Ángelus Dominical

P. Eduardo Lozano

A DECIR VERDAD, me quedé “picado” con lo que escribí el domingo pasado, y entonces me tomo la libertad de seguir contando –aunque apenas algo- cómo fue el inicio de este camino que Dios me planteó para servir a su Pueblo como sacerdote… YA DECÍA QUE FUE EN 1974 cuando la mera ilusión de un chiquillo –eso era yo- sirvió de camino inicial para que la vocación sacerdotal creciera y se concretara años después con la ordenación como presbítero –eso dije que yo quería ser-; era necesario que pasaran algunos años para que todo se clarificara y se profundizara… A MANERA DE BROMA siempre he dicho que mis padres “se la creyeron” cuando les dije que yo sería sacerdote y entonces me mandaron al seminario, pero era Dios quien iba marcando sus caminos y sus planes para que yo creciera y pudiera responder a su llamada… BIEN RECUERDO QUE mi madre fue la encargada de llevarme desde la Ciudad de México hasta San Miguel de Allende, donde ellos juzgaron que sería el mejor lugar para que yo concretara mi ilusión; y a lo largo de todo el camino mi madre preguntaba una y otra vez: “¿Y sí te vas a quedar en el seminario?, ¿y sí vas a estar a gusto?, y ¿estás seguro que quieres estar ahí?, ¿y sí vas a cumplir con lo que te pidan?”; era dudas y miedos que nacían de un corazón angustiado, como luego sucede a toda mamá… ENTONCES YO NO ERA capaz de descubrir los sentimientos de una madre que estaba a punto de separarse de un hijo que apenas dejaba atrás la infancia; conforme pasaron los años, fui entendiendo que ese viaje fue para mi madre como un segundo parto, como una separación que le dolía y que al mismo tiempo le reportaba una inmensa alegría al estar entregando un hijo a Dios, como solían decir entonces… CUANDO ME DICEN QUE si desde pequeño yo ya sabía lo que quería, por supuesto que les respondo que no; y veo que me sucedió como a todo muchachito de 7, 8 ó 10 años, que dice que quiere ser astronauta o policía, que sueña con ser futbolista famoso o que alberga la ilusión de volar como supermán… TAMBIÉN PARA MÍ ese viaje y el destino inmediato y concreto fueron como un segundo nacimiento, pues en el Colegio Seminario de San Francisco de Sales –sostenido por los padres oratorianos- todo fue nuevo para mí: los pasillos y salones se me hacían inmensos, los arcos y el jardín me parecían la otra mitad del mundo, la capilla –a mi juicio infantil- era como toda una catedral en forma y ¡más todavía! con la imagen de la Inmaculada Virgen María al centro del altar, siempre Bella, Bella, como solo Ella… RECORDANDO Y NARRANDO –una vez más y ahora en estas líneas- lo que me aconteció en aquellos ayeres, me parecería que el mundo estaba hecho a mi medida, pues los caminos se abrían como por arte de magia, los procesos iban tan ciertos y seguros como si no hubiera cosa más natural en todo el universo, los compañeros aparecieron como si nos hubiéramos citado, los padres encargados nos recibieron como si no tuvieran otro quehacer, y los días y actividades fueron fluyendo tal vez mejor que el agua serena de un riachuelo… ESTOY PENSANDO QUE cada papá y cada mamá deberían ser más atrevidos y confiados para aceptar la voluntad de Dios sobre sus hijos, pues luego los sobreprotegemos, los sentimos propiedad nuestra, les queremos casi imponer nuestros esquemas e ilusiones; ¡ah!, y con los esquemas de inseguridad y comunicación viciada que hemos construido, más bien nos espantamos y andamos conque no les dé siquiera el sol porque qué tal que les da un cáncer de piel sin haber cruzado siquiera la adolescencia… NO ESTARÍA NADA MAL que repasáramos la escena aquella de Jesús que se quedó -¡tres días!- en el Templo, mientras que José y María confiaban en que iba con toda la caravana, en el viaje de regreso a Nazaret; ellos como si nada hasta que -¡pobres!- tuvieron que regresar como de rayo; finalmente lo encontraron “haciendo la voluntad de su Padre”… PUEDO CONFIARLES –con toda discreción de por medio- que ciertamente hubo carencias y necesidades, problemas y travesuras (un día platicaré la primera que hice y la sabrosa sanción que me aplicaron), debo decir que no todo fue miel sobre hojuelas, que alguna lágrima (¡o muchas!) apareció en aquellos años iniciales de seminario, pero todo es parte de la vida, y fue parte de la mía… TERMINO CON UNA MINI-CARTA que dice así: Queridos papás: Dios les ha concedido uno, dos, tres, o más hijos; además de haberles dado la vida y la fe, además de valores y educación, lo mejor que les pueden dar, es ayudarles a descubrir el camino que Dios mismo les propone para que ellos sean felices en esta vida, y sirvan a sus semejantes con toda entrega y alegría, es decir, que les ayuden a descubrir su propia vocación y que con ella se preparen para la eternidad…

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