pesar de todas las tinieblas de nuestras familias, de nuestros jóvenes, de nuestros pobres y de nosotros mismos, somos amados por Dios en Jesús, y podemos colaborar en la construcción de un tejido social mas humano.

Contemplando el pesebre en el que fue puesto Jesús, contemplando la amabilidad de Dios Padre que vence nuestra desconfianza y nuestros miedos, contemplamos también la grandeza de la esperanza que nos aguarda.  “Te esperamos, Señor Jesús!  Ven, Señor Jesús”  (cfr. Ap. 22,20) es nuestra proclamación al celebrar la Eucaristía.

 La escena de la Navidad es una escena sin palabras.  Ni María, ni José pronuncian palabra alguna.  Es un acontecimiento que envuelve con su silencio.  Los mismos pastores que acudieron al llamado, simplemente contemplaron y adoraron. 

Y sin embargo todo lo que se ve en este cuadro hay que contarlo, hay que comunicarlo en el caminar de la vida.  La Navidad por sí sola es muy elocuente en su silencio.  “Cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados.  María, por su parte, conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón”  (Lc.2,18-19). 

La Navidad es la palabra de Dios, como lo fue para los pastores, para María y para José.  Es una palabra para nosotros que nos alegramos por el nacimiento de un Niño;  para los que como José, buscan una casa, un hogar donde habitar, un trabajo estable para sacar adelante la propia familia, un estudio para acceder a una profesión. 

Para entender el significado de esta palabra, necesitamos contemplar toda la vida del recién nacido, su infancia, su adolescencia, su juventud anunciando el misterio del Reino de Dios como vida, verdad, perdón, salvación, regeneración, y su misterio de pasión, muerte y resurrección, como cumplimiento definitivo y total de las promesas de Dios para nosotros. 

Al estilo de los pastores, tengamos el deseo de ver de cerca, deseemos comunicar lo que se nos ha dicho de este Niño.  Como María meditemos y conservemos estas cosas en el corazón, de modo que echen raíces y perduren a lo largo de todo el año 2012, sean cuales sean los acontecimientos que nos esperen y que tengamos que vivir. 

La Iglesia particular de la Arquidiócesis de México canta en esta noche santa de Navidad el nacimiento del Hijo de Dios, que es nuestra vida, que transforma nuestra existencia porque hace suyas todas nuestras miserias, deseos y esperanzas.  Jesús está en medio de nosotros para recomponer el tejido social dañado, para rehacerlo como verdadero tejido humano.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=6040Sábado, 24 de diciembre de 2011 8:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe

En este Cuarto Domingo de Adviento nos hemos reunido en la casa de la madre común, nuestra Señora de Guadalupe, para dar inicio a un Triduo de Oración por la Paz y la Reconciliación en México, tierra donde la dulce niña del Tepeyac ha querido poner su casa para mostrar su amor y compasión a todos los habitantes de nuestra atribulada y herida nación. 

La paz, don precioso de Dios, ¡cómo se anhela cuando se ha perdido! Y ante la pregunta de por qué se ha ido perdiendo la paz social, la respuesta es simple: porque no hemos sabido dar un “Sí” a Dios y nos hemos alejado de sus mandamientos: el amarlo a Él sobre todas las cosas, más que a nosotros mismos; el no matarás; el no robarás y no codiciarás los bienes ajenos y, por supuesto, el respeto a los demás. A todos estos mandatos de vida hemos dicho un ¡No! rotundo, siguiendo las inclinaciones egoístas de nuestro corazón endurecido y lleno de soberbia, y esto nos ha conducido a recoger como fruto de nuestra rebeldía la violencia, la brutalidad, la maldad, la corrupción, la mentira y la traición. 

La ausencia de paz no es porque Dios nos ha dejado solos, sino porque nosotros lo hemos abandonado y nos hemos burlado de su ley. Debido a una libertad mal entendida, hemos dado rienda suelta a nuestro libertinaje, hemos venido minando y destruyendo casi imperceptiblemente nuestras raíces cristianas y sus valores; se ha atacado deliberadamente a la familia, fundamento de toda convivencia social; se ha trastocado el don sagrado de la vida; se ha fomentado el desdén por la autoridad y su debida obediencia; se ha exaltado el materialismo y se ha endiosado el dinero y el poder, y esto ha traído como consecuencia la cosificación de las personas que se convierten en objetos, estadísticas, medios para alcanzar fines mezquinos; hemos perdido de vista que todo ser humano es hijo de Dios, con una dignidad inalienable, merecedora de respeto, de estima, compasión y perdón. 

Cómo contrasta hoy nuestra patria herida con el “¡Sí!”, firme y amoroso, de la Virgen María a la voluntad de Dios, una voluntad que no es un simple querer sino una verdad, y ante la verdad Ella se inclina, entra en su obediencia sin complicaciones y con sencillez. No es María quien descubre la verdad ni se adueña de ella; escucha atenta, pregunta y acepta con un sentido de profunda humildad: “Soy la esclava del Señor -le dice al Ángel-, cúmplase en mí, según lo que me has dicho”. ¿Y qué obtiene María como fruto de su obediencia? La paz que nace de hacer la voluntad de Dios, y la alegría que emerge de amarle sobre todas las cosas, con toda el alma, la mente y el corazón. 

María, la mujer creyente, la señora de la paz y la alegría, es también la mujer del Adviento, de la esperanza, pero una esperanza que se afianza en la convicción de que para Dios nada es imposible. Nada más alejado del ser cristiano que la desesperación; por eso hoy estamos aquí, porque creemos en la oración, creemos que la súplica constante y sin desfallecer puede cambiar nuestro país; puede convertir el corazón de los pecadores y criminales, no con la amenaza del castigo eterno, sino con la ternura y el amor del Padre mostrado en su Niño, nuestro Salvador, el Príncipe de paz que viene para salvarnos, para liberarnos de la mayor de las esclavitudes que es el pecado; su nacimiento en la humildad de la carne, nos conmueve, y su muerte violenta en la cruz nos estremece. Estos dos acontecimientos no están separados, son uno solo, es el grito de Dios en medio de la demencia del mundo que nos dice cuánto nos ama, y que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. 

Sí, el justo es amado por Dios, el miserable es amado por Dios, el pobre es amado por Dios, el pecador es amado por Dios, el criminal es amado por Dios, el agnóstico y el ateo son amados por Dios, el enemigo de Dios es amado por Dios. Pero Él no ama nuestro pecado, porque el mal nos destruye, ama nuestra persona y nos quiere libres de esclavitudes, de vicios, de odios, de violencia, de ambiciones y de soberbia. 

En México existe una sana separación entre el Estado y las Iglesias, al Estado le compete garantizar la seguridad y la gobernabilidad del país, y tiene las leyes coercitivas a su disposición para ejercer, de forma legítima, el poder que busca el bien de la sociedad, respetando en todo momento los derechos humanos. A las Iglesias nos toca procurar la salvación integral de todo ser humano, acercar a los hombres y mujeres de buena voluntad a Dios, hacer presentes en la sociedad los valores del reino sobre los que se construye una paz auténtica: la verdad, la justicia y la fraternidad. Jesús nos ha ordenado no devolver mal por mal, más bien rezar por nuestros enemigos y por quienes hacen el mal, y la fe en Jesucristo, además de la adhesión a su persona, es creer  que el amor es más fuerte que el odio, que el poder de la oración es más eficaz que el de las armas, que la gracia de Dios puede convertir al peor de los criminales y pecadores, y que Jesús, con su pasión dolorosa y su muerte violenta en la cruz, es el único que puede devolvernos este precioso y anhelado don. 

Estamos aquí porque creemos que el amor lo vence todo, porque creemos en la eficacia invisible de la oración, porque sabemos que si pedimos y suplicamos todos los días, Dios convertirá el corazón de los criminales y pecadores, y volverán arrepentidos a Él.

México tiene futuro, nuestra patria tiene esperanza. El corazón de los mexicanos es noble, amamos la paz, queremos la reconciliación, buscamos un futuro mejor para nuestros niños y jóvenes, queremos un país del cual sentirnos contentos y orgullosos, y lo alcanzaremos si todos nos avocamos a reconstruir el tejido social, a decirle a Dios un “Sí” alegre y obediente como el de María, si nos empeñamos en educar en los valores religiosos, éticos y civiles a las nuevas generaciones, si nadie se siente ajeno a este grave compromiso de ser constructores de la paz, de una verdadera “civilización del amor”, como incansablemente lo propuso el venerable pontífice Paulo VI.

Resulta providencial que este día en que iniciamos este Triduo de Oración por la Paz en México, estemos celebrando también los quinientos años del sermón predicado en la Isla de la Española, hoy Santo Domingo, por Antonio de Montesinos, un humilde y sensible fraile dominico que cambió la historia de nuestro continente al reafirmar la dignidad humana de los indígenas y cuestionar la legitimidad de la conquista impuesta con brutalidad y violencia. Quién diría que ese sermón del Cuarto Domingo de Adviento de 1511, sería el fundamento de lo que hoy llamamos “derechos humanos”. 

Las Iglesias, como signo de unidad en Cristo, estaremos unidas en la oración estos tres días, suplicando a Dios el don de la paz. Deseo con el corazón que todos los mexicanos, las autoridades, las instancias civiles y sociales, nos unamos en un solo propósito, cada cual desde su propio quehacer: construir y alcanzar la paz para nuestra amada nación. Ningún esfuerzo será pequeño, ningún afán será inútil, y nos deben alentar las palabras de Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. 

Que Jesucristo, Príncipe de la paz, y su Santísima Madre, María de Guadalupe, nos concedan la paz, paz que tanto anhelamos, deseamos y esperamos.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5948Domingo, 18 de diciembre de 2011 16:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

Domingo de Adviento

 A lo largo de tres semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos. Tres han sido los personajes principales que nos han ayudado en esta preparación: El profeta Isaías, el apóstol Pedro y Juan el bautista.  Ellos nos han trazado el camino que hemos de recorrer para recibir al Jesús de Belén y del Juicio.  Hoy, cuarto y último domingo de Adviento, cercanos ya a la Navidad, la Iglesia nos reserva sus mejores páginas preparatorias para la llegada de nuestro Salvador: La promesa de Natán en el segundo libro de Samuel y la narración de la anunciación por San Lucas.

La promesa de Natán es un texto base para entender la encarnación de Dios en nuestra historia.  Al deseo de David de construirle a Dios un templo grandioso en Jerusalén, la nueva capital del reino, para tener al mismo Dios como ciudadano, el profeta contrapone la decisión de Dios: El Señor más que habitar en el espacio sagrado de un edificio quiere estar presente en la historia y en la realidad concreta en donde está su Pueblo: “¿Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa para que yo habite en ella?...  Yo estaré contigo en todo lo que emprendas... y te hago saber que te daré una dinastía...  y tu casa y tu reino permanecerán para siempre...”  El templo proyectado por David es sustituido por el templo hecho de piedras vivas, esto es, por personas. Dios prefiere el “tiempo” al “templo” para permanecer cerca del hombre. 

Este “templo en la carne y en el tiempo” se hace realidad en Cristo. Ya San Juan, en el prólogo, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, lo mismo que San Lucas, en la narración de la vocación de María, siguiendo la profecía de Natán, nos precisan el sentido de la Encarnación y de la Navidad: “El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará para siempre sobre la casa de Judá y su reino no tendrá fin”.  Entonces María se convierte en la nueva Sión.  Así como sobre aquel monte de la Jerusalén Histórica se levantaba el símbolo vivo de la Presencia de Dios en la historia y en el espacio y el humo de los sacrificios y del incienso evocaba la trascendencia divina sobre el hombre, así María es el centro de la Jerusalén escatológica porque en su seno se presenta a la humanidad el Hijo de Dios y “la sombra del Altísimo la cubre”.  La línea viviente de la dinastía davídica, esto es, la historia de la salvación veterotestamentaria, ahora desemboca, a través de María, en la historia definitiva, con la presencia de Dios mismo, el “Emmanuel”, el Dios con nosotros. 

La narración de la anunciación, estructurada sobre un género literario muy conocido en el Antiguo Testamento, tiene su centro en el anuncio, para María y para nosotros, de la “concepción por obra del Espíritu Santo”, esto es, el Verbo se ha hecho carne por obra del Espíritu Santo, o lo que es lo mismo: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios.  El hombre ya tiene un hermano perfecto con el cual comparte la fragilidad y el sufrimiento de la carne. Jesús se definirá repetidamente a lo largo de su vida con el misterioso título de “Hijo del Hombre” y San Pablo nos hablará de Cristo como de un hombre “nacido de mujer”.  El concebido por obra del Espíritu Santo, a quien adoraremos en la próxima Navidad, es hijo de María y hermano de todos y cada uno de nosotros. 

El que Jesús haya sido concebido por obra y gracia del Espíritu Santo no sólo nos habla de la trascendencia de Cristo, sino también de que Jesús es fruto del amor de Dios a los hombres.  Que Jesús es fruto del Amor de Dios a los hombres se deduce fácilmente del hecho de que el Espíritu Santo, al que Gabriel le atribuye la fecundación de María, es el Amor infinito de Dios.  San Juan nos confirma que Jesús es El regalo del amor divino cuando nos dice: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único”.  La Navidad, por tanto, debe ser la fiesta del amor, de ese amor que no se queda en sentimientos, sino que se convierte en obras. 

Hoy María se nos ha presentado como el modelo de respuesta ante Dios que irrumpe en nuestra historia y en nuestra carne.  Ante todo, no al temor, y un sí definitivo a la alegría por la presencia de Dios en nosotros…“No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios”.  El cristiano no puede tener una religión del temor, sino de la gracia.  Por esto la característica del cristiano debe ser la alegría: “Alégrate, porque el Señor está contigo”.  La alegría fue la actitud de María: “Glorifica mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”, la alegría tiene que ser el tono vital del cristiano, porque Jesús nos asegura:  “Yo estaré con ustedes todos los días. Él es el Emmanuel, el Dios con nosotros.  El temor no nos puede invadir.  La alegría y el optimismo nos deben distinguir. 

En la próxima Navidad celebraremos la presencia de Dios en nuestra historia y en nuestra carne.  En la encarnación, lo que parecía imposible es realidad, el eterno y el tiempo se funden, lo infinito se mide en la historia, Dios se hace carne, “por obra y gracia del Espíritu Santo”. Dios prefirió el tiempo al templo, para que del templo salgamos a buscarlo, no en los horizontes nebulosos de espiritualidades desencarnadas sino en la cotidianidad concreta de nuestra historia y no en un solo rostro, sino en todos los rostros, porque en todos Dios está desde que el Verbo se hizo carne. 

Acerquémonos, como María, al misterio del Dios Encarnado, sin temores y con grande alegría, y como ella, ofrezcamos el sacrificio espiritual de nuestro cuerpo, para que por nuestros trabajos y esfuerzos, por nuestros labios y nuestros pies, por nuestra carne y nuestras capacidades, Dios entre en nuestra historia en este nuevo milenio. Acerquémonos a María, la nueva Sión, la nueva Jerusalén, en donde Dios acampó, en donde Dios ha puesto su morada, de donde nos vendrá nuestro único Salvador, de la cual ha nacido el Cristo, que llamamos Jesús. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5946Domingo, 18 de diciembre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana

1er Domingo de Adviento.

Durante el tiempo de Adviento la liturgia nos motivará con un doble movimiento: el primero y el más importante es la "acción" de Dios que sin dejar su trascendencia, baja a la tierra y toma nuestra carne: "Destilen, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al justo; que la tierra se abra y haga germinar al salvador". Por otra parte la liturgia provoca nuestra "reacción" para que dejando el sopor de la "noche" de pecado y de soledad, nos abramos a la aurora de "la manifestación de nuestro Señor Jesucristo*. El amor de Dios que se derrama y la esperanza del hombre que anhela la salvación se encuentran en el corazón del Adviento que en este domingo comenzamos a celebrar. 

En la primera lectura el profeta Isaías después de haber recordado una larga serie de intervenciones salvíficas de Dios, despreciadas por el pecado del hombre, lanza una hipótesis apasionante: el silencio actual de Dios es sólo una "táctica o estrategia" que el Señor ha diseñado para atraer a su pueblo elegido. Pronto el Señor aparecerá en nuestro horizonte y comenzará ese "movimiento" de amor al hombre: "vuélvete, por amor a tus siervos... Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia. Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia... Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos... Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos". Se trata de una sentida e intensa plegada para manifestar las ansias de encontrarse con Dios y comenzar la conversión del corazón, un camino nuevo, una vida nueva. 

También la acción de gracias que San Pablo ha expresado, en su primera carta a los Corintios, tiene este mismo dinamismo: Dios ha derramado abundancia de dones sobre esta comunidad "hasta tal grado, que no carecen de ningún don". Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y como respuesta o reacción a esta elección, los cristianos deben tener una esperanza activa y confiada: "Ustedes los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo". Con la seguridad de que el mismo Señor hará lo demás: "Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento".

 La breve parábola que nos ha trasmitido San Marcos está también redactada con este doble movimiento: El hombre que se ha ido de viaje, que está lejos, ciertamente vendrá y llegará de sorpresa. Ha dejado su casa encargada a sus colaboradores, a cada uno le ha encomendado lo que debe hacer y le ha pedido que esté en espera vigilante, pues no sabe a qué hora va a regresar: si al anochecer, a la media noche, al canto del gallo o a la madrugada. La reacción a la llegada del Señor no puede ser la del sueño, la indiferencia o la pereza; la reacción la señala el mismo evangelio: "Velen y estén preparados».

 El Dios que tanto nos ama y que esperamos, es un Dios sorprendente, sorprendente porque rasga los cielos y desciende no para hacemos una visita ocasional sino para permanecer con nosotros, es el Emmanuel, es el Dios-con nosotros, que pone su morada en medio de nosotros y nos acompaña en nuestro peregrinar. Sorprendente, porque puede llegar al anochecer, a la media noche, al canto del gallo o a la madrugada, o sea, en cualquier momento; su presencia no está ligada a momentos privilegiados y lugares especiales. Sorprendente, porque para recibirlo adecuadamente no hay que estar haciendo cosas extraordinarias ni montando espectáculos grandiosos, sino estar en su casa y haciendo lo que debemos hacer", viviendo en plenitud el momento presente y no con los miedos del futuro. Sorprendente, porque nos invita a discernir los signos de los tiempos, a andar por caminos de amor y de justicia. Sorprendente, porque no viene ante todo a exigir, a pedir cuentas, sino a dar, tal y como nos lo ha dicho San Pablo: "A enriquecernos con abundancia... a tal grado que no carezcamos de ningún don, los que esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo».

 El Señor sorprendente que viene a nosotros pide una reacción sorprendente en los que nos preparamos a recibirlo: sorprendente porque debemos tener una actitud dinámica y de discernimiento de los signos de los tiempos, sin dejarnos llevar por las actitudes o por las ideologías de moda, sin caer en la somnolencia o en la indiferencia frente a lo que acontece en nuestro mundo y sociedad. Sorprendente, para no dejamos llevar por la avalancha de derrotismo, quejumbre y lamentación, sino comprometidos en el presente con lucidez y realismo; vigilantes y trabajando por una sociedad más justa y fraterna que es lo único que puede ayudar a muchas personas a levantar la cabeza y a luchar contra la desesperanza.

 La Iglesia siguiendo los pasos de su Maestro "debe ser un amor que busca, un amor sorprendente". Debe buscar caminos nuevos para que el Evangelio y el amor de Dios llegue a donde todavía no ha llegado, llegue a los que por algún motivo pueden perder la esperanza. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5673Domingo, 27 de noviembre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana

Solemnidad de Cristo Rey

 El misterio de Cristo, de alguna manera, se nos revela a través de los nombres y de los títulos que encontramos en la Sagrada Escritura referidos a Jesús.  En la solemne ocasión de su juicio ante Pilato Cristo mismo se proclama: “Yo soy Rey, yo para esto nací”. La Iglesia, desde el año 1925 cierra el año litúrgico con la fiesta que hoy celebramos de Cristo Rey.

 Es muy importante entender bien la realeza de Jesucristo, no la podemos confundir con organizaciones políticas concretas, pero tampoco la podemos separar de toda realidad social e histórica, diluyéndola en algo demasiado etéreo o espiritualista.  Este título que Cristo se da a sí mismo lo debemos entender en el marco del Reino de Dios que Jesús viene a proclamar y a realizar.

 Las características del Reino de Cristo las escucharemos en el prefacio de este domingo. Es un “Reino de verdad y de vida” y por tanto todo lo que sea luchar contra la mentira, la falsedad, la hipocresía y la cultura de muerte que nos amenaza, es trabajar por el reinado de Jesús en la sociedad.

 Es un Reino “de santidad y de gracia”, por esto debemos luchar contra el pecado y contra toda clase de corrupción y debemos vibrar con ideales de virtud y de santidad. Sólo la santidad puede ser fundamento sólido para realizar la nueva evangelización al final de este milenio. Ser hijos de Dios en plenitud, vivir la vida de la gracia y permanecer unidos a la fuente de la santidad que es Dios, debe ser nuestro máximo anhelo en esta vida. 

Es también un Reino “de justicia, de amor y de paz”.  Sin quitar un ápice a la necesidad de la justicia para obtener la paz, los cristianos debemos enarbolar, sobre todo, la bandera del amor, si queremos vivir en armonía.  Si queremos implantar entre nosotros el Reino de Cristo debemos trabajar por alejar de nuestro medio toda clase de injusticia, de violencia y de odio.

 En el evangelio de San Mateo que hoy hemos escuchado vemos que lo que nosotros llamamos derechos humanos, con veinte siglos de adelanto, Jesús los proclama como las obras de misericordia que debemos realizar, especialmente entre los más necesitados y marginados, para que el Reino de Dios se haga presente: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, cobijar al sin techo, sanar al enfermo y liberar al encarcelado. 

El gran premio que Dios nos prepara en su Reino, la identificación de Cristo con todos los hombres, tienen que motivarnos a trabajar por el bien de los demás. El Papa, en repetidas ocasiones, nos ha convocado para trabajar por la civilización del amor. Ahora bien, esta civilización del amor supone algo más que gestos esporádicos de buena voluntad, de caridad.  Necesitamos una concepción de la vida calcada sobre la idea del amor, de la entrega al prójimo como camino de realización personal, tenemos que ser muy conscientes de la dignidad y de los derechos que todo ser humano tiene y debemos descubrir el aspecto trascendente de la vida humana.

 Luchemos sin descanso por la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz, que es luchar por auténticos valores, por una humanidad nueva y por Cristo Rey.  Si lo hacemos, escucharemos un día de labios de Jesús: “vengan, amados de mi Padre, hereden el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5639Domingo, 20 de noviembre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario. 

Igual que nuestros antepasados se llenaron de miedo pensando que el mundo se acabaría en el año 1000, ahora muchos están resucitando la profecía atribuida a los mayas. Lo cierto es que la única profecía segura es la de Jesús: "Nadie sabe ni el día ni la hora, sino sólo el Padre". Y la consecuencia de esa incertidumbre no debe ser vivir como si nunca fuera a llegar el final y mucho menos vivir llenos de angustia, sino vivir en plenitud y vigilantes como si el final pudiera llegar en cualquier instante: "Por lo tanto, velen, ya que no saben ni el día ni la hora". "Levanten sus cabezas porque su redención se avecina".

 Con la parábola de las diez vírgenes que salen al encuentro del esposo, Jesús ha querido describir la actitud de sus discípulos en el mundo y el significado mismo de su paso por esta vida. El Señor ha querido ayudarnos a responder la eterna e inquietante pregunta ¿Hacia dónde caminamos? Conociendo las costumbres nupciales de su pueblo, Jesús nos retrata un bellísimo cuadro en el que domina la actitud de vigilante espera. El ambiente es de suspenso, se sabe que el esposo llegará a recoger a la esposa de su casa. Todos están esperando, algunos aguardan en la esquina, otros se asoman por las ventanas, todos hablan del esposo y esperan que alguien lance el grito: "¡Ya llegó el esposo! ¡Salgan a su encuentro!". 

Esta es nuestra condición de peregrinos sobre esta tierra: saber esperar. Como cristianos estamos seguros que tarde o temprano nos encontraremos con la realidad de la muerte y que este acontecimiento, que en un primer momento nos parece trágico, es un acontecimiento que puede iluminar nuestro caminar. El saber esperar no es una actitud pasiva o un dejar que pase el tiempo simplemente, como el siervo que enterró el talento recibido esperando el regreso del patrón. Para las vírgenes de la parábola la espera está llena de dos preocupaciones: el tener las lámparas encendidas y el estar preparadas para salir al encuentro del esposo, que traducido a nuestro lenguaje significa: vigilancia y fidelidad. 

Fidelidad y vigilancia que se hacen imprescindibles y urgentes ya que no conocemos ni el día ni la hora. Ciertamente no lo sabían las vírgenes del Evangelio ni lo conocemos nosotros. Como no lo sabían nuestros hermanos que salieron de viaje con motivo del "puente" de la semana pasada y ya no regresaron a casa. Todos sabemos el "que" vamos a morir, pero no conocemos el "cuándo". ¿Esto significa que vamos a vivir como aguantando la respiración, pensando día y noche en la muerte, como paralizados y aterrorizados por este pensamiento? ¡De ninguna manera! ¡Al contrario! Significa valorar la vida y llenarla de contenido y de realizaciones, significa vivir en plenitud el tiempo que se nos ha concedido. La lámpara encendida significa la fe que se alimenta con buenas obras, o como dice San Pablo, "la fe que se hace activa en la caridad". San Francisco decía a los suyos, cuando sintió que su fin se acercaba: "Hermanos, comencemos a hacer el bien, porque hasta ahora es poco lo que hemos hecho". Cristo lo expresa con claridad cuando dice: "Caminen mientras hay luz". 

Pero además de esta actitud positiva ante la vida no olvidemos que la luz de las lámparas significa la esperanza. La parábola de las diez jóvenes está centrada en la espera del esposo que viene a recoger a la esposa para llevársela consigo. La vida del cristiano debe estar orientada entre la espera y la esperanza de la vuelta de Cristo Esposo que viene a celebrar las bodas definitivas y eternas con su Iglesia y con cada uno de nosotros. San Pablo nos recuerda, en la segunda lectura de hoy, esa vuelta de Jesús al final de los tiempos, que para cada uno de nosotros comenzará con la muerte personal. 

Terminemos nuestra reflexión dominical recordando la conclusión de la parábola: "El esposo llegó, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta". Esto mismo evocamos y anticipamos en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas cuando decimos: "Dichosos los invitados a la cena del Señor". Pidamos fervientemente al Señor que los que estamos celebrando el banquete eucarístico estemos un día celebrando el banquete eterno.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5546Domingo, 06 de noviembre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Escuchar Audio:

Al escuchar las palabras pronunciadas por Jesús podemos afirmar que ninguno de nosotros puede escapar de su enseñanza. Él es el Maestro único y tiene que corregir las faltas de nosotros que somos sus discípulos. Jesucristo es la Verdad y tiene que enseñar y mostrarnos la verdad, nos indica por dónde caminar, nos conduce a la Vida en abundancia. Su doctrina se dirige a sabios y sencillos, a los jefes y al pueblo, a los sacerdotes y a los fieles. Hoy su enseñanza se dirige especialmente al intelectualismo de los doctores de la Ley Mosaica y a las altas instancias de Israel. Los que hemos sido elegidos para hacer cabeza en el Pueblo Santo de Dios haríamos muy mal si no escuchamos estas palabras de Cristo como dichas también a nosotros.

Como una preparación a las fuertes palabras de Jesucristo encontramos en la primera lectura al profeta Malaquías quien se dirige a los sacerdotes de su tiempo y declara con fuerza: Se han desprestigiado ante el pueblo porque anteponen otras cosas a la Gloria de Dios". Ante estas palabras del profeta Malaquías no nos queda más remedio que bajar nuestra cabeza y meditar, ya que nos encontramos sumergidos en un período de tibieza y pobreza espiritual que nunca nadie hubiera imaginado. Somos pobres en fe, en vida espiritual, en vida de oración y en estima ante el mundo. Según el profeta, el desprestigio proviene de una triple causa: Primero, ser oportunistas y no tomar en serio la Gloria de Dios; Segundo, apartarse del camino de Dios para seguir el propio camino; y Tercero, guiarse por la acepción de personas, sin ver a quién maltratamos. Cuánta verdad encierran estas palabras proféticas que describen nuestro comportamiento hacia Dios, hacia el prójimo y hacia el mundo que nos rodea.

"En la cátedra de Moisés se sentaron escribas y fariseos..." previene Jesús. Conoce muy bien el abismo existente entre la enseñanza y el testimonio de vida. Con cierta frecuencia en la cátedra se sientan los que enseñan aunque no cumplan lo que enseñan a los demás, los demagogos, los maestros que venden falsas promesas, los gurús e iluminados que enajenan la mente de sus seguidores, los líderes religiosos incoherentes y los líderes populares que caen en lo mismo que están denunciando. Jesús no critica, ni tiene nada contra las cátedras, ni contra los maestros, ni contra los líderes, la crítica dura recae sobre la incoherencia de aquellos que actuamos como un antitestimonio de aquello que decimos creer.

Si somos sinceros este Evangelio tiene mucho que decirnos a todos, porque todos corremos el riesgo de caer en la inercia de la incoherencia, la inercia del inhumanismo y la inercia de la falsedad. La inercia de la incoherencia que es el abismo entre teoría y práctica, entre los principios en desacuerdo con los hechos. La inercia del inhumanismo, que es querer imponer leyes, obligaciones, reglamentos, normas de vida que son cargas, sin preocuparnos si son soportables o no, o cargas para los otros mientras nosotros nos sentimos exentos. La inercia de la falsedad, que es cubrir con apariencias exteriores el vacío de contenido interior y aquí lo de los amplios ropajes, ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, la inautenticidad e hipocresía.

Vivimos tiempos difíciles y vemos con tristeza cuán verdaderas son las palabras de Cristo en nuestra situación actual. Pero Jesús todavía va más lejos y profundo de lo que el pueblo esperaría. Para que nadie se escude o justifique su mal proceder por el mal proceder de otros Jesús sentencia fuertemente: "Hagan lo que les digan pero no imiten sus obras". El presunto o real mal ejemplo de los demás, aunque sean los líderes de la comunidad, no excusa del cumplimiento de los propios deberes.

Después de habernos detenido a mirarnos saludablemente en el espejo de los escribas y fariseos, a quienes fustiga Jesús en el Evangelio de hoy, también es saludable detenernos a considerar el programa presentado por Cristo a los suyos, como réplica a un modo de entender negativamente la religión.

Como base de la auténtica fe, Jesús nos revela que Dios es Padre: " A ningún hombre sobre la tierra lo llamen padre, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial". Con su estilo hebreo de fuertes contrastes, Jesús nos asegura que nadie como Dios merece el título de Padre. Cualquier paternidad, física o espiritual, palidece comparada con la de Dios. Es más, "toda familia toma su origen en Dios". En la actual crisis de paternidad y de familia que estamos atravesando, Jesús nos recomienda volver los ojos a Dios Padre, "que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos", para aprender a cumplir dignamente las relaciones paternales y familiares.

Cuando uno piensa en la enorme cantidad de indiferentes, alejados del influjo del evangelio, siente una gran responsabilidad, porque con o sin culpa, no reconocen al verdadero Dios, porque quizá sólo les hemos presentado caricaturas de Dios, repelentes y falsas. Es casi seguro que si tuvieran de Dios el retrato del único que merece con justicia el nombre de Padre, tal y como Jesús nos lo dejó, serían fieles creyentes conscientes y no huérfanos ignorantes de Dios. Sólo por esta maravillosa revelación ya merecería Jesús el título de Maestro con que hoy nos invita a llamarle. Esta es la gran aportación de Cristo a la historia de las religiones. "Hay alguna nueva mejor que la de saber que Dios es nuestro Padre?.

Finalmente, Jesús, nos traza en dos pinceladas lo que debemos ser los creyentes: "Todos ustedes son hermanos". Consecuencia lógica y cordial de la paternidad de Dios es la fraternidad entre todos aquellos que se sienten hijos del mismo Padre. Y pensar que todavía hay muchos que propugnan por una hermandad sin un padre común. Cuando uno cae en la cuenta de que tiene a Dios por Padre, deja la religión del miedo para vivir gozosamente la libertad del "Ama, y haz lo que quieras", porque sabe que nada hay más exigente que el amor verdadero. Del amor fraternal fluye espontáneamente la idea del servicio a los hermanos. Por eso Jesús concluye en el evangelio de hoy: "No se dejen llamar jefes, porque el jefe de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor". Si Jesús, el único jefe y Señor, afirma que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida, sus discípulos debemos servirnos unos a otros, como hermanos.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5504Sun, 30 Oct 2011 13:00:00 GMT
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

Domingo Mundial de las Misiones

 

¿Por qué en la Iglesia se les da tanta importancia a las Misiones?  Jesús nos clarifica esto después de su resurrección: “Como el Padre me ha enviado, así yo los envío...  Vayan pues y enseñen a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado”.  Por lo tanto el primer misionero ha sido Jesús que fue enviado al mundo por el Padre para anunciarnos el Evangelio.  Y Jesús, a su vez, funda su Iglesia y la envía a anunciar la Buena Nueva a todas las gentes, no sin antes haberle dado el Espíritu Santo para que pudiera cumplir este mandato. Por esto es tan importante para la Iglesia y para todos sus miembros la Misión, hasta tal punto que San Pablo exclama: “Hay de mí si no evangelizo"

En este sentido la Iglesia toda ella es misionera, es decir, enviada a anunciar el Evangelio al mundo entero:  "Toda la tierra es tierra de Misión".  Esta tarea se debe cumplir en cada familia, pequeña Iglesia;  en cada centro de trabajo y en cada Diócesis o Iglesia Particular, en donde siempre habrá tantos que por algún motivo se han alejado del influjo del Evangelio.  Pero el mandato de Jesús no se cumpliría si no vamos más allá de nuestras fronteras, a esos lugares y a esos ambientes en donde por primera vez está resonando la Buena Nueva o quizá en donde nunca se ha dado a conocer a Jesucristo.

 Una característica de nuestra fe es que es dinámica, debe ser comunicada;  no puede ser aprisionada, ni puede ser privilegio de un grupo, de una cultura o de un continente.  Es como el agua viva, la imagen es de Jesús mismo, para ser autentica debe correr.  Jesús la compara a la planta que crece, a la levadura que explota y fermenta toda la masa.  El que recibe la fe y no la trasmite a los demás es como el siervo inútil que entierra el talento que recibió.

 Todos conocemos de alguna manera las grandes etapas de ese dinamismo de nuestra fe: Al principio nuestra Iglesia rompe los lazos que la unían al mundo judío en donde y del cual nació.  De la tierra de Israel se ramifica al mundo greco romano.  En la Edad Media del seno del imperio romano llega a los pueblos bárbaros para anunciar la Buena Nueva, configurando la cultura europea.  Hace cinco siglos de Europa llego a nuestro continente el Evangelio.  Ahora es el momento de que desde nuestros pueblos llegue a otros que están lejos la buena noticia de la salvación en Jesucristo.

 Para anunciar el Evangelio Jesús manda a sus discípulos que curen a los enfermos, que les den de comer a los hambrientos, que enseñen a los que no saben.  Jesús los manda no sólo a salvar sus almas, sino a salvar a los hombres y mujeres, hombres y mujeres que tienen cuerpo, hambre, sed, frío, enfermedades y necesidades fundamentales que satisfacer para ser personas dignas.  La Iglesia para cumplir su tarea misionera además de palabras debe llevar a los más necesitados obras concretas que  hablen del amor de Dios. La Iglesia tiene plena conciencia de que su tarea misionera esta íntimamente ligada a la promoción humana.

 En los orígenes de la Iglesia había plena conciencia de que esta tarea era de toda la comunidad, la cual se sentía íntimamente ligada a los misioneros que enviaba, cerca o lejos.  Había un intercambio continuo entre comunidad y misioneros, ya que el misionero no llevaba su fe personal sino la fe de la Iglesia.  Este día y siempre debemos tener conciencia de que debemos sostener a nuestros misioneros con la oración constante, la practica de nuestra fe y con nuestros bienes materiales. La fe en la Iglesia circula como en vasos comunicantes: Si somos una comunidad viva, comprometida, practicante, nuestros hermanos que salen a anunciar la Buena Noticia se sentirán sostenidos y apoyados.  Es cierto que no todos podemos salir, pero también es cierto que todos podemos hacer algo para que el Evangelio sea conocido.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5426Domingo, 23 de octubre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

XXIX Domingo Ordinario

  ¿Puede la Iglesia meterse en política? ¿debe hacerlo? Y si puede y debe hacerlo ¿cómo?  He aquí una triple cuestión de gran importancia y actualidad.  El pasaje evangélico de hoy nos ilumina cómo conciliar vida de Iglesia y política. Cómo conciliar estos dos elementos, para superar uno de los problemas más serios que tenemos a nivel nacional, la separación entre fe y vida.

  Hemos escuchado cómo Jesús sale airoso de la trampa que le han puesto: si defendía el pago del impuesto, se le podía acusar de colaboracionista con el imperio invasor, y si se oponía al pago del tributo, podía aparecer como peligroso y rebelde a la autoridad.  Jesús, partiendo de la premisa, de que el reino del César y el Reino de Dios no necesariamente se oponen, acuña una sentencia doctrinal decisiva para iluminar la conducta de los hombres ante la autoridad humana y divina, las relaciones de los ciudadanos con el estado, y de todos con Dios: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.  Así Jesús establece, algo desconocido hasta ese momento, la necesaria separación  entre religión y política, entre la Iglesia y el Estado.  Separación no quiere decir contraposición y menos mutua negación.

  La primera afirmación de Jesús es una rotunda defensa del respeto y la obediencia que se debe a la autoridad civil legítimamente constituida o aceptada por el pueblo.  El alcance del poder temporal tiene un horizonte muy amplio, tiene su legítima autonomía, como lo declaró el Concilio Vaticano II.  Abarca todo aquello que está destinado al bien de la comunidad, al marco jurídico-legal aprobado por la mayoría del pueblo o de sus legítimos representantes.  Hay que obedecer al gobierno en todas las leyes y normas que tienen como meta los derechos humanos y sus deberes correspondientes.

  En contrapartida, la autoridad civil tiene como límites todo aquello que va en contra de los ciudadanos, porque el poder del gobernante no tiene más función que el servicio efectivo al pueblo que lo eligió o aceptó.  Cuando la autoridad se sale del marco legal desde donde puede y debe gobernar, no hay obligación de tributarle obediencia, y si se opone abiertamente a los derechos humanos fundamentales, entonces hay que negarle la obediencia.

 Pero, ¿y si se opone a los derechos divinos?  ahí está la segunda limitación del poder civil, sancionada por la sentencia de Jesús:  “Dad a Dios lo que es de Dios”.  Por una parte, esto significa que la autoridad humana no es absoluta.  Aunque tiene como campo de su autonomía el bienestar social, este mismo bien exige que respete la ley natural, el proyecto de Dios sobre el hombre y no se oponga a él con leyes injustas o inhumanas.  Pero también, respetando positivamente a Dios, para lo cual no hace falta que se ponga su nombre al frente de la Constitución, pero sí que se respete su presencia en la conciencia de los creyentes, para lo cual los gobernantes deben legalizar y proteger en la práctica la libertad de conciencia, de religión y de culto, a fin de que los ciudadanos puedan profesar, privada y públicamente su amor y respeto a Dios, como individuos y como grupo, en la intimidad de su vida y en la sociedad en que conviven.  Este deber de “dar a Dios lo que es de Dios” no sólo compete al Estado, sino que urge también a cada uno de los hombres y sociedades intermedias, que debemos poner la obediencia a Dios por encima del respeto al César.

 Siendo la Iglesia la continuadora de Jesús en la historia, podemos concluir que puede y debe meterse en política como lo hizo Jesús.  Es decir, recordando a los cristianos y a los hombres en general que deben obedecer y respetar a la autoridad en todo y sólo aquello que se dirija en bien de la comunidad. Y recordando a la autoridad civil que sólo tiene poder para legislar en favor de los derechos y deberes humanos sin oponerse a los divinos.  Si la Iglesia quiere ser fiel a su Maestro no puede descuidar la dimensión social del cristianismo, que nos manda dar al César lo que es del César, obedeciendo todas las leyes justas, pero también, defendiendo siempre la dimensión religiosa de la vida humana, que nos ordena dar a Dios lo que es de Dios.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5384Domingo, 16 de octubre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo primado de México en la Peregrinación Anual de Enfermos, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Queridos hermanos y hermanas, como ya se ha hecho una tradición, cada año nos reunimos aquí, en la casa de nuestra dulce Madre del Tepeyac, para experimentar su consuelo y ternura: “¿Que no soy yo tu salud?”, nos dice con una compasión que se abaja hasta nosotros para tomar sobre sí nuestras miserias y sufrimientos, y llevarlos bondadosa hasta su Divino Hijo, como prenda preciosa de todos ustedes que, por el sufrimiento, han sido asociados a la Pasión de Cristo. 

En la Primera Lectura que hemos escuchado, el Profeta Isaías se hace portavoz del pueblo que contempla a distancia el drama del Siervo de Dios que sufre. Esta situación de dolor no es a causa de los pecados cometidos por el que padece, y de ahí el estupor y el escándalo que surge en la voz del profeta por el sufrimiento del inocente: “¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? Triturado por el sufrimiento, portador de nuestros dolores, lo tuvimos por despreciable, castigado por Dios y humillado, despreciado por los hombres”. Y así, contemplamos también nosotros al Siervo inocente, castigado por Dios y despreciado de los hombres, y nos preguntamos: ¿Por qué? Y el profeta responde: “¡Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus heridas hemos sido curados!”. 

Sí, es justo, como lo hizo Job, lanzar en medio del sufrimiento del inocente la pregunta a Dios: ¿Por qué? Y Dios no la evade, nos responde levantando en lo alto a su Hijo Crucificado, al inocente, al que no tenía pecado, traspasado por nuestras rebeliones, desfigurado hasta el punto de no tener ya aspecto humano, y el Padre Eterno contesta como el profeta: por sus heridas hemos sido curados, por la brutal violencia padecida en la Cruz nos ha conquistado la paz. 

Sabemos, hermanos y hermanas, que el amor no es sólo un sentimiento; si eso fuera, se convertiría en algo efímero, sin sustento, porque fugaces y volubles son nuestras emociones. El amor, según nos ha enseñado Jesús, es una entrega de la propia vida a favor del que se ama, es buscar en primer lugar su bien, su felicidad; pero ésta es la primera etapa del amor, pues hay una que es más perfecta: sufrir por quien se ama, sacrificarse a favor de él, y eso es justamente lo que ha hecho Jesucristo, se ha entregado por nosotros, ha padecido por nosotros, ha pagado el castigo que merecían nuestras rebeldías y pecados.

 Ahora bien, si Cristo ha pagado por nuestros pecados, ¿por qué continúa el sufrimiento en el mundo?, ¿por qué los inocentes siguen padeciendo y parece que triunfan los malvados? Tenemos dos respuestas a esta grave interrogante. Primero: porque el pecado sigue existiendo y por el pecado entró el sufrimiento y la muerte en el mundo. Y segundo: la naturaleza humana es frágil y en su desarrollo natural nos lleva al deterioro y a la muerte.

 El sufrimiento –no sólo el físico sino el moral– puede tomar dos caminos: el sendero del que no tiene fe y vive angustiado temiendo que éste llegue; y cuando arriba, lo vive con rabia, tristeza y desesperación. El otro camino es del que tiene fe, que aún sin dejar de temerle al sufrimiento, es capaz de aceptarlo con paz, amor y hasta alegría, y abrasarse a la cruz de su Señor Crucificado para, como dice san Pablo, crucificarse con Cristo y desde ahí entender que el sufrimiento, lejos de ser destructor, se vuelve en redentor, se transforma en santificador, porque al unir nuestro dolor al de Cristo se funde un uno solo, y entonces es ese mismo amor que sufre, y que sufriendo salva.

 Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros –nos dice san Pablo en la Segunda Lectura-, nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso. Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Y así, queridos hermanos y hermanas, ustedes mismos no saben cuán precioso es su sufrimiento para la Iglesia, no imaginan cuanto pueden hacer por las personas que aman y por la conversión de los pecadores, por la propagación del reino de Dios, por sus pastores, por los que sufren sin esperanza, por los que viven sin sentido.

 No cabe duda que los pobres y los enfermos son el tesoro de la Iglesia, son los preferidos del corazón misericordioso de Jesús y del amparo de su piadosísima Madre. Queridos hijos míos, siéntanse profundamente amados por Dios, experimenten en su dolor el privilegio de abrazarse a la Cruz de Nuestro Señor. No están solos, la Iglesia está con ustedes y ustedes sostienen con su sacrificio a la Iglesia.

 No, ustedes no viven una desgracia sino una gracia, la de estar unidos al dolor redentor de Cristo, la espera gozosa de la corona de gloria que recibirán como premio del sufrimiento padecido, y la paz, la paz que es un regalo de Dios, pero que se conquista cuando vencemos nuestro egoísmo y entendemos que amar es entregarse y sufrir por quien amamos.

 San Francisco de Sales, en su espléndida obra Tratado del amor de Dios, nos dice: “El Salvador nos conocía a todos por los nombres y apellidos, pero sobre todo pensó en nosotros con un amor particular cuando ofreció sus lágrimas, sus oraciones, su sangre y su vida por nosotros… El monte Calvario es el monte de los amantes. El amor que no tiene su origen en la Pasión de Jesús es frívolo y peligroso. Desgraciada es la muerte sin el amor del Salvador; desgraciado es el amor sin la muerte de Jesús. Amor y muerte están tan íntimamente unidas en la Pasión del Señor que no pueden estar en el corazón uno sin otro. En el Calvario no se alcanza la vida sin el amor, ni el amor sin la muerte del Redentor; fuera de allí, todo es muerte eterna o amor eterno, la plena sabiduría cristiana está en saber elegir bien”.

Y ustedes hermanos han elegido bien, han escogido abrazarse a la cruz de Cristo, han elegido amar con el amor de Él. No dejen de ofrecer al Padre lo más precioso que tienen: su sufrimiento, por todos los hombres, por este México que sufre la violencia, la pérdida del sentido de la vida y de la dignidad humana. No dejen de pedir por la conversión de los pecadores, de los criminales, de los corruptos, de la clase política y también por sus pastores para que seamos fieles únicamente a Dios y a su Iglesia. No dejen de rogar por los que sufren sin el consuelo y la esperanza de la fe.

 Así como el sacerdote toma el pan y el vino para ofrecerlos a Dios, pidiendo que los convierta en el Cuerpo y la Sangre del Señor, así ustedes, tomen su vida y sufrimiento y ofrézcanlo al Señor como una ofrenda preciosa y agradable por su propia salvación y por la salvación del mundo. Dios verá con agrado su sacrificio y transformará su dolor y sufrimiento en bien para la humanidad y en paz para sus corazones que hallarán descanso en Cristo, porque su yugo es suave y su carga es ligera.

Que María, la Madre de Dios, les alcance la fortaleza para que, como ella, puedan permanecer de pie ante la cruz, con la esperanza y el consuelo que detrás del sufrimiento está la gloria y la felicidad plena que no tendrá fin.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5370Sat, 15 Oct 2011 00:00:00 GMT
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en el 17° Encuentro Mariano Juvenil de Cancún


08 de octubre de 2011

Me alegra mucho y agradezco de todo corazón la invitación para presidir esta celebración de la Clausura del Año de la Juventud, evento que corona los trabajos pastorales 2010-2011 de esta Prelatura de Cancún-Chetumal, dedicados a la juventud, y que han querido unir a la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud 2011, en Madrid, presidida por el Santo Padre Benedicto XVI.

 Con  este evento clausuran el Año de la Juventud y dan inicio al Año de los Laicos.  Por ello quiero compartir esta reflexión encontrando en la figura de la Virgen María el camino y ejemplo a seguir.

 María eternamente joven.

¿Qué sentido y valor  tiene la juventud para la Iglesia?

La Iglesia reconoce que los jóvenes son un motivo de esperanza y que anidan en su corazón deseos de cosas nuevas, de abrir nuevos caminos, de transformar la sociedad, de rebeldía ante situaciones que les impide realizarse. Pero la Iglesia también les recuerda que esto solo es posible si se atreven a seguir al Señor, que es el Camino, la Verdad y la Vida; y les presenta la figura de María como el modelo de discípulo fiel, como Madre  y Maestra que siguió apasionadamente a su Divino Hijo, fruto bendito de su vientre.

 Muchos jóvenes se afanan en buscar respuesta a muchas inquietudes de su alma, pero lo hacen en la obscuridad. María se presenta ante ellos como una jovencita abierta a Dios y que encuentra en Él la luz y la fuerza, el sentido de su vida y  todo cuanto necesita.

 Ella nos enseña que la sed de felicidad y la necesidad de amar y sentirse amado solo la satisface Dios. En esta actitud de fe María recibe la gran noticia del Ángel, que Dios le ha elegido para ser la madre de su Señor; así, abierta a  la acción del Espíritu Santo nos enseña que el amor se concreta en disponibilidad, entrega, servicio, en una palabra: convirtiéndose en ofrenda al Señor. Así lo asumió ella al aceptar y ser la madre de Verbo Encarnado, del Hijo de Dios, de Jesucristo, el eternamente joven; el mismo ayer, hoy y para siempre. La primera en experimentar esta realidad es María que participa ya de la perenne juventud de Dios, quien es más joven que todos porque es inmutable y eterno. Dios es  «eternamente joven», porque es eternamente Vida en plenitud, porque Él es la Vida.

