Ángelus Dominical

P. Eduardo Lozano

TAL VEZ NO ME CREAN pero estoy escribiendo entre la medianoche y el amanecer, y no ando ni de parranda ni con insomnio ni es mi costumbre o hábito andar frente al teclado a tales horas; lo que sucede es que estoy a la espera de saber que un vecino está mejorando en su salud luego de que el médico le administró sus menjurjes para el vómito, para la diarrea, para la infección estomacal… CABE MENCIONAR QUE las tales medicinas son efectivas por sus ingredientes activos (¡para eso son!), y también vale decir que la atención cálida y cortés, cuidadosa y atenta, afectuosa y respetuosa de todo personal sanitario también forma parte del proceso de curación o terapia… NO TE IMAGINES un médico despiadado, ni una enfermera “grinch”, ni un terapeuta con corazón de palo o un doctor con las tripas al revés; que seguramente los hay, sí, que tal vez conoces a dos, tal vez, que te estás acordando de tres que te trataron con la punta del pie, también, pero ni es lo común, y ni es para tanto… CUANDO SE VIVE cerca del dolor humano, ordinariamente nos hacemos sensibles y se nos llena el corazón y el alma de compasión, de ternura y ganas de socorrer al otro; el dolor ajeno puede funcionar como un espejo en donde nos imaginamos reflejados antes o después; de ahí que un auténtico médico o una cabal enfermera podrán tener su mal humor y su peor genio pero en el fondo les crece más (¡y bien!) el corazón… LUCEN BELLAS Y ENORMES las catedrales y/o templos en donde el arte y la fe conviven armoniosamente; lucen espectaculares los teatros y/o escenarios que saben presentar la literatura y la música, las habilidades circenses o las coreografías operísticas; por el contrario, no nos parecen bellos los pasillos y salas de espera de hospitales y clínicas: más bien los rehuimos y hasta nos duele estar ahí… QUIERO IMAGINAR UN HOSPITAL como si fuera un lugar sagrado o un espacio que provoque el aplauso y admiración de gente variopinta, pero eso resulta difícil; quiero imaginar una clínica como si fuera un jardín bien atendido o pensar en un quirófano como si fuera un estadio calientito por la inminente competencia, pero resulta difícil… SIN EMBARGO, Y CONTRA toda objeción que me llegues a plantear –amable lector- un nosocomio o una sala de espera hospitalaria son esperanza de salud, son anticipo de la recuperación del anhelado bienestar; son lugares en donde el ser humano puede encontrarse con su frágil y expuesta humanidad; son espacios que bien se podrían comparar a catedrales y santuarios, a estadios y palestras, a bellos lugares de encuentro y recreación, a sitios en donde el espíritu crece cuando el cuerpo busca y recupera la salud… MÉDICOS Y ENFERMERAS serían como ministros de culto y/o directores de orquesta, ellos serían como cirqueros experimentados y diestros animadores de la fiesta; el mundo de la salud es oportunidad para reencontrar el gozo y la esperanza, la presencia de Dios misericordioso y del hombre compasivo; ¡cuántos se han reencontrado consigo mismo y con Dios en la cama de un hospital o en medio de la convalecencia!… MI VECINO YA ESTÁ mejorando: tal parece que los males ceden y está conciliando el sueño reparador; yo también iré a dormir un poco y al rato nos vemos de vuelta aquí, para terminar estas líneas (Zzzz, Zzzz, Zzzz)… DESPIERTO Y CONSTATO que los medicamentos surtieron efecto, y con el descanso y ante un nuevo amanecer la vida saludable vuelve a fluir; ahora habrá que seguir atentos para conservar la salud, para que “tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento” como decía Hipócrates de Cos, conocido como el Padre de la medicina (¡újale!, vivió hace como dos mil quinientos años)… PENSANDO EN LA SALUD y en doctores busqué y encontré una oración escrita por San Juan Pablo II; le pido al editor de este rotativo si acaso será posible incluirla entera (o al menos una parte) anexa a esta columna, así que ya no escribo más y con tal oración agradezco la labor de médicos, enfermeras, camilleros, rescatistas, y todos los que están al pendiente de la salud: ¡Salud!…

 

 Oración del Médico

Señor Jesús, Médico divino, 
que en tu vida terrena 
tuviste predilección por los que sufren 
y encomendaste a tus discípulos 
el ministerio de la curación, 
haz que estemos siempre dispuestos 
a aliviar los sufrimientos de nuestros hermanos.

Haz que cada uno de nosotros, 
consciente de la gran misión que le ha sido confiada, 
se esfuerce por ser siempre instrumento 
de tu amor misericordioso en su servicio diario. 
Ilumina nuestra mente. 
Guía nuestra mano. 
Haz que nuestro corazón sea atento y compasivo. 
Haz que en cada paciente 
sepamos descubrir los rasgos de tu rostro divino.

Tú, que eres el camino, 
concédenos la gracia de imitarte cada día 
como médicos no sólo del cuerpo 
sino también de toda la persona, 
ayudando a los enfermos 
a recorrer con confianza su camino terreno 
hasta el momento del encuentro contigo.

Tú, que eres la verdad, 
danos sabiduría y ciencia, 
para penetrar en el misterio del hombre 
y de su destino trascendente, 
mientras nos acercamos a él 
para descubrir las causas del mal 
y para encontrar los remedios oportunos.

Tú, que eres la vida, 
concédenos anunciar y testimoniar en nuestra profesión 
el “evangelio de la vida”, 
comprometiéndonos a defenderla siempre, 
desde la concepción hasta su término natural, 
y a respetar la dignidad de todo ser humano, 
especialmente de los más débiles y necesitados.

Señor, haznos buenos samaritanos, 
dispuestos a acoger, curar y consolar 
a todos aquellos con quienes nos encontramos 
en nuestro trabajo.

A ejemplo de los médicos santos que nos han precedido, 
ayúdanos a dar nuestra generosa aportación 
para renovar constantemente las instituciones sanitarias. 
Bendice nuestro estudio y nuestra profesión. 
Ilumina nuestra investigación y nuestra enseñanza.

Por último, concédenos que, 
habiéndote amado y servido constantemente 
en nuestros hermanos enfermos, 
al final de nuestra peregrinación terrena 
podamos contemplar tu rostro glorioso 
y experimentar el gozo del encuentro contigo, 
en tu reino de alegría y paz infinita.

Amén.