11 Seminaristas hablan de su experiencia durante la emergencia del 19-S

DLF Redacción

Sotana puesta, estudiantes del Seminario Conciliar de México enfilaron las calles en grupos para dirigirse a cuatro puntos de la Ciudad: Colegio Enrique Rébsamen, Xochimilco, Coyoacán y colonia Del Valle, para participar, junto a miles de personas, en las labores propias de la emergencia que dejó el sismo de 7.1 grados Richter; algunos quitando escombros, y otros haciendo presente a Cristo a través de la oración, la escuha y consuelo a las personas que habían perdido su patrimonio, y a las que sufrían por tener un ser querido sepultado bajo las pesadas losas de concreto. Aquí las palabras de 11 seminaristas que, como tantas y tantas personas, dieron su máximo esfuerzo en la labor, sin dejar nada para desupés.

Para Carlos de Jesús Zamora, de 1º de Teología, el sismo sacudió la indiferencia de miles y miles de mexicanos, quienes, sin haber sido convocados, salieron a las calles formando un solo equipo que trataba de levantar a la Ciudad de entre los escombros; “yo no imaginaba la magnitud de los daños; sin embargo, las noticias fueron llegando; así nos enteramos de lo ocurrido y salimos. Si algo me llenó de esperanza, fue ver al pueblo mexicano unido”. Alejandro Rojas, de 2º de Teología, señala que, aunque llegó a sentir momentos de temor, fueron más sus deseos de ayudar; “miles de manos se unieron para asistir a quienes sufrieron las consecuencias del sismo –señala–; el miedo se hizo presente: al grito de ‘¡fuga de gas!’ todos corrimos; sin embargo, volvimos, y la lucha por rescatar a quienes estaban sepultados nunca cedió”.

Para Jorge Valdez, de 2º de Teología, lo ocurrido ese día ha enriquecido su vocación sacerdotal, así como su compromiso y responsabilidad de seguir formándose a imagen de Cristo Buen Pastor; “pude observar la generosidad de las personas; llevaban víveres, formaban cadenas humanas para quitar escombros, buscaban gente con vida, prestaban sus autos o motocicletas para llevar paramédicos adonde se necesitaban; familias ofrecían alimentos a rescatistas y voluntarios, pero lo más impresionante fue ver a muchos jóvenes ayudando día y noche”. Daniel Salgado Gutiérrez comenta que le tocó apoyar en Santa Rosa Xochiac, llevando a los damnificados, además de la ayuda material, el apoyo espiritual; “estrechamos la mano de quienes perdieron todo, intercambiamos un abrazo y compartimos palabras de esperanza. ¡Aquí siguen nuestras manos y nuestra oración! Para confortar, ayudar y animar a todo aquél que lo necesite”.

Pedro Sánchez Acosta, de 1º de Teología, considera que más que ayudar a los damificados, ellos lo ayudaron a él; “fuimos (a Puebla) un grupo numeroso de jóvenes, con toda la intención de brindar apoyo a los afectados; sin embargo, para nuestra sorpresa, los que nos ayudaron fueron ellos; su testimonio nos edificó en lo profundo del corazón; fuimos testigos de familias enteras que se quedaron sin hogar, que vieron convertidos en polvo tantos años de trabajo, y aún así, tenían llena la mirada de confianza en Dios”. Para Carlos Amador Traviño, de 3º de Teología, miles de seres queriendo ayudar, se convirtieron en uno solo; “llegamos al colegio Rébsamen, que se encontraba colapsado; en minutos, varios cientos se convirtieron en miles y la labor era impresionante; no había manos ociosas ni corazones indiferentes, no había clases sociales ni diferencia; éramos uno, como el Señor nos mandó”.

Hugo Santos Tabaco, de 2º de Teología, señala que en la devastación pudo ver la mejor cara de la gente; “la cara del hermano mexicano que es capaz de luchar codo a codo; de quien es capaz de dar su tiempo, su esfuerzo; de quien está dispuesto a sufrir con el que sufre; de quien ayuda hasta que sus fuerzas se lo permiten, y un poco más. Este es el México que me hace sentir que haber nacido en este país, es sin duda una gran bendición de Dios”. Para Óscar Nieto, ayudar no fue una necesidad, sino un honor; “mi nombre es Óscar, como el de cientos que compartimos la alegría de servir en estas difíciles circunstancias para nuestra nación. ¡Sin miedo, siempre adelante! ¡Que Dios nos siga bendiciendo siempre!”.

Para Patricio Izquierdo, de 1º de Teología, el corazón de Jesús late y seguirá latiendo en todos los momentos de dolor, angustia, tristeza e incertidumbre; “me tocó ver trabajadores que donaban su material y herramientas a centros de ayuda; gente que puso su automóvil o casa al servicio de otros que no conocían; jóvenes dejando su trabajo; personas que se olvidaron de sus cosas y optaron por aquello que nos hace hombres y hermanos”. Gabriel Olmedo, de 3º de Teología, señala que al estar en el colegio Rébsamen, aunque no pudo cruzar palabra con los desesperados padres de familia que tenían a sus hijos bajo las losas, su forma de decirles que estaba con ellos era quitando escombros; “aún sigo digiriendo todos estos acontecimientos, pero la satisfacción que siento, es que lo poco que pude realizar lo hice con el amor que merece nuestro México”.

Finalmente, Daniel Morquecho, de 2º de Teología, comenta que el miedo, la desesperación y la angustia fueron sentimientos que anidaron en él, pero después vivió momentos de fe y esperanza; “en los centros de acopio gritaban: “¡Fuerza, México!”, una fuerza que tuvo su cumbre en la oración, en la capacidad de las personas de ver en la sotana a hombres frágiles, pero con uncorazón ardiente como el suyo. Gracias a todos por ser el rostro humano de Dios en medio del desastre, y la calma en medio de la tempestad”.