 Al estar en plena comunión con Dios, es decir, al vivir en gracia por la vivencia de los sacramentos, al margen de la edad cronológica que tengamos, participamos de su juventud y nos volvemos fecundos, capaces de trasmitir vida. Esta convicción nos ha llevado a vivir la recién pasada JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2011, en Madrid, España. Siguiendo las enseñanzas del Santo Padre Benedicto XVI, el tema de la jornada  fue el texto de San Pablo “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2,7).

 En la etapa de la juventud pareciera ser que lo que más importa a los jóvenes es el trabajo y un porvenir asegurado en lo material. Sin embargo, hay una inquietud profunda en el corazón de los jóvenes: buscan lo grande, no quieren ser mediocres y aspiran a retos en todos los campos. De hecho el hombre esta creado para lo que es grande, para el infinito. La intuición de San Agustín nos ayuda a entender que esta aspiración a lo grande es signo de que Dios nos ha creado, de que llevamos “su imagen”, de que solo en Él puede descansar nuestro corazón.

 La cultura actual tiende a excluir a Dios, a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Este modo de razonar es un contrasentido pues se pretende eliminar a Dios para que el hombre viva, se priva al hombre de la fuente de la vida. Es innegable que el joven necesita puntos de referencia estables para construir su vida. El relativismo para el cual todo le da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera libertad, sino inestabilidad, confusión y conformismo, además del miedo ante los retos que la vida presenta.

 El tema de la Jornada “Arraigado y edificado en Cristo, firme en la fe” nos invita a profundizar ayudados por tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan: “edificado” se refiere a la construcción;  “firme” alude al crecimiento de la fuerza física o moral. En el texto original las tres expresiones, desde el punto de vista gramatical están en pasivo: Quiere decir, que es Cristo mismo quien toma la iniciativa de arraigar, edificar y hacer firmes a los creyentes.

 La primera imagen del árbol firmemente plantado en el suelo con profundas raíces que le dan estabilidad y alimento, y que es capaz de soportar las adversidades y tormentas, nos ayuda a preguntarnos ¿Cuáles son nuestras raíces? De manera natural podemos decir que son los padres, la familia, la cultura de nuestro país, y de una manera sobrenatural y misteriosa es Dios. En las Sagradas Escrituras echar raíces significa volver a poner la confianza en Dios, de Él viene nuestra vida, sin Él no podemos nada. Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14,6), la fe cristiana no es solo saber la doctrina de nuestra fe sino, sobre todo, es una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza con plenitud.

 Existe un momento en la juventud en el que cada uno se pregunta ¿Qué sentido tiene mi vida?, ¿qué finalidad?, ¿qué rumbo debo darle? Es una etapa fundamental que puede turbar el ánimo de los jóvenes. Necesitamos escuchar al Señor, estar con Él para encontrarme conmigo mismo y responder a su santa voluntad.

 Urge proclamar el Evangelio, la omnipotencia de Cristo muerto y resucitado es el fundamento de nuestra vida, el centro de nuestra fe cristiana. Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la cruz para ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargo con nuestros pecados, nos consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y del temor a la muerte.

 No pocos, por causa de su testimonio de fe en Cristo, sufren en sí mismos la discriminación que lleva al desprecio y a la persecución abierta o larvada, se les acosa queriéndolos apartar de Él privándolos de los signos de su presencia en la vida pública, y silenciando hasta su Santo Nombre.  El Santo Padre Benedicto XVI ha repetido en muchas maneras: “Pero yo vuelvo a decir a los jóvenes con todas las fuerzas de mi corazón: que nada ni nadie os quiten la paz., no os avergoncéis del Señor. Él no ha tenido reparo en hacerse uno como nosotros y experimentar nuestras angustias para llevarlas a Dios, y así nos ha salvado”

 En este contexto, es urgente ayudar a los jóvenes discípulos de Jesús a permanecer firmes en la fe y asumir la bella aventura de anunciarla y testimoniarla con su propia vida.  Hemos de pedir a Dios que les ayude a descubrir su vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar con valentía y generosidad el camino que Cristo nos proponga.  A muchos los llama al matrimonio, deben reconocer la belleza y bondad de este camino, concientes de que solo en un ámbito de fidelidad e insolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial. A otros, en cambio Cristo los llama a servirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada. Que hermoso saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: “¡Sígueme!” (cf. Mc 2, 14).

 El papel de los laicos en las realidades temporales.

Como decía al principio, con  este evento se clausura el Año de la Juventud y da inicio al Año de los Laicos. La participación de los laicos  en la animación cristiana del orden temporal y  político es insustituible. El Magisterio de la Iglesia es insistente en este tema y recomienda vivamente a los fieles laicos participar en las asociaciones en las cuales van a realizar mejor su vocación. Estimula la vertebración  social de los cristianos a través del trabajo coordinado y exige a los responsables establecer la formación necesaria para la labor de sus miembros.

 El Concilio Vaticano II ha reconocido el papel de los  laicos para ordenar las realidades temporales según Dios y alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan el peso de las correspondientes responsabilidades (Cfr. LG, 34; GS, 75).

 El Beato Juan Pablo II, nos decía en la Exhortación Apostólica Christifideles Laici (42) que para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad— los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la «política»; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común.

 El Santo Padre Benedicto XVI señala la responsabilidad de los laicos de actuar en los diversos ámbitos de la cultura, la justicia, la economía,  lo social y lo político. En la Carta Encíclica Deus Caritas Est, recuerda que el ámbito de la acción política en la ordenación de la sociedad, en la implantación de la justicia, cuyo fruto es la paz, es tarea que corresponde a los laicos.

 Querido jóvenes, la vocación a la santidad que por el bautismo hemos recibido exige que, arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe, no tengamos miedo y nos lancemos mar adentro, nos invita a no avergonzarnos de nuestra condición de cristianos, y llenos de un santo orgullo sigamos el ejemplo de María, la mujer joven a la que invocamos llenos de confianza como Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Salud de los enfermos, pero también le reconocemos como Causa de nuestra alegría, Vaso precioso de la Gracia, y muchas otras cualidades y virtudes que le recitamos en el santo rosario.

 Para terminar quiero traer a la mente y corazón de todos los participantes en este Encuentro Mariano Juvenil las palabras de Santa María de Guadalupe que nos llenan de confianza y fortaleza en medio de nuestras luchas:

 “Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive… Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas… ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa….”.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5305Domingo, 09 de octubre de 2011 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

XXVI domingo ordinario

 El domingo pasado, a propósito de los trabajadores contratados a distintas horas y que todos reciben un denario, se nos clarificaba cómo en realidad, el cielo es misteriosamente al mismo tiempo salario justo y regalo generoso, o dicho de otra manera, nuestra salvación es totalmente obra o don gratuito de Dios y al mismo tiempo también es fruto de nuestra colaboración y recompensa por nuestra respuesta libre al llamado del Señor. Las lecturas de este domingo, tratan especialmente este segundo tema, el tema de la responsabilidad personal en la obra de responsabilidad personal en la obra de la salvación, el tema de la respuesta a Dios nuestro Padre con palabras y con obras. San Agustín lo expresa maravillosa y sencillamente así: "Aquel que te creó sin ti, no te salvará sin ti». La prueba de esta libertad que el hombre tiene es su capacidad de convertirse del mal al bien, de pasar de la maldad a la bondad, y también al contrario, su capacidad de pervertirse, de pasar del bien al mal. Por su libertad el hombre no es esclavo de su fatalidad, nadie está atado irremediablemente al bien o al mal, nadie es esclavo de su pasado.

 Hemos escuchado cómo el profeta Ezequiel quiere deshacer las ideas fatalistas que sus contemporáneos tienen del pecado y de la salvación. Los israelitas en el exilio murmuran y van diciendo: "Nuestros padres comieron uvas agraces y nosotros sufrimos la dentera", es decir, nuestros padres pecaron y nosotros estamos sufriendo las consecuencias. El profeta se opone con gran fuerza este modo de pensar diciendo: "Dios no castiga a los hijos por las culpas de su padres, o a los padres por las culpas de sus hijos... Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió. Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.

 Jesús ilustra esta misma verdad, a sus oyentes de hace dos mil años y a los que estamos en el tercer milenio, con la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en su viña. Algunos judíos y en especial fariseos, esperaban que el Mesías viniera a confirmar el cómodo esquema: la salvación es para los que pertenecen al Pueblo escogido y no para los paganos o para aquellos pecadores públicos que se han apartado de las normas de nuestro pueblo. Para Jesús no basta ser hijo de Abraham, no es suficiente reclamar los privilegios de sangre o de pertenencia a instituciones o ritos: La salvación es una cuestión personal que se decide por la actitud que tomemos ante Dios y ante el anuncio del Evangelio de Cristo. Dios quiere que todos los hombres se salven. Todos somos llamados a la salvación nadie está excluido, excepto el que no quiera responder. Dios puede hacer hijos de Abraham de las mismas piedras, es decir de los pecadores más insensibles. Por esto el publicano salió justificado del templo y no así el fariseo.

 Jesús nos dice que proclamarse públicamente creyente, sin vivir con sinceridad el compromiso cristiano, es mentirle a Dios, como el hijo de la parábola, que le dice "sí" al padre, pero luego no va a trabajar a la viña. Actitud peor que la de quien dice que "no", como el otro hijo, pero que sí va a trabajar a donde el padre lo ha enviado. No podemos mantener la hipocresía de vivir un divorcio entre fe y costumbres, entre teoría y práctica: "No todo el que me dice 'Señor, Señor', entrará en el Reino de Dios, sino el que cumple la voluntad del Padre Celestial".

 Pero no nos engañemos creyendo que Jesús alaba sin más a los pecadores públicos, a los que vocean su ateísmo o su libertad de costumbres. Cuando asegura que las prostitutas y los publícanos llevan delantera a los creyentes no practicantes, se refiere a los pecadores arrepentidos, a los que hacen caso a la Palabra de Dios y cambian su vida. La descalificación de los fariseos y sacerdotes no les viene por creyentes, sino por no practicar lo que dicen que creen, y porque no se arrepienten de su hipocresía crónica. Jesús alaba a las mujeres públicas que, como la Magdalena y la pecadora de los siete demonios, se convierten en mujeres ejemplares. Jesús alaba a los publicanos que, como Mateo, lo dejan todo para seguirle, o como Zaqueo, que devuelve con creces todo lo robado, y da la mitad de sus bienes a los pobres. Estos son los hombres y mujeres públicos que alaba Jesús.

 Cuánto mal ha causado en nuestra historia el divorcio entre fe y costumbres, entre teoría y práctica. Son muchos los documentos de la Iglesia que nos recuerdan y nos reprochan que una de las causas del ateísmo de mucha gente o de su alejamiento del influjo del evangelio se debe a que muchos de nosotros, los que nos profesamos cristianos, en lugar de reflejar a Dios con nuestro comportamiento lo ocultamos y lo deformamos. Ese mismo divorcio entre fe y vida, también lo practican aquellos que han reducido su religión a algo individualista e intimista, diciendo públicamente y a veces hasta con burla, que "no van", y a escondidas o como en clandestinidad buscan a Dios y piden los auxilios y servicios de su Iglesia. El ideal cristiano no está ni en el hijo que dice "sí" y no va a trabajar, ni en el que dice "no" y va. El ideal es el hijo que dice "sí", y va a la viña para cumplir la voluntad del Padre.

 Dejémonos interpelar por la Palabra de Cristo para asumir nuestra propia responsabilidad y dejar de echar la culpa a los demás. Es cierto que el medio ambiente, la herencia que hemos recibido, las presiones sociales y muchas realidades nos pueden condicionar, pero recordemos que somos seres libres y que ningún fatalismo nos debe atar. Si nuestra vida pecadora o nuestra fe hipócrita, sin obras de justicia, nos tiene alejados del Reino de Dios, el Señor está esperando nuestro regreso. Si "el qué dirán" o los prejuicios sociales nos han atado a una "fe vergonzante» ya es hora de que vivamos nuestra libertad religiosa, y esperamos que un día no lejano nuestra Constitución apoye este derecho humano, pero recordemos que la libertad religiosa depende más de nuestra actitud interior que de las leyes externas. Acerquémonos a Cristo modelo y prototipo del hombre libre y aprendamos de Él la verdadera libertad ante la ley, las tradiciones, las instituciones y ante las multitudes, porque: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado».

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5203Domingo, 25 de septiembre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.Juan Pablo II Siempre Fiel.


Hoy nos alegramos al recibir en nuestra Catedral Metropolitana de México, la Reliquia y la presencia espiritual del Beato Juan Pablo II, modelo de Buen Pastor e intercesor poderoso de nuestra Iglesia. Han pasado más de 32 años de su presencia en este lugar y el recuerdo sigue vivo en nuestra memoria y corazón.

Reflexionando en el conjunto de sus mensajes en las cinco visitas apostólicas con que nos distinguió, resalta el tema de la FIDELIDAD, que es un patrimonio espiritual que los mexicanos sentimos como muy propio, que nos repitió de muchas maneras y nos marcó.

Tres meses después de haber sido elegido Sumo Pontífice (16 de octubre de 1978), Juan Pablo II realiza su primer viaje apostólico a México. Invitado a presidir y participar en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Puebla, de manera sorprendente la gente  se vuelca a las calles, a las carreteras, a los lugares donde pasará el Vicario de Cristo para expresarle su cariño y manifestar la fuerza de la fe de un pueblo que le ama profundamente. Los gritos inolvidables de “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”,  despiertan en el alma del Sumo Pontífice la conciencia de su vocación como peregrino de la paz, como la voz de una Iglesia que es luz para los pueblos y motivo de esperanza en medio de la adversidad.

En esta Catedral Metropolitana,  el 26 de enero de 1979, el Santo Padre Juan Pablo II  se dirigía a nuestro pueblo mexicano que lleva en su corazón la devoción a la Virgen de Guadalupe, y a la luz de la Virgen Fiel nos invitó  a los mexicanos a buscar el rostro del Señor, a aceptar el misterio, a ser coherentes y vivir de acuerdo con lo que se cree, a ser constantes, a ser un México siempre fiel, a vivir en la Iglesia, pertenecer a la Iglesia, y a hacerlo cada día con mayor fervor e intensidad.  El cariño  y solidaridad de los mexicanos se expresaba con los gritos populares “Juan Pablo, amigo, el pueblo está contigo”.

Al contemplar a María comprendemos que no hay fidelidad si no tiene su raíz en el Amor. Juan Pablo II nos describía las dimensiones que entrañan este don de la fidelidad:

La búsqueda: Así, los católicos siguiendo a la Madre de Dios, hemos de buscar con amor el sentido de nuestra vida escuchando el llamado de Dios; hemos de tomar conciencia de nuestra identidad como hijos de Dios llamados a una vida trascendente, dándole sentido a nuestra existencia comprometiéndonos en la transformación de la realidad de nuestro México impulsados por el Evangelio.

La aceptación: Esta conciencia de nuestra identidad católica nos exige tomar una decisión, aceptar o no aceptar este designio de Dios. María nos enseña cómo debemos responder: ¡Fiat! Abandonarnos confiados al misterio de Dios en nuestra vida. Así abrimos nuestro corazón para que el Dueño de la Vida habite en nosotros y así  hacer  en todo la voluntad de Dios. ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad! La situación de nuestra Patria reclama nuestra participación, es un deber aceptar el compromiso por encarnar el Evangelio en la vida social, política, económica, cultural, etc.

La coherencia: Hacer la voluntad de Dios no es bien visto en nuestra sociedad materialista. Esto nos lleva a vivir de acuerdo a lo que creemos, a lo que nos compromete nuestra condición de bautizados, hijos de Dios. Debemos vivir conforme a nuestra fe. Debemos estar dispuestos a sufrir incomprensiones y persecuciones antes de permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree. Debemos vivir con alegría nuestra  identidad de católicos y dar testimonio con respeto de otras creencias pero sin temor, pues nuestro fundamento es el amor. Juan Pablo II nos decía  ¡No tengan miedo! ¡Cristo ha vencido el mal con la fuerza de su amor!.

La duración: La fidelidad que tiene su raíz en el Amor, debe expresarse en el tiempo con horizontes de eternidad. Es fácil ser coherente un día o poco tiempo, pero difícil serlo toda la vida; es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, pero difícil serlo en la tribulación y persecución. En nuestro bautismo recibimos la luz de Cristo y nos comprometimos a ser fieles y no traicionar en las tinieblas lo que aceptamos gozosos como un don divino. Fieles a pesar de todo, hasta el fin de nuestra vida.

En las siguientes  visitas a México el Santo Padre Juan Pablo II, con distintos objetivos pastorales, nos dejó una sola consigna: la fidelidad a Cristo en su Iglesia.

Del 6 al 13 de mayo 1990, Regresaba Juan Pablo II a los pies de la Morenita para la beatificación de Juan Diego, de los niños mártires de Tlaxcala, Cristóbal, Antonio y Juan, de Padre José María de Yermo y Parres. Los proponía como ejemplos vivos de fidelidad a Cristo.

En su tercera visita a México, en Mérida y en Izamál, Yucatán. Se reunió con las culturas indígenas de América Latina, con ocasión del Año internacional del indígena y nos invitó arenovar la fidelidad a las raíces de la primera evangelización.

Su cuarta visita pastoral a México fue del 22 al 26 de enero de 1999. En la Basílica de Guadalupe nos entregó el Documento Postsinodal Ecclesia in América. Nuevamente el tema de fondo era la fidelidad a las raíces cristianas y reasumir el compromiso misionero del Continente de la Esperanza, con el lema: ¡Nace un Milenio. Reafirmamos la fe”.

El 25 de enero de 1999 el “Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con todas las generaciones del Siglo”, en el Estadio Azteca,  fue un momento especialmente significativo de compromiso para mantenernos fieles a nuestras raíces cristianas.  El entusiasmo de los miles de asistentes en el Estadio hacía estremecer a todos. Los cantos, las “olas” de la multitud, los gritos de “Juan Pablo, hermano, ya eres mexicano”  marcaron para siempre el alma del Santo Padre, de México y de América. Este encuentro fue calificado por los responsables de los viajes apostólicos del Papa como el más complejo, emotivo y rico en contenido, entre los 104 viajes apostólicos fuera de Italia, por 129 países, durante los 26 años de este  Pontificado.

La quinta visita de Juan Pablo II a México, del 30 de julio al 1 de agosto de 2002, fue para la canonización de Juan Diego, el vidente del Tepeyac, y dos indígenas oaxaqueños evangelizadores durante el siglo XVI. Todos somos testigos del amor del Papa por la Virgen Morena del Tepeyac, de la predilección y cariño por el pueblo mexicano que le movió a venir a darnos este gran regalo.

La liturgia de este día nos presenta las palabras que San Pablo dirigía a los colosenses y que el Santo Padre encarnó de manera admirable:

Ahora me alegro de sufrir por ustedes, porque así completo lo que falta a la pasión de Cristo en mí, por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia…Quiero que sepan cuántos esfuerzos estoy haciendo por ustedes…Se lo digo para que todos se animen, y unidos íntimamente en el amor, puedan alcanzar  en toda su riqueza a Cristo (Cfr.Col. 1, 24-2,3).

A todos nos conmovía el verlo luchar con sus limitaciones y enfermedad, pero nos confirmaba en la fidelidad al Señor. ¿Qué podrá apartarnos del amor a Cristo y a su Iglesia? y su testimonio nos respondía: “nada, porque cuando  soy débil entonces soy fuerte”…

La fidelidad hemos de vivirla como Dios lo quiere, como los santos nos dan ejemplo: fieles a Jesucristo en la Iglesia, atentos y obedientes a su Vicario en la tierra, y con un compromiso por dar nuestra vida en servicio de nuestros hermanos, sobre todo los más vulnerables y necesitados.

Se agolpan los recuerdos amorosos y los sentimientos cálidos que vivimos en cada visita de Juan Pablo II. Agradecemos de todo corazón a nuestro Santo Padre Benedicto XVI la pronta Beatificación de nuestro “Papa mexicano”.

Que el Beato Juan Pablo II sea para todos modelo de santidad, ejemplo de fidelidad plena a Jesucristo en su Iglesia. Que como amoroso hijo de María sea un valioso intercesor por México para que seamos siempre fieles a nuestras raíces cristianas. Que  interceda ante la Divina Misericordia para que la paz y la justicia sean una realidad en nuestro pueblo.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5069Lunes,05 de septiembre de 2011 12:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

XXIII domingo ordinario.

 El profeta Ezequiel, creador de visiones, de símbolos y de gestos fantasiosos y apocalípticos, vio su vida y su predicación divididas por la caída de Jerusalén bajo el imperio babilónico. Antes de este acontecimiento sus palabras son de una dureza implacable que parece eliminar toda esperanza y anuncia la ruina total de la nación hebrea. Después de este acontecimiento trágico sus palabras se transforman en mensaje de esperanza y de reconstrucción. Sus palabras que hoy hemos escuchado pertenecen a este segundo momento, se presenta como un centinela que desde lo alto debe advertir lo que está por venir, su responsabilidad es grande, pero tiene como límite la libre decisión de los ciudadanos que pueden ser indiferentes u hostiles a sus advertencias: "Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado su vida".

 La misma responsabilidad recae en toda la comunidad cristiana según la Regla de la Comunidad que hoy nos ha transmitido San Mateo. La primitiva comunidad que cuida el evangelista, como toda comunidad, está formada por grupos diversos en donde hay problemas de convivencia: hermanos que quieren ocupar los primeros puestos, escándalos, ofensas personales, etc. Mateo como buen pastor, recuerda las enseñanzas de Jesús y compone con ellas una exhortación, insistiendo en el cuidado de los más pequeños y en el perdón como normas básicas en la vida de la comunidad cristiana. En el discurso, después de la enseñanza sobre cómo deben ser tratados los pequeños en la comunidad, la atención se dirige hacia otro gran problema comunitario: ¿Qué hacer con los hermanos pecadores? ¿Cómo tratarlos? Mateo apunta dos recursos válidos para siempre: la corrección fraterna y el perdón. Ambas actitudes son imprescindibles para que la Iglesia sea una comunidad de hermanos. Hoy nos detenemos en la corrección fraterna.

 El procedimiento que se describe aquí no es propiamente un proceso disciplinar, sino una aplicación de la parábola de la oveja perdida. Se trata de un hermano que se ha separado de la comunidad, y hay que emplear todos los recursos para hacerle volver. Esta búsqueda es tarea de toda la comunidad, pero debe hacerse con respeto y amor. Primero, en privado, para no ponerle en evidencia. Luego, si no hace caso, hay que mostrarle su falta en presencia de uno o dos testigos. Finalmente, y como último recurso, ante la comunidad local que, en caso de obstinación, tendrá que reconocer dolorosamente la situación en que este hermano se ha colocado a sí mismo. Entonces, el hermano que no ha querido reconciliarse será como un extraño para la comunidad.

 Son muchos los factores que constantemente deterioran nuestras relaciones personales dentro de la familia, entre vecinos y compañeros de trabajo, dentro de la comunidad o en la convivencia diaria. La comunicación queda fácilmente bloqueada, sobre todo cuando constatamos que el otro ha actuado de manera injusta o desleal. Nos sentimos como justificados para excluirlo de nuestra aceptación amistosa y encerramos en nuestro juicio destructor. Puesto que el otro ha actuado mal, no consideramos necesario analizar nuestra postura. Nos parece normal retirarle nuestra amistad y bloquear nuestra mirada y nuestro corazón. No es éste, sin embargo, el camino que nos propone Jesús. Él nos anima a adoptar una postura positiva, orientada a salvar la relación con el hermano, sin buscar su desprestigio o su condena, sino únicamente su bien. Sorprendentemente, el Evangelio nos indica que es el ofendido el que ha de tomar la iniciativa para facilitar la relación. Todos cometemos fallas y equivocaciones. Todos tenemos momentos malos y necesitamos el perdón y la oportunidad de empezar de nuevo. Hay que seguir creyendo en los amigos, en el esposo, en la esposa, en los compañeros, en el hermano, en la hermana.

 San Pablo también hoy ha centrado su atención en el mandamiento del amor, con unas expresiones tan sintéticas y eficaces que perfectamente podrían llevar el título de «segundo himno de la caridad", recordando aquel bello pasaje, conocido precisamente como el himno de la caridad en donde se canta que el amor es incompatible con ocho defectos y compatible con siete virtudes. Para San Pablo el cristiano siempre está en deuda con los demás; es una deuda que nunca se acaba de saldar, pues hay que amar siempre más, todos los días más, sin tope, sin frontera, sin reserva, sin falsedad, sin condición, o como decía la Madre Teresa de Calcuta, cuyo aniversario luctuoso celebramos hoy, refiriéndose el amor de Dios que es la fuente de la caridad fraterna: "el amor de Dios para con nosotros es incondicional, lleno de ternura, es un amor que perdona, es un amor completo". 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5052Domingo, 04 de septiembre de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

XXII domingo ordinario.

 

La ofrenda total de nuestra vida a Dios es, sin duda alguna, el tema central de las tres lecturas que nos presentan a Jeremías, a Jesús, a Pablo y todo discípulo cristiano ofrendando su existencia al proyecto salvífico de Dios, el cual sólo puede ser rechazado por una mentalidad satánica. El Profeta se presenta fascinado por Dios a pesar de que su misión y su existencia son trágicas: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste... Me he convertido en objeto de oprobio y de burla... Y he llegado a decirme: Ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre. Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos, yo me esforzaba por contenerlo y no podía”.

 En el contexto del camino hacia Jerusalén Jesús anuncia, por primera vez, su pasión, su entrega total al Padre.  El reconocimiento de Jesús como Mesías e Hijo de Dios y la convocación de la Iglesia en torno a Pedro, que escuchábamos hace ocho días, crean el ámbito para que Jesús comience a manifestar a los discípulos su destino, que es la entrega incondicional a la voluntad del Padre y a la salvación de todos los hombres, y también para que sus seguidores comprendamos que ese es nuestro camino.

 La exhortación de San Pablo va en la misma dirección: el único culto del hombre justificado por la fe es la ofrenda de nuestros cuerpos: “Por la misericordia que Dios les ha manifestado, les exhorto que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto”. El cuerpo es el centro de las tres relaciones fundamentales que nos ligan a Dios, a los hermanos y a la naturaleza.  La genuina oblación que debemos presentar a Dios no consiste sólo en ritos sino en la actitud religiosa que tengamos en la vida personal y cotidiana: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

 En este aspecto Jesús es muy claro y por eso reprende fuertemente a Pedro: “Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”.  La respuesta que Jesús le ha dado ha Pedro no es de rechazo, como interpretan muchos al traducir “apártate de mi”, sino más bien de invitación, ya que literalmente lo que le dice Jesús es “ponte detrás de mí”, esto es lo que significa el término griego que emplea Mateo; es decir, vuelve a ocupar el puesto de discípulo, sígueme y camina por la senda que mis pasos van marcando.  Pedro ha tenido la osadía de ponerse al frente de Jesús para obstaculizar su camino, porque la cruz le resulta escandalosa, y Jesús quiere hacerle ver que el lugar del discípulo es ir detrás de él, camino de la cruz.  Pedro nos representa muy bien a todos los discípulos de todos los tiempos que queremos corregirle la plana a Dios: quisiéramos que el matrimonio fuera de otro modo, que la procreación siguiera otras leyes, que se legalice la ley de la selva y no la de la fraternidad, que el perdón y la reconciliación se destierren y su lugar lo ocupen el desquite, la revancha y el odio. Por desgracia hemos conocido regímenes  que no solo legalizan sino que imponen el matar, robar, difamar, etc., guiados solo por su ideología sin impórtales la dignidad de la persona.

 Con enorme horror y dolor profundo, hemos presenciado un acto criminal, cuya vileza y cobardía no tiene un adjetivo para condenar la atrocidad que ha costado la vida a más de cincuenta personas, y una pérdida irreparable para sus familias en nuestra hermana Arquidiócesis de Monterrey.

Su servidor, el Arzobispo Primado de México, junto con mi Arquidiócesis, elevamos nuestras plegarias a Dios nuestro Padre para que conceda el descanso eterno a las víctimas inocentes y el consuelo y la paz a sus deudos; así mismo condenamos con toda firmeza este crimen diabólico  y todo acto de violencia que hiere en lo más hondo a nuestra patria, roba la paz social y envilece a sus autores que no escaparán al juicio de Dios y esperamos que no escapen del juicio de nuestras instituciones.

 La paz es un don, pero también una conquista, cierto, debemos pedir una y otra vez al Cordero de Dios que ha venido a quitar el pecado del mundo que nos done la paz, pero Cristo nos invita a ser constructores de paz, una paz que se cimienta sobre las bases del reconocimiento y el respeto de la dignidad de las personas, el testimonio de la verdad y la práctica de la justicia. Los católicos no podemos quedar pasivos ante la ola de destrucción y perversión de nuestra sociedad, los creyentes tenemos las armas de la oración, el perdón, pero sobre todo la Palabra de Dios que es la que debe orientar nuestra vida, y en ella encontramos el mandato de Dios: ¡No matarás! La sangre de los inocentes clama justicia al cielo y ante Dio los delitos no quedan sin castigo.

 Invito a los fieles cristianos a que cada quien, en el ámbito que le es propio, sea un constructor de paz, empezando por su familia, la colonia, la escuela, el trabajo, la comunidad parroquial. Violencia no es sólo los actos del crimen organizado, lo es también la falta de respeto a la dignidad de los otros, la injusticia y explotación de los más débiles, los abusos de autoridad, la impunidad, el desprecio por los hermanos y la discriminación. Todo esto contradice nuestro nombre de cristianos, injertados por el bautismo en Cristo, que con su muerte cruenta en la Cruz ha vencido todo odio y violencia.

 Envío mis más sentidas condolencias a las familias que lloran la irreparable pérdida de sus seres queridos, a mi hermano, el Sr. Cardenal don Francisco Robles, y al pueblo de Dios que peregrina en Monterrey, y los ánimo con la esperanza de la vida eterna que nos ha prometido Cristo resucitado.

Así mismo, hago un llamado al Pueblo de Dios para socorrer la hambruna que sufren nuestros hermanos de Somalia. “Tuve hambre y me diste de comer”, nos dice el Señor. Nadie, sin sentirse culpable, puede quedar sordo a este reclamo que debe tocar nuestro corazón y solidaridad. Pido a las parroquias de nuestra Arquidiócesis,  que se organicen haciendo una colecta que, canalizada a través de Cáritas, lleve pronto alivio a nuestros hermanos de África que sufren esta terrible calamidad.

 Que el Señor nos conceda la paz y que por la intercesión de Santa María de Guadalupe y del beato Juan Pablo II, dé la conversión a los criminales y a nosotros nos alienten a ser constructores de paz.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5015Domingo, 28 de agosto de 2011 14:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.Familia y vida en Juan Pablo II

Los mexicanos somos privilegiados y nos sentimos bendecidos por la presencia de la Reliquia del Beato Juan Pablo II, nuestro “Papa mexicano”, en esta casita donde la Virgen de Guadalupe hizo sentir su maternal presencia al Papa Peregrino que vino de lejos y se quedó con nosotros.

Invitado a participar en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, en Enero de 1979, Juan Pablo II experimentó la fuerza de la fe de un pueblo que explotó en expresiones de júbilo, de multitudes que le manifestaban su amor al grito de “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”, despertando la conciencia de la vocación misionera que marcó su ministerio petrino y le abrió las puertas para regresar a Polonia como signo de esperanza y libertad.

La segunda visita del Papa a México se realizó del 6 al 13 de mayo 1990. Ahora regresaba Juan Pablo II, a los pies de Nuestra Madre de Guadalupe el domingo 6 de mayo, con un regalo muy grande para nuestra Iglesia: la beatificación de Juan Diego, de los niños mártires de Tlaxcala, Cristóbal, Antonio y Juan, de Padre José María de Yermo y Parres. En los cinco nuevos beatos, nos decía el Santo Padre, se refleja la pluralidad de las vocaciones y en ellos tenemos un ejemplo de cómo toda la Iglesia tiene que ponerse en marcha para evangelizar y dar testimonio de Cristo.

Los fieles laicos, tanto los niños y los jóvenes, como los mayores, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas. Todos tienen que escuchar y seguir el llamamiento del Señor Jesús: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 4).  Así, el objetivo de la visita fue impulsar la vida eclesial de las comunidades, convocándolas a la nueva evangelización.

Su tercera visita a México fue del 11 al 12 de agosto de 1993, en Mérida y en Izamál, Yucatán. Se reunió con las culturas indígenas de América Latina, con ocasión del Año internacional del indígena. En esta ocasión no pudo venir a la Basílica pero hizo una peregrinación espiritual para estar con la Virgen Morena del Tepeyac.

Su cuarta visita pastoral a México fue del 22 al 26 de enero de 1999.  El corazón espiritual de América es Guadalupe, por ello el Santo Padre eligió venir nuevamente a poner bajo el patrocinio de Santa María de Guadalupe a la Iglesia en América y entregar el Documento Postsinodal Ecclesia in America, fruto del Sínodo de los obispos del continente, el 23 de enero de 1999. Nuevamente el tema de fondo era la fidelidad a las raíces cristianas y reasumir el compromiso misionero del Continente de la Esperanza, con el lema: ¡Nace un Milenio. Reafirmamos la fe”.

El 25 de enero de 1999, vivimos los mexicanos unidos con todo el continente americano, el “Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con todas las generaciones del Siglo”. El entusiasmo de todos se expresaba con las “olas” y los gritos de "Juan Pablo, Hermano, ya eres mexicano", el gozo del Santo Padre era evidente. Fue un encuentro  de fe  y esperanza que estremeció a México y  América.

Cruzado ya el umbral del nuevo milenio, el Santo Padre  Juan Pablo II regresa a México para su quinta visita, del 30 de julio al 1 de agosto de 2002. Su objetivo fue la canonización de Juan Diego (31-Julio-2002)  testigo de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y la beatificación de dos indígenas oaxaqueños evangelizadores durante el siglo XVI. (1- Agosto- 2002).

Desde esta Basílica de Guadalupe Juan Pablo II nos propuso la figura de Juan Diego como el primer santo indígena del continente americano, fruto de la iglesia evangelizadora y misionera que con la fecundidad de la Buena Nueva generó una nueva iglesia en estas tierras.

Sus palabras aún resuenan en nuestros corazones: “¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.”

La liturgia de hoy nos ofrece estas palabras de S. Pablo  (Cfr. Tes. 3, 7-13): “En medio de todas nuestras dificultades y tribulaciones, la fe de ustedes nos ha dado un gran consuelo. El saber que permanecen fieles al Señor, nos llena ahora de vida…Que el Señor conserve sus corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre…”. Estas palabras nos confortan y animan a seguir el ejemplo de Juan Pablo II que experimentó la tribulación y nos confirmó en la fe.

Nuestros tiempos lamentablemente están marcados por la violencia en todos los ámbitos de la vida; sin embargo, existe en el corazón del hombre un anhelo de paz y de justicia que solo puede hacerse realidad desde la familia, iglesia doméstica y fundamento de la convivencia social. Algunos temas fueron especialmente queridos por Juan Pablo II, al punto que todos le recordamos como un infatigable defensor de la vida y la familia.

La vida no es un don de Dios, es el don de Dios, porque está en la base de todos los otros dones. Es el don sin el cual ni la libertad, ni la inteligencia, ni la utilidad, ni la riqueza, valen nada. La Escritura nos presenta a Dios en su relación con el hombre ofreciéndole dos dones: el primero, su propia vida humana y, el segundo, la posibilidad de colaborar con Él en la transmisión de la vida a otros seres humanos.

El Apóstol Santiago nos dice que “los pacíficos siembran paz y cosechan frutos de justicia”. Construir la paz es poner los fundamentos de un auténtico humanismo. La paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Como tarea supone un compromiso permanente de los individuos y de los pueblos por establecer relaciones de justicia y solidaridad; pero la paz es sobre todo un don de Dios.

Siguiendo el magisterio del Santo Padre Benedicto XVI, nos preguntamos: ¿Dónde  se genera la paz que tanto anhelamos? La respuesta es sencilla: en la familia. De hecho, la primera forma de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva familia.

La familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el « lugar primario de ‘‘humanización'' de la persona y de la sociedad », la « cuna de la vida y del amor ». Con razón, pues, se ha calificado a la familia como la primera sociedad natural, « una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social ».

La negación o restricción de los derechos de la familia, al oscurecer la verdad sobre el hombre, amenaza los fundamentos mismos de la paz. Por tanto, quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal « agencia » de paz. Éste es un punto que merece una reflexión especial: todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz. La familia tiene necesidad de una casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos. Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz.

Necesitamos dar a la Paz otras armas que no sean las destinadas a matar y a exterminar a la humanidad. Son necesarias, sobre todo, las armas morales. Estas se reciben en los hogares, en las familias, en la educación religiosa. La advertencia del evangelista sigue vigente: “Velen y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor”. Todos seremos llamados a responder por nuestras acciones, gobernantes y gobernados, jerarquía y feligresía, ricos y pobres, pequeños y grandes.  Dichosos nosotros si, cuando llegue el Señor, nos encuentra cumpliendo con nuestro deber.

Pedimos a nuestra Madre Santísima de Guadalupe siga protegiendo a nuestras familias, para que la vida sea custodiada en todas sus etapas, y por la intercesión del Beato Juan Pablo II pedimos el don de la paz y la justicia para nuestro pueblo de México.

¡Juan Pablo II te fuiste al Reino de los cielos para quedarte entre nosotros!

¡Gastaste y desgastarte tu vida para que nosotros la  tuviéramos en abundancia!

¡Te enamoraste de la “Morenita del Tepeyac y los mexicanos nos sentimos amados por ti!

¡Alcánzanos el  don de la paz y el progreso de nuestro Pueblo!.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=5001Jueves, 25 de agosto de 2011 10:30 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

XXI domingo ordinario

 Hoy hemos escuchado la única profecía de Isaías destinada a una persona en particular, a Eliacín, el hijo de Elcías, que sustituye en su cargo al intrigante Sebná, primer ministro del rey Ezequías.  Para el profeta esto es todo un símbolo del nuevo poder que Dios da al hombre.  De esta manera Isaías, intérprete atento de la historia y de los signos de los tiempos, nos invita a descubrir en los hombres de nuestra Iglesia y de nuestra historia la presencia salvadora de Dios que ha querido tener necesidad de los seres humanos para realizar su proyecto de salvación.  La llave, símbolo del poder y las dos palabras que la acompañan: “abrir y cerrar”, son el signo de la autoridad del gran Vizir oriental y que en el Evangelio Jesús confiará a Pedro, “la piedra sobre la cual edificará su Iglesia”.

Jesús no quiso dejar a sus seguidores dispersos y aislados, sino que decidió congregarlos en una comunidad organizada que llamó Iglesia, o como lo expresó maravillosamente, ya hace 38 años, el Concilio Vaticano II: “Dios quiere santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituir un pueblo que lo conozca en la verdad y le sirva santamente”.  Esta decisión divina aparece con claridad en los tres símbolos que revelan la naturaleza del ministerio confiado a Pedro: Jesús le cambia el nombre llamándolo “Piedra – Roca”, para indicar que se trata de una cimentación inamovible sobre la cual se edificará la nueva Iglesia. Las “Llaves” de una casa, de una ciudad, de un tesoro son el símbolo del poder en acción sobre estas realidades ya sea en el campo administrativo, jurídico o de enseñanza.  “Atar y desatar”, son la concretización del poder de las llaves, las intervenciones de Pedro y de sus sucesores no serán sólo actos jurídicos y rituales sino actualización en la historia de la voluntad salvífica de Cristo.

 Ante este proyecto salvífico de Dios, que se realiza en nuestra historia y en nuestra carne, debe brotar del corazón y de los labios del creyente la acción de gracias y la alabanza como hoy nos ha enseñado el Apóstol Pablo: “! Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios!  ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!  De verdad el texto evangélico, sostenido por el simbolismo del profeta Isaías, es una clara declaración-institución del lugar que tiene el Papa, sucesor de Pedro, en nuestra Iglesia. Hoy debemos contemplar con agradecimiento y amar profundamente esta arquitectura del Espíritu construida por el mismo Cristo, que quiso valerse de los hombres débiles y frágiles para prolongar y hacer presente su obra salvadora. 

La Iglesia fundada por Cristo no es fortaleza, es barca y sacramento de salvación, es el Cuerpo de Cristo, es Pueblo de Dios, es edificación de Dios en donde todos nosotros somos piedras vivas elegidas por Cristo.  La Iglesia ha sido constituida por Cristo y guiada por su Espíritu a través de los siglos, y no podemos pretender hacerla según nuestros criterios personales.  Tiene por voluntad de su Fundador una guía formada por el Sucesor de Pedro y de los Apóstoles.  La Iglesia es Madre en la que renacemos a la vida nueva en Dios y una madre, ante todo, debe ser amada. Ella es santa en su Fundador, medios y doctrina, pero formada por hombres y mujeres pecadores; hay que contribuir positivamente a mejorarla, ayudarla hacia una fidelidad siempre renovada, que no se logra con críticas corrosivas.  Ella está formada por todos nosotros, Pueblo de Dios con Pedro a la cabeza;  ello impone la colaboración responsable de cada cristiano o grupo, pero en leal escucha de los legítimos pastores instituidos por el mismo Cristo. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4938Domingo, 21 de agosto de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral MetropolitanaAsunción de la Santísima Virgen.

"Cristo resucitó como la primicia de todos los muertos... Así en Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su orden: Primero Cristo, como primicia; después, a la hora de su advenimiento, los que son de Cristo". Sin duda alguna, entre aquellos que son de Cristo, hay una persona que lo es de una manera única e irrepetible, María, su Madre, la que lo engendró como hombre, lo acarició, lo alimentó y lo llenó de toda clase de cuidados, la que compartió con Él los gozos y la penas de la vida cotidiana, la que lo acompañó en el cumplimiento de su misión, y sobretodo, la que supo estar al pie de la cruz en el momento supremo de su vida. Por esta pertenencia original y única a Cristo, María Santísima, fue llevada a la gloria en cuerpo y alma. Cristo no permitió que el cuerpo de su Madre sufriera la corrupción y se la llevó consigo. Esta es una convicción de la fe de la Iglesia que hoy celebramos con una fiesta antiquísima, que se hizo más solemne, desde el primero de noviembre de 1950, cuando Pío XII declaró como dogma de fe la Asunción de Nuestra Señora a los cielos.

Para nosotros que la celebramos como la Santa Patrona y Protectora de nuestra Catedral y de nuestra Arquidiócesis, María, es como una primicia y un anuncio del destino de nuestra Iglesia, que al final, será santa e inmaculada y será llevada a los cielos. Esta seguridad es cantada en el libro del Apocalipsis que hoy hemos escuchado: "Apareció entonces en el cielo una figura prodigiosa: una mujer envuelta por el sol, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza... La mujer dio a luz un hijo varón... y su hijo fue llevado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, a un lugar preparado por Dios". La tradición cristiana siempre ha aplicado esta hermosa página de San Juan, al mismo tiempo, a María y a la Iglesia, porque en María, Dios ha querido mostrar la profundidad y la grandeza de la Redención realizada por Cristo y en ella ha querido mostrar a su Iglesia la gloria que le espera si se deja conducir y penetrar por su Espíritu.

Esto es lo que han querido plasmar miles de artistas como el magnífico autor de esta imagen que preside nuestra celebración eucarística: María glorificada, María llevada a los cielos; una mujer, una criatura ha sido llevada a la esfera de lo divino, ha participado de la glorificación de Cristo. Dios no ha permitido que su elegida conociese la corrupción y se la ha llevado a participar de su gloria.

María es, de manera distinta pero unida a Cristo, primicia y modelo de la Iglesia.

En ella, Dios ha anticipado y ha anunciado lo que será la Iglesia y lo que seremos nosotros si pertenecemos y permanecemos en Cristo. Por esto San Juan nos ha hablado, en la primera lectura, de la Iglesia celeste con la imagen de la mujer vestida de sol y por esto la tradición de la Iglesia ha entendido esta imagen al mismo tiempo de sí misma y de María que anuncia el destino de la Iglesia.

María no es sólo un símbolo y un anuncio de la esperanza de la Iglesia, María, como lo proclama el Evangelio de hoy, nos enseña el camino por el cual podemos llegar a la gloria en la cual ella ahora está: la fe y la humildad. "Dichosa tú, que has creído, le dice su prima Isabel, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor". María de verdad supo creer en la Anunciación y por su "sí", por su "fíat", el Verbo de Dios se hizo carne. Supo creer en el valor del largo silencio de Nazareth y sobre todo, supo creer en el Calvario cuando todo era obscuridad y contrariedad, dejándose conducir dócilmente por Dios, como oveja que sigue al Cordero que debía ser inmolado. "Dios puso sus ojos en la humildad de su esclava". Por esto, todas las generaciones la llamarán bienaventurada, por esto, María explota hoy con su canto del Magnificat: "Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava". La humildad es la explicación del misterio de María y de su elección. Ella fue "llena de gracia", porque supo vaciarse de sí misma. Para llegar a la gloria de Cristo, es necesario que aniden en nuestro corazón la fe y la humildad al estilo de María.

Todos los que estamos aquí presentes en esta Santa Iglesia Catedral Primada, la Arquidiócesis entera con sus ocho Vicarías Episcopales de alguna manera representadas, nos unimos al canto de María, porque de verdad nos alegramos en la fiesta de nuestra Madre, en la fiesta de nuestra Santa Patrona: "Glorifica mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador". Alegrarse por la madre es el primer impulso de todo hijo bien nacido. Porque Dios ha hecho maravillas en su Madre y nuestra Madre, llamándola a la maternidad divina y privilegiándola desde su Concepción Inmaculada hasta la meta final de su Asunción a los cielos en cuerpo y alma, que hoy celebramos.

En nuestra tradición cristiana quizá comprendamos más la glorificación del alma y menos la glorificación del cuerpo de María. La Asunción nos ayuda a comprender cómo la fe cristiana no sólo no se opone al cultivo de nuestros cuerpos sino que nos ayuda a superar y a perfeccionar el cuidado del cuerpo que proclama la sociedad actual. Cuando la civilización contemporánea termina su culto al cuerpo en el deporte, el placer y la belleza anatómica, la fe cristiana nos lleva a un interés por el cuerpo humano más allá del exterior de la carne joven y de los mitos de los anuncios de la sociedad de consumo. Nuestra fe en la resurrección de Cristo y en la glorificación del cuerpo de María, nos conduce a glorificar el cuerpo humano ya durante el tiempo, convirtiendo el cuerpo del recién bautizado en templo vivo del Espíritu Santo, alimentando la carne de los creyentes con el cuerpo y sangre de Cristo, transformando el matrimonio del amor carnal entre un hombre y una mujer en sacramento del amor de Cristo y de su Iglesia y consagrando con la unción final el cuerpo enfermo o viejo de los cristianos. Y todo esto, como prólogo de la glorificación final que todos esperamos alcanzar después de la aduana de la muerte.

Al escuchar cómo la primera lectura describe la glorificación de María: "Una mujer envuelta por el sol, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza. Estaba encinta y a punto de dar a luz y gemía con los dolores de parto", nosotros, los moradores de estas tierras, no podemos menos que pensar en nuestra Morenita del Tepeyac, en la Señora del Cielo, que preside no sólo nuestra Arquidiócesis sino todo el Continente, en cuya imagen vemos esos signos apocalípticos no sólo plasmados sino presentados en forma inculturada y cercana a nuestra concepción del cielo y la tierra.

La fiesta de hoy nos lleva a contemplar la obra maravillosa de nuestra redención realizada por Cristo. Nos invita a reconocer y admirar las maravillas que hizo en nuestra Madre la Virgen María. Nos hace ver cuál es nuestra vocación y nuestro destino si permanecemos con Cristo. Nos indica el camino para encontrar nuestra plena realización humana y nos hace pensar cuán cercano está nuestro Dios de nuestra historia al enviarnos a Santa María de Guadalupe y revelárnosla a través de nuestro primer indígena Santo: San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4860Lunes, 15 de agosto de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

XX Domingo del Tiempo Ordinario.

 Los textos de la Escritura que se han proclamado nos invitan a reflexionar sobre algo muy importante y de plena actualidad: la actitud que debemos tener con todos aquellos que no comparten nuestra fe.  Hasta hace poco los discípulos de Jesús vivían en un mundo que se profesaba cristiano, ahora no es así, vivimos en un mundo plural en donde debemos convivir con hombres y mujeres que tienen una fe distinta o que no tienen fe.  ¿Cómo comportarnos con ellos?.

 La primera lectura de Isaías rechaza la tentación de encerrarse en sí mismos y de considerar a todos los demás como inmundos: los extranjeros se pueden adherir al Señor, sus holocaustos y sacrificios gratos a su altar y la Casa del Señor es casa de oración para todos los pueblos.

 San Pablo en la Carta a los Romanos nos invita a reconocer al pueblo judío, como el pueblo elegido y como un instrumento que abre los horizontes de la salvación a todos los pueblos.

 En el evangelio, la fe, y no la observancia de la ley, es la que derriba toda barrera y convierte “a los perritos” en comensales del Reino.

Por supuesto el antisemitismo debe ser rechazado totalmente y debemos reconocer el gran patrimonio espiritual que los cristianos tenemos en común con los hebreos, con la seguridad que nuestro Padre común quedará complacido. Pero no podemos quedarnos en el reconocimiento de nuestros hermanos judíos, debemos reconocer a los millones de hermanos nuestros musulmanes, budistas e hinduistas ya que nuestra Iglesia reconoce y acepta todo lo que hay de verdadero y santo en estas religiones.

El respeto  y  el  reconocimiento  que  nos  merecen nuestros hermanos de otras religiones nos debe llevar también a proclamar y a proponer con toda libertad y honestidad nuestra fe y nuestras convicciones evangélicas, sabiendo que Cristo, camino, verdad y vida, siempre es Buena Nueva para todos los hombres de buena voluntad. El mismo respeto y reconocimiento debemos exigir a los demás para nuestra Iglesia, nuestra fe y nuestras tradiciones.

 Continuamos con la convicción de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”;  pero sabiendo que la Iglesia de Dios es más amplia de lo que aparece a nuestros ojos y que por tanto muchos hermanos nuestros, aún sin saberlo, pertenecen de alguna manera o se encaminan hacia la verdad plena que es Cristo Jesús.  Confesamos junto con San Pedro que para Dios no hay preferencia de personas y a Él es agradable todo aquél que lo teme y practica la justicia de cualquier raza o pueblo que sea. 

 

           

 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4850Domingo, 14 de agosto de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

 XIX Domingo del Tiempo Ordinario.

 Cuando San Mateo escribió la narración tan viva que acabamos de escuchar, Cristo ya no estaba físicamente entre nosotros, ya se había despedido de la multitud y sus discípulos, para subir a los cielos, dejando la barca de su Iglesia sobre las aguas del mar de este mundo, con Pedro a la cabeza, para iniciar, la travesía de la historia, hasta su regreso en su segunda venida. Las primeras olas de las persecuciones ya habían llegado con la muerte de Esteban, la prisión de muchos de los discípulos y la Iglesia obligada a dispersarse por Palestina. En Roma, Nerón, ya había comenzado a perseguir a todos los seguidores de Jesús a quienes consideraba una amenaza. Así podemos entender cómo la narración de la tormenta era tan significativa para los primeros discípulos ya que en ella veían plasmada la situación que estaban viviendo.

 En la primitiva comunidad, como en todas las comunidades dispersas por el mundo, cuando escuchamos esta narración nos queda muy clara una certeza: El Maestro no está lejos de nosotros, no nos dejará solos en medio de la tormenta, basta con invocarlo y él vendrá a nuestro mar para auxiliar a su Iglesia. Esta confianza se apoya en la certeza de que Él está vivo porque ha resucitado. Mientras él llega es necesario, para no hundirse, mantener la confianza, no perder el ánimo en medio de las dificultades, no quedarse contemplando las olas que parecen devorarnos, sino contemplar a Cristo que viene a nuestro encuentro. Sólo se hunde y perece el que pierde la fe o el que cree que con sus propias fuerzas va a calmar la tempestad. Pedro ya tenía amargas experiencias en esto. La narración termina con una invitación muy alentadora para todos nosotros: Es necesario permanecer en la barca y proclamar con Pedro y los apóstoles la fe que salva: "Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios".

 Quizá en nuestros días el escenario ha cambiado, lo mismo que las dimensiones del lago y de la misma barca en donde estamos más de mil millones de seguidores de Cristo, pero las tormentas son las mismas y las decisiones a tomar también deben ser las mismas. Jesús deja que sus discípulos pongan todos sus esfuerzos y utilicen todas sus estrategias para salvarse de la tormenta, llega ya de madrugada, cuando las dificultades están al máximo y el cansancio domina. Es cierto que en el anuncio del Evangelio debemos poner tanto entusiasmo como si todo dependiera de nuestro esfuerzo y de nuestras capacidades, pero sin olvidar nunca que "sin Él nada podemos hacer"; con la firme convicción de que no es nuestra barca sino su barca; con la consigna de que continuamente lo debemos estar llamando, invitando, rogándole que esté con nosotros, es más, hasta reclamándole en nuestra desesperación: "¿Señor, no te importa que perezcamos? Pero sobre todo, permaneciendo en su barca y profesando la misma fe de Pedro y los demás apóstoles: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo".

 La narración de San Mateo, además de reflejar la situación que estaba viviendo la primitiva comunidad cristiana y de darnos los elementos para superar todas las tormentas, hace resaltar algunos aspectos de la vida de Cristo que no podemos pasar por alto. Nos dice: “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba Él solo allí". No es la primera ni la única vez que los evangelistas nos fotografían a Jesús retirado en el monte y dedicado a orar. Siempre que va a iniciar algo importante en su vida, Jesús se concentra en la oración.

 Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento el mar es símbolo de las fuerzas del mal, y desde siempre la Iglesia ha sido comparada a la barca o a la nave que se hace a la mar por orden de Jesús, rumbo a la orilla de Dios en la eternidad. Si recorremos la historia podemos constatar que siempre ha habido dificultades y que nunca han faltado tormentas a la Iglesia, sin embargo la travesía ya lleva dos mil años, sin que hasta ahora se haya hundido la nave que ante el mundo parece frágil. Jesús le aseguró que "Los poderes del mal no prevalecerán contra ella". Es cierto que ahora, como también lo han hecho en otros siglos, las aves de mal agüero están empeñadas en vaticinar que la barca de Pedro se va a pique. Nosotros los cristianos lo que debemos seguir haciendo es creer a ese Cristo y en ese Cristo que nos sigue repitiendo: "Animo, soy yo no tengan miedo", para no hundirnos y para que no nos eche en cara nuestra falta de fe en su poder, como a Pedro: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"

 Los discípulos, nos dice el evangelio, se espantaron y daban gritos de terror porque creían que Jesús era un fantasma, también los cristianos de hoy deberíamos temer por la suerte de nuestra iglesia si confundimos a Jesús con un fantasma, diciendo que es una energía, que sólo es un taumaturgo, un iniciado que aprendió las artes secretas y el manejo de los misterios. Pero Jesús no fue, ni es, un fantasma de apariencia humana. Creemos en la verdad de su encarnación.

 Nuestra fe no se apoya en un mito, la encarnación es un dato real, que ningún personaje histórico tiene tan probada su existencia como Jesús.

 El pasaje del primer libro de los Reyes es de una belleza extraordinaria. Elías no encontró al Señor en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego, lo encontró en la suave brisa y entonces se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva para ver pasar al Señor. Nosotros también podemos encontrar al Señor en la quietud de esta asamblea dominical en nuestra catedral. Es el Señor que se ha cubierto el rostro con el velo del pan y del vino para que nosotros lo podamos comer en la paz de su santa mesa. 

 

 

 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4776Domingo, 07 de agosto de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, con motivo IX Aniversario de la Canonización de San Juan Diego

Queridas hermanas y hermanos.

Hoy estamos celebrando el IX aniversario de la canonización de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, un hombre sencillo en donde Dios manifestó su gracia y le reveló las cosas más profundas y verdaderas que le dieron sentido a toda su existencia. Juan Diego un hombre de pueblo, un macehual, un hombre bueno, lleno de virtudes; un hombre humilde y trabajador que cumplía de manera tenaz sus obligaciones como miembro de esta Iglesia católica, participando en los sacramentos principalmente el de la Eucaristía y el de la Reconciliación. Un hombre que quería seguir conociendo más y más al verdadero Dios, por medio del catecismo que frecuentaba puntualmente. Un hombre que manifestó un gran amor a su tío anciano que agonizaba y por el que Juan Diego hizo cuanto pudo para lograr su curación. Un hombre que demostró una gran obediencia y grandeza en su misión de ser el mensajero de Santa María de Guadalupe y quien sería portador ya no sólo del mensaje sino también de la señal requerida por el obispo, para que se realizara la construcción del templo que pedía la Madre de Dios, casita sagrada, iglesia, en donde Jesucristo estaría como centro y razón de la misma, iniciando con ello la Civilización del Amor y la Cultura de la Vida.

En síntesis, un hombre que manifestó el rostro del inmenso amor de Dios, ese verdaderísimo Dios que se entrega totalmente a su pueblo y lo satisface todas sus necesidades, tanto físicas como espirituales. Como lo escuchamos en el evangelio de san Mateo, cuando Jesucristo se apiadó de tantas personas que lo venían siguiendo buscando la solución de sus problemas, curando a sus enfermos y, con ello, dando testimonio de que Él es, hoy y siempre, el Camino, la Verdad, y la Vida.

Pero también, Jesús ha querido la participación del ser humano en esta historia de Salvación, y una participación activa, decisiva y efectiva ante las necesidades del ser humano, tan necesitado de rumbo, de certeza y de sentido de la vida.

Jesucristo nos enseña a todos el verdadero camino de la Salvación y nos hace partícipes de su amor para con ese mismo pueblo, como lo escuchamos en el Evangelio: “Denles ustedes de comer”; con esta frase, Jesús, obviamente, centra su mirada misericordiosa en la Eucaristía, entrega total de su amor; y en la cual quiere la participación de todos. “Denles ustedes de comer”, es Jesús quien se hace el alimento, el sustento para todos. “Denles ustedes de comer” es Jesús mismo la Vida plena, quien se entrega a todos aquellos que están fatigados, cansados, hambrientos y sedientos. “Denles ustedes de comer”: un envío y una misión de parte de Jesús, ante todo para sus discípulos más cercanos, y a quienes Él concede esta doble participación: por un lado, interceder por ese pueblo hambriento física y espiritualmente y, por otro lado, los hace su instrumento para darle el alimento a su pueblo, alimento que nutre y fortalece, el pan de vida eterna, que es Él mismo.

En el Evangelio también tenemos otro signo importante del amor cuando los discípulos dicen: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. En este texto, no se nos indica quién ofrecía este poco alimento; lo importante es que alguien rompió su egoísmo y compartió lo poco que tenía a favor de los demás; así Jesucristo bendice y multiplica esta humilde ofrenda y, de esta manera, sacia el hambre de miles, y hasta sobra.

Este testimonio nos sigue dando una gran fuerza en la fe y nos sigue motivando par a adherirnos en el mismo palpitar de ese corazón generoso, que no tiene otro origen sino en el mismo corazón generoso y lleno de misericordia de Dios, como lo hemos escuchado en la primera lectura: “vengan, tomen trigo y coman, tomen vino y leche sin pagar… vengan a mí, escúchenme y vivirán.”

Hoy más que nunca necesitamos adherirnos a esta actitud “eucarística” y generosa, pues son miles y miles de hermanos que andan sin rumbo por la vida, buscando la verdad de su existencia por caminos falsos; hay miles y miles de hermanos sedientos de amor y, sin embargo, están perdidos en los abismos pensando que con el dinero, el poder, el sexo y la fama, pueden ser felices; creyendo que si los demás son destruidos, asesinados, secuestrados, violados, denigrados, despedazados, de esa manera encontrarán la paz y la felicidad. Así mismo, hay miles y miles de hermanos que sufren las consecuencias de este egoísmo, por demás siniestro; miles de hermanos que soportan las consecuencias del individualismo más terrible. Sólo en nuestro país un enorme número de niños inocentes son asesinados en el vientre de sus propias madres. Miles de hermanos viven en la más indigna injusticia. Millones de hermanos que viven en la pobreza y en la miseria más espantosa.

San Juan Diego nos da ejemplo de generosidad, él se acerca a Santa María de Guadalupe y nos entrega un mensaje que cambia nuestra vida, la maravillosa verdad de que Dios se entrega totalmente a nosotros, Él ha querido una casita sagrada para permanecer con nosotros por medio de su Madre Santísima, Santa María de Guadalupe y que nadie ni nada nos podrá apartar de Él. San Juan Diego nos enseña a cuidar del prójimo con ternura y con amor, así como cuidó de su tío anciano.

San Juan Diego, con su humildad y su paciencia, nos fortalece en la fe y en la esperanza. San Juan Diego nos enseña que más allá de los bienes materiales, lo que nos da pleno sentido a nuestra vida son los bienes eternos, como él los vivió, pues lo dejó todo con tal de cuidar este templo de Santa María de Guadalupe.

Ahora nos toca a todos los que integramos nuestra amada Iglesia, a los “Juan Diegos” del siglo XXI, para que con generosidad y fidelidad nos entreguemos en las manos de Aquel que nos hace partícipes de su bendición a favor de la comunidad. Ahora nos toca a nosotros trabajar con justicia y honestidad para que Jesucristo llegue a todo corazón enfermo o moribundo, corazón que ha perdido el camino verdadero de la vida y se ha alejado de Él y de sus hermanos. Ahora nos toca a nosotros para que seamos los que trabajemos y nos esforcemos para que nunca más se vuelva a cometer violencia y asesinato, injusticia y destrucción. Ahora nos toca a nosotros para que sepamos entregar nuestra vida a ese único y verdadero Dios y así poder llegar a la plenitud del amor entregándonos a nuestros hermanos.

Gracias san Juan Diego pues con tu testimonio de vida nos has enseñado a entregar nuestras vidas en las manos de Dios, por medio de Santa María de Guadalupe, para construir juntos esta civilización de la Vida, la civilización del Amor. Gracias generoso y humilde san Juan Diego que nos has protegido y nos has cubierto con tu tilma en donde está plasmada la hermosa y maravillosa imagen de nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe, quien nos lleva en el cruce de sus brazos en el hueco de su manto. Gracias san Juan Diego por tu ejemplo de vida y tu intercesión, ayúdanos a poner todo nuestro esfuerzo y generosidad para recuperar el alma de nuestro amado país. Gracias san Juan Diego.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4707Domingo, 31 de julio de 2011 11:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

XV Domingo del Tiempo Ordinario.

El profeta Isaías nos ha hecho sentir con mucha fuerza, en la primera lectura que hoy hemos escuchado, la eficacia y la fecundidad de la Palabra de Dios:  “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca:  no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.  Este lenguaje tan comprensible y elocuente para nosotros, lo era mucho más para los oyentes del profeta, que luchaban contra la aridez del desierto y para los cuales la lluvia era sinónimo de vida.

Jesús reafirma esa fuerza y eficacia de la Palabra Divina cuando nos dice: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, y el autor de la carta a los Hebreos con otras palabras nos da el mismo mensaje: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que una espada de dos filos”.  Esa Palabra de Dios es Jesús mismo.  Cristo es la semilla sembrada por Dios nuestro Padre en nuestra historia y en nuestra tierra.  Palabra de Dios son los dichos y hechos que encontramos en el libro más difundido y más traducido a todos los idiomas, los Santos Evangelios.

 Sin embargo la parábola del sembrador, que Jesús ha proclamado y explicado, hace resaltar una gran verdad: lo maravilloso de la libertad humana y el respeto que Dios muestra ante este don que Él mismo nos ha dado.  Es cierto que la Palabra de Dios es viva y eficaz en sí misma, pero la libertad del hombre la puede hacer estéril, como la lluvia es estéril si cae sobre el pavimento o sobre piedras;  o la puede hacer fecunda hasta llegar a producir ciento por ciento como ha sucedido en tantos santos.  La parábola de Jesús nos descubre la misteriosa relación que hay entre gracia y libre arbitrio, entre la omnipotencia de Dios y la libertad del hombre, entre la semilla divina y el terreno en donde se siembra.   Como la  luz  es  única,  pero  produce  variedad de colores, -blanco, rojo, amarillo-, según la constitución del cuerpo en donde se proyecta, así la Palabra de Dios es eficaz y fecunda, pero produce frutos diversos según el corazón que la recibe.

 No basta que Dios haya sembrado y siga sembrando su Palabra con abundancia y generosidad incomparables en nuestros corazones.  La parábola de hoy nos enseña que esa múltiple semilla divina puede desde quedarse estéril hasta ser fecunda al cien por ciento.  De tres formas podemos condenar a la infecundidad la Palabra de Dios con el mal uso de nuestra libertad: Podemos ser como un camino de cemento, con una voluntad impermeable a la gracia, a las inspiraciones y a los acontecimientos por los cuales Dios nos habla.  O podemos ser ese terreno pedregoso de la parábola, símbolo de la superficialidad, que nos lleva a cambiar fácilmente de principios y convicciones, mostrando así que la semilla del evangelio no ha echado raíces en nuestras vidas.  La tercera forma de hacer infecunda la Palabra de Dios son los desórdenes morales simbolizados en las malas hierbas que se dejan crecer en el corazón hasta que ahogan lo que Dios ha plantado, y se refiere expresamente a “las preocupaciones de la vida y a las seducciones de las riquezas”.

Pero la parábola de hoy tiene un final feliz y optimista.  No todos los hombres dejan infecunda la siembra de Cristo: “Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno;  otros, sesenta;  y otros treinta”.  Gracias a Dios, hoy como ayer, existen muchos hombres y mujeres que reciben en el surco de su vida la semilla que Jesús siembra, y la hacen fructificar en su vida personal y en su ambiente familiar, profesional y social.  La tierra sigue necesitando hombres y mujeres que, como Jesús de Nazareth, florezcan en obras de fraternidad y amor en el campo de las relaciones humanas, yermos por el egoísmo.

Nosotros seremos terreno bueno para la semilla divina en proporción a nuestra capacidad de dejarnos influir por el Evangelio, de conformar nuestro modo de pensar a los criterios de Jesús, de dejarnos guiar por los valores que Cristo proclama, en una palabra, en proporción a nuestra decisión de convertirnos.  El apóstol Santiago nos sugiere una imagen fascinante que nos puede ayudar: La Palabra de Dios es como un espejo.  No nos sirve y nada cambia en nosotros si pasa delante de nosotros rápida y distraídamente.  Debemos confrontar detenidamente nuestra vida con la Palabra de Dios, a su luz debemos ver cada aspecto de nuestra existencia, dejarnos cuestionar y dejarnos juzgar, como nos dejamos juzgar por el espejo cuando en él nos vemos detenidamente, pero de un espejo que no se detiene en la superficie sino que penetra hasta la médula y revela los secretos del corazón.  Esta será siempre la fuente más fecunda de renovación personal y comunitaria.

 Cada uno de nosotros debe preguntarse a que categoría de terreno pertenece nuestro corazón. ¿Somos de aquellos que escuchan la palabra del Reino y no la entienden ni la quieren entender?  ¿Somos de los que escuchan la Palabra de Dios con alegría, pero por la inconstancia no la dejan echar raíces y se seca ante cualquier dificultad? ¿Somos de los que escuchan de buena gana el proyecto de Dios, pero no toman la decisión de arrancar la mala hierba que mata lo que Dios ha sembrado?  ¿O somos de aquellos que han abierto su vida a la Palabra de Dios y ponen todos los medios para que esté fructificando al cien por uno, al sesenta, al treinta?

Todos nosotros somos esa multitud, que el evangelio señala, a la cual Jesús enseña y para la cual poco tiempo después multiplicó los panes.  También ahora, después de que hemos escuchado su palabra, Cristo-Jesús está por multiplicar y distribuir el pan que es su cuerpo que se entrega por nosotros.  Su presencia será completa en nosotros cuando dejemos que su palabra llegue a lo más íntimo de nuestras vidas y cuando comamos y bebamos su cuerpo y su sangre presentes en este banquete que Él ha preparado para nuestra salvación.


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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4489Domingo, 10 de julio de 2011 12:40 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

XIII domingo ordinario

 Saber recibir, acoger, hospedar, debe ser una característica de la comunidad cristiana.  Para despertar en nosotros esta sensibilidad la liturgia nos ha presentado el pasaje de la Sunamita y el profeta Eliseo, y San Mateo ha proclamado el “Discurso sobre la misión”.  Es más, entre la primera y tercera lectura hay una unidad literaria:  Lo que Jesús pide a sus discípulos:  “El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta”, lo realizan ya en el Antiguo Testamento una mujer distinguida de Sunem y su esposo, y no lo realizan de cualquier modo, sino con una finura extraordinaria, pues en una recamara fresca y limpia le preparan una cama, una mesa, una silla y una lámpara, con el fin de que el profeta pueda descansar y meditar en silencio y así pueda seguir cumpliendo su itinerario misionero en nombre de Yahvé.

 En el “Discurso sobre la misión” podemos descubrir tres expresiones de ese “recibir”.  En primer lugar un saber “recibir”, apoyar, animar espontáneo y sencillo a las personas comprometidas en hacer el bien a los demás, no puede quedar sin recompensa.  Hay una segunda manera de “recibir” que va más allá de la filantropía, de la ayuda social y que es movida por la convicción de que se sirve al mismo Cristo cuando se sirve al profeta, al justo y a los más necesitados, sin importar las características personales de estas personas en las cuales Cristo se hace presente.  A esto se refiere el mismo Cristo cuando nos describe el juicio final: “lo que han hecho con uno de estos, los más pequeños, conmigo lo han hecho”.  Finalmente hay un saber “recibir” en plenitud cuando se recibe, se acepta y se sigue al mismo Cristo con toda la radicalidad con que se describe comparándolo con el padre, la madre, los hijos y que lleva consigo el riesgo de dar la vida para ganarla.

 Dar significa estar vivo y ser rico.  El que tiene mucho y no sabe dar no es rico, es una persona pequeña, impotente, empobrecida, por mucho que posea.  En realidad, sólo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.  Todos necesitamos escuchar y recibir en lo más profundo de nuestros corazones la palabra de Jesús: “no quedará sin recompensa ni un vaso de agua fresca que demos a los más pequeños y necesitados”.  En un mundo lleno de grupos enfrentados, partidos, guetos, sindicatos, clubes, razas, países y hasta iglesias y religiones...  es importante la llamada evangélica a saber “recibir”, acoger, hospedar a los demás.  Acoger es abrir las puertas de nuestro hogar y de nuestros corazones, es escuchar y ofrecer una posibilidad de diálogo;  es dar algo de nuestro tiempo, de nuestros bienes y de nosotros mismos.

 Muchas de las grandes obras que hacen posible nuestro país, y que nos enorgullecen como mexicanos, se realizan por personas que jamás aparecen en la televisión y cuyos nombres nadie airea en la radio o en la prensa.  Son hombres y mujeres grandes porque su vida es una bendición  en medio de esta sociedad.  Ellos forman ése ejército pacífico del Voluntariado que trabaja de manera gratuita y callada, en los miles de rincones de nuestro mundo, sólo porque les nace del corazón estar junto a los que sufren, a los caídos, a los abandonados.  Gloria Fuentes, con su ternura de mujer poeta, dice que “el voluntario no ha pintado un cuadro, no ha hecho una escultura, no ha inventado una música, no ha escrito un poema, pero ha hecho una obra de arte con sus horas libres. Jesús piensa en un premio todavía más grande para todos ellos: “Yo les aseguro que no perderán su recompensa”.

 Por muchas razones los cristianos defendemos a la familia, pero no basta con defender el valor de la familia sin más, porque la familia puede plasmarse de maneras muy diversas y hasta en contra del proyecto de Dios.  Hay familias abiertas al servicio de la sociedad, y familias replegadas egoístamente sobre sí mismas.  Familias que educan en el egoísmo, y familias que enseñan y viven la solidaridad.  Por esto, la familia no es para Jesús algo absoluto e intocable.  No es un ídolo.  Hay algo que está por encima y es prioritario: el Reino de Dios.  Lo decisivo no es la familia de carne sino esa gran familia que debemos construir entre todos bajo el reinado del mismo Padre.  Con cuánta evidencia y con cuánta tristeza podemos comprobar esto al encontrar niños de la calle que en las coladeras y en las cañerías descubrieron su hogar porque ahí les dieron la comprensión y el cariño que les negaron los de su propia carne y sangre.

 Quizá lo hemos olvidado. “Recibir”, aceptar, seguir a Jesús, comporta desprendimientos, renuncias, conflictos.  Adherirse a él conlleva opciones decisivas y trascendentes ciertamente no fáciles. Jesús es exigente.  No admite medias tintas, soluciones de compromiso o componendas.  Declara abiertamente que ha venido a sembrar sobre la tierra no la paz sino la espada.  O sea, a hacer explotar las contradicciones, a poner en crisis, producir desconciertos, a provocar tensiones profundas entre individuos y en el interior de la persona misma.  No es posible seguirle sino cargando con la cruz.  El riesgo que corremos es el de escuchar estas frases del “Discurso misionero” como si fuesen un lenguaje simbólico, como si Jesús no estuviese hablando en serio.  La verdad que un cristianismo acomodaticio y convenenciero, un seguimiento de Jesús sin aceptar la cruz y el sufrimiento, poco tienen que ver con el evangelio que él proclamó.

“Pero el que pierda la vida por mí, la salvará”.  Si un vaso de agua fresca no queda sin recompensa, mucho menos queda sin recompensa el dar la vida por Cristo sirviendo a los hermanos.  En el siglo cuarto, el emperador Julián, llamado el Apóstata, preguntó burlonamente a un seguidor de Cristo: “¿Qué está haciendo el hijo del leñador?”  Éste respondió con mucha seguridad: “Estoy preparando la caja de tu sepultura”.  Hoy la historia nos muestra cómo han terminado aquellos que han perseguido y odiado a Jesús en la persona de sus discípulos y que han pretendido reducir a Jesús a la “Iglesia del silencio”.  Las persecuciones, la burla y el desprecio a los seguidores de Cristo en cada siglo toman nuevas formas, pero no pueden faltar. La Iglesia y los cristianos sin persecuciones se deterioran y corrompen, con persecuciones y martirio se fortalecen y triunfan.  “El que pierde la vida por mí, la salvará”.  ¡Palabra del Señor!

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4351Domingo, 26 de junio de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Basílica de Guadalupe, con motivo de la Peregrinación por la paz, unidad y esperanza

En esta celebración eucarística para dar gracias a Dios y a nuestra Madre Santísima de Guadalupe, dirijo mis fervientes deseos de paz, junto con un caluroso mensaje de esperanza, sobre todo a los que están sufriendo las consecuencias de la violencia y de la discordia que destruye el corazón del hombre y por tanto, de la sociedad.

Hace cinco años nació el Movimiento Social Católico UNION DE VOLUNTADES, ante un ambiente tenso donde la paz social se sentía amenazada. Este grupo de personas y asociaciones convocó a una magna peregrinación a la Basílica de Guadalupe, para postrarse ante la Morenita del Tepeyac y suplicar su eficaz intercesión por la l Unidad, la Paz y la Concordia del pueblo de México; también se comprometieron como laicos católicos a trabajar  a favor de la cultura de la vida, de la protección de la familia como núcleo fundamental de la sociedad, de la dignificación de la persona humana, de la educación integral y del combate a la pobreza. Para la Iglesia este hecho es un motivo más de esperanza. Entre tantas malas noticias también brillan estos ejemplos de amor a Dios y al prójimo concretados en acciones que han de cambiar nuestro horizonte social.

El lema que inspira esta peregrinación de Unión de Voluntades, y es lo que pedimos llenos de confianza, queremos “Paz, Unidad y Esperanza en México”.

En la primera lectura el Apóstol Santiago nos dice que “los pacíficos siembran paz y cosechan frutos de justicia”. Construir la paz es poner los fundamentos de un auténtico humanismo. La paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Como tarea supone un compromiso permanente de los individuos y de los pueblos por establecer relaciones de justicia y solidaridad; pero la paz es sobre todo un don de Dios. Siguiendo el magisterio del Santo Padre Benedicto XVI quiero compartir algunas convicciones de nuestra fe.

¿Dónde  se genera la paz que tanto anhelamos? La respuesta es sencilla: en la familia. De hecho, la primera forma de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva familia.

La familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el « lugar primario de ‘‘humanización'' de la persona y de la sociedad », la « cuna de la vida y del amor ». Con razón, pues, se ha calificado a la familia como la primera sociedad natural, «una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social».

En efecto, en una vida familiar «sana» se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. No ha de sorprender, pues, que se considere particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la familia. Por tanto, cuando se afirma que la familia es « la célula primera y vital de la sociedad », se dice algo esencial. La familia es también fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias determinantes de paz. Por consiguiente, la comunidad humana no puede prescindir del servicio que presta la familia. El ser humano en formación, ¿dónde podría aprender a gustar mejor el « sabor » genuino de la paz sino en el «nido» que le prepara la naturaleza? El lenguaje familiar es un lenguaje de paz; a él es necesario recurrir siempre para no perder el uso del vocabulario de la paz que todo niño aprende de los gestos y miradas de mamá y papá, antes incluso que de sus palabras.

La Iglesia Católica de muchas maneras ha mostrado su interés  y su compromiso de contribuir en la construcción de la paz a fin de que la violencia, la impunidad y la corrupción tengan un freno, para ello propone entre otras muchas iniciativas que son  necesarias, lo siguiente:

Asumir un mayor compromiso con la evangelización de calidad y con la difusión de los valores cristianos que promueve el Evangelio de la vida. La Iglesia tiene una enorme responsabilidad en ello y para hacer frente a este reto se debe partir del hecho de que un católico correctamente evangelizado estará siempre en contra de la Cultura de la Muerte.

 

 Realizar jornadas de oración en las que se involucre a todos los grupos eclesiales y a la comunidad parroquial para pedir a Dios por el don de la vida, por la paz y por la conversión de los delincuentes que tanto daño han hecho a nuestro país. Con esta misma finalidad, se propone incluir en la Oración de los fieles, en todas las Misas dominicales, una petición especial.

Educar en el amor al prójimo y hacer presente, en la sociedad, el mensaje de Jesucristo: el amor como ley suprema. Y es que, la creciente agresividad que flota en el ambiente hunde sus raíces en la banalización del amor, donde cada hombre se encamina a establecer su relación de dominio frente al otro.

 

Realizar un diagnóstico para conocer de manera objetiva los delitos más comunes que se cometen en la zona y, a partir de los resultados que arroje la investigación, definir los valores que se requiere promover en la comunidad para contrarrestar los daños ocasionados por la delincuencia y la violencia.

 

Organizar talleres de cultura cívica dirigidos a la comunidad parroquial y, como complemento, se sugiere informar a los fieles de los programas que han elaborado las autoridades locales y la Comisión Justicia y Paz de la Arquidiócesis de México para combatir la inseguridad social. Se debe evitar que la presentación de los programas se realice con fines partidistas.

 

Elaborar y difundir entre la comunidad un directorio telefónico de las instancias locales ante las cuales se debe denunciar un hecho delictivo, con la finalidad de evitar la impunidad. Se sugiere también promover entre los fieles la práctica de la denuncia tomando todas las medidas de seguridad posibles.

 

Formar un comité de laicos responsable de llevar un registro de las denuncias realizadas ante las instancias correspondientes y dar seguimiento a las mismas con la finalidad de presionar a las autoridades para que, de manera rápida y conforme a Derecho, atiendan todas y cada una de las denuncias.

 

Implementar en todos los templos el programa de Cáritas para la prevención y tratamiento de adicciones y otras situaciones que afectan especialmente a la juventud. Se sugiere también buscar entre la comunidad a especialistas en este rubro que puedan brindar apoyo psicológico gratuito a quienes sufren alguna adicción o han sido víctimas de la delincuencia.

Utilizar todos los medios al alcance de los templos para erradicar la violencia intrafamiliar y promover los derechos humanos particularmente de los niños, mujeres y ancianos. Este reto se debe emprender bajo la premisa de que la delincuencia y la violencia que se vive en las calles del país es consecuencia de una descomposición social que se origina fundamentalmente al interior de las familias mexicanas.

 

Elaborar y distribuir material informativo sobre lo que es la Cultura de la Legalidad como un componente indispensable en la vida de la sociedad mexicana. A través de los periódicos murales parroquiales se sugiere promover el conocimiento y el respeto a las instituciones y a las leyes que regulan la convivencia social.

El Beato Juan Pablo II nos decía que “La paz es el resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando el bien derrota al mal. Ante el dramático panorama de los violentos enfrentamientos fratricidas que se dan en varias partes del mundo, ante los sufrimientos indecibles e injusticias que producen, la única opción realmente constructiva es detestar el mal con horror y adherirse al bien (cf. Rm 12,9)” La paz es un bien que se promueve con el bien: es un bien para las personas, las familias, las Naciones de la tierra y para toda la humanidad; pero es un bien que se ha de custodiar y fomentar mediante iniciativas y obras buenas.

Quiero animar a los que participan en UNION DE VOLUNTADES para que, a imitación de San Juan Diego, continúen empeñados en hermanar voluntades que procuren la Unidad, la Concordia, la Justicia, la Reconciliación y la Paz.

Que Santa María de Guadalupe, Reyna de la Paz y Esperanza nuestra, nos alcance de su Divino Hijo las gracias necesarias para que nuestras familias sean educadoras de la paz, para que nuestros gobernantes no claudiquen en su misión de propiciar condiciones sociales y políticas que nos lleven a una paz estable, para que consuele y alivie a tantas y tantas víctimas de la violencia, sobre todo en el interior de las familias. Así sea.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4348Sábado, 25 de junio de 2011 13:00 hrs
Mensaje del Card. Norberto Rivera Carrera al término de la celebración de la Solemnidad de Corpus ChristiQueridos hermanos, la Solemnidad de Corpus Christi que hoy celebramos y la realización del V Congreso Eucarístico Nacional, el próximo mes de octubre, cuyo tema es “La Eucaristía, Mesa Fraterna para la Reconciliación y la Paz, iluminan nuestro caminar en la fe en la Arquidiócesis de México y nos animan a continuar nuestro proceso de renovación pastoral con “mayor atención a la realidad social, especialmente deteriorada por la crisis económica y de valores que tiene consecuencias graves…” (Cardenal, Norberto Rivera Carrera. Convertirnos en Buena Noticia para la Ciudad. Orientaciones Pastorales 2010. No.2).

La lectura del día de hoy, tomada del Libro del Deuteronomio (Dt 8, 2-3. 14b-16ª) y que escuchamos en la Misa, nos permite contemplar a nuestra Ciudad y a nuestro País, como una Nación que busca alcanzar una realidad mejor y que en el camino afronta una serie de calamidades, ante las que debemos reflexionar para tomar la ruta que nos permita alcanzar la paz que anhelamos y que requiere de la reconciliación que nos lleve a restablecer los lazos fraternos rotos.

Es necesario tener la paz como meta clara. Es importante, tomar en cuenta la reconciliación, que genera la fraternidad que nos hace reconocernos como hermanos, porque implica que cualquier proyecto que busque el desarrollo integral de la persona y de la sociedad requiere de la participación de todos, para la procuración del bien común, sustentado en la verdad, en la justicia y en el amor.

Desde la Iglesia Católica valoramos todos los esfuerzos que se han venido haciendo a favor de la recomposición del tejido social, tan fracturado en nuestra Patria, en donde los índices de violencia y de inseguridad han alcanzado alturas inimaginables. Situaciones, que si se ignoran, simplemente crecen bajo la complicidad del silencio y de la apatía de quienes pudiendo hacer algo, no actúan.
Ciertamente y cada vez más, vamos adquiriendo la conciencia de que los males que nos aquejan encontrarán solución y serán revertidos, en la medida en que, para atenderlos, lo más pronto posible, cada uno, desde nuestra propia competencia, actuemos de manera unida y solidaria.

El texto bíblico mencionado nos recuerda que para la vida plena, no bastan las acciones que por sí mismo el ser humano pueda realizar, sino que requiere de Dios y de su Palabra, no como un paliativo, sino como el faro que ilumine el camino de todo hombre, para llevarlo de la división a la unidad, de la cultura de la muerte a la cultura de la vida, del odio y del resentimiento a la reconciliación; de la desesperación y tristeza, a la esperanza y a la felicidad.

Nuestra Ciudad y nuestro País requieren de hombres y mujeres que, reconciliados, sean fraternos y construyan la paz que anhelamos y que todos debemos favorecer. Esto sólo será posible si abrimos nuestros corazones, nuestras familias y las diversas instancias de la sociedad a Dios. Todos podemos constatar cómo es cada vez más urgente hacer caso de las palabras del ahora beato Juan Pablo II, “¡No tengan miedo! ¡Abran, y aún de par en par, las puertas a Cristo!” (22-oct-1978).

En nuestra Ciudad-Arquidiócesis, desde hace varios años vivimos la Misión Permanente, con la tarea de proclamar y construir el Reino de Dios, que es Reino de justicia, de fraternidad, reconciliación y paz. Dejando que la voz de Jesús resuene en nuestra práctica pastoral, los obispos, los presbíteros, los consagrados y los laicos, como discípulos misioneros, somos “portadores de los valores que necesita la convivencia social para recuperar su capacidad de humanizarse” (Cardenal Norberto Rivera Carrera. Renovar nuestra pastoral desde la raíz. Orientaciones Pastorales 2011. No. 32). La vivencia de dichos valores, brota del encuentro de ojos abiertos y corazón palpitante con Jesús Eucaristía, a Quién cotidiana y habitualmente encontramos en nuestras comunidades parroquiales y a Quién, en este día de Corpus Christi, hemos celebrado en la Misa, con Quién hemos caminado y ahora adoramos.

Las palabras del Evangelio de san Juan (Jn 6,51-58) que escuchamos en la Misa, exponen la autopresentación de Jesús como el Pan Vivo bajado del Cielo; la unidad con Jesucristo, de quien comulga de su Cuerpo y su Sangre y los efectos en la persona que se alimenta de Él, pues da la Vida Nueva y la Eterna.

Efectivamente, comulgar del Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos hermana y nos lleva a la reconciliación y a la paz. En Jesucristo formamos comunidad y en la Eucaristía, al tiempo que somos acompañados por Dios, experimentamos la fuerza de la unidad, que en el caso de la Iglesia, proviene, más allá de necesidades sociológicas pues tiene su origen en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

En la Arquidiócesis de México, agradecemos a Dios el contar con un medio de evangelización muy significativo como lo es la asistencia y participación de una gran cantidad de fieles, en las acciones litúrgicas, principalmente en la Misa dominical (cf. Cardenal Norberto Rivera Carrera. Renovar nuestra pastoral desde la raíz. Orientaciones Pastorales 2011. No. 103), para testimoniar que efectivamente la Eucaristía es Mesa Fraterna para la Reconciliación y la Paz.

Efectivamente en cada parroquia y templo, donde hay un sacerdote que confiesa y celebra la Misa se consolida la comunidad creyente que vive la fraternidad, la reconciliación y la paz, que proceden del Señor Jesús. Jesucristo se hace presente en los sacramentos de la Penitencia, de la Eucaristía y del Sacerdocio. La figura central es Jesús, Pan vivo bajado del Cielo, que nos da Vida Nueva y la Vida Eterna, sin embargo es importante destacar la importancia  la presencia y la acción del hermano sacerdote que actuando “in persona Christi”, santifica a la comunidad, llevándola a la reconciliación y la paz, a través de los sacramentos, la celebración de la Misa, la predicación y el servicio.

Otro elemento importante para una comunidad fraterna, reconciliada y pacificadora, indudablemente son los fieles, quienes a través de su fe y de su participación en los actos litúrgicos y formativos, especialmente en la Misa dominical, en la Comunión Eucarística y en la Adoración al Santísimo, comprenden, asimilan y comparten los valores del Reino, los cuales llevan a sus hogares, edificios, calles y colonias, siendo un factor decisivo para la evangelización, que se hace cultura y es capaz de transformar ambientes y situaciones adversas al impregnarlos del mensaje del Evangelio.

La parroquia, que centra su vida en la Eucaristía, no sólo es importante para los fieles, sino también para la infinidad de personas que acuden a ella para recibir una ayuda material, atención médica, para ser escuchados o para encontrar un espacio de reflexión y de oración.

Los beneficios sociales que genera una comunidad parroquial no son exclusivos para sus integrantes, benefician a todos los que viven en su territorio y aún más allá de sus límites. Por otro lado, tanto la belleza del templo, como la presencia del sacerdote y el testimonio, son también una invitación a la conversión de aquellos que se han alejado de la práctica religiosa y para quienes con sus acciones y actitudes han roto su relación con Dios.

Confío en que las diversas acciones que realizaremos para unirnos al V Congreso Eucarístico Nacional, en la Arquidiócesis de México, logren que nuestras casas, calles y colonias, sean de Jesús Eucaristía y así la vida de nuestra Ciudad y de nuestra Nación se impregnen de su presencia que favorece la fraternidad, propicia la reconciliación y da la paz.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4287Jueves, 23 de junio de 2011 12:00 hrs
Mensaje del Arzobispo Primado de México, Cardenal Norberto Rivera Carrera con motivo del homenaje al beato Juan de Palafox y Mendoza en la Catedral Metropolitana

Don Juan de Palafox y Mendoza fue acusado reiteradamente por sus numerosos enemigos de ser factor de divisiones y contiendas y de buscar siempre el conflicto. Que extraordinaria paradoja es que sea el Beato Palafox quien nos convoque y reúna aquí, en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana, a las personas más distintas en cuanto a credo, opciones políticas, clases sociales y diferencias ideológicas.  ¡Gracias por venir! ¡Gracias por compartir con la Iglesia el júbilo por el reconocimiento de la santidad, el genio, y la virtud de un hombre de iglesia que lo supo ser también de Estado;  no en balde, Palafox y Mendoza es reconocido como el personaje más grande del siglo XVII de la Nueva España.

Esta mañana, en la recepción solemne de sus reliquias, reflexionábamos, en lo heroica vida de santidad de Palafox, pero ahora, quisiera reflexionar con ustedes sobre el gran aporte político que el nuevo beato dio a estas tierras que él tanto amó; bien lo define Rojas Garcidueñas cuando afirma que “Palafox es tan español como mexicano”.

Juan de Palafox nació el 24 de junio de 1600 en un pueblo de Fitero, Navarra, fue hijo ilegítimo de don Jaime Palafox, marqués de Ariza y Ana de Casanate. La deshonra de la viuda rica la llevó en su desesperación a deshacerse del recién nacido mandándolo a ahogar en las aguas del rio Alhama, pero la Providencia Divina, a través de un campesino bueno, Pedro Navarro, salvó la vida del niño. Nueve años más tarde, su padre lo legitimaría para la casa de Ariza y procuraría para su primogénito una educación esmerada en las universidades de Huesca, Alcalá de Henares y Salamanca, mientras que su madre, un año después de este acontecimiento, entraría de religiosa carmelita y moriría en 1639 con fama de santidad.

La España de Palafox y Mendoza, fue contradictoria, por una parte iniciaba el eclipse del Imperio Español con la escisión de Cataluña y Portugal, con un Felipe IV que dejaba el gobierno en manos de sus ministros,  por otra parte se vivía un auge cultural inusitado, el así llamado Siglo de Oro, el de Lope de Vega,  Tirso de Molina, Alarcón, Calderón, Góngora, Cervantes, Quevedo, Rivera, Zurbarán, Murillo y Velázquez.

A los 26 años, vemos a nuestro Palafox ascender a su primer cargo público de relevancia, fue nombrado Fiscal del Consejo de Guerra, bajo el protectorado del poderoso conde de Olivares, segundo del Rey. Razones profundamente espirituales de conversión, llevaron al futuro beato a abrazar la vocación sacerdotal, siendo ordenado presbítero en 1629, mismo año en que es nombrado Fiscal en el Consejo de Indias y un poco más tarde Capellán y Limosnero de la princesa María que debería partir a contraer nupcias con el rey de Hungría. Este cargo lo condujo a un largo recorrido por Europa que duraría catorce meses, viaje que le dio una visión global y un amplio bagaje cultural y político. En 1633 alcanzaba el cargo de Consejero de Indias que a decir de Arteaga y Falguera  (1), el Consejo  tenía una enorme importancia: erigía catedrales, cabildos y parroquias en el Nuevo mundo, e intervenía en recomendaciones para cargos y prebendas. En 1639 es nombrado Obispo de Puebla de los Ángeles y enviado a la Nueva España como Visitador General cuya encomienda tenía facultades enormes: comprendía  todo el territorio del virreinato, todos sus tribunales y la mayoría de sus funcionarios, excepto el Virrey, sin embargo por mandato real llevó a cabo los juicios de residencia de los virreyes  Cerralbo Y Cadereita. También inspeccionó la Universidad de México a la que dotó de valiosos estatutos, el Tribunal de Cuentas, el Consulado de Comercio, el Correo Mayor y la Casa de Moneda, así mismo le tocó combatir el fraude que se realizaba escandalosamente en las minas y puertos del virreinato (2).

Juan de Palafox se propuso combatir no tanto por la dialéctica sino por la práctica la tesis de Maquiavelo de que la doctrina y la moral cristianas eran contrarias a un ejercicio exitoso del gobierno y la política. Palafox afirmaba, por el contrario, que la doctrina y la moral cristianas eran la base esencial e indispensable de cualquier acción efectiva. Sus ideas sociales y políticas  estuvieron en contra del despilfarro y la corrupción. El descuido, la excesiva complacencia y la falta de reformas, advertía Palafox, era el camino certero a la ruina.

Palafox enseñaba que si en un estado triunfa el libertinaje, éste no sólo destruye el bienestar espiritual del reino, sino que también mina su efectividad en el mundo; en cuanto un Estado se precipita en el vicio, la misma valentía se marchita junto con la voluntad de la nación; un reino sin virtud –decía-, es como un cuerpo sin sangre.(3)

Palafox tuvo tres objetivos en sus reformas políticas: fortalecer la justicia, limitar el poder del virrey y combatir la escandalosa corrupción y los terribles abusos perpetrados por los alcaldes mayores.

Si un título podemos dar a Palafox es el de “Hombre de Justicia”. Sin exagerar, podemos decir que el ejercicio recto de la justicia fue el eje de su actuación como estadista. A su parecer, la Audiencia de México era la institución más importante de la Nueva España, la materialización de la justicia del Rey y el eje del gobierno, por ello era imprescindible su funcionamiento imparcial y eficiente, y eso no sucedía en la Nueva España, por el contrario, en un escrito informa a Felipe IV, que la institución está atenazada por la lentitud, la corrupción y la ineficacia; y así mismo informa al Consejo de Indias: “He hallado flaquísima la justicia con los poderosos y muy poderosos ellos contra la justicia”. Aunque Palafox encontró gran resistencia en el virrey Cadereita, los jueces y los tribunales fue un Zar anticorrupción implacable, durante su primer año en nuestras tierras, logró resolver más de cien casos, la mayoría eran litigios de alcaldes mayores acusados de corrupción.

El cargo de alcalde mayor era concedido por el virrey, lo que le redituaba copiosas ganancias ilícitas, los alcaldes recaudaban los impuestos en sus distritos y luego los invertían en sus negocios privados en vez de mandarlos a las arcas reales. Palafox decidió actuar de raíz: decretó que todos los funcionarios acusados de corrupción ya no serían juzgados por la vía civil, sino penal, y quien fuera hallado culpable quedaría de por vida, inhabilitado para ejercer cualquier puesto público. Para remediar este mal generalizado, Palafox proponía sustituir a los alcaldes mayores, designados a conveniencia del Virrey por alcaldes elegidos por la propia población (4). Por desgracia, Palafox no logró consolidar esta reforma; antes de volver a España, escribió a don Cristobal Crespi que su principal ambición como servidor de la Corona había sido la reforma de los alcaldes mayores, que éste había sido el núcleo de su proyecto político y la clave para su éxito, pero que había fracasado.

Si algo encontramos asombroso en Palafox es su concepto de autoridad: Nadie, salvo Dios, tiene autoridad absoluta. Se oponía a aumentar el poder virreinal, e intentó –en opinión de Cayetana Álvarez de Toledo-, cambiar las bases del poder real en América a niveles que hasta ahora nadie ha reconocido: “Su ataque –dice la estudiosa-, contra un régimen basado en el poder y patronazgo del virrey y su intento de sustituirlo por lo que en la práctica equivalía a una administración descentralizada eran, a todos los efectos, revolucionarios”(5) Según Palafox, el ejercicio efectivo del poder no se aseguraba delegando la autoridad en el Virrey, sino en la distribución eficaz de la justicia que era lo que mantenía fieles y obedientes a los súbditos; en su imparcialidad, equidad y honradez a la hora de gobernar . La autoridad del Rey como del Virrey se legitimaban y asentaban en el pacto con sus súbditos. En resumen, la autoridad del Rey dependía de su forma de gobernar y para gobernar adecuadamente tenía que hacerlo según los postulados de la ley natural y divina. Los dictados de la justicia fincaban los límites de la Monarquía absoluta, esta idea de Palafox es verdaderamente osada para la época, significaba que si el Rey no garantizaba el ejercicio de la justicia corría el riesgo de perder su autoridad. No cabe duda que esta idea de la supremacía de la justicia sobre la autoridad es la aportación más importante para alcanzar la reforma de la administración.

Palafox no sólo pensaba lúcidamente, sino que era consecuente con su pensamiento, en apenas 5 meses que fue Virrey, de junio a noviembre de 1642, tuvo logros espectaculares, sin duda porque retuvo en su persona todos los poderes: Virrey, Visitador General, Presidente de la Audiencia y Arzobispo de México –a lo que hoy sería correspondería ser Presidente de la República, Presidente de la Suprema Corte de Justicia, Procurador de la República y Secretario de la defensa Nacional, y por si faltara, Arzobispo Primado de México-,  pero sobre todo porque actuó con una honestidad, eficacia, clarividencia y justicia extraordinarias. Su primer objetivo fu dar acceso a los criollos a los mejores cargos públicos, eliminó las barreras comerciales entre las Indias y las Filipinas, frenó la especulación en el precio de los alimentos, propuso una drástica reducción de la presión fiscal y rechazó la imposición de nuevos impuestos; recibió las arcas del rico virreinato de la Nueva España en bancarrota y las entregó saneadas con setecientos mil pesos oro; reformó al ejército con la creación de doce unidades de infantería, les pagó honrosos sueldos, reforzó la defensa de Veracruz y liberó a la Habana del asecho de los piratas, asistía diariamente a las sesiones de la Audiencia para agilizar la justicia y vigilar su imparcialidad.

Para con los indígenas Palafox tuvo un amor y una sensibilidad especial, a ellos dedicó su célebre tratado sobre “La naturaleza y virtudes  del Indio”, su experiencia pastoral lo hizo especialmente sensible al sufrimiento, opresión y carencias de los indígenas. El mismo, con los recursos a su disposición procuró dar empleo a sus fieles más humildes protegiéndoles de los abusos y la explotación. No ordenaba sacerdotes si no hablaban las principales lenguas indígenas, y él mismo aprendió algunas de ellas; mandó hacer diccionarios y un manual de sacramentos en náhuatl . Una idea de Palafox, realmente revolucionaria y puesta en práctica por él fue que en los estatutos que redactó para la Real y Pontificia Universidad de México, incluyó una clausula por la cual los indígenas deberían ser admitidos en todos los estudios. En el colegio de San Pedro fundado por él no sólo admitió candidatos indígenas para las órdenes sagradas sino que ofreció becas para que estudiaran los que no tenían recursos.

Después de esta breve exposición de algunas de las ideas políticas de beato Juan de Palafox y Mendoza ¿alguien puede dudar de su actualidad en la circunstancia histórica que vive nuestro país? En México, no saldremos adelante ni no volvemos a poner la virtud -los valores, como hoy en día se les llama-, en el centro del quehacer político y de la sociedad en general; esta no es una idea religiosa, ya los antiguos filósofos lo planteaban como fundamento de toda sociedad. Así mismo la autoridad debe legitimarse con el ejercicio de la justicia, de otra manera solo tendremos autoritarismo o un remedo de autoridad que no alcanza su cometido fundamental.

El ejercicio del poder y la política, Palafox lo vivió como una verdadera vocación de amor, servicio y sacrificio, vio como el peor vicio de la administración pública la injusticia, la corrupción, el despotismo, la arrogancia y el enriquecimiento ilícito. El poder, Palafox lo entendió como dado por el pueblo para ejercer la justicia, buscar el bienestar de los gobernados, su desarrollo, su bienestar espiritual y temporal. La preocupación de Palafox por los más necesitados se hizo presente no como una compasión inútil, sino como una búsqueda del desarrollo de las clases más desfavorecidas. Así mismo fue un impulsor eficaz de reformas administrativas, económicas y políticas indispensables para el desarrollo del reino. ¿No acaso, nos hace falta todo eso?

Si la santidad cristiana es admirable en sí misma, por la dificultad que entraña, por el heroísmo que exige la amistad con Dios viviendo la fe, la esperanza y la caridad, doblemente se vuelve difícil, casi imposible cuando se debe vivir en el ejercicio del poder político a la exposición de la tentación de un poder mal entendido, la seducción de las riquezas fáciles, la adulación, la soberbia, y la ambición desmedida de reconocimientos y de anhelos meramente humanos y estar rodeados de un ambiente contrario a los valores evangélicos, pero Palafox, supo navegar admirablemente en medio de estas aguas sin hundirse en ellas, supo ser santo siendo gobernante, supo tomar las decisiones más delicadas de gobierno sin temor a pagar sus costos; personalmente fue un gobernante virtuoso, y más que eso, santo, hombre de oración honda y prolongada que lo llevó a la cumbre del misticismo, pensador profundo del reino celeste y terrestre, constructor admirable, administrador inteligente y honrado, temerario en el combate de la corrupción y la injusticia, generoso y sensible con los pobres, legislador consumado y juez justo, todo esto y mucho más fue Palafox.

Nos alegramos inmensamente por el primer Arzobispo beato de la Arquidiócesis de México, nos llenamos de gozo por el primer Virrey beato de América. Que el ejemplo de Juan de Palafox y Mendoza nos lleve a vivir como verdaderos cristianos y buenos mexicanos que viven comprometidos con su época para alcanzar un mundo más fraterno y justo.

Beato Juan de Palafox y Mendoza: ¡Ruega por nosotros! 

 

 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4284Miércoles, 22 de junio de 2011 20:30 hrs
Mensaje del Emmo. Sr. Cardenal, Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, con motivo de la solemne recepción en la Catedral Metropolitana de las reliquias del Arzobispo Beato Juan de Palafox y Mendoza


Rezabas piadoso la hora nona, Juan de Palafox y Mendoza, en la fiesta que la Iglesia celebra el triunfo del Señor en su admirable Ascensión, cuando vinieron a avisarte que habías sido nombrado Obispo de Puebla de los Ángeles, allá en ultramar, en la joven y exótica España Nueva, tierra de deseos e ilusiones, patria de sueños, aventuras y proezas. Tu corazón joven no se alteró, tenías 39 años y un profundo sentido cristiano de la indignidad, por eso no aceptaste, pero el rey Felipe IV insistió, y tus consejeros dijeron que: “sería del agrado del Señor cumplieses las órdenes de su Majestad, pues Dios te quería para santo de muchos trabajos, aunque de todos te sacaría bien”. Quién diría que 372 años después, en la fiesta de la Ascensión del Señor, serías solemnemente proclamado Beato por la Santa Iglesia Católica a la que amaste con toda tu vida, tu inteligencia, afecto y corazón.

Fuiste profundamente amado por el Señor y lo amaste a Él entrañablemente, quizás por eso elegiste como día de tu ordenación episcopal el 27 de diciembre de 1639, fiesta del discípulo amado San Juan Evangelista. Juan como tú, teólogo como tú, de mirada alta y luminosa, de profundo pensamiento místico para penetrar por el amor el misterio de Dios que es Amor. Y ante tu consagración te hacías una grave pregunta: “¿Qué otra cosa son los obispos sino maestros públicos de la perfección cristiana, ciudades sobre el monte de la perfección, de donde se ha de comenzar la conquista de Cristo?

El 8 de abril de 1640, domingo santísimo de Resurrección, subiste resuelto al galeón de San Pedro y San Pablo: ¡Qué seguro bajo ese patrocinio! ¡Qué certero tu pastoreo bajo la obediencia de Pedro! ¡Qué ardiente tu corazón evangelizador con el celo de Pablo! Desplegó velas la nave mientras contemplabas con nostalgia a tu querida España, y volteaste lleno de amor y ansías tu mirada al Nuevo Mundo, palpitó tu corazón apasionado, pensando en tu esposa, la amada Raquel, como siempre llamaste a la diócesis de Puebla.

Quién lo diría, aquel niño nacido de relaciones no lícitas, mandado a ahogar en las aguas del río Alhama, pero –como Moisés-, providencialmente salvado por Pedro Navarro, un campesino cristiano y bueno quien lo tomó como hijo suyo y lo hizo pastor pobre de tres ovejas, hoy navega en medio de grandes peligros: de fieros piratas, de borrascas y tormentas –preludio de la vida que le espera-, a ser pastor, siempre pobre, aún en una diócesis rica, de miles de ovejas que lo amarán entrañablemente como padre y protector.

Un 24 de junio del año del Señor, 1600, fiesta de San Juan Bautista, naciste en un rincón apacible de Navarra, Fitero; y 40 años después, un 24 de junio, naciste para la Nueva España, cuando tu barco ancló en las costas esmeraldas de la Vera Cruz. En España estuviste destinado a morir en las aguas, en México, las aguas te arrojaban a emprender una grandiosa aventura, una historia que jamás imaginaste, pero que pese al dolor, la soledad, el odio, la ingratitud y las lágrimas, mil veces la vivirías y morirías por amor a Dios y a las almas.

El 22 de julio de 1640, llegaste a la bella y bien trazada ciudad de Puebla de los Ángeles, miles de expectantes fieles salieron a encontrarte, y desde entonces amaste aquel valle que parecía un edén: regado de caudalosos ríos, coronado de imponentes volcanes y montañas, refrescado por los bosques vecinos y lleno de gente buena, buena como esa tierra blanda, fresca y fecunda. El verdor de los maizales, el oro de su trigo, el azul tan azul del cielo, la pureza del aire y la bondad de su clima enraizaron en tu corazón los afectos, embelesaron tu sensibilidad de suave poeta, que te hizo bendecir a Dios en su Creación, mientras tú iniciabas la tuya, la edificación de tu amada Raquel.

Del Señor, -como San Agustín-, amaste la hermosura de su casa, y por eso emprendiste la titánica obra de la construcción de la Catedral de la Inmaculada Concepción, logro de hermosura y orgullo de Puebla, cuya altura de sus torres nos acerca a los ángeles; de ella escribiste “que Dios te había dado tan grande amor en hacer este servicio a la Virgen con tan gran ternura y devoción, así racional como sensible, que decías muchas veces a esta piadosísima Señora y a muchos que le ayudaban a esta obra, que con gran gusto elegías acabarla y morir un día después, por asegurar a Dios este servicio y a la Virgen este gusto", y lo lograste ¡en tan solo nueve años! Además de la magnífica Catedral, los números de las obras que edificaste son de vértigo: 44 templos, sin contar un gran número de ermitas y más de cien retablos muy lucidos; el Colegio de Vírgenes, mejoras a los conventos de monjas, los prestigiosos colegios de San Juan, San Pablo y San Pedro de donde surgiría el Real y Pontificio Seminario, y el tan venerado santuario de San Miguel del Milagro, construido, con tu propio peculio, por devoción al Santo Príncipe de los Arcángeles.

Pero la mayor construcción que lograste fue la espiritual y cultural, tuviste, como buen pastor, muy en tu corazón a tus queridos sacerdotes. Como lo mandaba el Concilio de Trento, fundaste un seminario donde tuvieran una sólida formación intelectual y espiritual, hiciste obligatorio para los clérigos el aprender lenguas indígenas y tú mismo dominaste algunas de ellas. El Buen Pastor conoce a sus ovejas y te lanzaste no a una sino a tres imposibles visitas pastorales en tu inmensa diócesis que abarcaba del Atlántico al Pacífico: allá va el buen pastor, dando cuenta en su diario de los mil peligros que pasó: caminos intransitables, precipicios, barrancas, lluvias y tormentas, climas extremos, fatigas sin fin, pero nada frenó al indómito Palafox que tenía clavado en la conciencia que la vida no le pertenecía, se debía a sus ovejas, sobre todo a los más pobres, a los marginados y a los indígenas, predilectos de su corazón.

Fuiste hombre de refinada y amplia cultura,  supiste infundir el amor por el conocimiento y lo bello, aún admiramos tu selecta biblioteca que donada con generosidad la abriste para que todos pudieran beber en esa fuente, convirtiéndose en la primera biblioteca pública de América. Orante profundo como eras, amaste la música de Dios, y en tu episcopado floreció la espléndida música sacra de Juan Padilla, la mejor de su época en la Nueva España; fuiste mecenas de grandes maestros, pintores, arquitectos y de las artes que hacen trascender la materia al espíritu.

Jurista consumado, valiente y honesto, fuiste nombrado por el Rey como Visitador General y emprendiste una lucha frontal y sin miramientos contra la corrupción y sus injusticias, y aquí surgieron tus implacables enemigos, poderosos e inmorales funcionarios, gobernantes sin escrúpulos, jueces viciados, ricos avarientos y hasta hermanos tuyos eclesiásticos, cuyas saetas y dardos fueron los que más te hirieron. En 1642 fuiste electo Arzobispo de México, esta  ciudad del Anáhuac te recibió con un desbordado júbilo el 6 de junio, el Rey también te nombró Presidente de la Audiencia y Capitán General para llevar a cabo la delicadísima encomienda de destituir al duque de Escalada y quedar tú en su lugar como Virrey de la Nueva España, y pese a tener todos los poderes civiles y eclesiásticos en tus manos, gobernaste con mesura, inteligencia y prudencia, entregando en paz y saneado el virreinato en tan ¡sólo cinco meses! de trabajo.

La reforma de la Iglesia te apremiaba, y pusiste orden tanto en el clero secular como regular, y en tu encomienda de poner en práctica los Cánones de Trento y las Ordenanzas Reales, encontraste una gran resistencia que desafió tu autoridad episcopal e inició una despiadada guerra contra ti que duraría más que tu vida, un poco más de tres siglos, pero no te acobardaste y escribiste: “…volver las espaldas el prelado a tan importante obligación, es arrojar la mitra de la cabeza, y el báculo de la mano, y volverse mercenario debiendo ser pastor…”. La calumnia, la difamación, el escarnio y la mofa fueron las armas de tus incontables enemigos, pero tu defensa fue la verdad, la justicia, el derecho, la ponderación, e incluso la benevolencia.

Puebla te amó siempre, y no soportaba ver la vejación de la que eras objeto su pastor, por eso ante el serio peligro de que atentaran sacrílegamente contra tu vida en la procesión del Corpus de 1647, viendo que, por defenderte, la ciudad se exponía a grandes divisiones y desdichas, estuviste resuelto a exponerte, arrodillado a la puerta de tu Iglesia Catedral para que te matasen a espada –como el Santo Obispo mártir, Thomas Becket-, si con tu muerte lograras que cesaran todas las contiendas.

La guerra civil en Puebla era inminente, no te aterró que corriera tu sangre, que tan dispuesto estabas a ello, sino la de tus ovejas… Y ahí va el pastor huyendo de su propia casa, el 17 de junio escapaste rumbo a Tepeaca; de noche, cruzando peligrosas barrancas llegaste a Tecamachalco; al otro día, cubierto por la oscuridad, arribaste a San Salvador y de ahí te fuiste a refugiar en las bellas lagunas de Las Minas en cuyas riveras azules, claras y mansas, pasaste la tarde del Corpus meditando en el Santo Sacramento, en esas soledades acuáticas escribiste tu carta pastoral “Suspiros de un pastor atribulado”, en la que invitabas a tus fieles a padecer por Dios y a esperar y no sentir la ausencia de su obispo, animándolos a la oración, al ejercicio de las virtudes, a la caridad con los enemigos y la justicia con los malvados, sin que la justicia ofenda a la caridad. Amargo onomástico pasaste el día 24, y suave consuelo al celebrar en el monte la solemnidad de San Pedro y San Pablo; el 5 de julio atravesaste el salitroso Valle del Salado, pasando por barrancas peligrosas donde cayó tu comitiva, hasta llegar a la hacienda de San José Chiapa, en una pequeña celda oscura permaneciste oculto cuatro meses.

En ese cuarto oscuro, silencioso y apartado, ¿qué estado mantenía tu espíritu? ¡Oh Juan de Palafox! ¿Cuánto inflamó al afecto tu “Amor Crucificado”? ¿Qué metamorfosis espiritual sufrió tu alma? El silencio no habla, pero sí tus escritos donde convencido afirmas: “El buen prelado, cuando le impiden ir por una calle en el servicio de Nuestro Señor, ha de intentar andar por otra y no parar. No le dejan reformar con la jurisdicción y religión, informe con la voz. No puede predicar, escriba; no puede escribir, ore; no puede conseguirlo, llore. Siempre ha de estar velando y obrando en el servicio de Dios, del bien de las almas a su cargo, del lucimiento del culto divino y de su Iglesia hasta la última respiración”. Y eso hiciste, escribiste, oraste, lloraste y a tu alma llegó una inexplicable paz.

El destierro, doloroso para el corazón, moldeaba en santidad tu alma. El Papa y el Rey te darían la razón en tus alegatos, pero el odio y la calumnia habían hecho ya su trabajo, las muchas relaciones de personas poderosas: Virrey, Arzobispo de México, inquisidores, oidores y hasta hermanos sacerdotes y religiosos habían ido socavando la confianza del Consejo de Indias hasta que el Rey dio la orden más temida para tu corazón y la más dura en su obediencia: tenías que regresar a España, y obedeciste, sin réplicas ni demoras.

Dios y su Santísima Madre te concedieron antes de partir un gran consuelo, el 18 de abril de 1649, con grandiosa solemnidad, vestido de pontifical  iniciaste a las cinco de la mañana la consagración de tu espléndida Catedral, liturgia divina, excelsos oficios que se prolongaron hasta las tres de la tarde. ¿Qué pediste a cambio, ¡oh obispo constructor!, por tantos trabajos y sacrificios puestos al servicio de la Iglesia? Una sola cosa: siete pies de tierra a lo último de la Catedral para que te pudieran enterrar cuando Dios te llevara.

El 2 de mayo, en la reluciente Catedral te despediste de todo tu pueblo. Cómo debió conmoverte que los indígenas a los que tanto amaste y protegiste te ofrecieron un memorial en el que decían “que si la causa de ausentarse su obispo era la dificultad económica, ellos se donaban con sus familias y bienes, para mantenerte hasta la muerte”. Lloraste abundantemente tú, y amargamente todo tu pueblo, y con voz potente clamaste con extraordinario fervor y fuego: “Allí, allí, mirando y señalando a la custodia y al sagrario, en aquel Señor, pastor y pasto, médico y medicina, redentor y rescate, me habéis de buscar a mí y ¡ay de mí si no me hallareis allí!”

Saliste bendiciendo a tu pueblo entre aclamaciones y llantos el jueves 6 de mayo de 1649, no quisiste partir sin antes pasar a tu amado santuario, San Miguel, mismo al que mañana regresarás –oh destinos de la Providencia-, antes de volver triunfante a tu amada Puebla. El 10 de mayo, en Veracruz, la flota se hacía a la vela mientras en tus ojos llenos de lágrimas se desdibujaban lentamente las costas mexicanas. ¡Si, Juan de Palafox y Mendoza, tu amor ya estaba crucificado!

Ya en España, fuiste recibido por el rey Felipe IV a quien hablaste con libertad evangélica de lo acaecido en nuestras tierras. Al término de la audiencia dijo el Rey a su secretario: “Me ha hablado don Juan de Palafox cual no me ha hablado hombre en mi vida”. Pero nada haría cambiar a su Majestad, ni siquiera las dos veces que por carta humildemente suplicaste la gracia de retornar a los brazos de tu amada Raquel, la Puebla de los Ángeles, que tres siglos y medio después te sigue esperando.

El 23 de junio de 1653 el rey te daba destino a una pequeña pero histórica diócesis: El Burgo de Osma. Hubo una primera natural resistencia interior, alimentada por tus familiares y amigos que veían en este nombramiento una inmerecida humillación, pero viste en la orden del rey la voluntad de Dios y allá partiste, sereno y obediente a ocupar la sede de San Pedro de Osma, en la catedral de la que fuera canónigo Santo Domingo de Guzmán.

En las soledades castellanas de Osma floreció tu vida interior que se elevó hasta Dios por las alas de la oración y la mortificación. Escribías arrobado:  “¿Cuándo, la pena que siento, trocará en gozo el amor, y fin tendrá el dolor de este dulce tormento? Fue pronto y presintiendo escribiste: “Seamos canales y no lagunas de los bienes temporales y de los espirituales. Todo lo hemos de tener para darlo, pero no para tenerlo. Todo para repartirlo y sin dilación alguna, repartirlo luego y darlo. Hállenos la muerte desnudos, como nacimos, y así será muerte de una vida eterna”.

Dios te concedió la gracia de saber el tiempo de tu muerte y te preparaste entre la alegría y la tristeza; confuso y humillado, gemías: “¡Ay, Señor, qué fuerte es el paso la muerte si al pasarlo no me tomáis de la mano! Qué mar este de congojas si no me embarca esa piedad infinita en el navío dulcísimo de la cruz y en la llaga de ese divino costado! …No sea muerte la muerte, pues viene de vuestra mano, mandando Vos que yo vaya a veros, que sois vida de mi vida”.

Desde que te consagraron sacerdote tuviste claro que la vida ya no te pertenecía, y la entregaste toda a Él: alma, razón, energía, amor, trabajos y desvelos; Jesús era tuyo y tú eras de Jesús. Confesabas con vehemencia tu claudicación: “Entro vuestro amor adentro y pudo más desde adentro que de fuera. Ganasteis la fortaleza y castillo de mi terrible dureza y habiendo entrado el dulce y fuerte conquistador en la plaza no ha podido resistir el corazón cautivo y aprisionado y así obedece rendido… Vuestro amor me ha despojado, Jesús mío, vuestro amor me ha despojado de lo rico; vuestro amor me ha vestido de lo pobre; vuestro amor me ha salteado en el camino y robado los vestidos, el alma y el corazón”.

El miércoles 1 de octubre de 1659, a las doce y media del día, con gran paz y sosiego entregabas tu alma a Dios. Fue tu última voluntad ofrecer un acto de amor: el cirujano abrió tu corazón para introducir en él una pequeña placa de plata inscrita con los dulcísimos nombres de Jesús, María y José. Depositado en el féretro te vistieron de pontifical y toda Osma veneró el cuerpo sagrado de su Obispo que amó a Cristo y a su Iglesia hasta consumirse de amor.

Juan de Palafox y Mendoza, hoy pastores y fieles te recibimos con gran júbilo y orgullo en esta Santa Iglesia Catedral Primada de México, en esta arquidiócesis que gobernaste en sede vacante dos años y para la que fuiste electo Arzobispo. ¡Qué gloria para la Iglesia tener un pastor como tú! ¡Qué ejemplo tan claro y virtuoso de fe, esperanza y caridad! ¡Tu fortaleza de pastor nos anima, tu dedicación y trabajo incansable nos apremia, tu pobreza y humildad nos edifica!

¡Bendito sea Dios en sus Ángeles y sus Santos! ¡Bendito sea el Creador que hermosea a sus creaturas con su propia belleza y santidad! Juan de Palafox y Mendoza, fuiste un gran guerrero en la vida y sigues ganando batallas: el pasado 5 de junio conquistaste la corona más inmortal y hermosa: ¡la de la santidad!,  y por ello veneramos tu persona con el nombre de Beato: bien aventurado, dichoso porque gozas de contemplar el rostro amoroso de tu Señor.

Beato Juan de Palafox y Mendoza: ¡Ruega por nosotros! Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4283Wed, 22 Jun 2011 16:00:00 GMT
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

4º. Domingo de Pascua.

 Acabamos de escuchar a Cristo, en el Evangelio de San Juan, que nos habla en primera persona: “Yo soy la puerta de las ovejas”.  Pero también ha sido la voz de Cristo la que hemos escuchado en las lecturas anteriores cuando Pedro se dirige a la multitud de judíos y les explica la muerte de Cristo invitándolos a la fe y a la conversión: “y en aquel día se les unieron cerca de tres mil personas”.  También es Cristo quien habla por el ministerio de Pedro cuando éste se dirige, en la segunda lectura, a la primera comunidad cristiana, pidiéndoles no sólo la fe en Cristo, sino su imitación siguiendo sus huellas.  Sólo Cristo es el Verbo de Dios y la Palabra de Dios por Él nos llegó, y nos sigue llegando cuando esa Palabra se proclama por Pedro o por Pablo, cuando se proclama por aquellos que él envió “a enseñar a todas las gentes”.

 Aún ahora que las ciudades no tienen murallas, cuando se quiere honrar a un huésped ilustre se le entregan las llaves de la ciudad.  Unas llaves que sirven para abrir su teórica puerta y así tomar posesión de la urbe.  Pero la puerta, además de simbolizar el poder, tiene otra función mucho más frecuente y práctica: la de dejar entrar en el interior de la casa.  Cuando Jesús se autodefine como “la puerta”, ciertamente está pensando en esta segunda acepción de la palabra, ya que es una metáfora que define su personalidad y su talante vital, pues nadie es más accesible que Jesús.  Es como una puerta abierta, de par en par, para todos nosotros, cualesquiera que haya sido nuestro camino, cualesquiera que haya sido nuestra historia personal, Él nos sigue diciendo: “Vengan a mí, todos los que están cansados y trabajados, que yo los aliviaré, porque yo soy de corazón amable y sencillo”.

 La metáfora de “la puerta” viene a reforzar lo que ya nos dijo Jesús: “Yo soy el Buen Pastor” y soy el Buen Pastor, porque soy el camino, la verdad y la vida, yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.  Cuando muchos tocan a nuestra puerta presentándose como pastores que ofrecen variedad y abundancia de pastos, es muy fácil saber si vienen sólo por la lana de las ovejas o vienen a dar la vida por el rebaño de Cristo.  Cuando se presentan por su propia cuenta sin que nadie los haya enviado y quieren formar su propio rebaño ya están revelando sus intenciones.  Cuando anuncian y proclaman doctrinas y enseñanzas novedosas y fascinantes, pero que no tienen nada que ver con el Evangelio que por veinte siglos han enseñado los enviados por Jesús, deberán ser respetados, pero no hacen presente al Buen Pastor.

 Afortunadamente para nuestro mundo y para nosotros mismos sigue habiendo muchos que aceptan su vocación de hacer presente a ese Buen Pastor.  Tantos y tantos padres y madres de familia que no sólo han engendrado sino que van gastando su propia existencia para que sus hijos crezcan en todo sentido y tengan vida en abundancia. Maestros y maestras que iluminan a sus alumnos con la verdad de sus enseñanzas y con la verdad de su propia vida.  Médicos y enfermeras conscientes de su misión que pasan su vida haciendo el bien y curando toda clase de dolor y enfermedad.  Tíos y tías, abuelos y abuelas, que con su amor y comprensión dan sentido y razón de ser a tantas vidas. Religiosas y religiosos que con sus votos y con su servicio nos muestran el valor de aquello que no vemos y nos hacen gustar los bienes definitivos.  Y sobre todo, Sacerdotes que proclamando el Evangelio de la Vida, celebrando los signos de nuestra salvación y conduciendo la comunidad, hacen presente al único Pastor de nuestras almas, Cristo Jesús, cabeza de la Iglesia.

 En este domingo cuarto de pascua, en que celebramos al Buen Pastor, reconocemos a los pastores visibles, que son la encarnación de la mano amorosa del Supremo Pastor ahora invisible.  Son presencia de Dios al interior de las estructuras de la Iglesia y en el corazón de nuestro mundo.  Pero el mismo Buen Pastor nos da la voz de alerta, diciéndonos que cerca del rebaño hay también mercenarios, ladrones y salteadores, que vienen a robar y a matar porque a ellos no les importan las ovejas.  Nos estremecen las noticias de las masacres en las escuelas, nos duele la crueldad de las guerras que contemplamos en vivo, no podemos digerir confesiones desacralizadas, como la del joven drogadicto de Harlem que parodiando el salmo 23 dice: “La heroína es mi pastor, de ella siempre necesitaré.  Me conduce a una dulce demencia, destruye mi alma.  Me lleva al camino del infierno, por el amor de su nombre.  Aunque camino por cañadas oscuras a la sombra de la muerte, no temo ningún mal, porque la droga está conmigo.  Mi jeringa y mi aguja me confortan.  Este y otros males nos amenazan, son ladrones y salteadores que vienen a matar.   La vida de las ovejas no les importa.

 La confesión del filósofo Bergson, por el contrario, es un cántico de serenidad, de confianza y de esperanza, cuando nos dice: “Los centenares de libros que he leído no me han proporcionado tanta luz y consuelo como los versos del salmo 23:  “El Señor es mi Pastor, nada me falta.  Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me dan seguridad.  El autor de este salmo es David, un hombre como nosotros, lleno de debilidades y pecados, pero un hombre que supo acudir a Dios, sobre todo reconociendo su pecado: y por esto se convirtió en el Santo Rey David, de quien nació el Cristo, el Buen Pastor de nuestras almas.

 Hoy, más que nunca, la actitud de David nos debe inspirar, ya que con frecuencia nos sentimos desorientados y débiles, nos sentimos a menudo rodeados de desconfianza y desesperanza, muchas cosas nos confunden hasta el punto de no saber, o de no querer saber, lo que es bueno y lo que es malo.  Si supiéramos inspirarnos como David para decir: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”.  Cuánta fortaleza encontraríamos.  Si esta frase fuera nuestra jaculatoria cuando hemos caído o alguien nos ha defraudado, muy pronto estaríamos en pie y tendríamos una fortaleza que nadie puede vencer.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4265Domingo, 19 de junio de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

Solemnidad de Pentecostés

La efusión del Espíritu Santo, que celebramos en esta fiesta de Pentecostés, fue prometida por el mismo Jesús en su discurso-testamento que pronunció en la Ultima Cena: "Yo le pediré al Padre para que les dé otro Paráclito, para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad". En el párrafo del evangelio de San Juan, que hoy hemos escuchado la promesa de Jesús se convierte en realidad: el Resucitado entra al cenáculo, en donde se hallaban sus discípulos llenos de miedo, los saluda con la paz, y soplando sobre ellos les dice: "Reciban al Espíritu Santo".

El mismo Pentecostés nos lo narra San Lucas de otra manera, en la primera lectura, se nos ha presentado el acontecimiento que manifiesta clara y públicamente la donación del Espíritu de Cristo a su Iglesia. Así como la Encarnación del Verbo Eterno del Padre se realizó "por obra y gracia del Espíritu Santo"; así como Jesús inicia su predicación con la manifestación del Espíritu en su bautismo y lo reconoce en la Sinagoga de Nazareth: "El Espíritu del Señor esta sobre mí"; así la Iglesia en su nacimiento está sellada por la efusión del Espíritu Santo.

A la visión de San Lucas, que nos describe el Pentecostés en la Iglesia, debemos añadir el Pentecostés que describe San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, en donde se nos describe la efusión del Espíritu Santo en cada cristiano dándonos carismas y sacramentos. "Hay diversidad de carismas [o dones], pero el Espíritu es el mismo". El carisma es el don, es la manifestación del Espíritu en cada uno, para bien de todos. Junto a este don o dones personales, que se nos regalan a cada uno de nosotros, están los sacramentos que nos da el Espíritu a todos: "En realidad todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu... y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu", en alusión clara a nuestro Bautismo y a la Eucaristía, como San Juan hace alusión al sacramento de la Reconciliación: "Reciban el Espíritu, para el perdón de los pecados".

El Espíritu Santo que se nos da en Pentecostés es, ante todo, la presencia misma del Resucitado en medio de su Iglesia, el amor de Dios que se derrama en nuestro corazón. Esta presencia del Espíritu de Dios es una presencia personal, es la presencia de la tercera Persona de la Santísima Trinidad, sin la cual no podríamos llamar a Jesús, "Señor", ni podríamos llamar a Dios, "Padre". El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y el que anima a cada cristiano: "Sin el Espíritu Santo Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia sería sólo una organización, la autoridad se convierte en dominación, la misión en propaganda, el culto un simple rito y el actuar cristiano una moral de esclavos. Pero con la presencia del Espíritu: el universo se eleva y gime en espera del Reino, Cristo resucitado está presente, el Evangelio es poder y vida, la Iglesia comunión trinitaria, la autoridad es servicio liberador, la misión se convierte en un Pentecostés, la liturgia es hacer presente y anticipar los misterios santos y el actuar humano del cristiano queda deificado".

El Concilio Vaticano II nos enseña que "El Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, distribuyendo sus dones a cada uno según quiere [1Cor. 12,11], reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad [I Cor 12,7]. Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo"[L.G. 12].

Hoy San Pablo nos ha recordado que el Espíritu regala a su Iglesia diversidad de dones, diversidad de servicios y diversidad de actividades. A toda comunidad cristiana el Paráclito regala carismas de fe y de oración, carismas de apostolado y doctrina, dones de profecía y de servicio a la comunidad. Los carismas o dones del Espíritu son como la columna vertebral del cuerpo de la Iglesia, son los que la mantienen en pié y le aseguran el dinamismo y la sensibilidad para poder anunciar el Evangelio a través de todos sus miembros. Para el Apóstol esta era una verdadera riqueza: "Ustedes han sido enriquecidos con toda clase de dones". Que el mismo Espíritu nos conceda no solo respetar y saber recibir con agradecimiento sino valorar e impulsar el ejercicio de los carismas que hoy le está regalando en abundancia a nuestra Iglesia Arquidiocesana.

Pero si hay diversidad de dones, diversidad de servicios y diversidad de actividades, recordemos que vienen de un sólo Espíritu, un solo Señor, un solo Dios, para formar un solo cuerpo, aunque los miembros sean muchos y variados. Pentecostés está contrapuesto a Babel en donde los hombres no pudieron construir la ciudad y la torre que llegara hasta el cielo, simple y sencillamente porque no se entendían, y confundidos, tuvieron que dispersarse. Pentecostés es el gran acontecimiento en donde gentes venidas de todas partes, cada uno oye hablar en su propio idioma. Somos llamados a vivir en comunión siendo diversos, el Espíritu se nos ha dado para formar un solo cuerpo siendo diversidad de miembros. Somos congregados por la Palabra y la Eucaristía, Palabra inspirada por el Espíritu, Eucaristía realizada por la fuerza del Paráclito.

Pentecostés lo celebramos con la Eucaristía para vivir lo que hemos escuchado. Ante nuestros ojos se realiza el prodigio más grande, por la fuerza del Espíritu Santo el pan y el vino se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo. Somos muchos miembros, venidos de muy diversas partes y todos comemos del mismo pan de vida que es Cristo. Saldremos a proclamar lo que hemos vivido, no por nuestras propias capacidades, sino "revestidos por el poder de lo alto".

 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=4178Domingo, 12 de junio de 2011 13:00 hrs
CARTA A LOS CATEQUISTAS DE LA ARQUIDIÓCES DE MÉXICO CON MOTIVO DEL DÍA DEL CATEQUISTA
Estimados Catequistas:

Como lo he venido haciendo cada año, quiero hacerme presente a través de estas letras en la celebración en nuestra Arquidiócesis de México del Día del Catequista, recordándonos que la catequesis es consecuencia del mandato misionero de Jesús que hoy nos presenta el Evangelio: Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… (Mt 28, 19).

En esta ocasión los invito a poner nuestra mirada en Juan Pablo II, recién beatificado por su sucesor el Papa Benedicto XVI; este evento ha llenado de alegría y gozo a la mayoría de los católicos, de manera particular a los que vivimos en México, ya que su presencia entre nosotros por cinco ocasiones dejó una gran huella en nuestra fe, recordando especialmente aquella frase de “México siempre fiel”.

Juan Pablo II fue un gran misionero y catequista, su vida y ministerio apostólico se caracterizó por ser un portador del mensaje de Jesús, del Evangelio, es por eso que una característica y por la que seguramente se le recordará, será por sus viajes apostólicos; por donde pasó se dedicó a sembrar la semilla de la fe a través de la Palabra.

En su magisterio nos dejó un gran legado, que nos ha servido para renovar nuestra práctica misionera y catequística; cómo entenderíamos la opción por la Misión permanente en nuestra Arquidiócesis sin su llamado a una nueva evangelización, o reevangelización de los ambientes culturales de “antigua cristiandad” (cfr. RMi 33), o el concepto de Proceso Evangelizador tan necesario para realizar mejor la tarea de la Misión.

Sus enseñanzas magisteriales quedaron plasmadas en el acerbo con el que contamos hoy de sus escritos, discursos, catequesis, homilías… En la línea de la Catequesis, nos dejó un documento fruto de un Sínodo de los Obispos sobre la “Catequesis en nuestro tiempo”, como respuesta al Sínodo nos dio la Exhortación apostólica postsinodal Catechesi Tradendae (16 de Octubre de 1979) que ha sido desde entonces, la pauta y el referente obligado para la renovación de la práctica de la catequesis.

A lo largo de sus capítulos nos hace reflexionar que Jesucristo es el único maestro y es a través de la catequesis, acción tan antigua como la Iglesia, como sigue haciendo presente su mensaje que debemos transmitir como Iglesia misionera; nos recuerda también, que la fuente principal de la transmisión del mensaje cristiano está en la Palabra, un mensaje que tiene que llegar a todos los bautizados y no sólo a un sector como lo fue por mucho tiempo, ya que todos tenemos necesidad de conocer y vivir su mensaje, esto nos obliga a renovar nuestros métodos y medios para hacer llegar su Palabra en los contextos y situaciones actuales, es por eso que todos de alguna manera tenemos que ser catequistas, desde el ministerio y opción de vida que hayamos elegido.

El aporte de Juan Pablo II, no se limitó a esta exhortación, a lo largo de su ministerio y magisterio nos dejo enseñanzas de gran valor, que hoy tenemos que retomar con un nuevo impulso para seguir renovando la tarea de la catequesis. Cabe señalar entre los grandes aportes de su magisterio el Catecismo de la Iglesia Católica como fuente principal de la catequesis, ya que es ahí en donde encontramos el depósito de la fe que se ha de transmitir en su dinamismo de una fe profesada, celebrada, vivida y orada. Juntamente con el Catecismo hay que tener muy presente el Directorio General para la Catequesis de 1997 elaborado por la Congregación del Clero, en donde se dan las grandes líneas de lo que ha de ser en el momento actual y en la catequesis de nuestra Iglesia particular esta tarea tan importante.

Por eso exhorto a todos los catequistas para que pongamos nuestra mirada en las enseñanzas y ejemplos del Beato Juan Pablo II, para seguir caminando hacia una catequesis renovada en nuestra Iglesia. Sé que en la Décima Semana Arquidiocesana de Catequesis, se reflexionó suficientemente en las enseñanzas de Juan Pablo II a la catequesis, poniéndolas en sintonía con las orientaciones pastorales que les he ofrecido como consecuencia de nuestra renovación pastoral a partir del II Sínodo diocesano, que el lema de esta Semana de reflexión: La Catequesis tiene necesidad de renovarse continuamente en su concepto, métodos, lenguajes y medios de transmisión (CT 17) sean una realidad en nuestra práctica.

Animo a los catequistas laicos, para que sigan poniendo un gran empeño en su formación y preparación, para que las enseñanzas de Juan Pablo II no queden en el olvido, sino que, sigan inspirando su quehacer en la Iglesia.

Que Dios Padre de Misericordia que se nos ha revelado plenamente en su Hijo amado los bendiga abundantemente, para que continúen con entusiasmo sirviendo al Evangelio.

Reciban mi aprecio y reconocimiento.

+ Norberto Cardenal Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3965Domingo 05 de junio de 2011 9:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

VI domingo de Pascua.

En la intención de la Iglesia las lecturas que hoy hemos escuchado nos deben preparar para recibir y desear la venida del Espíritu Santo en el Pentecostés ya próximo. Nos llama la atención como el centro de las lecturas ya no es el Resucitado sino el Don del Espíritu Santo que Cristo nos ha traído con su muerte y su resurrección. Jesús se nos presenta como el precursor, como el que ha venido a preparar la efusión del Paráclito: "Yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad". En la primera lectura se nos narra cómo los apóstoles envían a Pedro y a Juan a Samaria y, estos, al llegar oran e imponen las manos sobre los nuevos cristianos para darles el Espíritu Santo.

En forma muy precisa y concisa nosotros aprendimos en el catecismo que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Pues en verdad, el Espíritu Santo, es una persona y no simplemente una "energía" impersonal, o un "soplo" creador. Jesús mismo nos dice que el Espíritu Santo es enviado, que viene y que habita en nosotros. Es una persona que busca una relación, comunicación, permanencia en los discípulos del Resucitado. La finalidad o el objetivo de esa relación personal, Cristo la expresa con una sola palabra, para ser "El Consolador".

El término de Consolador llega a ser tan importante en San Juan que da la impresión que es el nombre propio del Espíritu Santo. Es cierto que el Espíritu de Dios es el que nos da luz, sabiduría, consejo, inteligencia, ciencia y fuerza. Pero en nuestro caminar por este mundo no sólo necesitamos de luz para ver y de fuerza para actuar, necesitamos de consuelo para poder vivir ya que el cansancio nos desanima, el futuro nos espanta, los amigos nos traicionan. La consolación de Dios se encarnó en Jesucristo que pasó consolando toda clase de sufrimientos y nos dijo: "vengan a mí los que estén fatigados y agobiados y yo los consolaré". Pero Jesús, antes de subir al Padre, le pidió nos mandara otro Consolador para que permaneciera siempre con nosotros.

En este contexto es donde mejor podremos comprender la promesa del Espíritu Paráclito que acabamos de escuchar de labios de Jesús en el evangelio de San Juan: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad". Tanto los cristianos de la comunidad primitiva como los que estamos en las comunidades del siglo veintiuno necesitamos "tener siempre con nosotros al Consolador", hasta que regrese nuestro Señor Jesucristo: "No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes". El Concilio Vaticano II, en su magnífico documento Gaudium et Spes, nos ofrece una visión clarísima de la misión del Espíritu Santo en esta etapa de la comunidad cristiana: "La Iglesia, nos dice, está compuesta de hombres, los cuales, reunidos en torno a Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinación hacia el reino del Padre, y tienen un mensaje de salvación que proponer a todos".

No de los hombres frágiles y débiles que conformamos la Iglesia, sino de la presencia del Espíritu en medio de nosotros, es de donde nace la "sencilla y respetuosa" firmeza de la Iglesia que hoy nos ha presentado el príncipe de los apóstoles. Los sufrimientos de la Iglesia son paralelos a los de Cristo: no pueden desembocar en la venganza o en la muerte sino en la "esperanza" y en el "bien", pues así como los sufrimientos de Cristo nos llevaron a la victoria sobre el pecado, sobre la injusticia y a la reconciliación con Dios y a la vida según el Espíritu, así la Iglesia debe tener la valentía de dar las razones de la esperanza a todos los que las pidieren, pero siempre con sencillez y respeto, con sinceridad: "en paz con su conciencia", con claridad "para que queden avergonzados los que denigran la conducta cristiana", y sobre todo con generosidad: "padeciendo, haciendo el bien".

He aquí una preciosa aventura para cada uno de nosotros, para cada comunidad y para toda la Iglesia: vivir la vida del Espíritu, de ese Espíritu "que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce, pero que nosotros sí podemos conocer, porque habita entre nosotros y está en nosotros". Ser cristiano, ser discípulo, estar en la comunidad de Jesús no es aceptar o agarrarse a algo estático, no es levantar muros o echar cerrojos para defendernos de los ataques; no es quedarnos al calor confortable de la norma, de la costumbre, del camino hecho. Ser cristiano es dejarse guiar por el Espíritu para recorrer los caminos del mundo y descubrir cada día la novedad de Dios, la novedad de la Buena Noticia, de la vida nueva y comunicarla a todo aquel que quiera escuchar las razones de nuestra esperanza.

Hoy, como siempre, el peligro está en no creer en la promesa de Jesús: "Yo les enviaré al Consolador que estará siempre con ustedes". El peligro está en creer que nosotros somos los que edificamos la Iglesia, que son nuestras estrategias y habilidades las que harán avanzar a la comunidad cristiana. Cuando nos dejamos llevar por estos falsos criterios nos encerramos y nos replegamos ante los ataques y los proyectos de los poderosos. Cuando creemos en la palabra de Jesús: "no los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes y permaneceré en ustedes", entonces con valentía y fortaleza anunciamos "lo que hemos visto y oído", entonces salimos y proclamamos en la plaza pública el nombre del Señor Jesús, entonces nosotros los débiles y pecadores nos sentimos orgullosos de haber sido elegidos para formar la Iglesia de Cristo Jesús.


 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3830Domingo, 29 de mayo de 2011 14:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Apertura del VI Congreso de Laicos

Queridos Hermanos y Hermanas.

 Con gran alegría y esperanza, estamos iniciando con la Eucaristía el VI Congreso de Laicos.

Este año, la reflexión es sobre una de las prioridades pastorales de nuestra Iglesia Arquidiocesana: Los Jóvenes.

La decisión de abordar este tema en el Congreso fue a partir de la sugerencia de los laicos que han participado en este encuentro de reflexión pastoral en los dos últimos años.

En efecto, todos los que participamos en la tarea de evangelización, vemos con preocupación el alejamiento de los jóvenes de las comunidades parroquiales y la incapacidad que tenemos para acompañarlos en su proceso de maduración en los distintos ambientes sociales donde su ubican.

Debemos afirmar que después de 17 años de que el II Sínodo hizo notar la urgencia de una atención cercana y diferenciada hacia los jóvenes, seguimos teniendo el reto de concretar las estrategias que logren que esta vertiente pastoral sea una verdadera prioridad en nuestras acciones cotidianas.

El pasado mes de febrero, en la Fiesta de San Felipe de Jesús, día en que celebramos al Joven Creyente, anuncié la realización de una Misión Juvenil en la Arquidiócesis de México para el año 2013. Pero, también advertí a los jóvenes, presentes en el encuentro ese día, que esa iniciativa requiere de conciencia, compromiso y preparación de todos los miembros de la comunidad arquidiocesana.

Dejemos que la luz de la Palabra de Dios, que se ha proclamado, nos ayude a descubrir las sendas de renovación y de coherencia por las que debemos andar para responder a tan grande desafío: transmitir la fe en Jesucristo a las nuevas generaciones del siglo XXI que habitan en la Ciudad de México.

Desde la oración inicial, la liturgia nos recuerda que el bautismo que hemos recibido nos ha comunicado la vida de Dios, que nos hace renacer a la esperanza de la inmortalidad. Gracias al Amor de Dios que nos ha elegido, somos “bautizados” en una esperanza que no se rompe nunca. Esa esperanza, cuya semilla se siembra en el bautismo, corresponde a toda la Comunidad Cristiana darla a conocer y cultivarla para que pueda dar fruto en la vida de todos los discípulos del Señor Jesús.

Durante el tiempo pascual, resulta una hermosa enseñanza seguir el relato de los Hechos de los Apóstoles, donde San Lucas transmite, con gran sencillez y fuerza, el testimonio de los apóstoles y de los discípulos al comienzo de la Iglesia.

El pasaje de este día hace referencia a uno de los viajes de Pablo, esta vez acompañado por Timoteo. Ya con la aprobación de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, daban a conocer la decisión de no condicionar el bautismo cristiano a tener que aceptar las prácticas judías. Este paso fue definitivo para que el anuncio del evangelio se extendiera a todo el mundo conocido entonces.

Es, también, muy significativa la clara conciencia que tenían de la acción del Espíritu Santo en todo lo que intentaban para divulgar el evangelio. El Espíritu les manifestaba su voluntad en los acontecimientos. La vida cotidiana de los evangelizadores estaba entretejida con la fuerza de Dios que los conducía.

Así procuremos comprender la lectura que hace el Sínodo respecto a los jóvenes, al describir el desafío que significa acompañarlos en su proceso hacia Jesús:

La actual crisis socio-cultural ha generado en los jóvenes y adolescentes actitudes de desilusión y rechazo hacia las instituciones -incluida la Iglesia y la familia- y los valores que éstas representan.

Los síntomas más severos de esta situación conflictiva y de sus consiguientes conductas antisociales son el alcoholismo, la drogadicción, el hedonismo, la codicia, la violencia el vandalismo, la prostitución, la prepotencia, el consumismo.

Por ello, la comunidad arquidiocesana debe ofrecer a los adolescentes y a los jóvenes -principalmente a través de ellos mismos- nuevas expresiones de los valores, tanto de la persona humana como de los explícitamente evangélicos, por medio de una Pastoral Juvenil que:

* integre, en forma sistematizada, diversos modelos y métodos de educación en la fe para lograr la formación de su conciencia individual y colectiva y llevarlos a vivir de manera coherente con esos valores;

* confíe en los adolescentes y los jóvenes y los considere como Agentes aptos para formarse como hombres nuevos que acepten, promuevan, construyan y vivan la civilización del amor;

* pueda realizarse, debidamente diferenciada, en los medios ambientes específicos donde estudian, trabajan, se divierten y conviven los adolescentes y los jóvenes. (ECUCIM 1479)

 También, el II Sínodo, explicó la forma práctica en que comprendía Hacer de la "Opción por los Jóvenes" no una proposición de sólo palabras sino una acción efectiva por el respaldo que se le brinde mediante recursos y planes, en cuya preparación y ejecución ellos participen, y mediante personas especialmente preparadas y dedicadas a este servicio. (Ibídem 1513)

 Como vemos, los objetivos e incluso los cómos para trabajar a favor de los jóvenes están expresados. Y, para completar este panorama, los Obispos en Aparecida han reforzado la convicción de que los adolescentes y jóvenes son la esperanza del mañana, y anima a confiar en ellos. Una de las líneas de acción más significativas que propone son los procesos de educación y maduración en la fe, así como el carácter transversal de esta pastoral que la hace entrar constantemente en interacción con otras áreas de pastoral. (Cfr. DA 442-446)

 En nuestra Arquidiócesis los intentos para mejorar la pastoral juvenil han significado un gran esfuerzo de parte de quienes han recibido esa encomienda en los años del proceso postsinodal. Sin embargo, los frutos parecen pocos a la vista de los grandes desafíos que nos plantean las nuevas generaciones para la transmisión de la fe.

 En el evangelio de hoy, Jesús nos recuerda que El siervo no es superior a su señor. Entonces, debemos vivir este esfuerzo de renovación pastoral siempre atentos a nuestro Señor. Esa actitud fundamental nos permitirá después tener la motivación para tomar en cuenta a los jóvenes, querer verdaderamente escucharlos y valorarlos.

 Es por eso que el lema elegido para el Congreso marca la pauta: ¡Que hablen los Jóvenes!

Con esa motivación les invito a vivir los trabajos de este Congreso. También, tengan presente que, con este tema, estamos abriendo el camino hacia el horizonte que será el ejercicio de Misión Juvenil en el año 2013.

 La actitud de escucha hacia los jóvenes no es sólo una metodología de trabajo, sino un verdadero ejercicio de fe. Es el mismo Espíritu de Jesús el que se dejará escuchar para manifestarnos el rumbo y el dinamismo que deben impregnar a este servicio.

 Como ya se ha venido realizando el ejercicio de multiplicar la reflexión en los dos años anteriores, no se olviden que su participación en este encuentro los compromete a compartir los frutos con otros laicos. Esa cadena de reflexión irá provocando paulatinamente la maduración de la conciencia cristiana en muchos bautizados.

 Con la confianza puesta en el triunfo de Jesús Resucitado, emprendamos este esfuerzo de renovación, valorando todas las experiencias que nos acercan a los jóvenes, y uniendo fuerzas en aquello que aún debe mejorarse, sin temor a hacerlo con creatividad y audacia.

 Que el Señor nos llene de su Espíritu en esta tarea, para que nos pongamos en camino sin temor. Y que nos infunda una gran disposición a la comunión con todos los que están trabajando en favor de la juventud.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3828Sábado, 28 de mayo de 2011 14:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana

V domingo de Pascua

 Es cierto que la primitiva comunidad cristiana vive contemplando a su Señor resucitado, pero no hay que olvidar que la comunidad formada por Jesús es una comunidad humana, en donde necesariamente aparecen dificultades, diferencias, crisis y rompimientos: "Como aumentaba el número de los discípulos, hubo ciertas quejas de los judíos griegos contra los hebreos, de que no se atendía bien a sus viudas en el servicio de la caridad". Para atender esta fractura inicial la comunidad elige a los primeros siete diáconos y los apóstoles los consagran para el servicio con la imposición de las manos. La Iglesia se manifiesta desde sus orígenes como comunidad en donde se dan funciones múltiples y en donde se vive una comunión estructurada. Es necesario un mínimo de organización y de estructuración para cumplir el compromiso misionero que Jesús nos ha dejado; Está el ministerio de la Palabra y el culto o la oración que presiden los apóstoles y sus colaboradores, está el servicio a la comunidad a cargo de los diáconos consagrados para hacer presente la caridad o el amor de Dios en medio del mundo. 

También la primera carta del apóstol San Pedro nos ha presentado la estructura y la organización de la primitiva Iglesia, definiéndola como "edificación del templo espiritual", en donde el sacerdocio santo ofrece sacrificios espirituales agradables a Dios. En este edificio espiritual, Cristo mismo es la piedra angular, piedra escogida y preciosa. Sobre esta base se organiza el trabajo del nuevo pueblo de Dios, compuesto de "piedras vivas", de "sacerdotes, profetas y reyes" que proclaman y realizan la salvación, por eso San Pedro exclama, refiriéndose a todos los bautizados: "Ustedes son estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad, que proclaman las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable".

Esta comunidad fundada por Jesús, y que en Jesús tiene su piedra angular, debe tener un mínimo de estructuración para cumplir su misión en el mundo, pero no es de este mundo, su destino es el Reino de los Cielos: "No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se los habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar". Para llegar a ese lugar, que es nuestro destino, el mismo Jesús es "el camino, la verdad y la vida"; o sea, él es el medio único para llegar al Padre; Jesús es la revelación del Padre; el único revelador de Dios es Jesús.

Nuestro problema en la vida puede consistir no en que nos extraviemos y cometamos errores sino en algo más trágico y profundo, en no tener camino. Podemos movernos mucho, hablar, agitarnos, trabajar hasta cansarnos, organizarnos, ir siempre corriendo... pero en realidad sin ir a ninguna parte. Pueda ser que vivamos girando siempre en torno a nosotros mismos y en torno a nuestros pequeños intereses. Una vida en donde todo es pura repetición, sin conocer la alegría del que se renueva y crece. Vamos añadiendo años a nuestra vida pero sin saber cómo infundir vida a nuestros años. Qué triste es una vida sin dirección ni horizonte, una vida sin la experiencia de extraviarse y encontrarse, una vida sin la seguridad de ser guiados, sostenidos y orientados, una vida que se reduce a andar y a desandar. Tal vez hemos abandonado o nos hemos acostumbrado a estar frente a alguien que ni siquiera hemos llegado a conocer de verdad. Nos falta descubrir que Cristo es un camino que hay que recorrer, el único camino acertado para vivir intensamente, para llegar a la verdad total, para vivir la vida en plenitud.

Peor aún, nos puede suceder algo mucho más grave: el no estar convencidos de que sólo en la verdad podemos encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad con frecuencia es contestada y rechazada para quedarnos en un subjetivismo y en un relativismo que en la práctica no es otra cosa sino negación del plan de Dios y desconfianza en la sabiduría divina. En la vida diaria y en los momentos decisivos de la vida no podemos seguir enterrando la cabeza y huyendo de las preguntas fundamentales. ¿Qué debo hacer? ¿Cuál es el camino correcto? La respuesta es posible sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo del espíritu humano, en lo más íntimo de la conciencia. Pero la conciencia y el espíritu humano necesitan de la luz de Dios que resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, porque él es "la imagen de Dios invisible", el "resplandor de su gloria", "lleno de gracia y de verdad", él es "el camino, la verdad y la vida". Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el Concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: "Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado".

Todos queremos vivir. Vivir mejor. Hoy y siempre. El conocimiento del genoma humano y los avances en las ciencias que han hecho posible crecer en el promedio de vida, a algunos nos puede entusiasmar, pero también nos puede asustar, ya que nos damos cuenta de que lo importante no es vivir mucho, sino saber vivir. Se trata de descubrir cuál es la manera más acertada, más humana y más plena de enfrentarse a una existencia que se nos presenta con frecuencia oscura y enigmática. Las primeras comunidades entendieron la experiencia cristiana como un nuevo nacimiento y hablaban del cristiano como de un hombre nuevo. No es extraño, pues, que el cuarto evangelista haya sabido resumir en términos inolvidables el centro de la misión de Jesucristo: "Yo he venido a traer vida, y vida en abundancia".

Cristo: camino, verdad y vida, en este domingo, nos ha revelado el misterio trinitario, ya que él es el mediador perfecto del Padre: "el que me ha visto a mí ha visto al Padre"; él envía su Espíritu a sus discípulos y ellos a su vez lo comunican a sus colaboradores, los diáconos que hacen presente el amor de Dios en la comunidad. Cuando él nos anuncia que se va para prepararnos un lugar, para que nosotros estemos donde él está, sabemos que vamos no sólo a contemplar sino a participar de la vida divina del misterio trinitario.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3742Domingo, 22 de mayo de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

 4º. Domingo de Pascua.

 Acabamos de escuchar a Cristo, en el Evangelio de San Juan, que nos habla en primera persona: “Yo soy la puerta de las ovejas”.  Pero también ha sido la voz de Cristo la que hemos escuchado en las lecturas anteriores cuando Pedro se dirige a la multitud de judíos y les explica la muerte de Cristo invitándolos a la fe y a la conversión: “y en aquel día se les unieron cerca de tres mil personas”.  También es Cristo quien habla por el ministerio de Pedro cuando éste se dirige, en la segunda lectura, a la primera comunidad cristiana, pidiéndoles no sólo la fe en Cristo, sino su imitación siguiendo sus huellas.  Sólo Cristo es el Verbo de Dios y la Palabra de Dios por Él nos llegó, y nos sigue llegando cuando esa Palabra se proclama por Pedro o por Pablo, cuando se proclama por aquellos que él envió “a enseñar a todas las gentes”.

 Aún ahora que las ciudades no tienen murallas, cuando se quiere honrar a un huésped ilustre se le entregan las llaves de la ciudad.  Unas llaves que sirven para abrir su teórica puerta y así tomar posesión de la urbe.  Pero la puerta, además de simbolizar el poder, tiene otra función mucho más frecuente y práctica: la de dejar entrar en el interior de la casa.  Cuando Jesús se autodefine como “la puerta”, ciertamente está pensando en esta segunda acepción de la palabra, ya que es una metáfora que define su personalidad y su talante vital, pues nadie es más accesible que Jesús.  Es como una puerta abierta, de par en par, para todos nosotros, cualesquiera que haya sido nuestro camino, cualesquiera que haya sido nuestra historia personal, Él nos sigue diciendo: “Vengan a mí, todos los que están cansados y trabajados, que yo los aliviaré, porque yo soy de corazón amable y sencillo”.

 La metáfora de “la puerta” viene a reforzar lo que ya nos dijo Jesús: “Yo soy el Buen Pastor” y soy el Buen Pastor, porque soy el camino, la verdad y la vida, yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.  Cuando muchos tocan a nuestra puerta presentándose como pastores que ofrecen variedad y abundancia de pastos, es muy fácil saber si vienen sólo por la lana de las ovejas o vienen a dar la vida por el rebaño de Cristo.  Cuando se presentan por su propia cuenta sin que nadie los haya enviado y quieren formar su propio rebaño ya están revelando sus intenciones.  Cuando anuncian y proclaman doctrinas y enseñanzas novedosas y fascinantes, pero que no tienen nada que ver con el Evangelio que por veinte siglos han enseñado los enviados por Jesús, deberán ser respetados, pero no hacen presente al Buen Pastor.

 Afortunadamente para nuestro mundo y para nosotros mismos sigue habiendo muchos que aceptan su vocación de hacer presente a ese Buen Pastor.  Tantos y tantos padres y madres de familia que no sólo han engendrado sino que van gastando su propia existencia para que sus hijos crezcan en todo sentido y tengan vida en abundancia. Maestros y maestras que iluminan a sus alumnos con la verdad de sus enseñanzas y con la verdad de su propia vida.  Médicos y enfermeras conscientes de su misión que pasan su vida haciendo el bien y curando toda clase de dolor y enfermedad.  Tíos y tías, abuelos y abuelas, que con su amor y comprensión dan sentido y razón de ser a tantas vidas. Religiosas y religiosos que con sus votos y con su servicio nos muestran el valor de aquello que no vemos y nos hacen gustar los bienes definitivos.  Y sobre todo, Sacerdotes que proclamando el Evangelio de la Vida, celebrando los signos de nuestra salvación y conduciendo la comunidad, hacen presente al único Pastor de nuestras almas, Cristo Jesús, cabeza de la Iglesia.

 En este domingo cuarto de pascua, en que celebramos al Buen Pastor, reconocemos a los pastores visibles, que son la encarnación de la mano amorosa del Supremo Pastor ahora invisible.  Son presencia de Dios al interior de las estructuras de la Iglesia y en el corazón de nuestro mundo.  Pero el mismo Buen Pastor nos da la voz de alerta, diciéndonos que cerca del rebaño hay también mercenarios, ladrones y salteadores, que vienen a robar y a matar porque a ellos no les importan las ovejas.  Nos estremecen las noticias de las masacres en las escuelas, nos duele la crueldad de las guerras que contemplamos en vivo, no podemos digerir confesiones desacralizadas, como la del joven drogadicto de Harlem que parodiando el salmo 23 dice: “La heroína es mi pastor, de ella siempre necesitaré.  Me conduce a una dulce demencia, destruye mi alma.  Me lleva al camino del infierno, por el amor de su nombre.  Aunque camino por cañadas oscuras a la sombra de la muerte, no temo ningún mal, porque la droga está conmigo.  Mi jeringa y mi aguja me confortan.  Este y otros males nos amenazan, son ladrones y salteadores que vienen a matar.   La vida de las ovejas no les importa.

 La confesión del filósofo Bergson, por el contrario, es un cántico de serenidad, de confianza y de esperanza, cuando nos dice: “Los centenares de libros que he leído no me han proporcionado tanta luz y consuelo como los versos del salmo 23:  “El Señor es mi Pastor, nada me falta.  Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me dan seguridad.  El autor de este salmo es David, un hombre como nosotros, lleno de debilidades y pecados, pero un hombre que supo acudir a Dios, sobre todo reconociendo su pecado: y por esto se convirtió en el Santo Rey David, de quien nació el Cristo, el Buen Pastor de nuestras almas.

 Hoy, más que nunca, la actitud de David nos debe inspirar, ya que con frecuencia nos sentimos desorientados y débiles, nos sentimos a menudo rodeados de desconfianza y desesperanza, muchas cosas nos confunden hasta el punto de no saber, o de no querer saber, lo que es bueno y lo que es malo.  Si supiéramos inspirarnos como David para decir: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”.  Cuánta fortaleza encontraríamos.  Si esta frase fuera nuestra jaculatoria cuando hemos caído o alguien nos ha defraudado, muy pronto estaríamos en pie y tendríamos una fortaleza que nadie puede vencer.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3622Domingo, 15 de mayo de 2011 14:00 hrs
Encomienda cardenal Rivera, fin de la violencia en México al beato Juan Pablo IIAcompañado por el Nuncio Apostólico en México, sus Obispos auxiliares, sacerdotes y cientos de fieles, el cardenal Norberto Rivera Carrera presidió la Misa de Acción de Gracias en catedral por la beatificación del papa Juan Pablo II a quien encomendó poner fin a la violencia y el crimen en México.

 

“En estos momentos en que parece que nuestra patria no tiene futuro, no tiene salida de la violencia que nos agobia, debemos invocar al beato Juan Pablo II que tanto amó a nuestro país, que tanto amó a los habitantes en estas tierras para que interceda por nuestra Patria ante el Señor de la historia”, expuso el Arzobispo de México durante su homilía. “para que interceda por nuestra patria ante el Señor de la Historia, Cristo Jesús, que con su espíritu puede hacer nuevas todas las cosas”, agregó.

 

Momentos antes de la celebración en la que estuvo presente el Nuncio Apostólico, Christophe Pierre, junto al cardenal Norberto Rivera y sus obispos auxiliares y sacerdotes de la Arquidiócesis de México, la imagen de Juan Pablo II fue “entronizada”, es decir, conducida por los pasillos centrales de catedral hasta el Altar Mayor de la misma para que ésta pudiera ser venerada desde ahora por todos los fieles. Ahí, el Arzobispo de México, recordó que los mexicanos fueron testigos de cómo el “papa amigo” se entregó a éste pueblo desde su primera visita y hasta la última en la que “encorvado y casi arrastrando los pies, vino a canonizar al primer santo indígena”.

 

"Hace ocho días, la Iglesia nos proponía un nuevo modelo de santidad” explicó Rivera Carrera evocando la reflexión del papa Benedicto XVI  en torno a Juan Pablo II, “La Iglesia ponía ante nosotros un nuevo intercesor y por eso nos hemos reunido para darle gracias al Señor por este nuevo modelo de santidad, por este nuevo intercesor que tenemos la seguridad, siempre nos ayudará a llegar a Cristo, a llegar a Dios”, concluyó.

 

Al término de la celebración, el cardenal, junto con la comitiva que le acompañó a la celebración y varias decenas de fieles, se dirigió al patio poniente de catedral ante la escultura del papa Juan  Pablo II ahí colocada para entonar a ritmo de mariachi, el tema “Amigo”, mismo que fue coreado con palmas y vivas por parte de los presentes.

 

“Cuando él vino, no podía dormir por las serenatas que el pueblo le llevaba hasta la residencia en que permanecía durante su estancia en México…”dijo Rivera Carrera quien agregó: “ahora vamos a cantarle también nosotros con alegría…” y tras un recital de melodías mexicanas, el cardenal repartió entre los fieles la imagen oficial del beato Juan Pablo, misma que pudo ser bendecida por el cardenal Rivera a su paso entre los fieles.

 

 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3543Sun, 08 May 2011 16:00:00 GMT
Juan Pablo II, siempre fiel : Su herencia espiritual a los mexicanosEl Papa Juan Pablo II  falleció el  sábado 2 de abril de 2005, en la vigilia de la festividad de la Divina Misericordia, instituida por él mismo para honrar el culto impulsado por Santa Faustina Kowalska, una religiosa polaca por él canonizada, de la que el Pontífice se consideraba discípulo.

Al hacer el anuncio de su partida a la Casa del Padre, las expresiones de multitud de católicos en todo el mundo fue unánime: ¡Santo súbito!, como una convicción de que contábamos a partir de ese momento con un nuevo intercesor. Ante la noticia sobre su beatificación no podemos dejar de admirar los caminos misteriosos de la Providencia y ahora podemos afirmar que no celebramos el 6° aniversario de su fallecimiento sino de  su glorificación, confirmamos que la muerte no es el fin de la vida sino el inicio de la vida verdadera. Hoy la Iglesia nos presenta a Juan Pablo II como un modelo e intercesor poderoso de buen Pastor y nos invita a seguir sus pasos y su entrega amorosa  sin límites.

¿Por qué amaba tanto a México, por qué se llamó a sí mismo “el Papa mexicano”?

¿Qué encontramos como un patrimonio espiritual que los mexicanos sentimos muy propio y que nos repitió de muchas maneras y nos marcó?

Reflexionando en el conjunto de sus mensajes en las cinco visitas apostólicas con que distinguió a los mexicanos, y que tienen de alguna manera alcance continental, resalta el tema de la FIDELIDAD.

Invitado a participar en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, Juan Pablo II experimentó la fuerza de la fe de un pueblo que explotó en expresiones de júbilo, de multitudes que le manifestaban su amor al grito de “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”, despertando la conciencia de la vocación misionera que marcó su ministerio petrino y le abrió las puertas para regresar a Polonia como signo de esperanza y libertad.

En 1979, en la Catedral Metropolitana, Juan Pablo II en su memorable homilía del 26 de enero, se dirigía a este pueblo que lleva en su corazón la devoción a la Virgen de Guadalupe, y a la luz de la Virgen Fiel nos invitó a los mexicanos a buscar el rostro del Señor, a aceptar el misterio, a ser coherentes y vivir de acuerdo con lo que se cree, a ser constantes, a ser un México siempre fiel, a vivir en la Iglesia, pertenecer a la Iglesia, y a hacerlo cada día con mayor fervor e intensidad. Todos recordamos con cariño los slogans populares: “Juan Pablo, amigo, el pueblo está contigo”.

Contemplando a María comprendemos que no hay fidelidad si no tiene su raíz en el Amor. Juan Pablo II nos describía las dimensiones que entrañan este don de la fidelidad:

La búsqueda: Así, los católicos siguiendo a la Madre de Dios, hemos de buscar con amor el sentido de nuestra vida escuchando el llamado de Dios; hemos de tomar conciencia de nuestra identidad como hijos de Dios llamados a una vida trascendente, dándole sentido a nuestra existencia comprometiéndonos en la transformación de la realidad de nuestro México impulsados por el Evangelio.

La aceptación: Esta conciencia de nuestra identidad católica nos exige tomar una decisión, aceptar o no aceptar este designio de Dios. María nos enseña cómo debemos responder: ¡Fiat! Abandonarnos confiados al misterio de Dios en nuestra vida. Así abrimos nuestro corazón para el Dueño de la Vida habite en nosotros y así  hacer  en todo la voluntad de Dios. ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad! La situación de nuestra Patria reclama nuestra participación, es un deber aceptar el compromiso por encarnar el Evangelio en la vida social, política, económica, cultural, etc.

La coherencia: Hacer la voluntad de Dios no es bien visto en nuestra sociedad materialista. Esto nos lleva a vivir de acuerdo a lo que creemos, a lo que nos compromete nuestra condición de bautizados, hijos de Dios. Debemos vivir conforme a nuestra fe. Debemos estar dispuestos a sufrir incomprensiones y persecuciones antes de permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree. Debemos vivir con alegría nuestra  identidad de católicos y dar testimonio con respeto de otras creencias pero sin temor, pues nuestro fundamento es el amor. Juan Pablo II nos decía  ¡No tengan miedo! ¡Cristo ha vencido el mal con la fuerza de su amor!

La duración: La fidelidad que tiene su raíz en el Amor, debe expresarse en el tiempo con horizontes de eternidad. Es fácil ser coherente un día o poco tiempo, pero difícil serlo toda la vida; es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, pero difícil serlo en la tribulación y persecución. En nuestro bautismo recibimos la luz de Cristo y nos comprometimos a ser fieles y no traicionar en las tinieblas lo que aceptamos gozosos como un don divino. Fieles a pesar de todo, hasta el fin de nuestra vida.

En las siguientes  visitas a México el Santo Padre Juan Pablo II, con distintos objetivos pastorales, nos dejó una sola consigna: la fidelidad a Cristo en su Iglesia.
La segunda visita del Papa a México se realizó del 6 al 13 de mayo 1990. Los objetivos de la visita fueron impulsar la vida eclesial de las comunidades, convocándolas a la nueva evangelización, y la beatificación de tres miembros de la Iglesia en México, los niños indígenas  Cristóbal, Antonio y Juan,  protomártires de la Nueva España y primicias de la primera evangelización de México. Estos hermanos nuestros son ejemplo de fidelidad para todos.

Su tercera visita fue del 11 al 12 de agosto de 1993, en Mérida y en Izamál, Yucatán. Se reunió con las culturas indígenas de América Latina, con ocasión del Año internacional del indígena.

En su cuarta visita pastoral del 22 al 26 de enero de 1999.  El objetivo de esta visita fue la promulgación del documento postsinodal Ecclesia in America, fruto del Sínodo de los obispos del continente. Nuevamente el tema de fondo era la fidelidad a las raíces cristianas y reasumir el compromiso misionero del Continente de la Esperanza, con el lema: ¡Nace un Milenio. Reafirmamos la fe”.

En el Estadio Azteca, el 25 de enero de 1999, vivimos los mexicanos unidos con todo el continente americano, el “Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con todas las generaciones del Siglo”. El entusiasmo de todos se expresaba con las “olas” y los gritos de "Juan Pablo, Hermano, ya eres mexicano", el gozo del Santo Padre era evidente.

Cruzado ya el umbral del nuevo milenio, el Santo Padre  Juan Pablo II regresa a México para su quinta visita, del 30 de julio al 1 de agosto de 2002. Su objetivo fue la canonización de Juan Diego, testigo de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y la beatificación de dos indígenas oaxaqueños evangelizadores durante el siglo XVI.

Desde la Basílica de Guadalupe Juan Pablo II nos propuso la figura de Juan Diego como el primer santo indígena del continente americano, fruto de la iglesia evangelizadora y misionera que con la fecundidad de la Buena Nueva generó una nueva iglesia en estas tierras.  Sus palabras aún resuenan en nuestros corazones:
“¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.”

La fidelidad hemos de vivirla como Dios lo quiere, como los santos nos dan ejemplo: fieles a Jesucristo en la Iglesia, atentos y obedientes a su Vicario en la tierra, y con un compromiso por dar nuestra vida en servicio de nuestros hermanos, sobre todo los más vulnerables y necesitados.

Se agolpan los recuerdos amorosos y los sentimientos cálidos que vivimos en cada visita de nuestro Papa Mexicano. Agradecemos de todo corazón a nuestro Santo Padre Benedicto XVI el dar este regalo de la beatificación  para toda la Iglesia.

Que Juan Pablo II sea para todos un modelo de santidad, un ejemplo de fidelidad plena, un valioso intercesor por México para que sea siempre fiel a sus raíces cristianas. Que nos alcance la paz y la justicia que lleven a nuestro pueblo por los caminos del amor.

Palabras del cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en el  homenaje a S.S. Juan Pablo II en el Estadio Azteca.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3444Domingo, 01 de mayo de 2011 06:00 hrs
Mensaje Pascual

Escuchar Audio:

Resucitó, de veras, mi amor y mi esperanza! Les saludo en la alegría de Cristo resucitado. Quiero hacerles llegar un mensaje que ayude a renovar nuestras vidas, a propósito de esta celebración, la más importante para los discípulos de Jesucristo: "Así que celebremos la fiesta, pero no con levadura vieja, la de la maldad y la perversidad, sino con los panes pascuales de la sinceridad y la verdad" (1Cor. 5,8). Celebremos la fiesta pascual, la fiesta de la vida nueva, la vida que Cristo Jesús nos vino a traer en abundancia.

 A todos los hombres y mujeres de buena voluntad que viven en esta ciudad de México, aún cuando no tengan la misma fe que los cristianos profesamos, les invitamos a considerar este llamado a la renovación personal y familiar que haga posible una convivencia en la justicia y en la paz. ¡La Ciudad de México está herida pero no muerta! Ante esta situación, debemos preguntarnos sobre la responsabilidad que tiene cada uno de los habitantes de esta gran ciudad por comunicar el aliento de vida que viene del Señor Jesús. En efecto, la celebración de la Pascua es la fiesta del triunfo sobre el pecado y sobre la muerte. Jesús de Nazaret enfrentó este reto como ejemplo para todos y lo superó muriendo en la cruz y resucitando con el poder del Espíritu Santo.

 El clima de una cultura de violencia es conocido y experimentado diversamente, quién en la desintegración de su familia, quién en la confusión juvenil, quién en la experiencia de la pobreza, quién en la indiferencia religiosa. Las raíces son también diversas: la ausencia de una educación espiritual y social, la injusticia, la descomposición de la comunidad, la falta de credibilidad de las instituciones que tienen la vocación de servir a los demás. Se trata, en el fondo de una crisis moral. Para todo cristiano que acepta que Cristo realmente ha resucitado y para todos los que en la sociedad estamos comprometidos con la causa del ser humano, éste es el escenario preocupante y que nos exige un compromiso común y organizado por construir la paz. Toda persona de buena voluntad está llamada a compartir las penas y dificultades del hermano. Para llevar a cabo esta apertura es indispensable que lleguemos a ser pobres de espíritu. Esto quiere decir que reconozcamos que la paz y la justicia provienen exclusivamente de Dios, pero que al mismo tiempo debemos colaborar responsablemente  en  el  servicio a los hermanos

más necesitados, buscando su bien a través de obras concretas. El compromiso implica trabajar solidariamente para que cada persona pueda encontrar condiciones de vida que respondan a su dignidad de hijo de Dios.

 Iglesia, mi querida Iglesia de México, no te olvides de que eres Familia de Dios; organízate, crea espacios y ambientes donde todos tus hijos tan diversos, se sientan en casa, amados, respetados y promovidos. Celebra tu fecundidad y transmite la vida de Dios.

La desigualdad social está en la raíz de muchos problemas que hoy vivimos. Los pobres son una consecuencia de lo que socialmente estamos haciendo todos. Es decir, en la organización de nuestra sociedad y en los valores sobre los que basamos la convivencia social, está la causa de la pobreza. La presencia de la pobreza material, cultural y espiritual como manifestación del pecado de injusticia nos obliga a un compromiso de lucha por el cambio de mentalidad y de costumbres, lucha por un cambio ético y de organización social de un sistema que se alimenta de la pobreza y, por lo tanto, la ve como "normal". Rehuir a la evangelización el problema de la desigualdad que lleva a la confrontación de los pobres con los menos pobres y con los abiertamente ricos, sería evadir este desafío crucial para el mensaje cristiano en el México de hoy. ¿Cómo afrontaremos este reto desde el Evangelio de la fraternidad, la justicia, la paz y la reconciliación? ¿Viviremos en la práctica concreta la opción preferencial por los pobres, o haremos de ella sólo una bella expresión abstracta?

Quizá sin darte cuenta llegaste a ser indiferente a las cosas de Dios, si es que no has terminado en la incredulidad. Los motivos pueden ser muchos; pero ¿por qué no te das otra oportunidad? No se trata de abrirse a una de tantas ideologías que buscan el poder o el control. Les estamos invitando a tener una experiencia de Jesucristo, de su estilo de vivir la vida en una sociedad concreta, de acercarse a diversos hermanos que sufren en el cuerpo o en el alma. Tú puedes encontrar a Jesucristo que te busca, siempre que compartas con el necesitado algo de lo que tú tienes. Agentes de Evangelización: como Pedro, Santiago y Juan en el huerto de Getsemaní, nos hemos dormido. No hemos caminado al ritmo de los cambios de la sociedad. Se nos ha olvidado cómo evangelizar con nuevos medios, nuevo ardor y nuevos métodos. Diversas religiones falsas están confundiendo a los que antes considerábamos seguidores seguros de la Iglesia. Urge despertar una nueva conciencia misionera. Hay que salir a buscar a las familias, a los jóvenes, a los pobres. Tenemos que aprender a dialogar con las diversas culturas o modos de vivir. Urge que favorezcamos la formación de pequeñas comunidades de crecimiento en la fe. Con la fuerza del Espíritu Santo debemos volver a anunciar el Evangelio de Jesucristo con palabras y con obras.

Este mensaje no puede concluir sin contemplar a María junto con los apóstoles después de la resurrección, aguardando la venida el Espíritu de Jesús para que la Iglesia iniciara su misión en el mundo. Como hijos de Dios, pastores y agentes diversos de evangelización nos ponemos en oración junto con María. Como familia aguardamos el nuevo Pentecostés que nos convierta en misioneros de la paz, de la caridad, de la no violencia, del servicio preferencial a los jóvenes y a las familias, a los más pobres y alejados del influjo del Evangelio y nos haga capaces de colaborar para que crezcan las semillas del Verbo que están presentes en la nueva cultura que se está gestando.

 A todos y a cada persona de buena voluntad, ¡Felices Pascuas de Resurrección!.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3400Domingo, 24 de abril de 2011 12:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

Vigilia Pascual

 Todas las lecturas de esta fiesta de Pascua nos hablan de que Cristo ha resucitado, pero San Lucas añade un adverbio muy significativo y muy preciso. Dice: ha resucitado "verdaderamente". Es sólo una palabra, pero con un significado muy denso y muy actual, pues nos quiere remarcar que esto no es un modo de decir, sino realmente; que esto no es algo subjetivo ni una apariencia, sino de verdad; que su resurrección no es sólo una "energía" que se ha desatado, sino que "verdaderamente" es el mismo, al que han sacrificado y ahora está vivo y se está comunicando con sus discípulos que fueron testigos de lo que dijo y de lo que hizo. La primitiva comunidad cristiana estaba convencida que su fe no puede ser una fe sólo espiritual o simbólica solamente, sino que tiene sus fundamentos en hechos muy concretos ya que Dios se ha revelado en la historia y por la historia, con dichos y hechos. La tentación sigue siendo actual, cuando se quiere explicar la fe que nació en nuestra patria, diciendo que sólo son mitos o leyendas, pero que no hay ningún hecho, ni ningún fundamento histórico, en donde se apoye el evangelio que recibimos.

 Después de la muerte ante multitud de testigos, Jesús se hizo visible corporalmente en una serie de encuentros personales, en donde se daba a conocer como aquel que había convivido con ellos antes de padecer. Se trata de una experiencia concreta, corporal: vieron al resucitado con sus propios ojos, lo oyeron con sus propios oídos, lo tocaron con sus propias manos. Fueron encuentros personales, de tú a tú, como cuando él estaba con ellos antes de morir. Tenían la certeza de que era el mismo maestro a quien habían seguido, escuchado y admirado por los signos que hizo ante ellos.

Pero la resurrección es un fenómeno tan totalmente nuevo para ellos, que no la pueden comparar con una "reanimación", ni con un "volver a la vida" simplemente. Las narraciones que encontramos en el nuevo testamento sobre las apariciones del Resucitado, testimonian, sí, que es el mismo, pero con una novedad de vida que ellos describen como "según el Espíritu". Por ejemplo, él no puede ser reconocido por cualquiera, sino sólo por aquel o aquellos a quien él se quiere dar a conocer. Su corporeidad es distinta a la anterior pues está libre de las leyes físicas ya que sale y entra con las puertas cerradas, aparece y desaparece, se traslada a lugares distantes de una manera maravillosa. Los discípulos no tenían ninguna experiencia de una verdadera resurrección, por esto las imágenes para describir al resucitado nos parecen un tanto fantasiosas. Tan seguros están del hecho de la resurrección de su Maestro que lo anuncian poniendo su vida de por medio. Tan seguros están de la novedad de vida del resucitado y de que el resucitado se comunica con ellos, que van por todo el mundo anunciando su evangelio con una fortaleza y una sabiduría que el mundo no conocía.

El Evangelio que hoy hemos escuchado llama a la Pascua, "El Primer Día de la Semana", y es que desde la resurrección de Cristo ha comenzado una nueva época para la humanidad, que nosotros debemos hacer presente viviendo pascualmente, es decir, resucitados a la vida nueva que Jesús vino a traernos con su muerte y su resurrección. Ésta vida nueva se tiene que caracterizar por el amor, creyendo en los criterios del evangelio y esperando los bienes definitivos.

 Para comenzar el seguimiento de Jesús, los apóstoles y los primeros cristianos entendieron que hay una relación profunda entre nuestra vida cristiana y la Pascua. Por esto, desde los primeros siglos, el momento privilegiado para bautizarse ha sido la Pascua. En algunas Iglesias la preparación para el bautismo era muy largo y muy estricto y siempre culminaba en la noche más solemne que tenemos los cristianos, la noche de la Pascua, en donde se daba el bautismo. Posteriormente la preparación se fue reduciendo a los días de la Cuaresma para coronarla con el bautismo de los catecúmenos. Hoy me da una inmensa alegría el que ustedes hayan querido venir aquí a recibir el bautismo, en esta noche tan significativa, de manos de su Obispo. Únanse a otros muchos hermanos que en esta misma noche también se están incorporando a Cristo resucitado por medio del bautismo.

 El contenido esencial de este sencillo rito del bautismo cristiano es precisamente comenzar a ser miembros del cuerpo de Cristo, es revestirse de Cristo, es injertarse en el cuerpo de Cristo y así comenzar una vida nueva, dejando atrás al hombre viejo ligado al pecado. Fundamentalmente, la vida que se nos infunde, "por el agua y por el Espíritu Santo", es la de hijos de Dios, y por lo tanto, hermanos de Jesús. Esto se dice fácil, pero hay que llegar a comprender que Dios ya no es para nosotros solo el infinito, el eterno, el trascendente, sino el "papá" bueno y cercano a nuestra vida a quien podemos y debemos invocar continuamente. Jesucristo no es sólo el personaje que predicó maravillosamente e hizo portentos, sino que es el resucitado, a quien yo me he incorporado y del cual yo formo parte, y de esta manera, soy miembro de la Iglesia, porque como enseña San Pablo, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Y si soy hijo de Dios y miembro del Cuerpo de Cristo, también soy templo vivo del Espíritu Santo. El bautismo es la mayor dignidad que podemos recibir en este mundo, pero también es la mayor responsabilidad para que Cristo sea conocido y amado a través de nosotros sus discípulos. 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3401Sábado, 23 de abril de 2011 21:30 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

Jueves Santo

Cuando las familias hebreas están en la mesa para celebrar la cena pascual, el 14 de Nisán, proceden conforme a lo prescrito en el Éxodo, el hijo más joven pregunta al padre: “¿Qué significa este rito que estamos celebrando esta noche?”.  Probablemente fue Juan el que en el Cenáculo hizo esta pregunta a Jesús.  Hoy, todos y cada uno de nosotros, debemos hacer la misma pregunta.  Y será la Palabra de Dios la que nos descubra el significado: “Cristo ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación” y esto lo conmemoramos celebrando la Cena del Señor, porque para la Iglesia la Pascua se celebra esencialmente en la Eucaristía, por esto esta tarde celebramos la institución de la Eucaristía.

Esta celebración no es invención humana ni fruto de la evolución de un rito, es institución de Cristo: “Hagan esto en conmemoración mía”; “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz anunciarán la muerte del Señor, hasta que Él vuelva”.  San Pablo, en la segunda lectura, nos ha transmitido lo que recibió del Señor: es decir, la institución de la Cena como nueva Alianza y como memorial de su muerte.  San Juan, en el Evangelio, nos narra el mismo acontecimiento de la vida de Jesús y nos habla, a su manera, de la misma Eucaristía, pues donde los sinópticos hablan del Signo -de la Eucaristía- el cuarto evangelista nos descubre su significado presentando a Cristo amando a los suyos hasta el extremo, sirviendo hasta postrarse para lavarles los pies y concluyendo de la misma manera: “Lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes háganlo”.  Los demás evangelistas dirán: “Hagan esto en conmemoración mía”.

 Continuamente repetimos, cuando celebramos el misterio de nuestra fe: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!”, convencidos de que la Eucaristía es la actualización de la Pascua de Cristo.  Esto es cierto, pero la Eucaristía también debe ser la celebración de nuestra Pascua: paso de la muerte a la vida, pasó de las tinieblas a la luz, pasó de la esclavitud a la libertad.  De la misma manera que Cristo dice:  “Tomen y coman, esto es mi cuerpo, que se ofrece en sacrificio por ustedes”, así nosotros al celebrar la Pascua debemos decir a los hermanos que nos acompañan en la vida y el trabajo:  “Tomen y coman, esto es mi cuerpo, que se ofrece en sacrificio por ustedes”, es decir, tomen mi tiempo, mi amistad, mi atención, mis capacidades, mi alegría, lo pongo a su disposición, para que tengan vida, para que crezcan, para que se desarrollen, para que puedan resucitar.  Así celebraremos la Pascua de Cristo y nuestra Pascua, así celebraremos la Eucaristía y lo que la Eucaristía significa.

Ciertamente celebrar la Cena del Señor es celebrar la Pascua del Señor, es celebrar nuestra propia Pascua, pero también es el momento y el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo vivo, con Cristo nuestra Pascua, ya que Él está presente “sobre todo bajo las especies eucarísticas”, tal y como lo explicaba el Papa Paulo VI:  La singularidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, se llama “real” no por exclusión, como si las otras presencias no fueran “reales”, sino por antonomasia, porque es substancial...  Bajo las especies de pan y vino, Cristo todo entero está presente en su “realidad física” aún corporalmente”.  La presencia de Cristo en la Eucaristía es dinámica, para que lo comamos y bebamos; para encontrarnos con Él, como un amigo se encuentra con su amigo; para adorarlo y venerarlo y entrar con Él en una profunda comunión.

El pasaje en donde se nos narra el encuentro de Jesús con los discípulos que iban a Emaús es muy elocuente y revelador de lo que significa la Eucaristía en la Iglesia: La explicación de las Escrituras no fue suficiente para abrirles los ojos a los discípulos y hacerles ver lo que realmente había sucedido en Jerusalén.  Es cierto que hizo arder sus corazones, pero el gesto definitivo para que pudieran reconocerle, vivo y resucitado de entre los muertos, fue el signo concreto de la “fracción del pan”.  Por esto la Iglesia no puede entenderse y no pude edificarse si no es en torno a la Eucaristía; si no es en torno Jesucristo vivo, presente en el pan y en el vino;  si no es en “la fracción del pan”, donde se alimentan los discípulos de Jesús  y en donde lo reconocen como su Salvador.

La celebración de la Cena del Señor, la celebración de la Pascua, nos orienta también necesariamente, de modo inmediato, al ministerio sacerdotal inaugurado por Cristo en la misma cena.  Porque fue a los apóstoles a quienes dio el Señor el mandato de hacerla “en memoria mía”.  Esta es la razón por la que esta mañana hemos celebrado el sacerdocio de Cristo, confiado a hombres frágiles, entresacados del pueblo, consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación, y lo hemos celebrado escuchando la Carta que, año tras año, nos envía el Santo Padre, renovando nuestras promesas sacerdotales, consagrando los santos aceites que son presencia de Cristo y signo de comunión con el obispo en las comunidades, y sobre todo concelebrando como un solo presbiterio la Pascua del Señor.  Agradecemos profundamente las oraciones que el Pueblo de Dios hace por sus pastores y agradecemos las plegarias dirigidas al Pastor de nuestras almas para que no falten pastores a su Iglesia. 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3343Jueves, 21 de abril de 2011 18:00 hrs
“Con Alegría y agradecimiento”

Carta del Emmo. Sr. Card. Norberto Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

Con motivo de la beatificación del Siervo de Dios Juan de Palafox y Mendoza, Arzobispo electo de México y Virrey de la Nueva España

Con alegría y agradecimiento, la Arquidiócesis Primada de México, quienes somos sus pastores y los fieles cristianos nos disponemos a celebrar un acontecimiento eclesial de gran trascendencia para dos países hermanos, tanto por su historia compartida como por su fe y su cultura cristianas enraizadas en su historia; España y México vivirán muy especialmente en sus diócesis del Burgo de Osma, Puebla de los Ángeles y Ciudad de México la jubilosa declaración del Venerable Siervo de Dios, Juan de Palafox y Mendoza, como beato de la Santa Iglesia Católica el próximo 5 de junio en la Catedral de Osma.

Las pruebas en las que Don Juan de Palafox y Mendoza vivió las virtudes cristianas en grado heroico son abundantes y ejemplares, y han sido también emotivas páginas de la historia de ambas naciones. Este hombre sencillo y tenaz, que ejerció su ministerio pastoral en el Viejo y el Nuevo Continente, fue dotado con grandes dones que puso al servicio de la Iglesia y en las que destacó como fecundo escritor, comprometido mecenas de la artes, protector de los indígenas, pensador, político, jurista, editor, poeta y místico.

Don Juan de Palafox y Mendoza, nació el 24 de junio de 1600 en el pueblo de Fitero, en Navarra, España. Aprendió las letras y los oficios administrativos en diferentes ámbitos del reino; su destacada mente y fino trato lo condujo casi con naturalidad a servir primero a su noble familia y después a la Corona del Rey Felipe IV desde muy corta edad.

Siendo titular del Consejo de Indias en Sevilla, Palafox y Mendoza organizó y clarificó los procedimientos del derecho indiano en la Nueva España, misión que mejoraría y completaría con creces ya en América pues el rey de España lo nombró  presidente de la Real Audiencia y obispo de Tlaxcala (hoy Puebla de los Ángeles) en 1640.

En estas tierras a las que él mismo consideró como “su amada Raquel” a la usanza bíblica, Palafox y Mendoza se entregó en un servicio copioso y fructífero, en la humildad y la pobreza y a favor de los más necesitados.

Entre muchos altos cargos encomendados a su persona, Juan de Palafox fue designado como Arzobispo de México en 1642 y aunque no hubo oportunidad de que tomara posesión de esta Arquidiócesis como el Décimo sucesor de Fray Juan de Zumárraga, esta Iglesia particular le cuenta entre sus pastores pues en nuestro salón de cabildos existe un retrato del Arzobispo Palafox que da cuenta de ello.

Juan de Palafox y Mendoza fue un verdadero pastor del pueblo de Dios porque supo cumplir a cabalidad las tres funciones que son propias del ministerio episcopal, a saber: gobernar, enseñar y santificar.

Fue sabio y prudente al gobernar pues se distinguió por ser un organizador creativo y notable, en sus cortos nueve años de pastor visitó en varias ocasiones su extensísima diócesis de Puebla que en aquel tiempo abarcaba del Golfo de México al mar Pacífico, secularizó las parroquias y organizó la vida diocesana, construyó la Catedral y numerosas obras pías dedicadas a la atención de los más necesitados. Así mismo, fue nombrado por el Rey Visitador General y Virrey de la Nueva España, y pese a tener en sus manos todos los poderes eclesiásticos y civiles siempre actuó con verdad, caridad y justicia. Combatió con todas sus fuerzas la corrupción y los abusos, lo que le ganó innumerables enemigos, calumniadores y persecuciones que lo llevaron a juicio y a la ingratitud.

Fue desapegado y infatigable al enseñar pues fue un pastor de cultura enciclopédica y refinada, gran predicador y escritor fecundo de libros para edificar a las almas, promotor de la educación y la cultura al dotar de las Ordenanzas a la Real y Pontificia Universidad de México, fundó el seminario y los prestigiados colegios de San Juan, San Pedro y San Pablo, donó su biblioteca personal, que fue la primera biblioteca pública de América, fue un catequista infatigable, recorrió caminos inaccesibles para llegar a los rincones más alejados llevando con celo la palabra de Dios, sobre todo a los pueblos indígenas, predilectos de su corazón de buen pastor.

Supo, con pasión y entrega, santificar a la Iglesia pues no escatimó esfuerzos y fatigas para llevar a su grey el pan de la palabra divina y los sacramentos, hombre de oración larga y recogida que lo encumbró en las alturas del misticismo, su vida misma fue  ejemplo de santidad por su caridad heroica, su humildad y servicio abnegado, verdadero pastor que desgató la vida por sus ovejas y las defendió de los lobos que asechaban el rebaño.

Juan de Palafox y Mendoza será el primer Arzobispo beato de nuestra Arquidiócesis, y el primer Virrey de América que alcanza las cumbres de la santidad, testimonio urgente para nuestra patria para hacer ver que la santidad se puede hallar en todas partes, y es posible en todos los oficios, incluso en el ejercicio del poder y la política, donde también puede y debe reinar Dios. Por ello a estas celebraciones gozosas se han unido las autoridades civiles quienes reconocen la santidad, el genio y la generosidad de este gran Arzobispo-Virrey de México.

Es por ello, que invito a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y a todo el Pueblo santo de Dios a unirse a esta celebración gozosa de la beatificación del Siervo de Dios Juan de Palafox y Mendoza; pido que en todas las vicarías nos unamos el día de la beatificación, el 5 de junio en una celebración de acción de gracias en las sedes vicariales

Asimismo invito al clero y pueblo de Dios a unirse a los festejos civiles de la Semana Palafoxiana, para participar en las conferencias, conciertos y demás actos culturales que se llevarán a cabo en nuestra ciudad.

Pido a mis vicarios episcopales con sus respectivas delegaciones de laicos, a los venerables cabildos de Catedral y Guadalupe, a las y los superiores de las órdenes y congregaciones religiosas,  que me acompañen el próximo miércoles 22 de junio a las 10 de la mañana para recibir solemnemente las reliquias de quien fuera nuestro venerable predecesor en esta Santa Iglesia Catedral y en la que quedará una reliquia como memoria perenne de quien fuera también nuestro Pastor. Lo mismo pido que me acompañen, con todo el pueblo de Dios, a participar del magno concierto que se llevará a cabo el mismo día 22 a las 7 de la tarde para conmemorar este gran acontecimiento.

Así mismo expediré un decreto para conceder la Indulgencia Plenaria el día 22 de junio, día en que llegarán a nuestra Iglesia catedral las reliquias y el día 23 de junio, solemnidad del Corpus Christi, en que se abrirá la puerta del Perdón de Nuestra Catedral, y a quienes asistan también a la Basílica de Guadalupe.

Finalmente, queridos hermanos, la beatificación de Juan de Palafox y Mendoza nos obliga a mirar nuestro presente pues el legado de este santo varón, además del incontable servicio espiritual y pastoral, es tangible y visible en las diferentes áreas de la vida cultural, social, política y administrativa de nuestros tiempos. Su trabajo, unido siempre a las virtudes humanas y cristianas, a la mística, a la oración, a la piedad y a la caridad, nos regala el camino a una vida ejemplar y el sendero cierto hacia la santidad.

Que a ejemplo del beato Juan de Palafox y Mendoza y bajo el material amparo de Nuestra Señora de Guadalupe, mirando como él al Divino Crucificado en  los rostros de los más necesitados y manteniendo su esperanza firme en el Resucitado, nos ocupemos de construir el Reino de Dios para alcanzar la paz y la prosperidad en nuestra atribulada patria.

+ Norberto Card. Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

Jueves Santo del año del Señor 2011

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3344Jueves, 21 de abril de 2011 12:30 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

Misa Crismal

Nos hemos congregado en  nuestra amada y majestuosa Catedral Metropolitana, a fin de expresar en la celebración eucarística dos cosas fundamentales para la catolicidad: la Unidad y la Comunión, y así mismo, hacer públicas en la sagrada liturgia de esta mañana nuestra acción de gracias y la renovación de nuestro compromiso ministerial.

La lectura del Evangelio que hemos escuchado, nos ha situado en el momento que Jesús ha leído el volumen del Profeta Isaías, anuncio de esperanza y de liberación. Por eso, la atención de la asamblea que escucha se centra en el Señor, en las palabras de la homilía sinagogal , cuyo contenido se concentra en una sola palabra: «Hoy».

En efecto, por muy sencilla que sea esta palabra, encierra una gran carga teológica que nos remonta al libro del Deuteronomio, cuando Moisés -después de haber convocado a todo el pueblo-, les dice: «Escucha, Israel, los preceptos y las leyes que yo promulgo hoy en presencia de todos ustedes. Apréndanlos para ponerlos en práctica cuidadosamente. El Señor, nuestro Dios, hizo una alianza con nosotros en el Horeb. No la hizo con nuestros padres, sino con nosotros, los que hoy estamos aquí, todos con vida» (Dt 5,2-3).

 El «Hoy» que Jesús pronunció en la sinagoga de Nazaret se transforma en el «Hoy de la nueva alianza», es un pasaje de «la memoria» que evoca la fidelidad del Dios de Israel, forjador de un nuevo pacto con su pueblo, la Iglesia, por la sangre derramada de su Hijo, el Cordero pascual inmolado por nosotros.

Es importante anotar que este «Hoy» es pronunciado por Jesús en un «sábado», el día de la proclamación de la Escritura, memorial de la Alianza. En efecto, el sábado estaba instituido como el «Hoy» del encuentro entre Dios y el hombre; por ello, no es irrelevante que Jesús realizara su labor mesiánica en sábado. Por una parte, el sábado es el día de la inactividad del hombre y, por otra, de la actividad del Señor (cf. Jn 5,17), llegando a su plenitud en la resurrección de Cristo: el «Hoy» en que se vence a la muerte, se destruye el pecado y se abren las puertas de la salvación. Toda la esperanza anunciada por Isaías se ha vuelto realidad en el “Hoy” de Cristo, el Ungido, el Mesías ansiosamente esperado por los pobres, los ciegos y los oprimidos para quienes Jesús, poderoso en palabras y obras, se convierte en su liberador y salvador.

 Queridos hermanos obispos y sacerdotes, no hay palabra más verdadera que este «Hoy», pues la renovación de las promesas que realizaremos en un momento más no son un mero recuerdo sentimental, sino el «Hoy» de lo acontecido el día de nuestra ordenación sacerdotal, que hace presente el momento en que el Señor -sin merecerlo nosotros-, nos eligió, nos consagró y fundó nuestro futuro: «El Señor lo ha jurado y no se arrepiente, tú eres sacerdote para siempre» (Sal 110,4).

 Es necesario que en los eternos «Hoy» de esta historia de la Salvación, centremos nuestra mirada en el Señor, que nos amó y se entregó por nosotros (Ef 5, 2), pues como puntualizaba Juan Pablo II, el carisma del sacerdote es el carisma del Buen Pastor, el que ama, cuida y da la vida por sus ovejas.

 Narra Lucas que los asistentes en la sinagoga tenían los ojos fijos en el Señor (cf. Lc 4,20); éste es el cuadro que viviremos en unas horas más, la contemplación de la salvación hecha presente en la Pasión del Justo, del Cordero inocente, traicionado, injuriado, escarnecido, azotado, crucificado e inmolado por nosotros. Ante la Cruz, levantaremos la mirada estupefactos para contemplar «al que traspasaron» (Jn 19,37), pues así como en el antiguo Israel la sanación vino por ver la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto (cf. Num 21,9), así nosotros, los cristianos, somos salvados por una mirada, la contemplación del más bello de los hombres que (cf. Sal 45,2), de tan desfigurado, ya no tenía aspecto humano (cf. Is  52,14).

 Hoy ese cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, sigue siendo víctima de una descomunal y demencial violencia en sus miembros, los fieles cristianos: ¡Cuántos inocentes cobardemente asesinados, cuántas personas secuestradas y extorsionadas, torturadas y vejadas, privadas de su dignidad y de su libertad, de sus bienes y de su vida! Y Cristo sufre con ellos, prolonga su pasión en este viacrucis de maldad. Cristo se hace víctima con las víctimas, sigue sufriendo un calvario sin fin. ¿Hasta cuándo, Señor? Cuántas veces hemos gritado en medio de nuestro miedo y dolor: ¡Basta, ya!, pero el grito de miles de nuestros hermanos no alcanza a romper la sordera de los criminales, de las autoridades corruptas, de los que pudiendo hacer algo solo contemplan o huyen, de la ambición desmedida de quienes tienen como dios al dinero, la codicia, origen diabólico de tantas calamidades y sufrimientos.

 

Y la Iglesia, al igual que Raquel, llora por sus hijos que ya no están (cf. Jer 31,15); llora con los padres de tantas víctimas, con las viudas y con los huérfanos; llora por tantas vidas cegadas tempranamente, por tanta destrucción sin sentido; le preocupa hondamente el deterioro del tejido social y que la fe se vaya apagando, que la caridad no brille y que la esperanza parezca ahora imposible; ya no hay compasión, la exhibición y comercialización morbosa de tanta maldad nos ha vuelto indolentes, se hace de las víctimas números y estadísticas, olvidando que se trata de personas, las cuales, aún después de muertas, tienen una dignidad y merecen ser tratadas con respeto; se olvida que tienen una familia que sufre su irreparable pérdida.

 

México parece ser una sociedad derrotada que se hunde en el miedo y en la desesperación; que se siente atrapada en una espiral de violencia, de egoísmo y de corrupción sin límites. Y nosotros, ministros del Señor, pastores de su pueblo, no podemos quedar al margen de las ovejas que el Señor nos ha confiado. El buen pastor -nos dice Jesús- no es el que huye ante el peligro, sino el que enfrenta al lobo y arranca a las ovejas de sus fauces (cf. Jn 10). Y nuestra misión, que es primordialmente espiritual (no lo olvidemos), consiste en preservar la fe del rebaño, en darle ánimo y esperanza, en hacer renacer la caridad, el perdón y el amor fraterno; en ser auténticos constructores del Reino de Dios para expulsar el reino de Satanás, que parece haberse instaurado en nuestra sociedad con sus consecuencias de odio, ambición, corrupción, violencia y muerte, mientras que, por el contrario, el Reino de Cristo, el que debemos implantar, es de vida, de verdad, de justicia, de paz y de gozo en el Espíritu Santo (cf. Rm 8,1-17).

 

Ningún pastor puede evadir esta responsabilidad; ningún ministro del Señor puede omitir su compromiso misionero. Es preciso realizar una ardua labor evangelizadora, es urgente poner en el centro de nuestras vidas a Cristo y su Evangelio; recordar a los creyentes, una y otra vez, los mandamientos de Dios: ¡No robarás! ¡No matarás! ¡No codiciarás los bienes ajenos! Estamos llamados a ser testigos de esperanza, la esperanza que nos da el Redentor de una vida futura que no se acaba; la esperanza de la salvación que hemos recibido a precio de su sangre derramada; la esperanza y la fe que nos hacen creer que el amor y el perdón son más fuertes que el odio y la violencia.

Es cierto –como muchos afirman- que no saldremos de esta crisis si no volvemos a sembrar en las nuevas generaciones los valores, y a nosotros nos toca sembrar no cualquier valor, sino los del Evangelio, que nos abre siempre las puertas de la misericordia, de la conversión y del amor. No es una ética laica ni un voluntarismo bien intencionado lo que salva al hombre, lo que salva a la humanidad es Cristo, es su sacrificio en la cruz que día a día renovamos en su santo altar a favor de toda la humanidad, nuestra esperanza no es una esperanza vana sino una esperanza fundada en el Resucitado! ¡Resucitemos con El!.

 Hago un llamado enérgico -y a la vez suplicante- a los criminales para que se conviertan; los exhorto, en el nombre de Dios, a que dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien (cf. Is 1, 16-17); a que cesen en su ambición y codicia, a que dejen de matar, extorsionar y corromper, y respeten la vida humana: ¡La vida humana es sagrada!, ¡nadie puede destruirla o vejarla sin ofender a Dios, y emprender el camino de la condenación eterna! Les recuerdo a los criminales que también ustedes tienen una esperanza de perdón si se arrepienten y reparan el inmenso mal que han hecho; pero también les reitero que si se empecinan en su maldad y en su pecado, no alcanzarán misericordia ni podrán escapar de la justicia de Dios.

 Mis queridos hermanos, obispos y sacerdotes, comprometámonos a construir una sociedad nueva, una nueva humanidad, aquel ideal que el venerable Paulo VI llamó la “Civilización del amor”. Empeñémonos, como lo hizo nuestro amado Papa Juan Pablo II -que en unos días será beatificado-, en hacer comprender al hombre de hoy el valor de su dignidad humana y el respeto por la vida; tengamos delante el ejemplo de quien fuera Arzobispo electo de esta Arquidiócesis y futuro beato Juan de Palafox y Mendoza, quien no se cansó de combatir la corrupción, instruir a su pueblo y defender a los más pobres y desvalidos.

 Amemos intensamente al pueblo que se nos ha encomendado, y el mayor bien que le podemos hacer es darle a Cristo; embeberlo en su Evangelio, conducirlo a vivir la amistad con Él; hagamos comprender el misterio que estos días santos viviremos: que el amor es más fuerte que el odio, que debemos amar a todos, incluso a nuestros enemigos, y que, a ejemplo de Cristo, comprendamos que no hay mayor amor que entregar la vida a favor de los otros.

 

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3342Jueves, 21 de abril de 2011 11:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.@font-face { font-family: "Cambria"; }p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal { margin: 0cm 0cm 10pt; font-size: 12pt; font-family: "Times New Roman"; }div.Section1 { page: Section1; }

Escuchar Audio:

Pareciera contradictoria esta celebración en que estamos ahora participando. Hemos comenzado con palmas y ramos de olivos recibiendo a Cristo Jesús y acabamos de escuchar un grito desgarrador: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Llevando a Jesús a la Cruz, llevándolo a la sepultura. Pero no, nuestra celebración tiene un sentido: esta "pasión" que acabamos de escuchar, esta tragedia que se nos ha narrado, tiene un sentido y una importancia suprema para todos nosotros, porque todos nosotros, tarde o temprano, nos encontramos con el dolor, el sufrimiento, la desesperación y necesitamos no una teoría, no un concepto, sino necesitamos a alguien que nos lleve de la mano para enfrentarnos a esa situación de dolor y de sufrimiento.

Por eso Cristo quiere que lo aceptemos como compañero, quiere que lo recibamos en nuestra vida. Él se ofrece para llevarnos por este túnel que parece no tener salida; así lo creía aquel ateo famoso, Albert Camus, que viendo cómo un vehículo atropellaba a un niño y la madre desesperada se echaba sobre el niño ya sin vida, decía: "miren, el cielo no ve nada". Pareciera el grito de Jesús que se siente desesperado. "¿Padre por qué me has abandonado?". Como si sintiera que el Señor ya no estaba ahí con él, pero Jesús vence esa desesperación con una palabra de confianza, con un grito de entrega: "en tus manos encomiendo mi espíritu". Sólo Jesús, nos puede enfrentar al dolor y a la muerte que, tarde o temprano, llegarán a nuestra vida, por eso es tan importante que nosotros nos detengamos ante este núcleo del Evangelio.

Los Evangelios así nacen: narrando la pasión y la resurrección de Jesús, es el núcleo central y primero de la Buena Nueva, todo lo demás viene después así  lo señala sabiamente S.S. Benedicto XVI en su reciente libro “Jesús de Nazareth”, 2ª parte,  como introducción, los dichos y prodigios de Jesús, las narraciones de la infancia, etc. Nos encontramos ante el núcleo más importante del evangelio, la pasión de Jesús, y esta pasión nos descubrirá el amor más grande que jamás hayamos experimentado, será el amor grande que nos llevará a enfrentar esas situaciones tan dolorosas por las cuales a veces atravesamos o siempre tendremos que atravesar.

Que estos ramos, que estas palmas, sean un símbolo de nuestra aceptación a él. Cristo quiere invitarnos no solamente a que contemplemos lo que sucedió hace 20 siglos, Cristo nos quiere llevar a que vivamos su pasión, esa pasión que no es un caso cerrado, no es un juicio que terminó, no es un expediente clausurado. No, Cristo sigue padeciendo, sigue sufriendo en sus miembros, se sigue completando la pasión de Cristo en tantos y tantos hermanos nuestros que sufren hambre, que sufren persecución por la justicia, que sufren en la cárcel, como recientemente lo ha demostrado un documental llevado a la pantalla, que sufren cualquier otro "dolor" o contradicción. Cristo sigue padeciendo, sigue padeciendo en cada uno de sus miembros.

Hermanos, hermanas, nosotros hemos escuchado lo que pasó hace 20 siglos, pero eso mismo puede estar sucediendo ahora. Contemplar esta pasión como aquél que está viendo desde lejos, viendo a ver qué pasa, viendo a ver en qué termina esto, celebrar la pasión solamente como espectador, puede ser peligroso. Cuando la pasión se nos presenta simplemente como un espectáculo que vamos a ver, podemos tomar esa actitud de quedarnos afuera, de tener solamente un sentimiento pero desde lejos, como aquel discípulo que contemplaba y estaba viendo a ver qué sucedía; podemos estar tomando el papel de aquellos que llevaron a Jesús al sufrimiento de la cruz, al tormento, con nuestras decisiones, con nuestras actitudes, con nuestros comportamientos ante los demás hermanos, con decisiones perversas, podemos estar llevando nuevamente a Cristo al sufrimiento, a la cruz; pero también podemos estar como aquel que se lava las manos, como aquel que simplemente está tomando decisiones, por debilidad, o no está tomando decisiones ante un Jesús que pasa delante de nosotros, sufriendo, perseguido, crucificado.

La pasión de Jesús nos tiene que llevar a enfrentarnos al dolor y al sufrimiento, acompañados por aquel que sufrió lo más profundo del dolor, que aceptó la situación más terrible que puede tener el ser humano, o como decimos, "que descendió a los infiernos". Ciertamente todos necesitamos de ese compañero de camino, por eso este domingo es tan significativo. Aceptemos a Cristo Jesús, porque él viene a ofrecerse, y él quiere hacerse presente nuevamente en medio de nosotros y acompañarnos en ese camino de sufrimiento; pero también aceptemos esa invitación de Cristo a tomar una actitud, una decisión ante la misión de Cristo, porque quizá somos nosotros los que lo estamos llevando nuevamente, en sus miembros, al dolor y al sufrimiento, quizá simplemente no estamos participando por debilidad, quizá solamente somos espectadores.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3287domingo, 17 de abril 2011 12:00 hrs Domingo de Ra
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.V Domingo de Cuaresma

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Nuevamente el prefacio de esta misa dominical nos da el resumen del mensaje central de las lecturas que hemos escuchado: “Cristo, Nuestro Señor, como verdadero hombre lloró la muerte de su amigo Lázaro y como verdadero Dios, lo hizo salir vivo del sepulcro, se ha compadecido de todos los hombres y por medio de sus sacramentos, nos hace pasar de la muerte a la vida”.

“Señor, tu amigo está enfermo”.  Es una frase que por sí misma nos debería llevar a reflexionar en uno de los títulos más sugestivos y más reales de Cristo: el de Amigo.  Así lo atestigua San Juan cuando nos dice: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”.  Y los judíos exclaman al ver a Cristo llorar ante la muerte de Lázaro: “Mirad cómo le amaba”.  Como a verdadero hombre que es no le podía faltar a Jesús esa dimensión humanísima de la amistad.  Así lo constataron sus contemporáneos, así lo experimenta todo aquel que de verdad se encuentra con Jesucristo vivo, ya que Él sigue brindando su amistad a todos, incluso cuando le volvemos la espalda.  Al mismísimo Judas le dice: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?”  Es verdad que para que haya amistad se requieren dos corazones que de verdad se amen.  Jesús es siempre un Sí.  Su corazón siempre está abierto para el que lo quiera aceptar.  Lo peor que podríamos pensar es que nuestra maldad es más grande que el amor con que Cristo nos ama.

 Pero si es importante y sugestivo el título de amigo, lo es más todavía el título de “Vida” que Jesús se da a sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida.  El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá;  y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.  Vivir, ha sido y seguirá siendo, la máxima aspiración de todo ser humano: Vivir lo más y lo mejor posible.  Por esto nos debemos alegrar del auténtico progreso médico que aleja de nuestras fronteras la enfermedad y el dolor.  Sin embargo sabemos que a pesar de las victorias conseguidas, la muerte y el dolor siguen inexorablemente en el horizonte de toda vida humana.  El mismo Marx frente a la muerte tuvo esta triste afirmación de impotencia: “La muerte es el tributo que el individuo debe pagar a la especie”.  Ante la muerte, sólo Jesús se ha atrevido a decir con los hechos una palabra de triunfo: “Muerte, ¿dónde está tu victoria?”  La narración de la  resurrección de Lázaro, es sólo un símbolo y un anuncio de la verdadera resurrección de Cristo que celebraremos en la Semana Santa.

Este es el gran acontecimiento que celebramos en nuestras asambleas dominicales: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección".  Antes de entrar a la oscuridad de la pasión y muerte en las celebraciones de Semana Santa, Jesucristo quiere manifestarnos anticipadamente, a través de este milagro de Lázaro, el significado de su muerte y resurrección.  Lázaro muerto, es el símbolo de la humanidad muerta por el pecado.  Lázaro resucitado por el poder de Jesucristo es el anuncio de aquello que nos sucederá a nosotros si nos dejamos amar por  Él y si aceptamos en nosotros el poder de dar vida que el Padre le ha dado a su Hijo Jesucristo.  Aquello que sucedió ante la tumba de Lázaro fue un signo, fue el principio de un milagro que Jesús sigue realizando hoy en la Iglesia y en el Mundo.  Cristo gimió y lloró de compasión y de amor por mí en el día de mi bautismo, al pasarme de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz;  Cristo sigue gimiendo y llorando de compasión y de amor por mí cada vez que su perdón arranca mis pecados y me da vida nueva.

Lo que nos sucede a nivel personal e individual también puede suceder a nivel social, nuestra sociedad es un organismo viviente, un cuerpo llamado por Dios a vivir y a dar vida, pero por múltiples razones las sociedades e instituciones también se enferman y les llega la muerte y nos dan ganas de exclamar ante Jesús lo mismo que Marta y María las hermanas de Lázaro: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.  Pero el Señor no está en muchas de nuestras realidades  humanas y la muerte llega.

 Es duro aceptar que la realidad de la muerte se haga presente en tantas cosas que tanto amamos, y quisiéramos que no fuera cierto, o al menos quisiéramos no escuchar el grito de Jesús ante el sepulcro: “quiten la loza”, porque tendríamos que responder como Marta la hermana del que había muerto:  “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”.  Y de verdad huele mal el aire que hemos contaminado; huelen mal las aguas negras que nos circundan y nos exponen a todo tipo de infecciones;  los basureros con desechos tóxicos que vamos acumulando despiden olores fétidos.  Pero además hay otras muchas realidades nuestras que huelen mal, como la violencia creciente, la mentira institucionalizada, la pobreza no reconocida, la mujer instrumentalizada, y para colmo de males continuamos padeciendo la putrefacción de una campaña que  justifica la muerte de los inocentes en el vientre materno y la eliminación de los ancianos improductivos y de los niños con malformaciones por medio de la eutanasia.

Ni Jesús, ni la Iglesia, dan el grito de, “quiten la loza”, para que los presentes perciban los malos olores, sino para dar vida: “¡Lázaro, sal de ahí!...  Desátenlo, para que pueda andar”.  Nuestro Dios, no es un Dios de muertos, sino un Dios de vivos, un Dios que da vida.  “Yo mismo abriré sus sepulcros y los haré salir de ellos”, dice el Señor, por boca del profeta Ezequiel...  ¿De qué sepulcros se trata?  ....San Pablo responde: “de la forma desordenada y egoísta de vivir”...  Por esto, el cristiano debe estar secundando siempre los proyectos que dan vida, las iniciativas que dignifican la vida, a las autoridades que promueven y organizan las comunidades para alcanzar un mejor nivel de vida.  La cuaresma culmina celebrando la resurrección, celebrando la vida.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3235Domingo, 10 de abril de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

IV Domingo de Cuaresma

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La liturgia en estos domingos nos ha venido presentando los grandes misterios de nuestra fe, tal y como sucedía en los primeros siglos de la Iglesia, cuando los catecúmenos se preparaban durante la cuaresma para el bautismo que recibirían el día de Pascua.  Hace ocho días contemplábamos el gran simbolismo del agua en el encuentro de Jesús con la Samaritana. Hoy el simbolismo de la luz nos hará descubrir la riqueza de nuestra fe y de nuestro bautismo como lo proclamaremos en el prefacio: “Porque Cristo nuestro Señor se dignó hacerse hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo y los transformó en hijos adoptivos del Padre”.

Es clásica la representación de la fe como una mujer con los ojos vendados, para simbolizar la definición tradicional de fe como un “creer lo que no vemos”.  Sin embargo, evangelio en mano, la fe debería pintarse como todo lo contrario: como un ciego que recibe la luz, la vista. Porque la fe es precisamente una visión. Este es el significado profundo del pasaje evangélico que acabamos de leer: el don de unos ojos nuevos que ven lo que antes no veían. La luz de la fe nos descubre realidades y dimensiones de este mundo y del más allá que nuestra capacidad humana no es capaz de percibir.

Es difícil que conservemos nuestra capacidad de admiración ante la luz, tan acostumbrados estamos a ella que ya no nos impacta. Necesitamos acercarnos a aquellos hermanos nuestros que tuvieron la dicha de poder ver y que por desgracia ahora viven en la oscuridad.  Ellos nos pueden sensibilizar para apreciar el gran don de la luz. Esta es la pedagogía del evangelio que no parte de reflexiones abstractas sobre la luz, sino que nos presenta a Jesús que se acerca a un ciego y le devuelve la vista.  Evidentemente para el evangelista el ciego es cada uno de nosotros que fuimos llevados a la piscina de Siloé, a la pila bautismal, y ahí fuimos lavados y ahí recibimos la luz de la fe.

Ciertamente en nuestro bautismo se realiza una iluminación y se nos da el don de la fe, pero no todo termina allí. La verdad es que ese regalo de la fe que se nos da en el bautismo es como una pequeña semilla que debe crecer, que necesita cuidados, que necesita dar frutos. La propia experiencia nos dice que en nuestra vida ciertamente está la luz que recibimos, pero al mismo tiempo siempre nos acompañan las tinieblas.  Nuestra situación es paradójica.  Somos al mismo tiempo santos, por la intervención de Dios en nosotros, y al mismo tiempo pecadores, porque no siempre damos la respuesta que Dios está esperando de nosotros.  Debemos reconocer que en nuestra existencia hay zonas oscuras, todavía no evangelizadas, todavía no salvadas, por eso Dios nos manda tiempos de gracia, invitaciones especiales para que emprendamos el camino de la conversión y así vivamos en plenitud los dones que recibimos el día de nuestro bautismo.

La luz nos descubre las cosas que nos rodean, nos da el sentido de la distancia y las proporciones, nos da orientación y nos revela la maravilla de los colores. La oscuridad nos oculta la realidad por cercana que esta sea, nos lleva al tropiezo continuo, nos hace confundir personas con cosas o cosas con personas, nos llena de miedos y angustias y nos hace caminar sin sentido por la vida. Cristo Jesús es la luz de las gentes, Él es la luz del mundo. Por eso Él, y sólo Él, nos puede revelar al Padre, le da sentido a nuestra vida y descubre para nosotros el significado de la creación y de los acontecimientos históricos. Sólo a la luz de Cristo podremos dar respuesta completa a los eternos interrogantes, del hombre: ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?

La fe da al creyente una visión de la vida, por esto, no es extraño que busque en su fe no sólo respuestas a los eternos interrogantes sino también respuestas a los interrogantes existenciales de nuestro tiempo, como lo es la justicia social, la cuestión laboral, la enfermedad, el matrimonio, el aborto.  Nadie tiene derecho a imponer al cristiano que esconda su fe y las certezas que le da su religión, cuando de la oración pasa a la práxis y de la Iglesia a la plaza.  Nadie puede imponer la esquizofrenia ni la dualidad de vida al hombre religioso, pidiéndole que se comporte de una manera como ciudadano y de otra muy distinta como creyente, como si la fe sólo fuera un vestido de fiesta que se saca del guardarropa para ir los domingos a misa. Cristo esto lo expresa de una manera muy sencilla cuando nos dice que nosotros debemos ser "luz del mundo" y que, "la luz no se enciende para ponerla debajo de la cama, sino para ponerla sobre el candelero y así ilumine a todos los que están en la casa".  La vocación del cristiano no es ser sólo “iluminado”, sino “testigo de la luz”.

 Pero no podemos reducir la fe a una visión de la vida o a que nos dé respuestas a los interrogantes que nos plantea el mundo de hoy.  Lo primero y principal que incluye la fe católica auténtica es un encuentro con Jesucristo vivo.  Tampoco podemos reducir la fe cristiana al conocimiento del credo, ni a una moral, ni a unos ritos que necesariamente deben estar incluidos, sino que debe ir más allá, y ese más allá es, la aceptación de la persona de Jesús, Dios y hombre verdadero.  Por esto San Ignacio pone toda la fuerza de sus ejercicios espirituales en una fórmula nuclear mil veces repetida: “Conocimiento interno de Cristo, para que más le ame y le siga”.

Al final de la fascinante y larga narración del evangelio de hoy encontramos la profesión de fe del ciego que fue curado “Creo, Señor. Y postrándose lo adoró”.  La fe cristiana ve en Jesús al Hijo de Dios al que hay que adorar.  No nos basta un líder humano ni un profeta social. Nos hace falta un Salvador. Creer en Jesús es aceptarlo como esa luz del mundo que ha venido a iluminar a todos los hombres y mujeres, disipando las tinieblas del error y del pecado;  luz que ilumina nuestra tierra y nuestros compromisos con el mundo, sí, pero como camino para el cielo; luz que ilumina nuestra historia y los acontecimientos, sí, pero como preludio de la resurrección que esperamos. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3183Domingo, 03 de abril de 2011 14:00 hrs
Palabras del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en el homenaje a S.S. Juan Pablo II en el Estadio Azteca.


Juan Pablo II Siempre Fiel.  Su herencia espiritual a los mexicanos

El Papa Juan Pablo II,  falleció el  sábado 2 de abril de 2005, en la vigilia de la festividad de la Divina Misericordia, instituida por él mismo para honrar el culto impulsado por Santa Faustina Kowalska, una religiosa polaca por él canonizada de la que el Pontífice se consideraba discípulo.

 Al hacer el anuncio de su partida a la Casa del Padre,  las expresiones de multitud  de católicos en todo el mundo fue unánime: ¡Santo súbito!, como una convicción de que contábamos a partir de ese momento con un nuevo intercesor. Ante la noticia  sobre su beatificación no  podemos dejar de admirar los caminos misteriosos de la Providencia y ahora podemos afirmar que no celebramos el 6° aniversario de su fallecimiento sino de  su glorificación, confirmamos que la muerte no es el fin de la vida sino el inicio de la vida verdadera. Hoy la Iglesia nos presenta a Juan Pablo II como un modelo e intercesor poderoso de buen Pastor y nos invita a seguir sus pasos y su entrega amorosa  sin límites.

 ¿Por qué amaba tanto a México, por qué se llamó a sí mismo “el Papa mexicano”?

¿Qué encontramos como un patrimonio espiritual que los mexicanos sentimos muy propio y que nos repitió de muchas maneras y nos marcó?

Reflexionando en el conjunto de sus mensajes en las cinco visitas apostólicas con que distinguió a los mexicanos, y que tienen de alguna manera alcance continental, resalta el tema de la FIDELIDAD.

 Invitado a participar en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, Juan Pablo II experimentó la fuerza de la fe de un pueblo que explotó en expresiones de júbilo, de multitudes que le manifestaban su amor al grito de “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”, despertando la conciencia de la vocación misionera que marcó su ministerio petrino y le abrió las puertas para regresar a Polonia como signo de esperanza y libertad.

 En 1979, en la Catedral Metropolitana, Juan Pablo II en  su memorable homilía del 26 de enero, se dirigía a este pueblo que lleva en su corazón la devoción a la Virgen de Guadalupe, y  a la luz de la Virgen Fiel nos invitó  a los mexicanos a buscar el rostro del Señor, a aceptar el misterio, a ser coherentes y vivir de acuerdo con lo que se cree, a ser constantes, a ser un México siempre fiel, a vivir en la Iglesia, pertenecer a la Iglesia, y a hacerlo cada día con mayor fervor e intensidad.  Todos recordamos con cariño los slogans populares: “Juan Pablo, amigo, el pueblo está contigo”.

 Contemplando a María comprendemos que no hay fidelidad si no tiene su raíz en el Amor. Juan Pablo II nos describía las dimensiones que entrañan este don de la fidelidad:

La búsqueda: Así, los católicos siguiendo a la Madre de Dios, hemos de buscar con amor el sentido de nuestra vida escuchando el llamado de Dios; hemos de tomar conciencia de nuestra identidad como hijos de Dios llamados a una vida trascendente, dándole sentido a nuestra existencia comprometiéndonos en la transformación de la realidad de nuestro México impulsados por el Evangelio.

La aceptación: Esta conciencia de nuestra identidad católica nos exige tomar una decisión, aceptar o no aceptar este designio de Dios. María nos enseña cómo debemos responder: ¡Fiat! Abandonarnos confiados al misterio de Dios en nuestra vida. Así abrimos nuestro corazón para el Dueño de la Vida habite en nosotros y así  hacer  en todo la voluntad de Dios. ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad! La situación de nuestra Patria reclama nuestra participación, es un deber aceptar el compromiso por encarnar el Evangelio en la vida social, política, económica, cultural, etc.

La coherencia: Hacer la voluntad de Dios no es bien visto en nuestra sociedad materialista. Esto nos lleva a vivir de acuerdo a lo que creemos, a lo que nos compromete nuestra condición de bautizados, hijos de Dios. Debemos vivir conforme a nuestra fe. Debemos estar dispuestos a sufrir incomprensiones y persecuciones antes de permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree. Debemos vivir con alegría nuestra  identidad de católicos y dar testimonio con respeto de otras creencias pero sin temor, pues nuestro fundamento es el amor. Juan Pablo II nos decía  ¡No tengan miedo! ¡Cristo ha vencido el mal con la fuerza de su amor!

La duración: La fidelidad que tiene su raíz en el Amor, debe expresarse en el tiempo con horizontes de eternidad. Es fácil ser coherente un día o poco tiempo, pero difícil serlo toda la vida; es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, pero difícil serlo en la tribulación y persecución. En nuestro bautismo recibimos la luz de Cristo y nos comprometimos a ser fieles y no traicionar en las tinieblas lo que aceptamos gozosos como un don divino. Fieles a pesar de todo, hasta el fin de nuestra vida.

 En las siguientes  visitas a México el Santo Padre Juan Pablo II, con distintos objetivos pastorales, nos dejó una sola consigna: la fidelidad a Cristo en su Iglesia.

La segunda visita del Papa a México se realizó del 6 al 13 de mayo 1990. Los objetivos de la visita fueron impulsar la vida eclesial de las comunidades, convocándolas a la nueva evangelización, y la beatificación de tres miembros de la Iglesia en México, los niños indígenas  Cristóbal, Antonio y Juan,  protomártires de la Nueva España y primicias de la primera evangelización de México. Estos hermanos nuestros son ejemplo de fidelidad para todos.

Su tercera visita fue del 11 al 12 de agosto de 1993, en Mérida y en Izamál, Yucatán. Se reunió con las culturas indígenas de América Latina, con ocasión del Año internacional del indígena.

En su cuarta visita pastoral del 22 al 26 de enero de 1999.  El objetivo de esta visita fue la promulgación del documento postsinodal Ecclesia in America, fruto del Sínodo de los obispos del continente. Nuevamente el tema de fondo era la fidelidad a las raíces cristianas y reasumir el compromiso misionero del Continente de la Esperanza, con el lema: ¡Nace un Milenio. Reafirmamos la fe”

En este mismo lugar, el 25 de enero de 1999, vivimos los mexicanos unidos con todo el continente americano, el “Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con todas las generaciones del Siglo”. El entusiasmo de todos se expresaba con las “olas” y los gritos de "Juan Pablo, Hermano, ya eres mexicano", el gozo del Santo Padre era evidente.

Cruzado ya el umbral del nuevo milenio, el Santo Padre  Juan Pablo II regresa a México para su quinta visita, del 30 de julio al 1 de agosto de 2002. Su objetivo fue la canonización de Juan Diego, testigo de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y la beatificación de dos indígenas oaxaqueños evangelizadores durante el siglo XVI.

 Desde la Basílica de Guadalupe Juan Pablo II nos propuso la figura de Juan Diego como el primer santo indígena del continente americano, fruto de la iglesia evangelizadora y misionera que con la fecundidad de la Buena Nueva generó una nueva iglesia en estas tierras.  Sus palabras aún resuenan en nuestros corazones:

“¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.”

 La fidelidad hemos de vivirla como Dios lo quiere, como los santos nos dan ejemplo: fieles a Jesucristo en la Iglesia, atentos y obedientes a su Vicario en la tierra, y con un compromiso por dar nuestra vida en servicio de nuestros hermanos, sobre todo los más vulnerables y necesitados.

Se agolpan los recuerdos amorosos y los sentimientos cálidos que vivimos en cada visita de nuestro Papa Mexicano. Agradecemos de todo corazón a nuestro Santo Padre Benedicto XVI el dar este regalo de la beatificación  para toda la Iglesia.

Que Juan Pablo II sea para todos un modelo de santidad, un ejemplo de fidelidad plena, un valioso intercesor por México para que sea siempre fiel a sus raíces cristianas. Que nos alcance la paz y la justicia que lleven a nuestro pueblo por los caminos del amor.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3180sábado, 02 de abril de 2011 20:30 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México. III Domingo de Cuaresma.

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Los Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con hombres y mujeres de su tiempo.  Una característica común a todos estos episodios es la fuerza transformadora que tienen y manifiestan los encuentros con Jesús, ya que “abren un auténtico proceso de conversión, comunión y solidaridad".  Entre los más significativos está el encuentro de Jesús con la mujer vulgarmente conocida como “la samaritana”, aunque es de suponer que sus contemporáneos la llamarían de una forma mucho menos benigna.  Porque se trata de una mujer por cuya vida habían desfilado cinco maridos y ahora estaba viviendo con un sexto hombre con quien ni siquiera se había tomado la molestia de casarse.

Pero, en medio de sus debilidades amorosas, era una mujer abierta a lo religioso: preocupada por las discusiones entre judíos y samaritanos acerca de la forma y el lugar en que había que adorar a Dios, esperaba al Mesías, revelador definitivo de todos los problemas espirituales. Todos nosotros que nos reconocemos pecadores, de una o de otra manera, debemos sentirnos identificados con esta mujer del evangelio, porque, a pesar de nuestros pecados, a pesar de las debilidades y quizá crímenes cometidos, seguimos abiertos a Dios, continuamos esperando una intervención salvadora de la misericordia divina, la cual ciertamente llegará, ya que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

Frente a esa mujer, en un “cara a cara” impresionante, tenemos a Jesús, y lo primero que nos llama la atención es que se entable un diálogo entre dos seres tan dispares.  Pero Cristo toma la iniciativa y se salta las barreras, porque para él no hay nada superior que la salvación de los hombres y mujeres concretos que el Padre ha puesto en sus manos.  Por eso rompe el prejuicio antifeminista de la época, que prohibía hablar en público con una mujer, y le pide agua.  Y rompe el prejuicio religioso de aquel tiempo, que mandaba abstenerse de enseñar religión a las mujeres y le ofrece a una cismática el agua que salta hasta la vida eterna.  Y pasa por encima del prejuicio racista, que enfrentaba a judíos y samaritanos, y trata a la mujer de Samaría como a una compatriota.

Rotas las barreras que separan tan profundamente a los humanos, Jesús toma a aquella mujer como confidente de dos maravillosas revelaciones.  En primer lugar le descubre el secreto de la felicidad más honda: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te habla, tú le pedirías, y él te daría un agua que salta hasta la vida eterna”.  A aquel que tenga deseos de cosas profundas, a aquel que tenga necesidad de respuestas decisivas para su propia vida, a aquel que busca la auténtica felicidad, yo le aconsejaría que medite detenida y silenciosamente este pasaje y encontrará poco a poco, con la ayuda de la gracia, respuestas que cambiarán totalmente su vida, como cambiaron la vida de la samaritana.

En segundo lugar, Jesús revela a la samaritana el verdadero rostro de Dios, le revela a Dios su Padre, a quien hay que adorar en espíritu y en verdad, no con falsos formulismos ni con ritualismos vacíos, y ante el cual no hay que esconderse con miedo, sino abrirse con la confianza de un hijo que se sabe amado y siempre perdonado.  Como fruto de este diálogo maravilloso entre Jesús y la samaritana tenemos la conversión  fulminante de esta mujer en santa y apóstol.  Nuestros hermanos orientales la veneran como a santa Iluminada, ya que recibió de Jesús luz para cambiar su vida escandalosa en un apostolado que convirtió a muchos compatriotas.

La Iglesia en nuestro Continente, siguiendo el ejemplo de Jesús, y de S. S. Benedicto XVI, se siente comprometida a intensificar su preocupación por las mujeres y a defenderlas “de modo que la sociedad en América ayude más a la vida familiar fundada en el matrimonio, proteja más la maternidad y respete más la dignidad de todas las mujeres”.  Se debe ayudar a las mujeres a tomar parte activa y responsable en la vida y misión de la Iglesia, como también se ha de reconocer la necesidad de la sabiduría y cooperación de las mujeres en las tareas directivas de nuestra sociedad.

En varias regiones del Continente americano, lamentablemente, la mujer es todavía objeto de discriminaciones.  Por esto la Iglesia se siente obligada a insistir sobre la dignidad humana, común a todas las personas y “denuncia la discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina como acciones contrarias al plan de Dios”.  En particular, deplora como abominables la esterilización y el aborto, a veces programados, para las mujeres más pobres y marginadas.

A la luz de Cristo no se pueden aceptar las diversas propuestas reduccionistas sobre la naturaleza y misión de la mujer, ni se pueden aceptar los programas en donde se ve a la mujer sólo con el prisma falaz de salud reproductiva, ignorando, en la práctica, una visión integral de la mujer, necesitada de ayuda para desarrollar sus múltiples capacidades y urgida de colaboración para eliminar tantos peligros que la amenazan. El seguidor de Cristo no puede aceptar las nuevas formas de marginación que vive la mujer en una sociedad consumista y hedonista en donde se le transforma en objeto de consumo, disfrazando su explotación bajo el pretexto de evolución de los tiempos.

Siguiendo el ejemplo de Jesús con la samaritana, la Iglesia debe acercarse a toda mujer para ofrecerle salvación, dignidad y nuevas perspectivas de vida y nunca para que sea víctima de violencia física y sicológica, ya sea a nivel intrafamiliar o en su centro de trabajo; pero tampoco para que la misma mujer sea instrumento de muerte y de violencia en su misma familia, siguiendo la invitación de aquellos que quieren justificar el aborto.  En Cristo, plenitud de los tiempos, la igualdad y complementariedad con que el hombre y la mujer fueron creados se hace posible.

El encuentro de Jesús con la samaritana es un ejemplo clarísimo de cómo Jesús acepta y valora a la mujer, devolviéndole su dignidad y confiándole, después de su resurrección, la misión de anunciarlo inclusive a los mismos apóstoles.  En la Iglesia, la mujer participa de los dones de Cristo y difunde su testimonio por la vida de fe y de caridad, como la samaritana; como las mujeres que acompañaron y sirvieron al Señor con sus bienes;  las mujeres valientes presentes al pie de la cruz en el momento supremo de nuestra redención; son las mujeres las que primero dan la buena nueva de la resurrección del Señor; las mujeres que ocupan un lugar preponderante en las primeras comunidades cristianas.

También en la familia, como en la Iglesia y en las diversas organizaciones de nuestro país, la mujer es quien más comunica, sostiene y promueve la vida, la fe y los valores.   La mujer ha sido durante siglos “el ángel custodio del alma cristiana del continente”.  Este reconocimiento choca escandalosamente con la frecuente realidad de su marginación, de los peligros a los que se somete su dignidad, de la violencia de la que es objeto muchas veces.  A aquella que da y que defiende la vida, le es negada una vida digna.  Por esto la Iglesia se siente llamada a estar del lado de la vida y defenderla en la mujer.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3133Domingo, 27 de marzo de 2011 13:00 hrs
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

II Domingo de Cuaresma.

Escuchar Audio:

La contemplación de la Transfiguración del Señor, transmitida y conservada por los tres primeros evangelistas, es muy sugerente para el tiempo cuaresmal en donde nos preparamos a vivir con mayor intensidad la muerte y la resurrección de Cristo.  Jesús, flanqueado por Moisés y Elías, aparece como el nuevo legislador y el máximo de los profetas.  Su rostro bañado por el sol y su figura nimbada de luz nos hablan de Cristo como la verdad luminosa, como el Maestro superior a todos los personajes del Antiguo Testamento.  Los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, son envueltos por una gloria y una paz indescriptibles en donde desaparecen las dudas, las fatigas y las angustias y experimentan una alegría, seguridad y entusiasmo que los lleva a exclamar en voz de Pedro: “Señor,  ¡qué bueno sería quedarnos aquí!  Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.  Pero, después de la manifestación, Jesús se acercó a sus discípulos, los tocó y les dijo: “Levántense” y bajaron del monte a encontrarse con los demás apóstoles, la multitud y con la dureza de la vida diaria.

Esta experiencia, tarde o temprano, todos de alguna manera la tenemos.  Hay momentos en que, sin saber porqué, experimentamos una gran paz, vemos con claridad el sentido de la vida, nos sentimos felices y contentos de lo que hemos logrado y las dificultades y problemas nos parecen irrelevantes.  La vida nos parece bella y exclamamos también nosotros: “¡Qué bueno sería quedarnos aquí!”.  Más de repente comienzan a llegar a nuestra vida las enfermedades, las contradicciones, los fracasos, las traiciones, los accidentes y hasta la muerte de los seres más queridos.  Esta experiencia llega a todo ser humano, creyente o no creyente, bueno o malo, sabio o ignorante;  la única diferencia que existe es la actitud que se tiene ante los acontecimientos.  El discípulo baja con Jesús del Tabor, es guiado por la fe en la voz de Dios Padre que ha dicho: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.  El que no tiene fe se queda en la oscuridad después del Tabor, no sabe cómo explicarse los acontecimientos, no los puede ver a la luz de la resurrección.

La vida de Abraham es un ejemplo claro de alguien que se deja iluminar por la luz de la fe, es un ejemplo claro de como la fe nos conduce por caminos que jamás habíamos imaginado. Cuando Abraham estaba ya instalado, felizmente casado, trabajando para realizar los sueños de su vida de tener numerosos hijos, verse rodeado por los hijos de sus hijos, contar numerosos rebaños con pastos abundantes, poseer una tierra para repartir a sus descendientes, llega de pronto la voz del Señor: “Deja tu patria, deja tu parentela y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te mostraré”.  Esta voz misteriosa pudo parecerle a Abraham, en un primer momento, como un mandato caprichoso y doloroso de parte de Dios.  Pero, “Abraham partió, como se lo había ordenado el Señor”, porque supo creerle a su Dios, supo confiar en que aquello que le prometía, de alguna manera, se lo cumpliría a pesar de que las apariencias dijeran todo lo contrario: “Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré.  Engrandeceré tu nombre y tu mismo serás una bendición... en ti serán benditos todos los pueblos de la tierra”.  Este pastor caldeo, de hace cuatro mil años, sigue siendo un ejemplo plástico de fe, por esto lo seguimos proclamando en varias religiones, “nuestro padre en la fe”.

Si no queremos quedarnos en puras palabras y en buenas intenciones, huyendo de nosotros mismos y de la invitación que Cristo nos hace para hacernos misioneros y proclamadores del Evangelio, escuchemos, en esta cuaresma, la voz del Señor que nos llama a un encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad.  Hoy se oyen muchas voces, se hacen muchas invitaciones, se presentan muchos proyectos, y que bueno que oigamos a todos aquellos que tienen algo que enseñarnos para nuestro progreso humano: historiadores, sociólogos, filósofos, literatos, artistas, tecnócratas, economistas, políticos...  Pero, por encima de todos, escuchemos a Jesús, el Maestro infalible, la Luz de las gentes, el Camino que nos conduce a la vida.  Sólo Él tiene palabras de vida eterna.  Hagamos un silencio en nuestra vida y escuchemos su voz que nos invita a proclamar La Palabra que salva, su proyecto de vida, la Buena Nueva que puede cambiar nuestro mundo. Abraham supo escuchar la voz del Señor y en él fueron bendecidos todos los pueblos de la tierra.  Jesucristo, segundo Adán, obedeció a Dios su Padre y por su obediencia todos nosotros hemos recibido la salvación.  Si hoy escuchamos la voz del Señor y proclamamos su plan de salvación, muchos, por nuestro medio, recibirán liberación, vida nueva, salvación.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=3074Domingo, 20 de Marzo de 2011 12:30 hrs
Homilía Pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México13 de Marzo de 2011, 1er. Domingo de Cuaresma.

Escuchar Audio:

Como cada domingo nos reunimos en esta Iglesia Catedral para celebrar nuestra fe, en el Señor Jesucristo, muerto y resucitado. Es para mí un gozo recibir en esta Cátedra del Obispo de esta Iglesia Particular de México, no sólo a los fieles que habitualmente  acuden  domingo tras domingo,  sino   recibir  en  este  día   de   manera  particular a distintos grupos que quieren celebrar el don de la fe y del ministerio pastoral. Hoy nos acompaña un grupo “especial” de agentes de pastoral (laicos, religiosas y sacerdotes), juntamente con sus familiares y amigos que quieren dar gracias a Dios por el X Aniversario de servicio, de un programa especial de Catequesis con personas con capacidades diferentes, programa que cada día va creciendo más en nuestra Arquidiócesis y más allá de nuestras fronteras. Bienvenidos  todos, muy particularmente quienes con afecto llamamos “amigos especiales.”

El episodio de las tentaciones, que acabamos de escuchar, sólo es el primer acto de un drama que se anuncia duro y cruento.  Así parece indicarlo la narración evangélica cuando nos dice, después de la tercera tentación: “entonces el diablo lo dejó”, y añade S. Lucas: “para regresar en el tiempo establecido”.  De hecho en el drama de la pasión las tentaciones se presentarán con toda crudeza: “Padre, por qué me has abandonado”.  “Si eres el Hijo de Dios desciende de la cruz”...  Muchos de nosotros nos preguntamos de inmediato: Si las tentaciones se presentan como un anuncio de la pasión, si toda la cuaresma es una preparación para vivir la pasión del Señor, entonces ¿Por qué hoy las lecturas nos hablan del pecado?  Porque si no tomamos conciencia de la realidad del pecado en nuestra historia y en nuestro mundo, si no descubrimos la trascendencia y la profundidad del pecado, no entenderemos nada del dolor, de la pasión, de la muerte de Cristo.  La muerte y la resurrección de nuestro Salvador es la respuesta de Dios al pecado del hombre.  Es el “sí” del segundo Adán que viene a enderezar el “no” del primer Adán.  De otro modo la pasión y muerte de Jesucristo nos parecerían como una crueldad inútil.

¿Qué tiene de terrible el pecado que Dios lo detesta hasta el punto de sacrificar a su propio Hijo para quitarlo del mundo?  No es fácil explicar el pecado al hombre de hoy, habituado a contemplarlo en todas sus formas como parte del éxito y del triunfo.  Es muy difícil encontrar a un héroe de la pantalla que no salpique de sangre a todos los espectadores; parece casi imposible mantener la trama de una telenovela si no se alimenta de engaños, traiciones y adulterios; pareciera que no se puede ser triunfador o moderno si no se es adicto a alguna “marranilla” de moda o si no se tiene alguna desviación que lo haga aparecer muy liberado. Los grandes defraudadores y los secuestradores son presentados de tal forma que se antoja pedirles un autógrafo.  Y llegamos al colmo de escandalizarnos si los niños portan armas de fuego y comienzan a asesinar en las escuelas; nos rasgamos las vestiduras cuando vemos que los jóvenes buscan por todos los medios las fiestas en donde se facilitan las drogas.  Si sembramos vientos, cosecharemos tempestades.

El pecado en su realidad más profunda es querer matar a Dios, es negarle a Dios el lugar que le corresponde, es ponerse a sí mismo en el lugar de Dios, como valor absoluto.  Esta es la gran tentación, de ayer y de hoy: “serán como Dios”, susurró la serpiente.  Querer ser como Dios, sin nada ni nadie a quien obedecer, ser centro de todo y de todos para no servir a nadie y servirse de todo y de todos.  El pecado es mentira y engaño en su esencia más pura, por eso Dios no puede dejarlo pasar, dejaría de ser la verdad misma.  Pero el pecado no sólo dice relación a Dios.  El pecado es la negación misma del hombre.  El hombre no puede vivir sin esta relación con su Dios que le ha dado la vida y lo mantiene en el ser.  Revelarse significa arrojarse al vacío, significa perderse, fracasar. Quizá esta es la palabra más adecuada para describir el pecado: fracaso, fracaso como criatura.  Intentar vivir como si Dios no existiera, querer arrojar a Dios del lugar que le corresponde en las personas y en las instituciones, proponer una cultura de derechos humanos negándole a Dios sus derechos, es exponerse a los fracasos más profundos.  Si sembramos vientos, cosecharemos tempestades.

Para muchos este lenguaje es extraño, el hombre de hoy no quiere oír hablar de tentaciones y mucho menos de pecado, estos conceptos le parecen antiguallas medievales o mitos de literatura ya pasada.  Al hombre moderno le interesa la eficacia, la utilidad, el poder, pero no los valores éticos o morales.  Esta es la peor tentación que puede sufrir el hombre contemporáneo, creer que no existen tentaciones. Y sin embargo, los hombres de hoy, como nuestros antepasados, seguimos siendo tentados, seguimos sintiendo la seducción al mal, la llamada del instinto, el grito de la pasión, la invitación al pecado en todas sus formas. La mejor decisión que podemos tomar los que nos sabemos tentados, es la de mirar a Cristo en el desierto para saber cómo salir victoriosos de la tentación.

Después de estas consideraciones nos aparece clara la importancia que tiene la narración de las tentaciones que Cristo sufrió. Allí en el desierto Jesús nos muestra su lucha contra el pecado y contra satanás el instigador.  Jesús en el desierto está construyendo para nosotros una nueva posibilidad: la posibilidad de vencer el pecado.  Él es el Nuevo Adán.  Las tentaciones para el hombre no han terminado, continuamente las serpientes susurran a nuestros oídos con nuevas invitaciones para llegar a ser como Dioses.  Cristo nos viene a dar la posibilidad de vencer la tentación, pero necesitamos seguir su estrategia, necesitamos acercarnos a Él para que nos comunique su poder y su fuerza.  Necesitamos prepararnos a entrar con Él al Misterio Pascual, a su muerte y resurrección, y ahí, y sólo ahí, comprenderemos el grado de amor de Dios nuestro Padre que nos envió a su Hijo y comprenderemos porque el Hijo de Dios se entregó a nosotros por amor a una muerte de cruz para librarnos del pecado.

Desde hace 10 años en nuestra Arquidiócesis existe un grupo de personas, varios de ellos papás y mamás de personas que viven con capacidades diversas, y que han asumido la tarea de llevar el mensaje de Jesús, de amor, misericordia y reconciliación a estas personas que son un tesoro para nuestra Iglesia. Esto a través de un programa de catequesis especial. Ellos recibirán el día de hoy la Institución del Ministerio de catequistas especiales, que los obliga, como miembros de la Iglesia de esta a Arquidiócesis a prepararse y dar un servicio más cualificado para que nuestros “amigos especiales” puedan también tener la experiencia del amor y misericordia de nuestro Dios.

Ustedes, catequistas especiales, han de ser un ejemplo de aquellos que venciendo las tentaciones hacen presente el Reino de Dios, a través de su ministerio, los ánimo para que en nombre de Jesús sigan adelante en su propósito de ser portadores de buenas nuevas, en medio de nuestra sociedad con aquellos que tal vez para los criterios humanos valen menos, pero para el Señor son los primeros destinatarios de su amor.

Encomiendo al Papa Juan Pablo II, próximamente Beato, esta obra buena que ha comenzado en nuestra Arquidiócesis desde hace 10 años, para que siga dando frutos de amor y misericordia a los más “pequeños”.

Finalmente, en esta misma celebración entrego una Carta pastoral sobre la catequesis especial, con personas con capacidades diferentes, para que sea un medio para seguir invitando a todos los agentes de pastoral a una Conversión, especialmente en este tiempo de Cuaresma, para que convertidos a la Misión permanente de la Iglesia, sigamos mirando a los distintos ambientes culturales de nuestra Ciudad, y al mismo tiempo, nos comprometamos en nuestras comunidades a abrir el corazón a estos hermanos los más pequeños, los preferidos del Señor. 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=2933Domingo, 13 de marzo de 2011 13:00 hrs
Homilía Pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México6 de Marzo  de 2011, IX  Domingo Ordinario

Escuchar Audio:

 El que escucha estas palabras mías y las ponen en práctica se parece a un hombre prudente que edifico su casa sobre roca.

Estas palabras del evangelio de hoy parecen haber sido elegidas a propósito para este domingo en que celebramos en México el día de la familia. Porque estas palabras de Jesús se usan con frecuencia en la liturgia del matrimonio, inicio de  cada familia y son inspiradoras ante las circunstancias que la familia atraviesa en la actualidad.

La familia es algo que todos admiran y que todos desean tener. La familia es un anhelo muy profundo en el corazón humano, porque es la comunidad que origina a la persona humana y al mismo tiempo es la comunidad hacia la que tiende la persona humana, para perpetuarse y trascender. Con todo, sabemos que la familia no está exenta de problemas y que las dificultades que atraviesa son muchas. El evangelio de hoy resume estas dificultades en una imagen del mundo físico, cuando habla de la lluvia, las crecientes, los vientos. Podríamos decir que de eso ninguna familia se libra, en muchos y diferentes modos, a veces son dificultades físicas, como la enfermedad de un hijo o la pérdida de un ser querido, otras veces son problemas internos de la familia, como la falta de comunicación, o los conflictos de los caracteres, o las etapas de crecimiento de los hijos, otras veces son las consecuencias que los problemas de la economía o de la sociedad generan en la familia, como la pérdida del empleo o las situaciones de inseguridad y violencia por las que cruzamos o la tentación de las adicciones. En medio de todo esto, la familia no puede dejar de construir su casa. Los problemas ya están ahí y hay que solucionarlos.

El evangelio nos habla de la casa y  nos habla de la roca, ninguno de los dos elementos se pueden excluir de la construcción de una familia. La casa son todas las características que tiene que tener la familia, como la comunicación, la tolerancia, la solidaridad, la alegría, el dialogo, el perdón… Todo eso es lo que implica una familia junto con otras muchas más cosas. Y eso, de hecho, existe en muchas familias que podemos contemplar en esta ciudad.

 Pero lo importante es que esas familias además de las cualidades que puedan tener posean también la capacidad de conservar esas cualidades. Esto es algo que con frecuencia observamos con mucho dolor cuando decimos, ¿Cómo es posible que ese matrimonio que se veía tan bueno no haya funcionado? ¿Cómo es posible que teniendo unos niños tan lindos esa familia se separe? ¿Cómo es posible que este padre de una familia tan buena se deje llevar por el alcohol?

Son muchas las circunstancias que pasa la familia, pero no cabe duda de que la falta de fundamento sólido es uno de los problemas más serios. El ser humano por más que se empeñe, tiende a ver con claridad el bien que debe hacer, pero por su fragilidad no siempre tiene la fuerza para hacerlo. Por eso el evangelio habla de la roca, la roca que es Cristo, esa roca que va más allá de las seguridades humanas, como dice san Pablo en la segunda lectura del día de hoy: somos justificados gratuitamente por la gracia en virtud de la redención llevada a cabo por medio de Cristo Jesús.

En el marco de la celebración de este día junto con toda la sociedad civil, queremos celebrar a la familia que vive en esta cultura moderna, pero de modo especial a la familia que se asienta en Cristo, para ayudarla a llegar a su plenitud en la vocación que Dios le ha destinado. La familia que se afianza sobre la roca que es Cristo y que encuentra en la Iglesia la comunidad que sigue presentando a Cristo al hombre moderno para que Él sea quien sostiene la debilidad humana, para que Él sea quien da cimiento en medio de todas las situaciones difíciles por las que tiene que transitar la familia.

 Ese cimiento no es algo espiritualista o lejano, sino arraigado en la experiencia que hace la familia de la persona de Cristo, por medio del contacto con la escritura, especialmente en la lectura de los evangelios, por la oración en la intimidad de la casa, por la asistencia frecuente a la celebración de la eucaristía en la comunidad parroquial. Por supuesto, que esta experiencia de Cristo, roca de la familia, dará al hogar la fuerza para el perdón, la serenidad ante la dificultad, el vigor ante las fragilidades que se constatan todos los días. La experiencia de Cristo, dará a los esposos la pujanza para la mutua fidelidad, dará a los padres la perseverancia en la transmisión de las virtudes cristianas y de los valores humanos, dará a los hijos la energía para enfrentar el mundo al que la propia familia los abre.

Es muy importante que, al conmemorar el día de la familia, cada uno de los cónyuges analice con serenidad y exigencia si su matrimonio está asentado sobre roca o si se ha cimentado sobre la arena, sobre la arena del individualismo, la arena del egoísmo, la arena de la comodidad, la arena del materialismo. Todos esos cimientos de arena, aunque tengan encima una casa preciosa, acabarán por ceder y derrumbarse ante las presiones del mundo moderno.

 La palabra de Dios pone a todas las familias mexicanas ante una opción. Una opción, que, como decía el libro del Deuteronomio, significa tener delante de la propia familia o la bendición o la maldición, la bendición si obedecen los mandamientos del Señor que yo les promulgo hoy; la maldición si no obedecen los mandamientos del señor  su Dios… así pues esfuércense en cumplir todos los mandamientos y decretos que hoy promulgo ante ustedes. A cada familia le toca decidir si quiere poner como cimiento de su existencia la roca que Cristo le ofrece. A cada familia le toca decidir si quiere construir su futuro y el de sus hijos en la solidez o en la fragilidad.

Sí hermanos y hermanas. Hagamos del Señor nuestra fortaleza y nuestro refugio a la hora de emprender con valentía nuestro trabajo por el bien de la familia en esta ciudad de México. hagamos del Señor nuestra fortaleza y nuestro refugio a la hora de ofrecer a las generaciones jóvenes nuestro testimonio cristiano para que también ellos lo vivan con autenticidad, hagamos del Señor nuestra fortaleza y nuestro refugio a la hora de acompañar a las familias en dificultad: a las madres solteras, a las abuelas que tienen que cuidar a sus nietos a causa de la ausencia de los padres por el trabajo, a quienes tienen que sacar solos adelante a sus hijos al haberse partido su matrimonio por el divorcio, a las jóvenes que sienten la tentación de eliminar por el aborto a la vida que comienza en su seno, a los novios que tienen dudas a la hora de comprometerse para siempre en el sacramento del matrimonio. Todos ellos y todos los hogares mexicanos necesitan de nuestro apoyo. Seamos testigos de la roca que es Cristo para que nuestras familias se alcen esperanzadas ante las tormentas que las amenazan, y llenen de certeza a las siguientes generaciones que los miran con esperanza.

Este próximo día ocho de marzo se celebra el día internacional de la mujer. Ya desde ahora quiero felicitar a todas las mujeres mexicanas e invitarlas a que sigan siendo en esta hora difícil de nuestra patria el pilar de los valores que encontramos especialmente reflejados en la mujer que dio origen a nuestra identidad nacional, Nuestra Señora de Guadalupe. Que Dios bendiga a todas las mujeres de México.

 

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=2811Domingo, 06 de Marzo de 2011 13:00 hrs
Homilía Pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de MéxicoVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús, en el Evangelio de hoy, nos revela el rostro de Dios-Padre: su amor paternal que se manifiesta en su providencia para con cada hombre.

Sabemos que el Padre tiene un plan de vida, que es un plan de amor, para cada uno de sus hijos, para cada uno de nosotros. Por medio de este plan providente quiere conducir y llevarnos a su reino, hacia su casa paterna. No sólo nos creó, sino también nos provee y cuida de todos nuestros pasos.

Y si ya vela con solicitud sobre criaturas sencillas  como “los pájaros del cielo” y “los lirios del campo”, ¡cuánto más cuidado tendrá de nosotros que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios! Por eso, Jesús nos exhorta: ¡No se angustien! ¡No se preocupen!

Pero esto no nos impide trabajar, sino todo lo contrario: el Evangelio da ánimo para trabajar. Cristo alaba al criado que, cuando viene su dueño, está ocupado (Lc 12,43). Cristo no quiere gente ociosa. Él condena, en la parábola de los talentos, al criado infiel por no haber hecho fructificar su talento.

La verdadera fe no tiene nada que ver con la ociosidad, con la pasividad. El cristiano no tiene nada que ver con el fatalista. Dios nos ha dado la capacidad para el trabajo. Éste es el primero de sus dones, la primera señal de su providencia.

Cristo no nos pone en guardia contra la ocupación, sino contra la preocupación - ni contra el trabajo, sino contra la intranquilidad. “No se preocupen diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?”

Hay que ocuparse, razonablemente, de todo esto, pero sin intranquilizarse, porque la intranquilidad es precisamente lo que paraliza la acción, lo que impide obrar como es debido.

 Lo que Cristo nos pide, en el Evangelio de hoy, es la cosa más natural del mundo: la confianza. Es la misma confianza, que acá en la tierra el hijo da a sus padres, el marido a su esposa, el alumno a su maestro. Lo que es indispensable en las relaciones sociales, Dios-Padre lo espera también de nosotros: que tengamos confianza en Él. Ustedes son testigos de cómo se paraliza toda una sociedad por falta de confianza.

Si estamos inquietos, angustiados, nerviosos - es probable que ello ocurra porque nos falta la confianza en Dios. Es el miedo que paraliza y hace ineficaz el esfuerzo. Cuando mejor se trabaja es cuando hay confianza.

Dios está con nosotros en nuestra vida, en cada momento, hoy y también mañana. ¡Contamos cada día con Él! La inquietud por el mañana perjudica el trabajo de hoy.

 Pero Cristo no condena la previsión ni el ahorro, tenemos que saber prever razonablemente las cosas y estamos obligados a ahorrar.

Pero no exijamos una seguridad total, porque no la tendremos nunca. Es preciso aceptar cierta inseguridad necesaria. Tenemos que asegurarnos, pero no es posible que nos aseguremos contra todo. No hay que buscar el medio de poder prescindir de la providencia. Hay  que saber confiar y sobre todo  confiar en Dios nuestro Padre.

Dios es el fundamento estable e indefectible, sobre el que el hombre puede construir el edificio de la propia vida y del propio destino. Por esto el salmista compara al Dios de la esperanza humana con un alcázar y una roca:

“El es mi roca, Dios es mi refugio” (Sal 61-62, 8). Entre las experiencias de todo lo precario, en medio de los destinos cambiantes de la vida terrena, Dios es para el hombre un apoyo definitivo, del que saca la indispensable fuerza del espíritu.

Desde el principio Dios ha rodeado al hombre de un amor especial. Y este amor tiene características paternas y, a la vez maternas, como lo testimonió el profeta Isaías en la primera lectura:

(Isa 49,15) “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no me olvidaré.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=2668Domingo, 27 de Febrero de 2011 13:30 hrs.
Homilía
20  de Febrero de 2011, VII domingo ordinario
La continuación de la lectura del capítulo quinto de San Mateo nos hace disfrutar del canto ininterrumpido de amor y de perdón. Este amor ahora se sitúa en una de las fronteras más difíciles de pasar: amar a los enemigos. Esta es la actitud misma de Dios cantada en el salmo responsorial de este día: "El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados". En Dios la justicia es vencida por el amor. Esta misma realidad la hemos palpado en la primera lectura en el célebre episodio del desierto de Zif, cuando David teniendo entre sus manos a Saúl, su enemigo, sigue el camino del perdón y no la del asesinato.

La reacción del cristiano que nos enseña Jesús con metáforas orientales tan vivas, es muy clara: Ante el mal, rechazo y lucha abierta. El cristiano no puede hacerse sordo ni ciego, y mucho menos aceptar, la injusticia, la hipocresía, la mentira, la farsa, la violación del proyecto de vida y de dignidad que Dios quiere para todos los seres humanos. Hay que ser muy precisos: la lucha y el rechazo es contra el mal, no contra los seres humanos, que pueden ser buenos o malos, pero siempre conservarán su dignidad humana, que nadie debe violar, y para los cuales siempre debe haber respeto y comprensión.

Insisto, el cristiano no puede ser cómplice del mal que amenaza nuestra sociedad, no puede meter la cabeza en la arena diciendo que no le importa lo que está sucediendo en la familia, en la escuela, o en la comunidad local o nacional. El cristiano debe enjuiciar evangélicamente los acontecimientos y denunciar proféticamente todo lo que corrompe a nuestro mundo. Evidentemente, todos esto lo debe cumplir por caminos pacíficos y respetando profundamente a los seres humanos. El seguidor de Cristo no puede caer en la tentación de pensar que, en tales circunstancias, el fin justifica los medios; que para arreglar la sociedad puede hacer como otros grupos que siguen la ideología de la violencia. No, esto, no, aunque sea insultado y difamado por denunciar el mal, defender la vida o proclamar la verdad, como a menudo sucede. La violencia no es el camino para curar la sociedad.

Para el cristiano no basta denunciar y evitar la violencia. Jesús nos dice: "Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman". El mayor bien que podemos hacer a todos aquellos que desprecian el proyecto de Dios y combaten la dignidad humana es anunciarles la Buena Nueva. La Iglesia por naturaleza es misionera y no se puede cansar de anunciar la persona de Jesucristo y el plan de salvación que nos vino a traer. Esta verdad sublime de nuestra fe nos compromete seriamente con Cristo, porque la misión de la Iglesia no es algo etéreo sino que se debe traducir en acciones muy concretas. El ser misionero no es una tarea o una misión que Cristo haya confiado sólo a los sacerdotes o religiosas, por el contrario, al ser misión de toda la Iglesia, resulta claro que es una exigencia y una dignidad que corresponde a todos y a cada uno de los bautizados.

Traten a los demás como quieran que ellos los traten. Esta sentencia se presenta al final de una serie de exhortaciones de Jesús sobre el modo de tratar a los demás. "Hay que amar a los enemigos", es decir, no se puede seguir a Jesús si se aplica la ley del talión: ojo por ojo... No se puede seguir a Jesús si se guarda rencor, resentimiento, odio y deseo de venganza. Todo esto denigra la dignidad humana. Y, sin embargo, con qué facilidad nosotros y todos los hombres somos presas de estos sentimientos. ¡Cómo nos cuesta perdonar! No, ya cuando alguien haya cometido contra nosotros ultrajes y daños irreparables, sino cuando simplemente han sido descuidos, faltas de atención. Sí, el egoísmo en el hombre es una pasión grande que brinca por todas partes. Es pues, imprescindible pasar del "hombre viejo", el primer Adán, al hombre nuevo, el último Adán, Cristo mismo. Ejemplo de este paso los tenemos y los hemos experimentado: recordemos a aquel joven que en la vigilia de Tor Vergata en el año 2000, año del gran Jubileo, y por tanto, del gran perdón, perdonaba en público en presencia del Papa a los asesinos de su hermano. ¿Cómo es posible llegar a un amor de esta naturaleza? Sólo es posible en Cristo, cuando Cristo ha tocado el íntimo del corazón y habla a la persona y le revela el verdadero camino de la felicidad. Aquel muchacho había pasado del rencor al amor, tendía una mano a los asesinos de su hermano y se tendía una mano a sí mismo.  El perdón lo condujo al amor. Hoy, purificada la memoria, puede caminar por las rutas de la vida con esperanza. Si Él no hubiese perdonado, hoy su memoria infectada sería fuente de amargura, de desesperación, de rabia.

El Papa Juan Pablo II en su mensaje del 1 de enero de 1997 decía: "es verdad que no se puede permanecer prisioneros del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de purificación de la memoria, a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más. No se trata de olvidar todo lo que ha sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos, aprendiendo, precisamente de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras el odio produce destrucción y ruina. La novedad liberadora del perdón debe sustituir a la insistencia inquietante de la venganza. Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios antiguos y violentos".

De aquí, pues, nace la máxima de gran alcance: tratar a los demás como quisiera que a mí me trataran. Si deseo que me traten con respeto, debo tratar con respeto; si quiero ser amado, debo amar; si quiero ser comprendido y perdonado, debo aprender a comprender y perdonar. Está máxima es de sumamente práctico y de gran actualidad, supone sin embargo, una profunda renuncia de sí mismo. Supone que el "yo egoísta" no es el centro de la personalidad y de los propios intereses, sino el "tu". No puede haber plena realización de la persona si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Por lo demás la experiencia nos dice que quien no perdona, poco a poco se amarga la vida y los resentimientos empiezan a corroer su alma.]]>
http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=2548Domingo, 20 de febrero de 2011 Homilía 13.30 hrs.
Pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.Pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.


13 de Febrero de 2011, VI Domingo del tiempo Ordinario.


En la primitiva comunidad cristiana la conciencia del juicio final era muy viva. Jesucristo pronto regresaría como juez.  Esta conciencia viva, de las postrimerías del hombre y de nuestro mundo, de las últimas realidades, de las cosas definitivas y eternas, se ha hecho presente, a través de los siglos, en los seguidores de Cristo, y éstos la han sabido plasmar en las artes de formas muy diversas.  Un ejemplo impactante lo tenemos en las pinturas que han cubierto tantas y tantas ábsides de nuestros templos, tal y como lo podemos admirar en la capilla Sixtina, en donde Miguel Ángel nos presenta, con colorido poco común, el reclamo silencioso sobre la verdad del Juicio Final.  Los cristianos, del siglo XXI, no podemos olvidar esta verdad continuamente anunciada por Jesús.  Sería necio pensar que el Juicio Final no nos llegará sólo porque dejamos de pensar en él; sería fatuo creer que eliminamos la realidad de la muerte sólo porque dejamos de tenerla presente en nuestro caminar por este mundo.


Hoy Jesús nos ha dicho en su Evangelio, entre otras muchas cosas:  "Ponte de acuerdo con tu adversario, mientras vas con él por camino, a fin de que no te consigne al juez y el juez al carcelero, para que así no vayas a parar en la cárcel.  En verdad te digo, que no saldrás de ahí hasta que lo hayas pagado todo". 

 Esta es una "Parábola del Reino" en donde Cristo, con toda claridad, nos anuncia la llegada definitiva de su Reino, en donde nos prepara para el juicio escatológico, para su venida final.  Este significado original de la parábola está muy claro también en otros pasajes evangélicos, como por ejemplo, cuando Jesús nos invita saber leer los signos de los tiempos: "Cuando veas que aparece una nube en el poniente... "lo cual se aplica al juicio de Dios que está por llegar y para el cual nos debemos preparar a fin de que no nos sorprenda como un ladrón.


Si alguno de nosotros debiera enfrentar esta semana un proceso judicial, del cual dependiera, por ejemplo, la pertenencia o no de la casa que habitamos junto con nuestra familia, ciertamente prepararíamos con todo cuidado la documentación a presentar ante el tribunal y buscaríamos la mejor defensa conforme a nuestras posibilidades.  Pues bien, muy pronto, antes de lo que pensamos, tendremos un juicio, del cual dependerá nuestra morada, la vida eterna, nuestra casa definitiva.  Este juicio no nos puede tomar desprevenidos ya que Jesús nos ha dicho con toda precisión de qué seremos juzgados al final de nuestros días, Cristo mismo nos acompaña y nos pide que nos pongamos de acuerdo con él, mientras vamos por el camino;  Jesús se nos presenta, no como el adversario, sino como nuestro abogado, nuestro único abogado ante el Padre, para que tengamos un juicio y una sentencia favorables.  En la cuaresma que estamos por iniciar hagamos un alto en nuestro camino y reflexionemos sobre el juicio que ciertamente nos espera al final de nuestros días, no metamos la cabeza en la arena, como hace el avestruz, pensando que así el juicio no nos llegará.  Practiquemos y multipliquemos las obras que sabemos son aceptables y agradables ante el tribunal divino.


Hace años, una de las películas de mayor éxito fue sin duda Titanic, así llamada en recuerdo de los antiguos titanes que desafiaban a los dioses.  Algunos han dicho que en el barco, sobre el cual versa el film, tenía una inscripción, o al menos alguien dijo sobre ese navío que: “ni Dios lo hundía".  Ahora sabemos que la admirable embarcación quedó en el fondo del mar, sin poder llegar a su destino. Todos nosotros somos navegantes, somos caminantes que buscamos la felicidad como destino, no perdamos el rumbo, no nos llenemos de soberbia pensando que por nuestra fuerza y por nuestras habilidades podemos llegar a nuestro destino.  Reconozcamos que somos frágiles y débiles conscientes de que cualquier tempestad nos puede hundir. Acudamos a Cristo Jesús, que es el poder de Dios.  Subamos a su barca, que es la Iglesia, y así llegaremos a puerto seguro, sanos y salvos.


Además de subir a la barca y de permanecer con Jesús, el Evangelio nos dice que "mientras vamos por el camino, nos pongamos de acuerdo".  ¿En qué nos tenemos que poner de acuerdo con Cristo Jesús?  En tener sus mismos criterios de juicio.  Nosotros sabemos muy bien que sus criterios son muy distintos a los criterios que están de moda, muy distintos a los criterios del mundo.  Jesús vino a salvarnos del pecado, vino a quitar el pecado del mundo, derramó su sangre y murió para arrancarnos del poder del pecado, por esto, estaremos de acuerdo con Él, si nos desagrada lo que a Él desagrada, si condenamos lo que Él condena, si practicamos lo que Él nos manda, si anhelamos cumplir la voluntad de Dios nuestro Padre como Él siempre la cumplió.  Pero si en nuestra vida ya cometimos y estamos en pecado, si ya hicimos lo que a Él desagrada, si practicamos lo que Él condena...  No hay otro camino, "para ponerse de acuerdo", sino decir con el Rey David: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa;  lava del todo mi delito, limpia mi pecado.  Pues yo reconozco mi culpa".  Se trata de reconocer el propio pecado, arrepentirse y confesarlo a Dios a través de la Iglesia, a quien confió el poder de atar y desatar.  La Confesión Sacramental es el medio ordinario para "ponerse de acuerdo" y reconciliarse con Dios y con los hermanos y para ello la cuaresma que estamos por comenzar es una oportunidad que no debemos dejar pasar.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=2503Domingo, 13 de febrero de 2011 13:00 hrs.
Homilía Pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.
6 de Febrero 2011, V Domingo del tiempo Ordinario.


Para algunas personas, el Papa, los obispos y los sacerdotes, no deberían tocar en su predicación los problemas éticos, sociales, políticos, económicos y familiares.  Y tendrían mucha razón, los que esto afirman, si los temas fueran tratados desde la sabiduría o elocuencia humana, si estas realidades sólo se quisieran proponer desde la ética, la sociología, la economía o la política.  Estaríamos, en este caso, abandonando el camino que nos señala hoy San Pablo:  “Cuando llegué a la ciudad de ustedes para anunciar el evangelio, no busqué hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino que resolví no hablarles sino de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado”.  Pero anunciar a Jesucristo sin relación a las realidades del mundo, sin relación a nuestra tierra, sería mutilar el anuncio del evangelio, sería presentar una caricatura de Jesucristo que se encarnó en nuestro mundo y en nuestra historia.  ¿Cómo podríamos interpretar lo que hoy nos dice Jesús?: Ustedes son “la sal de la tierra”, ustedes son “la luz del mundo”.  Para algunos hubiera sido mucho mejor que Jesús nos dijera:  “ustedes deben ser la sal de ultratumba, ustedes deben ser la luz de la estratosfera” y así se justificaría que el anuncio del evangelio se hiciera sin relación a las realidades de nuestra “tierra” y de nuestro “mundo” concreto.


Afortunadamente, Jesús es la sal de la tierra, sin Él, nuestro mundo sería insípido, no tendría sabor de trascendencia y de eternidad, sin Él, el mundo se corrompería totalmente, como se corromperían los mares de nuestro mundo sin la sal.  Jesús es la luz del mundo, sin Él, las tinieblas ya habrían cubierto la faz de la tierra, sin Él, no tendríamos el calor del amor que puede hacer nuevas todas las cosas, sin Él, caminaríamos a tientas y atropellándonos sin tan siquiera darnos cuenta.  Esta encomienda de ser sal y luz del mundo, que Jesucristo recibió de su Padre, la transmite a sus discípulos de ayer y de hoy.

  Esta investidura la recibimos en nuestro bautismo, por eso nos dice San Pablo: “Un tiempo ustedes eran tinieblas, ahora son luz en el Señor”.  “En el Señor”, esto es importante remarcarlo, para que entendamos que no se trata de una consigna, o de un mandato o de una tarea que seríamos incapaces de cumplir, ya que por nosotros mismos somos tinieblas y a todos nos afecta la corrupción del pecado.  Se trata de que hemos sido elegidos y enviados para manifestar a Cristo, hemos sido incorporados a Cristo para ser sus miembros, para ser su rostro, hemos sido elegidos para ser sus testigos.


Esto nos ayuda a comprender “cómo”, concretamente, debemos ser luz y sal para nuestro mundo.  Si sólo Él es la luz y la sal, es claro que lo más importante que tenemos que hacer es incorporarnos a Él, participar de su vida, vivir intensamente nuestra experiencia cristiana, comunicando a los demás la luz, la alegría y la capacidad de amar que la presencia de Cristo nos da;  trabajar para que nuestros hermanos, que aún no han descubierto la presencia de Cristo en sus vidas, se den cuenta como sólo Él puede dar el verdadero sentido a la existencia humana, sólo Él puede dar la verdadera alegría de vivir, sólo Él puede darnos la fuerza para levantarnos de nuestras caídas y el valor para vencer el mal con el bien.  Seremos luz del mundo y sal de la tierra si practicamos lo que antes llamábamos obras de misericordia y ahora, no sin razón, se llaman obras de justicia social, de las cuales hoy da cuenta puntualmente el profeta Isaías: “Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano.  Entonces surgirá tu luz como la aurora...  Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva;  cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”.

Estoy seguro que los escritos de los profetas no sonla lectura preferida de las personas que no quieren que en la predicación se toquen las realidades terrenas ya que estos personajes de Israel, además de hablarnos de Yahvé nuestro Dios, y de las maravillas que hace con su Pueblo, continuamente están hablando de la alianza, de la justicia y de la paz;  continuamente denuncian la opresión, la injusticia, la violencia, la esclavitud y el hambre de su Pueblo.  Pero el verdadero problema no es lo que estas personas piensen, el problema serio en nuestro continente americano es el divorcio entre fe y vida, la separación que hacemos entre el culto a Dios y la vida de todos los días;  porque quizá la mayoría de nosotros decimos que, todo eso está muy bien, pero justificamos nuestro proceder diciendo que las circunstancias han cambiado y es imposible realizar esas obras de misericordia o de justicia en nuestra gran ciudad.  Es cierto que las circunstancias han cambiado, pero también han cambiado las posibilidades y las modalidades para poder cumplir con esas obras de amor y de justicia social, por las cuales podemos ser luz del mundo y sal de la tierra.  Ante las continuas emergencias que se presentan, todos podemos hacer llegar nuestra ayuda a nuestros hermanos en desgracia, por lejanos que se encuentren.  Ante los males que se han arraigado en nuestra sociedad, cada día se abren mayores posibilidades de participación en proyectos educativos, de producción, de salud, de vivienda.  Ante las injusticias y atropellos que sufren los más débiles, las oportunidades van creciendo de poder participar, no sólo en la denuncia, sino en programas de concientización sobre los derechos humanos y sobretodo en programas de promoción y de dignificación social.


Para esto tenemos que ser muy realistas.  Es cierto que el Evangelio nos habla de ser luz y sal de “la tierra, del mundo”, pero nuestro mundo es aquello que nos rodea, es la familia, nuestro ambiente de trabajo, de diversión, el sindicato, el barrio, la escuela, la parroquia a la que pertenecemos.  Tenemos que tomar muy a pecho la indicación de Jesús, de ser luz “para los que están en la casa”, ser testigos de Cristo para aquellos que nos conocen de verdad, de tal forma que viendo nuestras buenas obras glorifiquen al Padre que está en los cielos.  Es cierto, no es fácil ser luz del mundo y sal de la tierra, por esto debemos acercarnos continuamente a Jesucristo para encender nuestra lámpara, por esto debemos recibir continuamente a nuestro Salvador y así tener la fuerza transformadora que tiene la sal.  Si así no lo hacemos nuestra luz se extingue y nuestra sal pierde su sabor y ya para nada sirve.  Que la Palabra que escuchamos, domingo a domingo, penetre en nuestros corazones;  que el Cuerpo y la Sangre del Señor que comulgamos nos den vida nueva.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=2477Domingo, 06 de febrero de 2011 13:00 hrs.
Homilía

Pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C. Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

30 de Enero de 2011, 4º. Domingo del tiempo Ordinario.

Ordinariamente cuando escuchamos Las Bienaventuranzas, con mucha razón, nos detenemos en la primera, digo que con mucha razón, ya que en "Bienaventurados los pobres de espíritu" de alguna manera están contenidas las siete restantes. Pero cada una de las Bienaventuranzas tiene su propio contenido y su propia fuerza, por ello, hoy quisiera invitarlos a meditar un poco la Bienaventuranza de la paz: "Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios". Esta sentencia de Jesús nos confronta fuertemente a los cristianos ante la violencia y la lucha de clases que tanto han permeado en nuestro ambiente. Los esfuerzos de algunos estudiosos para hacer aparecer a Jesús como un revolucionario violento han fracasado totalmente ya que no han encontrado fundamento. El rechazo a la violencia por parte de Jesús fue total en su actitud y en sus palabras. Las invitaciones, inclusive de sus propios discípulos, para que Jesús tomara una actitud violenta no fueron pocas ya que La Palestina estaba invadida de intentos de revuelta zelota contra las clases ricas y contra la dominación romana, pero Jesús rechazó decididamente toda invitación en este sentido, huyendo de las multitudes cuando querían proclamarlo rey o cabeza de un movimiento de resistencia armada.

Sin embargo debemos precisar, diciendo que Jesús rechazó la violencia en todas sus formas, no solamente rechazó la violencia del que recibe la bofetada en la mejilla, invitándolo a poner la otra, sino también rechazó la violencia del que da la bofetada, rechazó la violencia institucionalizada, la violencia de aquellos que humillan y explotan a los demás, la violencia de aquellos que dan sentencias injustas, la violencia de aquellos que imponen cargas que ellos mismos no pueden soportar, de aquellos que difaman y destrozan la vida de los demás, de aquellos que matan al inocente por agradar a los invitados y a la bailarina. A estas alturas, algunos de ustedes ya estarán pensando, entonces, ¿Cómo se explican esos pasajes evangélicos en donde Jesús arroja a los vendedores del templo, sus sentencias tan fuertes contra los escribas y fariseos hipócritas, su afirmación rotunda de que no ha venido a traer la paz sino la guerra? Para responder, con honestidad y claridad, es necesario decir que Jesús con su pacifismo, jamás pretendió inculcar en el corazón del hombre la pasividad y la resignación humillante ante las injusticias. El pacifismo de Jesús jamás se podrá invocar para defender los atropellos contra la dignidad humana o para justificar el inmovilismo que impide el progreso y el desarrollo de los pueblos, ya que si alguna palabra es clave en los evangelios, esa es "la conversión", que invita al cambio, a la transformación, a la renovación de las personas y de la comunidad.

Los cambios y las trasformaciones que Jesús propugna no se dan con el odio y la violencia, sino con el amor y la paz. Las luchas que Cristo viene a impulsar no son "contra" alguien, sino en "favor" de los más pobres y excluidos de este mundo. Yo sé que muchas de las denuncias cristianas contra la violencia, la corrupción y la mentira, algunos las quisieran convertir en luchas estériles contra los que consideran sus adversarios, en lugar de luchar en favor de la paz, la honradez y la verdad, que pueden crear progreso y desarrollo para México y el continente. Si los cambios que se dan en nuestro mundo son pocos y lentos, es porque el amor es pobre en nuestras relaciones y son pocos los constructores de la paz. El odio y la violencia siempre nos llevarán a la destrucción y al retroceso, el amor y la paz son camino de cambios reales e irreversibles, no sólo a nivel de estructuras, sino de conciencias y personas. Es incuestionable que el amor y la paz, proclamados por Cristo, han beneficiado mucho más a las personas y a la humanidad que las revueltas de los zelotas, las guerras civiles y la lucha de clases. Es claro que en nuestros días el pueblo mexicano lo que está esperando son propuestas de progreso y no enfrentamientos inútiles, proyectos incluyentes y participativos y no protagonismos pasajeros, programas productivos y creadores de riqueza y no el reparto de amargura y de desesperanza.

La Bienaventuranza de la paz, lo mismo que las demás, es difícil de aceptar. Todos queremos la paz, pero nos cuesta trabajo recorrer los caminos que a ella conducen, nos cuesta trabajo aceptar los criterios de Cristo, no es fácil ser constructores de la paz. Reconozcamos que necesitamos cambiar y que este cambio sólo se puede dar si abrimos nuestro corazón al Príncipe de la Paz, Jesucristo nuestro Señor. Hagamos nuestra la oración eucarística que cada domingo recitamos: "Señor nuestro Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz les dejo, mi paz les doy, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédenos la paz y la unidad".

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=2386Domingo, 30 de enero de 2011 13:40 hrs.
Homilía Pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México10 de Octubre de 2010, XXVIII domingo ordinario.

Creo que algunos de ustedes habrán visto la vieja película “El Leproso”,  en donde se narra como un médico londinense recibe la visita de un viejo compañero de la escuela que regresa después de haber hecho un largo viaje por oriente y está feliz escuchando las noticias que se habían dado en su ausencia de Londres. Tan emocionado estaba escuchando las noticias que no se dio cuenta que el cigarrillo le estaba quemando los dedos. Para el médico aquello era algo terrible pues estaba viendo una señal clara de que su amigo en su largo viaje por oriente se había contagiado de la lepra pues solo los leprosos se vuelven así de insensibles. La película continúa narrando cómo el doctor tiene que decirle a su amigo lo que le ha sucedido y su amigo en lugar de agradecerle se llena de odio contra él hasta llegar a matarlo. En nuestros días algunas personas que llegan a contagiarse de alguna lepra espiritual reaccionan de la misma manera,  en lugar de agradecer al que les descubre su enfermedad se llenan de odio y proceden como el leproso de la película.

Creo que en muchas familias, los papás y las mamás les siguen diciendo a sus niños cuando reciben algún regalo de alguien: ¿Cómo se dice? Para que los niños respondan: ¡Gracias! Esta insistencia de los papás es muy importante pues  nuestra cultura nos inculca la autosuficiencia y la exigencia de los derechos pero muy poco el agradecimiento ya que se mira como que lleva consigo una especie de inferioridad.

Sin embargo la gratitud es una actitud muy humana, porque el hombre es un ser receptor en un gran porcentaje, y por tanto debe ser agradecido. ¿Y con quién más que con Dios nuestro supremo bienhechor? Es de Pablo VI la siguiente definición: “El Cristiano es el hombre de la acción de gracias”. Por eso debemos meditar la anécdota de los diez leprosos sanados por Jesús, que nos ha narrado el evangelio de hoy.

Entre los israelitas la lepra era considerada como un castigo divino. De hecho la palabra original viene a significar “castigado por Dios”. Quienes contraían esta enfermedad eran vistos como personas  “impuras”, tanto legal como religiosamente y eran expulsados de la comunidad civil y del culto. Y así, los leprosos sufrían a la vez marginación moral, social y religiosa: vivían en lugares apartados, tenían estrictamente prohibido entrar  en las aldeas y núcleos poblados, cuando iban por los caminos debían avisar para que nadie se les acercara. Como la enfermedad era tenida también por incurable, la única  esperanza que les quedaba  a estos enfermos era un milagro. En todo caso, si la curación se producía, un sacerdote tenía que comprobarla y certificar con su palabra que era cierta. Se creía y esperaba que con la llegada del Mesías, en la nueva sociedad por él inaugurada, desaparecería la lepra. Por eso las curaciones de leprosos hechas por Jesús anuncian que el Reino de Dios ha llegado ya.

¿Es que acaso hemos recibido de Dios menos beneficios  que aquellos hombres curados de su enfermedad? Para imitar el agradecimiento samaritano, que fue el único de los diez sanados  que volvió a dar gracias a Dios, recordemos los grandes capítulos de dones y gracias recibidos de la mano paternal de Dios.

Ante los millones de seres humanos posibles, Dios creador dio luz verde a nuestro nacimiento, cuando tantos quedaron en el pozo insondable de la nada. Cada uno de nosotros nos contamos en el número relativamente reducido de los seres racionales que han cruzado la aduana de la vida. No nos quedamos en el número de los posibles que nunca verán la luz. Nosotros llegamos al feliz puerto de la vida por voluntad de Dios, por el amor de nuestros padres  y porque todavía no llegaban aquellos que ya tienen licencia para eliminar  a los que no se pueden defender  en  el  seno  de su madre.

Pero no sólo debemos a Dios la creación, también es suya la conservación. Sólo en el cielo sabremos el número de providencias barajados por Dios para conservar nuestra vida actual, a lo largo de nuestros veinte, cuarenta u ochenta años. A esto necesariamente tenemos que añadir, como tema constante de gratitud, el mayor o menor grado de salud, las cualidades y capacidades que Dios nos dio y las oportunidades que hemos tenido para desarrollarlas, los momentos de felicidad que han llegado a nuestra vida, el aire que respiramos, los alimentos que nos nutren y deleitan, los vestidos que nos cubren, las viviendas que nos cobijan,       las medicinas que nos curan , los adelantos científicos y tecnológicos que nos hacen más agradable la existencia.

Y si del plano natural de la creación y conservación, pasamos al terreno sobrenatural de la redención y salvación, toda la eternidad no nos bastará para agradecer a Dios sus beneficios. Solo recordemos el gran don de la fe cristiana recibida en el bautismo, a través de nuestra familia. Y cuando perdimos la inocencia bautismal ¿Cuántas han sido las veces que Jesús nos ha limpiado de la lepra de nuestros pecados en el sacramento de la reconciliación?

Ahora bien, ante este cúmulo abrumador de beneficios y dones sin cuento, ¿Cómo dar gracias a Dios de una manera digna? Dios pensando en nuestra incapacidad para responder adecuadamente a sus regalos quiso que su Hijo Jesucristo fuera nuestra Eucaristía, Eucaristía que no sólo significa, sino que es “la Acción de Gracias” a la altura y medida de Dios ya que “Por Cristo, con él y en él a Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo damos todo honor y toda gloria, por los siglos y siglos, amén”.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=1890Domingo, Octubre 10, 2010 13:00 hrs.
Homilía Pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de MéxicoAño tras año, la Gran Familia del diario El Universal, tienen la alegría de reunirse en la casita de Nuestra Señora de Guadalupe para dar gracias a Dios Nuestro Señor y a su Santísima Madre por todos los favores recibidos a lo largo del año, pero también para poner en las amorosas manos de la Virgen del Tepeyac sus alegrías, tristezas y necesidades. ¿Quién no experimenta consuelo, conforto y esperanza en este sagrado lugar? ¿Quién no siente su protección amorosa, silenciosa y eficaz? Verdaderamente, Ella es para nuestras almas la clemente, la piadosa, la dulce Virgen María.

La lectura del libro de Job que hemos escuchado nos presenta el drama del sufrimiento del justo, un misterio que parece poner a prueba la existencia misma de Dios: ¿Quién no ha sentido la misma rabia de Job ante la injusticia? ¿Quién no ha llegado a experimentar el trago amargo de la duda ante el sufrimiento inexplicable de tantos inocentes? “Si Dios existiera…” solemos decir, sin comprender que Dios no sólo está junto al que padece, sino que Él mismo siente el dolor del que sufre. Basta contemplar un signo -que por cierto Job no conocía- para adentrarnos en la comprensión del dolor: la Cruz. Ahí está la respuesta de Dios ante el dolor: su Hijo crucificado por nosotros, su Hijo inmolado por nuestra salvación, su Hijo entregado al odio del mundo para salvarlo por amor.

El Evangelio de Lucas, por su parte, nos deja en claro que la Iglesia, como lo proclamamos en el Credo, es apostólica; es decir, hunde sus raíces en los Doce Apóstoles que el Señor escogió y envió a continuar la obra que Él emprendió en su vida mortal. Ahora bien, junto con ellos, Jesús escogió a otros muchos. La mies es abundante, pero los obreros siempre pocos. El fragmento del Evangelio de hoy, se refiere a los setenta y dos discípulos que anuncian el mensaje del reino. El número “doce” recuerda a las doce tribus de Israel. El número setenta y dos remite, en cambio, a los setenta y dos pueblos de la tierra enumerados en el libro del Génesis (10). La misión de los discípulos tiene, por ello, un aspecto universal, se extiende a toda la tierra. Estos setenta y dos discípulos constituyen el signo de todos aquellos que el dueño de la mies llama para llevar el Evangelio. No se trata en realidad de una empresa humana, de algo que dependa de nuestra capacidad; se trata del reino de Dios, de su Iglesia. Es Él quien envía, quien toma la palabra, quien actúa. Se trata de dejar hacer a Jesús más que de hacer nosotros mismos. Lo importantes es que seamos como Él, adoptar su estilo, con su acontecer y sus frutos y, gracias a ello, con su alegría.

El Señor nos invita a no lamentarnos de los tiempos y de las dificultades de la misión. Más aún, las dificultades constituyen precisamente el signo del reino. El signo con el que viene el reino. Son la obra del Espíritu Santo. Jesús pide a los discípulos que no se preocupen, pues Él hablará por ellos ante los tribunales. El Maestro no quiere que caigamos en la ansiedad. La misión es siempre un milagro del Señor.

En esta Acción de Gracias que hemos venido a realizar ante el Señor, es imprescindible que reflexionemos no sólo en la misión de la Iglesia en el mundo, una misión de la que ustedes, como bautizados, tienen parte y responsabilidad, sino también en la misión que tienen los medios de comunicación en la construcción de la sociedad y de sus valores. Los medios de comunicación, no lo olvidemos, no sólo están para informar y entretener, sino para llevar a cabo el ideal humano más noble que es la comunión; es decir, romper las barreras que separan a la humanidad y hacer de este mundo -dividido por las ideologías y las guerras- un lugar más humano, donde todos nos veamos como hermanos. La noticia no es una mercancía, es un instrumento que debe ayudar a la sociedad a estar informada, que le debe brindar las herramientas para la toma de decisiones, que debe formar la opinión pública como contrapeso a los excesos y a la corrupción del poder. El periodismo debe estar al servicio de la sociedad, no de los poderes, pues cuando este noble quehacer se vende, no sólo se corrompe, sino que también corrompe a la sociedad por la enorme repercusión que tiene. Es cierto que los medios de comunicación son un enorme poder, pero el poder, cuando se sustrae del servicio a la sociedad, se pervierte y a la larga se autodestruye.

Sabemos bien que los medios de comunicación no son un espejo fiel que refleje la realidad, sino que son una construcción e interpretación de la realidad, de ahí que tienen un compromiso ético insoslayable con la sociedad. Un periodismo sin ética es como un cuerpo sin alma, no presta un verdadero servicio a la sociedad, sino que se aprovecha de ella. Los valores, las virtudes, son imprescindibles en toda sociedad, hoy México padece una muerte lenta a causa de la carencia de ellos, y la responsabilidad de esta falla fundamental es de todos: los gobernantes, los padres de familia, los educadores, los medios de comunicación y la misma Iglesia que no siempre ha estado a la altura de la misión que el Señor le ha confiado.

Con grave preocupación vemos cómo el crimen hace estragos en todos los sectores sociales, y la prensa no ha podido sustraerse de su violencia. Cuántos colegas suyos han sido cobardemente asesinados, secuestrados o amedrentados por cumplir fielmente con su misión de informar, de decir la verdad incómoda que pone en peligro inconfesables intereses. Estos crímenes merecen toda nuestra condena, y todo nuestro apoyo y solidaridad para las familias que han perdido a sus seres queridos. Nada perdurable se construye sin compromiso, sin sufrimiento, sin un esfuerzo que nos lleve a romper nuestro egoísmo. El Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución nos deben llevar a pasar de los festejos efímeros al rescate de los valores e ideales que fundaron esta noble nación. La división, la discordia y la envidia no pueden seguir siendo el lodo donde los mexicanos luchamos unos contra otros. El bien de nuestro país, la construcción de un México más justo y humano, la paz y la seguridad, la educación y la sana convivencia, deben ser nuestras grandes preocupaciones si queremos hacer de nuestra patria un país con futuro.

Felicito de corazón a la Gran Familia de El Universal por su aniversario, y encomiendo esta noble empresa a la protección amorosa de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe. Al mismo tiempo, los animo a continuar con gran entusiasmo su misión comunicadora, caminando juntos en la unidad, la fraternidad y la solidaridad, fortaleciendo este medio que tiene una enorme importancia nacional en un periódico responsable y comprometido con la construcción de un México más libre, justo y auténtico.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=1851Jueves, Septiembre 30, 2010 9:45 hrs.
Mensaje con motivo del Bicentenario del Inicio de la Independencia dado por el Arzobispo de México Cardenal Norberto Rivera Carrera en la Catedral Metropolitana de MéxicoEscuchar Audio:


Todavía resuenan en la memoria los sonidos festivos y se extienden los destellos de las luces multicolores con que se ha celebrado tan intensamente este bicentenario del inicio de nuestra independencia nacional, a lo largo de todo el país, pero especialmente en esta plaza coronada por la Catedral Metropolitana de México, siendo ella misma el más digno monumento conmemorativo por la majestuosidad de sus torres, la solidez de sus canteras y su innegable significado histórico. Aquí se han vivido cada una de las etapas de nuestro desarrollo como nación. Desde que se levantó junto con la nueva ciudad sobre las bases de las antiguas pirámides, hasta contemplar enmudecida, la devastación del sismo de hace veinticinco años, pasando por la consumación de la independencia, el movimiento revolucionario, la persecución religiosa, el desarrollo del México moderno y la altisonancia de este siglo XXI. Esta Catedral forma parte sustancial de la historia de esta nación mexicana.

Al cumplirse doscientos años de los comienzos de la lucha independiente, no podemos sino celebrar y reconocer estos acontecimientos. El sentido de fiesta está en el alma mexicana y el sentido de gratitud es fundamental en la religiosidad cristiana: gratitud a nuestros antepasados que nos han dejado una gran herencia cultural con raíces milenarias, gratitud a quienes construyeron nuestra libertad con el precio de la propia vida, gratitud a todos los hombres y mujeres que con su trabajo diario han hecho de esta nación uno de los pueblos más originales del mundo entero; gratitud a Santa María de Guadalupe que con su rostro mestizo y su plegaria, se ha mostrado con delicadeza y cercanía a todos los habitantes del Anáhuac y del continente entero; gratitud a Dios, siempre presente en nuestra fe y esperanza.

La celebración de estas fechas ha significado también una oportunidad para reafirmar nuestros valores cívicos, en torno a un gobierno democrático, más allá de las divisiones partidistas.

No hace falta insistir en el papel civilizador de la Iglesia en los primeros siglos del Virreinato; tampoco hace falta abundar sobre la participación decidida de incontables eclesiásticos en el movimiento independentista. Muchos estudiosos se han encargado de analizar y esclarecer los hechos, y aún en medio de discordancias sobre detalles secundarios, ningún investigador puede negar la influencia religiosa en esta etapa de nuestra historia, desde el inicio hasta la consumación de la independencia nacional. El Te Deum celebrado en esta Catedral en 1821 con una sociedad reconciliada, da cuenta de todos estos hechos hasta culminar en el nombre adoptado por el primer presidente constitucional, mi paisano, Don Guadalupe Victoria, en honor a la Patrona de nuestra libertad.

La celebración no puede quedar en una fiesta que se acaba o en algunos monumentos para la historia, la verdadera celebración debe ser ocasión para renovar nuestra identidad como pueblo, nuestro orgullo como nación y la valoración de la patria que hemos construido juntos, con todos sus valores incluyendo su profunda religiosidad y conciencia de trascendencia en Jesucristo, Señor de la historia. Es el momento de recordar con gratitud el pasado y de lanzar nuestra mirada hacia el futuro desde nuestra responsabilidad en el presente.

Este es nuestro tiempo, esta es nuestra oportunidad de dar algo para las nuevas generaciones, por ello los obispos mexicanos nos hemos reunidos el primero de septiembre para celebrar la Eucaristía en la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, como lo hacemos hoy en esta Catedral, a fin de dar gracias a Dios por la historia de este pueblo que es también historia de salvación marcada por el anuncio del Evangelio, y hemos entregado una Carta Pastoral recogiendo algunos episodios de la historia pero, sobre todo, mirando con esperanza hacia delante, con propuestas para nuestro progreso.

Somos una nación grande entre las demás naciones por el número de sus habitantes, por la diversidad de sus ambientes y riquezas naturales, pero sobre todo por su cultura y su trayectoria. Somos una nación cristiana y católica en la mayoría de sus habitantes y respetuosa de la pluralidad de pensamientos, somos una nación que está consolidando sus caminos de democracia y desarrollo, con instituciones maduras y con estructuras sociales de gran alcance; sin embargo, también tenemos enormes problemas que exigen todo nuestro talento y entereza para buscar las soluciones.

Uno de los problemas que nos aquejan de manera inmediata, es el de la inseguridad provocada por la violencia de muchos malos mexicanos que han equivocado su camino entregándose a la criminalidad y a la muerte, caminos que no tienen nada que ver con el heroísmo de otros tiempos, donde en medio de la violencia había ideales trascendentes, y aún en medio de divisiones, se buscaba un bien social: hoy solo vemos mezquindad y ruina, por eso hemos expresado en nuestra Carta Pastoral que “Ante aquellos que hoy buscan sembrar un estado de miedo y muerte, mediante actividades ilícitas y delincuenciales, poniendo en riesgo todo lo que hemos alcanzado en nuestro camino histórico… debemos decir que la auténtica sociedad mexicana los repudia y espera para ellos la acción de la justicia, mientras la Iglesia los llama a la conversión que los haga reencontrar los caminos del bien” (cfr Carta Pastoral # 134).

La solución no puede darse únicamente por el sometimiento de la fuerza y por el imperio de la ley, esto es necesario pero insuficiente. Las fuerzas armadas, las corporaciones policíacas y las instituciones judiciales tienen un papel imprescindible para superar la corrupción y la criminalidad que nos agobia, sin embargo, la verdadera solución requiere que vayamos más al fondo de nuestros problemas sociales.

La Iglesia tiene su propia misión que es, al mismo tiempo, su mejor servicio a la sociedad: Anunciar el Evangelio de la vida, de la verdad y de la salvación; a los creyentes nos corresponde dar un testimonio creíble de nuestra fidelidad al Reino de Dios que implica el reconocimiento de la dignidad de toda persona humana, valorando y respetando la vida; impulsando el matrimonio y la familia como elementos fundantes de toda sociedad humana, y comprometiéndonos con la justicia y el desarrollo por caminos de diálogo y de paz.

Sin embargo, debemos recordar que el mensaje del Evangelio incide en la visión de la vida y en los proyectos de la misma, ya sea desde el compromiso de los pastores como presencia pública de la Iglesia, o desde la acción de los fieles laicos, llamados a transformar el mundo y sus estructuras desde las propias convicciones. Por eso la Iglesia no puede dejar de ser protagonista de la construcción de una nación, en medio de una sociedad plural y de un Estado laico, garante y respetuoso de las libertades y de los derechos auténticos.

Los ideales por los que lucharon nuestros antepasados hoy nos interpelan con mayor fuerza, ya que seguimos siendo una sociedad marcada por graves y escandalosas desigualdades y en riesgo constante de disminuir nuestra genuina identidad:

“Dentro de los nuevos rostros de pobreza nos afligen y preocupan sobre todo -señala la reflexión episcopal-, los millones de migrantes que no han encontrado las oportunidades para una vida mejor y se ven obligados a dejar lo más propio, arriesgando incluso la vida… Los desempleados, víctimas de la economía utilitarista; los campesinos, desplazados por no pertenecer al mundo de la tecnología del mercado global, los indígenas, que siguen siendo los grandes excluidos del progreso y objeto de múltiples discriminaciones. Los niños en condición de calle en las ciudades y la situación de muchos jóvenes y adolescentes que desde temprana edad son reclutados para participar en actividades ilícitas, sembrando en ellos dinámicas de maldad” (#113).

Ante esta realidad, los obispos mexicanos hemos hecho una propuesta a todos los sectores que conforman esta sociedad mexicana, para asumir tres prioridades fundamentales en orden a nuestro desarrollo: combate frontal a la pobreza, educación de calidad para todos y reconciliación nacional (cfr. # 117-135).

Siempre que hemos sido capaces de unirnos, y los ejemplos sobran, nuestro pueblo ha avanzado, ha progresado. Siempre que nos hemos desunido, y la realidad presente es ejemplo de ello, hemos provocado un enorme atraso. La reconciliación nacional es una tarea pendiente entre políticos y ciudadanos, solo desde allí podremos enfrentar mejor uno de nuestros puntos débiles: la pobreza de millones de mexicanos, y podremos potenciar una de nuestras más apremiantes necesidades: la educación de millones de jóvenes y niños, una educación que les prepare para la vida, pero ante todo los forme como ciudadanos con valores y principios.

La Iglesia sabe que su misión es ser servidora de la reconciliación, y aunque algunos de sus pronunciamientos sean motivo de controversia, a la Iglesia no le mueve el afán de la discordia sino el compromiso irrenunciable con la verdad sobre el ser humano y sobre Dios. Su testimonio le exige a estar cerca de los más pobres y su misión le lleva a estar comprometida en la educación.

Quiero concluir haciendo mías las palabras de los obispos mexicanos: “Confiados en el valor de la oración los exhorto a dar gracias a Dios por todos los beneficios que ha recibido nuestra patria, a pedir perdón por las infidelidades de sus miembros, a elevar oraciones por los que murieron en luchas sangrientas, así como pedir la gracia y creatividad en la caridad, necesarias para impulsar, junto con todos los mexicanos, el desarrollo de nuestro país…

Padre de misericordia,
que has puesto a este pueblo tuyo
bajo la especial protección de la siempre virgen María, Madre de tu hijo, concédenos por su intercesión,
profundizar en nuestra fe
y buscar el progreso de nuestra patria
por caminos de justicia y de paz,
por Jesucristo nuestro Señor…Amén.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=1819Domingo, Septiembre 26, 2010 14.00 hrs.
Homilía Pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C. Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.El libro de la Sabiduría es una exhortación dirigida a la comunidad hebrea que está dispersa, y en concreto, los párrafos que hoy hemos escuchado, son una grandiosa relectura de la historia de Israel en clave meta histórica y escatológica, es decir, es todo un himno de esperanza en tiempos mejores a partir del cumplimiento que Dios hizo de sus promesas, y es por eso que celebran la Pascua, celebración que sólo es posible en la libertad, en la plenitud del ser humano y en la esperanza de la tierra prometida. "La noche de la liberación pascual fue anunciada con anterioridad a nuestro padres, para que se confortaran al reconocer la firmeza de las promesas en que habían creído". La noche dominada por la espera de un nuevo amanecer y de la llegada de la liberación definitiva es también el hilo conductor de las tres parábolas que nos ha trasmitido san Lucas. Es clara la alusión a la noche pascual del Éxodo: "Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas", pues así la celebraban los hebreos. Con Cristo se está iniciando el Éxodo definitivo hacia la plena y perfecta libertad, por esto es inconcebible una actitud indiferente, distraída, o lo que es peor, una actitud negativa o disipada, "golpeando a los criados y a las criadas y embriagándose".

La primera parábola es la del señor que regresa de la fiesta de bodas y viendo que sus trabajadores están atentos y vigilantes lleno de amor y de agradecimiento les hace fiesta: "Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos". Sólo estando con actitud de espera se puede entrar al banquete de Cristo.

La segunda parábola es la del padre de familia que está vigilando para que no lo roben ya que el ladrón no avisa cuando va a entrar a robar, sino que entra por sorpresa a la casa y se lleva todo lo que puede: "Así también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre". La sorpresa es uno de los factores importantes que encontramos en las intervenciones que Dios hace en nuestra historia personal y comunitaria. Hay que estar vigilantes, siempre, porque nadie es tan viejo que no pueda durar unos años más y nadie es tan joven que no pueda morir hoy mismo.

La tercera parábola es la del administrador fiel y sabio que está listo para dar buenas cuentas sobre los bienes que le ha confiado su señor en administración: "Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si este siervo piensa: Mi amo tardará en llegar y empieza a maltratar a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente". Para san Lucas el error fundamental del cristiano es pensar: "el Señor tardará en llegar" y de esto se sigue el descuido, la indiferencia, los vicios y la pérdida de los valores fundamentales.

Si la vigilancia y la espera son las virtudes dominantes en la primera y tercera lectura, la fe es la que sostiene esa vigilancia y esa espera según la carta a los Hebreos. La fe no es presentada teóricamente sino encarnada en los grandes personajes del Antiguo Testamento. La fe es "garantía" y "fundamento" para permanecer vigilantes y en la espera de los bienes futuros e invisibles, sólo así se pueden ver y saludar con gozo desde lejos. De esta fe se alimenta la esperanza... de Abraham que espera un hijo imposible y teniéndolo está dispuesto a sacrificarlo porque espera y cree que "Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos". Esta fe es la que los alimentaba para "vivir como extranjeros en tiendas de campaña en la tierra prometida porque esperaban la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor es Dios".

Hace unos días un personaje público declaraba que no podemos vivir sin utopías, sin esperanza, sin sueños, y aquí tenemos delante de nosotros a San Juan Bosco a quien sus compañeros lo apodaron “El Soñador”. No podía ser de otra manera. Don Bosco desde los 9 años hasta los 71 sueña y sueña mucho más de lo que cuenta. Su vida, sus actividades, sus obras no se explican sin sus sueños. Sus sueños le descubren su vocación, le orientan en sus decisiones; lo guían en su papel de fundador indicándole los pasos a seguir y le descubren el porvenir de sus obras y las situaciones a evitar, le impulsan a lanzar a sus hijos por el mundo en expediciones misioneras, mostrando horizontes de trabajo en América, Asia, África, Oceanía. Algunos responden a situaciones históricas políticas y religiosas. Hay sueños audaces con profecías referentes a autoridades civiles y eclesiásticas. Muchos a través de símbolos, narraciones y parábolas expresan su pensamiento pedagógico espiritual y moral.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=1592Domingo, Agosto 08, 2010 13:30 hrs.
Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C. Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de MéxicoCon frecuencia venimos escuchando que la era cristiana ya ha sido superada, que nuevas filosofías, nuevos principios éticos y nuevas espiritualidades han llegado, que la Nueva Era, la New Age, es la que puede satisfacer las inquietudes del hombre de la postmodernidad. Aceptar esto es aceptar que Cristo Jesús ya ha sido superado y que su doctrina y sus criterios ya no son respuesta en las circunstancias actuales. Este juicio negativo sobre el cristianismo puede tener un doble origen: o la humanidad ha endurecido el corazón y ha cerrado las puertas al Salvador y se han ido tras los ídolos del mundo o nosotros los cristianos hemos desfigurado el cristianismo y hemos sido incapaces de transmitir la Buena Nueva en forma atrayente y convincente.

Quizá la narración de Sadhu Sundar, autor indio, nos ayuda a hacer un examen de conciencia: “Un día estaba yo sentado cerca del Himalaya a la orilla de un río. Saqué del agua una piedra hermosa, dura, redonda y la rompí. Su interior estaba completamente seco. Esta piedra hacía mucho tiempo que estaba en el agua, pero el agua no había penetrado en ella”. Lo mismo nos puede ocurrir a nosotros, de hondas y profundas tradiciones cristianas, pero con el riesgo de que los valores evangélicos no penetren nuestro interior, el corazón de nuestra cultura y que se quede sólo en ciertas celebraciones o ritos. La falla no es del cristianismo, sino de nosotros que le cerramos el corazón al Agua Viva que es Cristo Jesús.

Afortunadamente en nuestros días hay muchos signos claros de que el cristianismo sigue siendo liberador y transformador de los corazones y de las estructuras de este mundo cuando lo tomamos en serio y actualizamos la misión que Jesús hace a sus discípulos. El Evangelio sigue siendo una semilla fecunda, una energía superatómica, capaz de conmover al mundo contemporáneo, con tal de que sepamos presentarlo con toda su fuerza sin mutilarlo ni desfigurarlo. Hay muchos evangelizadores muy conocidos como Su Santidad Juan Pablo II, la hermana Teresa de Calcuta o el Padre Pío de Pieltrecina. Hay otros que desde la oscuridad y el silencio no muestran la capacidad salvadora de la Buena Nueva.

Hemos escuchado que cuando Jesús envía a sus discípulos a proclamar la Buena Nueva les encarga especialmente tres cosas: anunciar la paz, sanar a los enfermos y predicar el Reino de Dios. Si penetramos en el contenido de la Palabra Shalom –paz- nos daremos cuenta de que Jesús nos envía para anunciar, desear y procurar a todos los hombres “el conjunto de bienes espirituales y materiales necesarios y convenientes para la vida humana”. Ser constructores de la paz necesariamente debe traducirse en un trabajo serio y constante por crear un clima de justicia y amor donde florezca la paz de una convivencia verdaderamente humana y no simplemente una ausencia de guerra. Esta semana los tambores de guerra han sonado fuertemente en nuestra Patria. Nuestros esfuerzos por la paz deben de redoblar.

Si para alguno no queda claro que ser artífice de la paz lleva el compromiso de luchar por condiciones más humanas, Jesús con toda claridad nos pide a sus discípulos preocuparnos, no sólo por las almas, sino por los cuerpos enfermos. Él mismo practicó esa manera de amar, que es socorrer las miserias corporales, y no sólo con un fin apologético, para demostrar que era Dios, sino porque le brotaba del corazón resucitar al Hijo de la viuda y a la hija de Jairo, se conmovía al ver las multitudes hambrientas, se compadecía ante los ciegos, paralíticos y leprosos.

La Iglesia no está en competencia con ninguna autoridad ni está supliendo lo que debe hacer la sociedad civil, la Iglesia simple y sencillamente quiere ser fiel a su maestro y por eso se preocupa por los niños de la calle y sale a su encuentro con variados esfuerzos, se preocupa por los ancianos y por eso va estableciendo asilos, techos fraternos y otros centros asistenciales; se preocupa de los enfermos y por eso fue la pionera en nuestro continente en hospitales y continúa no sólo en hospitales sino con infinidad de dispensarios; se preocupa de los que tienen hambre y por eso el Banco de Alimentos y otros muchos centros en donde los hambrientos tienen un poco de pan; se preocupa de la educación y por eso no sólo establece colegios sino que en tantas parroquias de nuestra gran ciudad se preocupa de la educación. De muchas y diversas maneras la Iglesia está presente para curar las llagas del cuerpo social en obediencia a su Señor que la ha enviado a curar a los enfermos.

Pero los discípulos de Jesús no podemos quedarnos en una mera filantropía natural, en un humanismo chato de alcances meramente temporales. Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios, que ciertamente tiene su dimensión terrena, pero también su dimensión espiritual y eterna. El cristiano no puede quedarse en el mesianismo comunista ni en el materialismo capitalista, tiene que trascender y llevar la Buena Nueva para que todo ser humano busque los caminos del Espíritu y su realización completa en la Patria Celestial.

El seguidor de Cristo, ante todo, debe buscar el Reno de Dios y su justicia. Debe preocuparse de que la salvación traída por Cristo llegue a todas las realidades temporales, pero sin olvidar jamás esa vertiente infinita del corazón humano hambriento de verdad, de bien y de felicidad eterna. Si de verdad queremos ser dignos sucesores de aquellos 72 discípulos de Jesús, vayamos por la vida como constructores de paz, como promotores de salud y de vida, como propagadores del Reino de Dios. De esta manera comprobaremos que el Cristianismo, lejos de haber pasado de moda, sigue siendo la teoría y la praxis más apta para satisfacer las necesidades temporales y eternas de los hombres de la postmodernidad, porque el cielo y la tierra pasarán pero las palabras y la persona de Cristo no pasarán.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=738Sun, 04 Jul 2010 00:00:00 GMT
Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Clausura del Año Sacerdotal“El hombre que recibe y lleva el carisma de Dios es un servidor suyo, un débil y, hasta en las supremas realizaciones, un frágil servidor en que lo iluminador no es la persona, sino el testimonio, la misión, el misterio” (HANS URS VON BALTHASAR: Teresa de Lisieux. Historia de una misión. Herder, Barcelona, 1964, pág. 23).

Al inicio de este siglo Juan Pablo II nos recordaba esta escena evangélica: Un día, Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar: “Duc in altum!” (Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. “Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces” (Lc 5,6).

Al clausurar la celebración del Año Sacerdotal hagamos la experiencia que hizo San Juan María Vianey durante toda su vida: Se entrego al ejercicio de su ministerio confiando no en sus propias capacidades sino en el poder de Aquel que lo había llamado.

Hagamos la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada” (Lc 5,5). Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase por nosotros con toda su fuerza: Duc in altum!

La vocación es un don de Dios para el llamado y para la Iglesia y no sabemos la trascendencia que va a tener. Lo que sí sabemos es que a nosotros nos toca vivir con la disposición de saber que será Dios el que va a actuar a través de nosotros, somos sus instrumentos.

La vocación sacerdotal comienza en Dios. A nosotros sólo nos toca responder con generosidad, estorbar lo menos posible. Los problemas comienzan cuando nosotros queremos dirigir nuestra vida según nuestros criterios, no dejamos que sea Dios el que lo haga. Es la diferencia que hay entre meterse en los planes de Dios o meter a Dios en nuestros planes. El Joven Rico es el ejemplo de quien mete a Dios en sus planes, pero no está dispuesto a meterse en los planes de Dios. Cuenta con Dios, vive sus mandamientos, es un hombre de bien, pero no está dispuesto a abandonar sus seguridades humanas para lanzarse a lo que el Señor le pide.

Oyendo al profeta Ezequiel nos queda claro que somos llamados a hacer presente al mismo Cristo. “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas… Yo mismo apacentaré a mis ovejas; yo mismo las hare reposar…” Vocación sublime: “hacer presente al mismo Cristo”. “Hacer presente la obra de la salvación realizada por Cristo”.

La salvación que ofrece la Iglesia es radicalmente distinta a las demás. Es la salvación de Cristo que pasa por la aniquilación del yo en la obediencia del amor. Paradójicamente, esa es la única forma de realizar y salvar el yo. Cuando la voluntad de Dios se adueña del hombre, el hombre se enriquece y se acerca al amor de Dios, vive la infancia espiritual de Santa Teresa de Lisieux.

Pedro reaccionó negativamente ante la insinuación de la cruz y la derrota porque cree que Cristo debe salvar al mundo con su poder, con el poder que ha visto en el lago y en la multiplicación de los panes. No percibe que la salvación de Cristo se radica en la entrega absoluta por amor. No comprende que Cristo hace volver a Dios a toda la Creación a través de la obediencia amorosa que rompe la desobediencia de Adán y Eva. Ellos, instigados por Satanás, llegaron a desconfiar de Dios y sospecharon de la bondad de sus mandatos. Cristo devuelve el amor a la Creación redimiéndola con la entrega absoluta de Sí mismo, que es el mayor gesto de amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Hoy en la Fiesta del Sagrado Corazón San Pablo nos ha recordado: “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado… y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros”.

El sacerdote es quien presenta en su vida de un modo eminente esa ley del amor. A Él le toca mostrar el amor de Cristo al ser humano, a cada ser humano, sin distinción de razas y lenguas, de recursos económicos o de posición social. Este es, sin lugar a dudas, el mejor medio para transmitir a Cristo a las almas. Una de las más hermosas páginas de espiritualidad con¬temporánea que conocemos sobre la mansedumbre evan¬gélica subraya el valor de esa actitud de amor sin impacien¬cia, en lo sobrenatural y en lo humano, que debe ser propia del sacerdote de hoy y de siempre: “los mansos, que siguen verdaderamente a Jesucristo y que en toda situación permanecen fieles a la desintegración por el amor de Él, son los que alcanzarán la tierra de promisión, la felicidad eterna. Pero también en la tierra serán irresistibles, pues a ellos está reservada la verdadera victoria sobre el mundo. Ellos son los que salen al encuentro de toda maldad con las armas de la luz, que nunca se dejarán dominar por las leyes propias del “mundo”, que oponen a toda enemistad el amor inquebrantable, lleno de soltura y de bondad. La verdadera mansedumbre es el testimonio de aquel estar anclado en lo sobrenatural, de aquella verdadera libertad extrema del amor paciente, que se complace en servir, del amor que salva al mundo” (DIETRICH VON HILDEBRAND, Nuestra transformación en Cristo, Rialp, Madrid, 1953, págs. 221-222).

Ese amor es el que movió a Jesús saliendo a buscar a la oveja perdida, ese amor es el que alegra el corazón del sacerdote cuando cansado llega a su casa y explota diciendo: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido”.

Cristo, en su kénosis, se revela en la debilidad. Se acerca al hombre débil. El sacerdote, cuando experimenta su debilidad, puede tomar dos actitudes: la del desánimo y el desaliento por pensar que es presa del mal y que no podrá nunca realizar su misión sacerdotal, y se encierra en sí mismo; o bien, puede darse cuenta de que necesita de Dios, de que por sí solo no es nada y necesita vivir más unido a la Vid   (Cf Jn 15,1-8), hacer más oración, incrementar su vida de unión de Dios. En esta segunda actitud, la debilidad se convierte en acicate de entrega e identificación más profunda con su identidad sacerdotal; el sacerdote vuelve a ser homo Dei.

La Iglesia mira a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: “Tú sabes que te quiero”    (Jn 21,15; 21,17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él: Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia (Fil 1,21).

Nuestro problema es el problema de los discípulos de Emaús: Cristo no correspondió a lo que esperaban. Pedro esperaba un Mesías poderoso que siguiera haciendo grandes signos, como cuando calmó la tempestad en el Lago de Tiberiades, y se encuentra con un hombre apresado sin oponer resistencia, humilde, con una aparente incapacidad de reacción que le desconcentra. ¿Por qué domina el mar y no se defiende de un puñado de hombres?

Jesús, ahora, después de la resurrección, le pregunta sobre el amor, no si ya tiene clara cuál es su identidad, si ya le conoce bien, si ya se ha dado cuenta de cuál es su misión. Es un sencillo: “¿me amas?”. El amor a Él es lo que tiene que sobresalir y destacar en quien va a estar dedicado a pastorear a sus ovejas.

Conscientes de la presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de Pentecostés: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” (Hch 2,37). Pedro es desde entonces, nuestra Roca, nuestra luz para vivir la vocación a la que Dios nos ha llamado. Asistido por el Espíritu Santo, en su misión de Vicario de Cristo, guía, santifica y enseña a la Iglesia; guía, santifica y enseña a los sacerdotes. Pedro es la roca de nuestro amor a Dios, nuestra garantía de saber que estamos con el Señor, que somos fieles a su Palabra.

“Jamás podremos formarnos exactamente una conciencia adecuada del gran don que nos ha hecho el Señor con el sacerdocio, pero la búsqueda inago¬table de lo que somos en virtud del sacerdocio, es uno de los aspectos admirables y fecundos del sacerdocio mismo”   (G. B. MONTINI -luego Papa Pablo VI-, Alocución, Milán, 21 de junio de 1958). En esta búsqueda, Pedro es la Roca. Antes que a los teólogos que hacen furor, o al pensamiento que pueda ofrecer la sociedad sobre qué es el sacerdocio, hay que mirar a Pedro, faro que guía nuestra vida, roca segura para edificar con ella la entrega diaria del ministerio sacerdotal. Hoy con Benedicto XVI clausuramos el Año Sacerdotal y movidos por la fe y el amor de Pedro a Jesucristo reafirmamos nuestro compromiso con la Misión Continental.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=786Fri, 11 Jun 2010 00:00:00 GMT
Palabras Finales en la Fiesta del Corpus ChristiEstamos en medio de un mundo deshumanizado. Cuando el hombre no encuentra al hombre, pierde a Dios. La Eucaristía es fuente de humanización: el Verbo encarnado baja del cielo para encontrarse cara a cara con sus hermanos los hombres, y camina con ellos, los guía de la mano para no sucumbir. Pero cuando la persona humana no quiere tomar esa mano, se hunde irremediablemente. El hombre actual, sin frenos ni ataduras, vive ahogado en el error y la mentira, en la cultura de la muerte, en la irracionalidad del poder, en la cruel locura de la guerra, en el crimen y en la impunidad de la corrupción. El hombre ha perdido al hombre y se encuentra con la cara de la muerte y venera a la misma muerte y no al resucitado.

Hay que limpiar esta atmósfera envenenada que sutilmente nos va matando, que mata la inocencia, la gracia y el temor de Dios. Todo se nos convierte en arrogancia de la vida y en la molicie de los sentidos. Ignoramos la nobleza de nuestra personalidad, y la degradamos desenfadadamente; no pensamos ya más en nuestra sublime vocación de hombres y mujeres, semejanza del Dios Invisible.  Nos encanta más el lodo de la depravación.  Este hombre que nos rodea se pregunta, insistentemente, si existe el pecado o es una palabra vacía que se nos inculcó para engañarnos; si existe el bien y el mal, si hay que romper los tabúes antiguos porque todo nos está permitido.  ¿Estaremos viviendo un mundo irremediablemente absurdo? Sin la presencia de Dios, probablemente así podría suceder.

¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe? Nos interpela el Señor.  Yo soy la Presencia, yo soy el Poder, Yo la clemencia, Yo soy la misericordia. “Vengan a mí los que estén cansados”. Y venir a Dios, significa el aceptar la cruz de cada día y recuperar el gozo de la vida. Vengan a mí y cómanme, bébanme y yo los haré verdaderos hombres Aquí estoy hecho Pan de Vida y sangre de misericordia para el hambre y sed del mundo. Vengan, no tengan miedo, yo he vencido al mundo y le he extirpado el aguijón a la muerte.

No todo está perdido. Existe en torno nuestra mucha santidad, mucha humildad, mucha oración. Hay muchas religiosas que día y noche están postradas ante Jesús Sacramentado orando por el Pueblo de Dios; almas sometidas a la penitencia y al sacrificio. Hay catequistas y evangelizadores parroquiales que llevan el evangelio a nuestros niños a costa de innumerables sacrificios: hoy los bendigo y los felicito.  No todos es desastre: matrimonios de vida ejemplar en sus hogares, que educando en el temor de Dios a sus hijos, que soportando los trabajos cotidianos y, a veces, las estrecheces económicas, les dan una carrera para su futuro. No toda la gente de la política, ni del poder ni de la enseñanza está perdida. Maestros responsables que engendran alumnos para la sociedad y para la Iglesia. Investigadores que no atentan contra el misterio de la vida. Doctores y enfermeras que no se prestan al homicidio. Campesinos, obreros, empleados, empresarios que gastan y desgastan su vida para construir un México más digno, Políticos que van contra corriente para dar testimonio de la verdad y se comprometen con los pobres sin populismos.

Cristianos y cristianas maduras, nuestros jóvenes, se preparan para construir un país mejor, y tratan de vivir sin las seducciones del placer.  Nuestros niños viven su inocencia. Y sin embargo, lo que más sobresale y se resalta es esa realidad oscura del mal.  Pero el bien siempre triunfará, aunque la bondad pase desapercibida.  Si nuestro mundo no se ha desplomado es por tanta plegaria y oblación que sube desde este valle de lágrimas hacia el Reino de la Gracia y de la Belleza de Dios.

Hoy hemos celebrado a Jesús Sacramentado. Pan sagrado y Vino de salvación. Hoy ha sido la fiesta de Corpus Christi. Y pido, hermanos y hermanas, orar por todo el pueblo santo de Dios, por las instituciones de la Iglesia Universal y especialmente por nosotros los sacerdotes para que seamos dignos ministros de la Eucaristía y de los demás sacramentos y sobre todo dignos servidores del Pueblo de Dios que se nos ha confiado.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=815Thu, 03 Jun 2010 00:00:00 GMT
Homilía Pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México, Solemnidad de la Santísima Trinidad.Nuestra vida de cristianos está ligada inexorablemente al misterio de la Santísima Trinidad. Toda nuestra existencia se desarrolla en su nombre y en diálogo con las Tres Divinas Personas. Recién nacidos fuimos consagrados en las aguas bautismales al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Los acontecimientos importantes, el comienzo de cada día, la celebración de todos los sacramentos y especialmente de la Eucaristía, siempre son precedidos por la invocación de la Trinidad santa y eterna y esperamos que nuestro paso de esta vida a la vida definitiva también esté marcado por el misterio Trinitario.

La Trinidad es un misterio, sí, pero un misterio "revelado" y revelado para nuestra salvación y no un acertijo para hacer piruetas intelectuales o propuestas matemáticas incomprensibles. Es un misterio de la condescendencia divina en donde Dios nos revela su vida íntima y en donde se nos revela también el misterio del hombre ya que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Las mismas expresiones que utilizan los evangelios para hablar de las tres Divinas Personas nos hablan de esta "condescendencia" divina, de este "descender-con", venir a vivir con, morar con, adaptarse a: "He descendido del Padre y he venido al mundo...; Dios ha mandado a su hijo al mundo.

El Padre y yo vendremos y pondremos nuestra morada. El Espíritu vendrá a ustedes y pondrá su morada en ustedes.

La revelación de este Misterio es la novedad más grande que Jesucristo nos ha traído. El pueblo elegido adoraba a un solo Dios, a Yavhé, como quien dice, conocía la unidad absoluta de Dios pero no la distinción. Los pueblos paganos adoraban muchos dioses, es decir, conocían la distinción pero no la unidad. Cristo nos descubre la absoluta unidad de Dios y al mismo tiempo la diversidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, o dicho de otra manera, nos conduce al conocimiento de una pluralidad y de una comunión de personas en Dios. El Dios de Jesucristo es Trinidad, porque Dios es amor y el amor por su misma naturaleza se difunde, se comunica, no puede permanecer encerrado en sí mismo. "El Padre y yo somos una misma cosa", responde Jesús a Felipe cuando este le pide que le muestre al Padre; "somos", manifiesta la pluralidad, "una misma cosa", indica la absoluta unidad en Dios.

Es cierto que Dios es amor y que el amor tiende a difundirse, a comunicarse y esto se realiza en las tres divinas personas en relación a nosotros en forma que jamás el hombre podría imaginar: El Padre, el Hijo y el Santo Espíritu, no sólo se comunican con nosotros y nos dan sus dones, sino que quieren poner su morada en nosotros, habitar en nosotros y que nosotros seamos sus templos vivos, y aún más, estamos llamados a participar de su misma vida divina en la plenitud de su gloria, en donde se enjugarán las lágrimas de nuestros ojos y contemplaremos las tres Divinas Personas, ya no en signos y figuras como ahora, sino tal y como son, y cantaremos eternamente su alabanza.

Esta es nuestra vocación, esta es nuestra esperanza, nuestra relación con el misterio trinitario es algo tan vivo y dinámico que le da sentido a nuestra existencia y a nuestro caminar por este mundo.

A la mayoría de nosotros quizá nos pasa lo mismo que a los discípulos de Emaús, caminaban con Jesús y no lo reconocían. Nosotros, aunque invocamos continuamente a la Santa e Indivisa Trinidad y aunque sabemos que a ella fuimos consagrados, sin embargo no somos tan conscientes de su presencia en nosotros como algunos de los santos que pasaban sus días en diálogo íntimo y continuo con las Tres Divinas Personas, así Santa Teresa virtualmente moraba en un castillo en constante compañía con la Santa Trinidad: su castillo interior, más real y trascendente que las realidades virtuales que ahora podemos construir; o como Sor Isabel de la Trinidad que convencida nos dice: "Yo he encontrado el cielo en la tierra, porque el cielo es la Trinidad y la Trinidad está dentro de mí".

Pero el misterio trinitario no nos lleva sólo a vivir una espiritualidad íntima y trascendente, también nos lleva necesariamente a la comunicación y a la auténtica relación con las demás personas. Por ser imagen y semejanza de Dios, estamos programados para vivir en relación. Sólo podremos realizarnos plenamente como imagen y semejanza de Dios viviendo comunitariamente, como en círculos concéntricos que van desde la familia, el barrio, la escuela, el trabajo, para comprometernos en agrupaciones y en redes vitales con la gran ciudad, la comunidad nacional e internacional. A nivel familiar, los miembros de un hogar estamos llamados a reproducir la entrega entre el Padre y el Hijo por el Espíritu de Amor. Padres, hijos y hermanos y familiares debemos tener como meta volcarnos, darnos, entregarnos, salir de nosotros mismos para buscar el bien y la alegría de los demás. No basta con ser "una sola carne" y tener la misma sangre en las venas, hay que ser también un solo corazón.

Afortunadamente en los diversos estratos sociales - profesión, ciudad, nación, comunidad internacional- ya se ven serios intentos de superar los dos sistemas o ideologías en que se quería encajonar a nuestro mundo: el individualismo a costa de la comunidad con un liberalismo salvaje y el colectivismo a costa de la persona con un marxismo represor. El misterio de Dios Uno y Trino nos enseña, que el bien comunitario es en definitiva también el bien de cada uno de nosotros, que el correcto concepto de persona y de comunidad no tienen por qué oponerse, que el yo y el nosotros se puede conjugar. El deseo de Cristo nos lleva a traducir en caminos concretos de unidad y comunicación el misterio trinitario: "Que todos sean uno, como tú, Padre, y yo, somos uno", por el amor, por el Espíritu Santo.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=823Sun, 30 May 2010 00:00:00 GMT
Homilía Pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de MéxicoNuestra vida de cristianos está ligada inexorablemente al misterio de la Santísima Trinidad. Toda nuestra existencia se desarrolla en su nombre y en diálogo con las Tres Divinas Personas. Recién nacidos fuimos consagrados en las aguas bautismales al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Los acontecimientos importantes, el comienzo de cada día, la celebración de todos los sacramentos y especialmente de la Eucaristía, siempre son precedidos por la invocación de la Trinidad santa y eterna y esperamos que nuestro paso de esta vida a la vida definitiva también esté marcado por el misterio Trinitario.

La Trinidad es un misterio, sí, pero un misterio "revelado" y revelado para nuestra salvación y no un acertijo para hacer piruetas intelectuales o propuestas matemáticas incomprensibles. Es un misterio de la condescendencia divina en donde Dios nos revela su vida íntima y en donde se nos revela también el misterio del hombre ya que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Las mismas expresiones que utilizan los evangelios para hablar de las tres Divinas Personas nos hablan de esta "condescendencia" divina, de este "descender-con", venir a vivir con, morar con, adaptarse a: "He descendido del Padre y he venido al mundo...; Dios ha mandado a su hijo al mundo.

El Padre y yo vendremos y pondremos nuestra morada. El Espíritu vendrá a ustedes y pondrá su morada en ustedes.

La revelación de este Misterio es la novedad más grande que Jesucristo nos ha traído. El pueblo elegido adoraba a un solo Dios, a Yavhé, como quien dice, conocía la unidad absoluta de Dios pero no la distinción. Los pueblos paganos adoraban muchos dioses, es decir, conocían la distinción pero no la unidad. Cristo nos descubre la absoluta unidad de Dios y al mismo tiempo la diversidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, o dicho de otra manera, nos conduce al conocimiento de una pluralidad y de una comunión de personas en Dios. El Dios de Jesucristo es Trinidad, porque Dios es amor y el amor por su misma naturaleza se difunde, se comunica, no puede permanecer encerrado en sí mismo. "El Padre y yo somos una misma cosa", responde Jesús a Felipe cuando este le pide que le muestre al Padre; "somos", manifiesta la pluralidad, "una misma cosa", indica la absoluta unidad en Dios.

Es cierto que Dios es amor y que el amor tiende a difundirse, a comunicarse y esto se realiza en las tres divinas personas en relación a nosotros en forma que jamás el hombre podría imaginar: El Padre, el Hijo y el Santo Espíritu, no sólo se comunican con nosotros y nos dan sus dones, sino que quieren poner su morada en nosotros, habitar en nosotros y que nosotros seamos sus templos vivos, y aún más, estamos llamados a participar de su misma vida divina en la plenitud de su gloria, en donde se enjugarán las lágrimas de nuestros ojos y contemplaremos las tres Divinas Personas, ya no en signos y figuras como ahora, sino tal y como son, y cantaremos eternamente su alabanza.

Esta es nuestra vocación, esta es nuestra esperanza, nuestra relación con el misterio trinitario es algo tan vivo y dinámico que le da sentido a nuestra existencia y a nuestro caminar por este mundo.

A la mayoría de nosotros quizá nos pasa lo mismo que a los discípulos de Emaús, caminaban con Jesús y no lo reconocían. Nosotros, aunque invocamos continuamente a la Santa e Indivisa Trinidad y aunque sabemos que a ella fuimos consagrados, sin embargo no somos tan conscientes de su presencia en nosotros como algunos de los santos que pasaban sus días en diálogo íntimo y continuo con las Tres Divinas Personas, así Santa Teresa virtualmente moraba en un castillo en constante compañía con la Santa Trinidad: su castillo interior, más real y trascendente que las realidades virtuales que ahora podemos construir; o como Sor Isabel de la Trinidad que convencida nos dice: "Yo he encontrado el cielo en la tierra, porque el cielo es la Trinidad y la Trinidad está dentro de mí".

Pero el misterio trinitario no nos lleva sólo a vivir una espiritualidad íntima y trascendente, también nos lleva necesariamente a la comunicación y a la auténtica relación con las demás personas. Por ser imagen y semejanza de Dios, estamos programados para vivir en relación. Sólo podremos realizarnos plenamente como imagen y semejanza de Dios viviendo comunitariamente, como en círculos concéntricos que van desde la familia, el barrio, la escuela, el trabajo, para comprometernos en agrupaciones y en redes vitales con la gran ciudad, la comunidad nacional e internacional. A nivel familiar, los miembros de un hogar estamos llamados a reproducir la entrega entre el Padre y el Hijo por el Espíritu de Amor. Padres, hijos y hermanos y familiares debemos tener como meta volcarnos, darnos, entregarnos, salir de nosotros mismos para buscar el bien y la alegría de los demás. No basta con ser "una sola carne" y tener la misma sangre en las venas, hay que ser también un solo corazón.

Afortunadamente en los diversos estratos sociales - profesión, ciudad, nación, comunidad internacional- ya se ven serios intentos de superar los dos sistemas o ideologías en que se quería encajonar a nuestro mundo: el individualismo a costa de la comunidad con un liberalismo salvaje y el colectivismo a costa de la persona con un marxismo represor. El misterio de Dios Uno y Trino nos enseña, que el bien comunitario es en definitiva también el bien de cada uno de nosotros, que el correcto concepto de persona y de comunidad no tienen por qué oponerse, que el yo y el nosotros se puede conjugar. El deseo de Cristo nos lleva a traducir en caminos concretos de unidad y comunicación el misterio trinitario: "Que todos sean uno, como tú, Padre, y yo, somos uno", por el amor, por el Espíritu Santo.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=72430 de Mayo de 2010, Solemnidad de la Santisima Tri
Homilía Pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C. Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana. Los discípulos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios”. El motivo de nuestra alabanza y de nuestro gozo grande ya lo hemos expresado en la oración colecta: “ya que su triunfo es también nuestra victoria, pues a donde llegó él, nuestra cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros, que somos su cuerpo”.

Sin duda alguna la Ascensión de Jesús a los cielos tiene mucho de final feliz, de apoteosis, de acorde triunfal, después de la sinfonía de su vida y el trágico drama de su pasión y su muerte. Era necesario que el Cristo humillado y paciente recibiera de Dios su Padre la glorificación definitiva, que se manifiesta en la Resurrección, y su soberanía sobre todo lo creado, que con claridad revela el misterio de la Ascensión, ya que por él y para él fueron creadas todas las cosas. El hombre contemporáneo, que ya dio pequeños pasos en la conquista de todo lo creado, ciertamente debería ser el más capacitado para comprender la soberanía del Hombre-Dios sobre el universo, ya que no puede tener la soberbia de creerse dueño de algo que apenas comienza a descubrir.

Las imágenes tan vivas con las que La Escritura nos describe el acontecimiento de la ascensión nos ayudan a comprender algo del misterio. La nube que va ocultando a Jesús de la mirada de los apóstoles es, como tantas veces en la Biblia, un símbolo de Dios, misterioso e impenetrable a nuestras miradas. El ingreso de Cristo en la nube es la vuelta al Padre, el regreso al seno de Dios, para manifestar esa divinidad que le pertenece, pero que había quedado velada por la encarnación. El sentarse a la derecha del Padre es compartir en plano de igualdad los atributos divinos. Esto y mucho más nos revelan la imaginería con que se nos presenta el misterio de la Ascensión y nos invita a alegrarnos ante el triunfo tan merecido de Aquel que por amor dio su vida por nosotros.

Pero si la fiesta de la Ascensión nos revela abiertamente el triunfo de Cristo y nuestro destino final, no con menos claridad, nos revela también nuestra vocación terrena, lo que tiene que ser nuestra vida cristiana sobre la tierra. Cristo asciende a los cielos, no lo podemos contemplar físicamente, desaparece el Jesús histórico, pero aparece el Cristo místico. Se queda en medio de nosotros a través de su Iglesia: “Ustedes serán mis testigos”. “Ustedes son el cuerpo de Cristo”. ¡Qué vocación tan sublime! ¡Qué responsabilidad tan grande! Ser el rostro de Cristo, ser la presencia visible del que ha

subido a lo más alto de los cielos, “del que está por encima de todos los ángeles, principados, potestades, virtudes y dominaciones, y por encima de cualquier persona, no sólo del mundo actual sino también del futuro”. Esto sobrepasa a cualquier capacidad humana, por eso es necesario “ser bautizados con el Espíritu Santo”.

Esta es una de las grandes lecciones de la Ascensión de Jesús. No podemos quedarnos sólo contemplando el cielo, sino volver la mirada al suelo, después de cargar nuestras pupilas con la figura de Jesús, porque aquí y ahora es donde está nuestro puesto, antes de llegar a la meta definitiva: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?” Henri de Lubac lo dice en forma muy concisa: “Nuestra fe es una exigencia para el presente, antes que una esperanza para el futuro”. Es en el tiempo y en la tierra donde debemos demostrar que Cristo sigue vivo, porque nosotros sus miembros nos ocupamos en extender por todas partes su mensaje de fraternidad y su ejemplo de entrega al bien común. O como hermosamente lo ha dicho Su Santidad en la clausura del Consistorio: “Contemplar el cielo no significa olvidar la tierra.la contemplación cristiana no nos impide el compromiso histórico”.

Así, la Ascensión, no es en primer lugar una cita con la añoranza del cielo, sino un estímulo para la acción sobre la tierra. Los cristianos debemos estar aquí, en nombre de Cristo, para intentar que las piezas cada vez más complicadas del mapamundi, en sus relaciones familiares, sociales, económicas y políticas, resulten cada vez más humanas, más conformes al proyecto original del creador y más conforme al modelo de fraternidad que Cristo nos dejó. Desde luego, está llamada a la encarnación y al compromiso cristiano en la historia, como consigna de Jesús en su Ascensión, va unida a la invitación a la contemplación y a la espera del lugar que él ha ido a prepararnos.

La fiesta de la Ascensión del Señor, además de estar invadida de una grande y solemne acción de gracias y de una desbordante alegría, es un llamado claro a la esperanza y al realismo ya que la vida del que ha sido llamado por Cristo para ser su testigo, su rostro, debe estar anclada y comprometida con el mundo y con su historia, sin caer en espiritualismos y escapismos, pero al mismo tiempo contemplando la “tierra prometida”, impulsando el éxodo final hacia un nuevo orden mundial, hacia el cielo nuevo y la tierra nueva. Debe ser signo del hombre nuevo, fruto de la resurrección del Señor, anunciar la paz que el mundo no puede dar, proclamar la justicia coronada por el amor y siempre cargado de esperanza y alegría. El testigo de la resurrección no puede ser un hombre gris, pesimista y desconfiado; debe soñar, imaginar, tener un poco de sana utopía y sobre todo comprometerse con la “ascensión” de la humanidad para que en todos aparezca la dignidad que tenemos de hijos de Dios y herederos del cielo.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=867Lunes, 16 de Mayo de 2010
Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C. Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.Jesús ya había asegurado a sus discípulos: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”, “No los dejaré huérfanos”. Hoy hemos escuchado la forma concreta cómo Jesús se hará presente con sus discípulos hasta el fin de los siglos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”, “Mi Padre les enviará en mi nombre al Consolador, al Espíritu Santo, y Él les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”.

Nuestro Dios no es un Dios distante, sino presente, ha puesto su morada entre nosotros y en frase de San Agustín, nuestro Dios es “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”. Para que esa presencia se realice en nosotros basta con amar a Jesús, y el que ama a Cristo guarda su palabra. Tendremos a Dios en el corazón cuando amemos a Jesús. Y amaremos a Jesús si amamos a los hermanos.

Los discípulos de Jesús no podemos vivir ni en el miedo ni en la desesperación, ya que “Dios está con nosotros, y si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. A través de veinte siglos muchos son los que han anunciado la desaparición de la Iglesia. Su predicción o anhelo ya se habría cumplido si no estuviera de por medio la acción permanente del Espíritu Santo como el que guía y anima a la comunidad fundada por Jesús. Esa misma Iglesia continuamente se renueva por el poder del mismo Espíritu, la renovación es esencial en su historia, ya que un organismo vivo es un ser cambiante, y la Iglesia cambia por obra y gracia del Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”, como lo proclamamos en el Credo.

El Espíritu Santo es el Maestro que nos enseña todas las cosas y nos va recordando lo que Jesús ya proclamó en su evangelio. El papel del Espíritu Santo es actualizar el mensaje de Jesús. Él hace que adquieran nuevo sentido y nuevo impacto las palabras que quizá ya hemos escuchado miles de veces. En la primera lectura de hoy, los Hechos de los Apóstoles nos han recordado algo fundamental en la vida de la Iglesia: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido” Así caminaron seguros los primeros discípulos de Cristo, el Espíritu Santo les mostraba el camino a través de la enseñanza de los Apóstoles, así caminamos seguros los cristianos del siglo veinte enseñados por el Espíritu Santo a través de los Sucesores de los Apóstoles. Por esto los cristianos valoramos, amamos y tratamos de cumplir las directrices del Magisterio ya que son una aplicación concreta del evangelio a nuestros tiempos y a nuestra cultura.

Conforme a la promesa de Jesús, el Espíritu Santo fue derramado sobre los Apóstoles reunidos en torno a María en el Cenáculo. En este ambiente pascual nosotros nos preparamos a celebrar, ya pronto, la fiesta de Pentecostés, convencidos de que el Espíritu del Señor está en medio de nosotros y nos impulsa a descubrir en los más profundos anhelos y problemas de los seres humanos el plan de Dios sobre la vocación del hombre en la construcción de la sociedad para hacerla más humana, justa y fraterna.

Ante la Virgen, Madre de Cristo y Madre nuestra, saludamos con inmenso respeto y cariño a todas las madres y deseamos que su humanísima y trascendental misión sea honrada, protegida y celebrada por nuestra sociedad civil y cristiana. En esta celebración tan cercana al 10 de mayo, rogaremos por toda mujer que en el amor y el dolor de la maternidad, ha sabido descubrir su más alto destino y su íntima relación con Nuestra Señora modelo de toda maternidad.

Rendir honor a nuestras madres quiere decir aceptar al ser humano en la plenitud de su verdad y en toda su dignidad ya que todo hombre y mujer comienza a serlo en las entrañas de su madre. Todo aquello que somos comienza ahí. La primera medida de la dignidad del hombre, la primera condición del respeto de los derechos inviolables de la persona humana, es el honor y el respeto debido a la madre. Es el culto a la maternidad. Hoy, gracias a los avances de la ciencia y de la técnica, tenemos conocimientos más profundos y precisos sobre los mecanismos biológicos, que determinan nuestro maravilloso comienzo en la vida; por eso es necesario que proclamemos con mayor firmeza nuestra convicción del comienzo humano- profundamente humano, de todo hombre, como el valor fundamental y la base de todos sus derechos.

Rendimos honor a la maternidad, porque ella es la expresión de la fe en el hombre. Experimentamos un gran gozo de hacerlo el 10 de mayo, en que todas las familias mexicanas hacen fiesta a aquella que es el corazón de nuestro hogar. La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular “comprende” lo que lleva en su interior.

Subrayamos el papel fundamental de la mujer como madre, defensora de la vida y educadora del hogar. También propugnamos porque nuestras madres se hagan más presentes en la realidades temporales aportando su ser propio de mujer para participar con el hombre en la transformación de la sociedad, por eso insistiremos en el valor del trabajo de la mujer en la sociedad, que no debe ser solamente satisfacción de necesidades económicas, sino instrumento de personalización y construcción de la nueva sociedad.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=701Sun, 09 May 2010 00:00:00 GMT
Homilia Dominical Pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C. Arzobispo Primado de México, Catedral MetropolitanaLa narración de la pasión de Jesucristo no es el final del evangelio sino el principio y fundamento de todas las demás narraciones que ahí encontramos. La historia de la pasión nos presenta una concordancia extraordinaria en la trama esencial de los hechos narrados por los cuatro evangelistas. Todos los intentos, a lo largo de los siglos, para descalificar la historicidad de los hechos han fracasado miserablemente. La maravillosa simplicidad, el tono narrativo, la ausencia de polémica, inclusive las mismas incoherencias que nadie ha tratado de eliminar, son un testimonio objetivo y de primera mano que nos acercan al hecho histórico de la pasión del Señor.

Continuamente los estudiosos y los críticos se han puesto las preguntas de ¿quiénes fueron los responsables de la muerte de Jesús? ¿Jesús murió por motivos religiosos o por motivos políticos? La misma Escritura nos da las respuestas: “Jesús cargó con nuestros pecados” y nuestros pecados llevaron a Jesús a la cruz: “Él fue condenado por nuestras iniquidades. Judas que traiciona, Pedro que reniega, Pilatos que se lava las manos, la gente que se calienta al fuego, los soldados que se dividen las vestiduras del condenado, los ladrones que lo acompañan en la cruz, no son personajes extraños a la pasión, ahí está la explicación de todo, nosotros estamos ahí representados de alguna manera. La muerte de Jesús no puede ser vaciada de su sentido religioso. No podemos negar nuestra responsabilidad buscando las culpas de otros.

En nosotros está la elección del personaje para acercarnos al drama de la pasión de Cristo: Podemos tomar la túnica del Cirineo para acercarnos a Cristo a ayudarle a cargar con la Cruz, podemos tomar el pañuelo de las mujeres que lloran al contemplar al condenado, podemos golpearnos el pecho como el centurión o estar junto a María en silencio al pie de la cruz o quizá nos quede mejor la vestidura de Judas, de Pedro, de Pilatos o de aquéllos que “contemplaban de lejos” esperando ver cómo terminaba la tragedia.

Los que asistimos a esta celebración sabemos que la historia de la pasión no ha terminado, somos conscientes que nos falta completar en nosotros lo que le faltó a la pasión de Cristo, que la pasión de Cristo se renueva en todo discípulo de Jesús que es perseguido por la justicia. La liturgia de hoy nos ha invitado a vivir en estos días los sufrimientos que Jesús cargó por nosotros en su cuerpo, en su alma y en su corazón, para así descubrir en esa historia de amor la grandeza de nuestra salvación.

Ante la pasión que continúa realizándose en nosotros y en nuestros hermanos ojalá y no nos contentemos con recordar piadosamente la pasión histórica de Jesús, sino que nos esforcemos por mitigar activamente las pasiones cercanas de los hombres que se cruzan por nuestro camino. Dichosos los que se conmueven y saben derramar afectivamente sus lágrimas por la pasión de Cristo, pero más dichosos si se conmueven y saben enjugar efectivamente el llanto de los hermanos que sufren: “Lo que han hecho con cualquiera de ellos, conmigo lo han hecho”. Esta Semana Santa hagamos nuestro el ideal de San Pablo: “Sufro en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia”. Sepamos convertir nuestro dolor, aparentemente infecundo, en medio de redención para nosotros y para los demás.

La narración de la pasión aparentemente termina con la piedra que cierra el sepulcro, pero nosotros sabemos que el dolor y la muerte no son la última palabra, Jesús ha resucitado y está sentado a la derecha del Padre. La Semana Santa será incompleta si no se vive en la fe y en la esperanza de la resurrección. Toda nuestra vida, en cierto sentido, debe ser semana santa, perseguidos por el dolor y la muerte, pero viviendo la alegría del triunfo definitivo que alcanzaremos en la resurrección.

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http://www.siame.mx/apps/aspxnsmn/templates/?z=31&a=651Sun, 28 Mar 2010 00:00:00 GMT